El linaje usko-mediterráneo y la raza atlante


Í   N   D   I   C   E

I La senda de los dioses.  -Introducción. -El linaje portador de la Sangre Real. -Prólogo. -Genialidad de la estirpe. – Humanidad indígena y naturaleza extintiva. -Sucesión de la línea de sangre. -Las naciones uskas. -El Orden Universal y la Ley Natural.

II Hiberia, cuna y origen de todas las civilizaciones.  -El repoblamiento uskario de Hiberia. -La conquista de América. -Egipto y otras civilizaciones.
-Triángulo ibero. -Europa occidental. -El matriarcado. -Otras instituciones. -Pueblos ancestrales de Europa. -Grecia galaica. -Las religiones como rasgo de identidad de las distintas psicologías raciales.
III Hiberia caucásica.  -El Cáucaso. -Mesopotamia. -La raza blanca “caucásica”.
IV Las tribus.  -Casa de Israel (El Reino de Jerusalén y Las Diez Tribus perdidas o descendientes de Heber). -La Biblia uska – exégesis. -La indemnidad de María.

V La Atlántida (el linaje atlante ibérico).
VI Las edades iberas.  -Crítica. -La gestación ibera. -La repoblación. -Historia de las islas Hébridas. -Los dioses. -La colonización. -La metacivilización (El Imperio). -Origen usko de la civilización romana. -La decadencia de un imperio moderno. -La Decadencia. -El Renacimiento.

VII El testamento de Occidente.  -La amenaza china.
VIII No son como nosotros.  -El indio americano. -Haplogrupo J e I. -Asiáticos y beringios. -Haplogrupo E.

IX La cosmocracia.  -La Fed (escudo rojo).-La mexicanización.

X Nacionalidad.  -Concepto.-La constitución racial.-La nación ibera.-La guerra racial.-La nacionalidad y la raza.-Guerra racial americana.-El hecho nacional.-La nación hispánica.-Historia y evolución del concepto nación.-Elementos que forman las nacionalidad.-El pacto de la sangre.-Estado ideal.


I La senda de los dioses.

-Introducción.

-La filología y la genética han corroborado lo que respecto al sustrato mediterráneo antiguo se ha ido diciendo en los últimos años. Hasta hace poco se hacía difícil encontrar o definir los nexos habidos entre el mundo Clásico o Antiguo, dentro del contexto mediterráneo. Todavía más difícil resultaba teniendo en cuenta la concepción clásica de lo indoeuropeo como fuente del clasicismo grecolatino, dejando al margen a la civilización egipcia (la más antigua del Mediterráneo oriental), y la relación estrecha de su cultura y su origen con los remotos pueblos de Europa. La civilización del Nilo ha sido tratada históricamente como una cultura exótica y difícil de encajar en el contexto de la nada africana. En Mesopotamia ha sido más fácil encontrar dicha relación, y por tanto se ha prestado más a unírsele a la tradición indoeuropea. La genética lejos de arrojar luz, hubiera confundido aún más, de no ser por antropólogos y filólogos, que han tratado estas y otras conexiones y las han cotejado con los elementos genotípicos de la antigüedad. Si no es por unión de ambas materias (sustrato lingüístico y genético), no podríamos hablar de cultura usko-mediterránea y de la consecuente renovación histórica de pensamiento.

Muchas hipótesis filológicas y etnológicas de no ser cotejadas y confirmadas con huellas genéticas, quedarían en eso, sólo teoría. La mayor fuente histórica y el mejor libro de historia con el que se cuenta en la actualidad, es el estudio genético de las poblaciones, el cual revela y mide todos los acontecimientos históricos de un pueblo.

Tradicionalmente se ha aglutinado a la cultura clásica europea mediterránea en un mismo concepto racial y cultural. Sin embargo hoy sabemos que el Mediterráneo no es nada homogéneo étnica o genéticamente. Griegos o italianos del sur, genotípicamente son distintos a los iberos (españoles), ya no digamos si comparamos con africanos o mediterráneos del este.

De la cultura usko-mediterránea (ibero-vasca, tartéside, etrusca, cretense, minoica, griega, egipcia, mesopotámica, hurrita, ugarita y sumeria) no queda (salvo el caso ibero-vasco y en gran medida también el ibero-mediterráneo, francés e italiano del norte) un sustrato uskarita genéticamente original (dejando al margen a los usko-atlánticos o británicos e irlandeses, descendientes de eberitas, uskos puros, pero bastante alejados de la influencia mediterránea). Todas ellas menos el vasco, en su aislamiento montañés, son lenguas muertas, las personas que las hablaban han dejado un mínimo aporte genético en las zonas donde anteriormente rebosó el linaje usko-mediterráneo (raza vernácula de Occidente). De ellas sólo en la Península Ibérica, Francia y norte de Italia, ha quedado un remanente de linaje usko-atlante (R1b), mayor y más intacto de todo el Mediterráneo, de gran aporte somático original. El resto fruto del mestizaje ha quedado diluido y formando parte ya minoritaria de una relación de linajes afroasiáticos predominantes.

En Egipto los faraones usko-mediterráneos y su corte aristocrática, que levantaron las ciudades sagradas y olimpos, formaron una albocracia aislada del resto de pueblos africanos y asiáticos (sin mezcla). Las ciudades mesopotámicas fueron colonias iberas del pueblo usko, que inició un periplo asiático que llegó hasta el sur de la India y China.

El reciente descubrimiento arqueológico de la Bastida (la Troya de Occidente), en el Levante ibérico, refuerza la creencia en un tronco común usko-mediterráneo. Esta gran ciudad fortificada de tiempos casi prehistóricos, muestra los restos de una civilización tecnológicamente equiparable a la minoica, antes de que ésta existiera como tal, con conexiones y elementos comunes a Egipto, Grecia y Mesopotamia, pero más de un mileno antes, (hace más de seis mil años). Los restos de la civilización desenterrada, muestran una época similar a la Edad Media, con más de cinco mil años de diferencia.

Las lenguas usko-mediterráneas, formaban el diasistema que se hablaba hace diez mil años, antes del latino o románico, desde Hiberia, hasta la India. Un sencillo ejemplo de su claridad, incomprensiblemente escondida, la extraemos de la obra de Arnáiz-Villena, donde podemos comparar las similitudes de vocablos comunes como es el caso de la palabra CALLE o NICHO:

  • En castellano: Calle
    1. En tartéside (ibérico): Kala
    2. En etrusco: Kala
    3. Bereber: Kala
    4. Púnico cartaginés: Kala
    5. Hitita: Kala
    6. Sumerio: Kala
  • En castellano: Nicho
    1. Tartéside (ibérico): Kaba
    2. Etrusco: Kava
    3. Minoico: Kabu
    4. Bereber: Kafu
    5. Púnico (cartaginés): Kabe
    6. Sumerio: Kabu
    7. Egipcio: Kaba

Aportamos este texto publicado y extraído de la página web de la Junta de Andalucía:

“Hace 3000 años, existía en la cuenca del Mediterráneo una única raza de hombres blancos caucásicos, de piel más o menos morena, cabellos oscuros, ojos negros, marrones o verdes. Los estudios de Antonio Arnáiz Villena demuestran que la mayor parte de los mediterráneos (europeos) actuales siguen estando genéticamente muy emparentados, con excepción de los griegos y de un porcentaje minoritario de habitantes de rasgos indoeuropeos de Portugal, España, Francia e Italia. Generalmente, la sangre de los invasores medievales –germanos y árabes- se diluyó ante la superioridad numérica de los mediterráneos”. Se entiende también que el marcador mayoritario de los germanos es el usko-atlántico, es decir haplogrupo R1b, que por tanto descienden de los iberos, y su aporte en el acerbo genético ibérico, antepasado de la misma familia, es difícil de definir.

Continúa otro párrafo sacado de la misma fuente:

“Igualmente, los estudios de Jorge Alonso García plantean la teoría de las lenguas usko-mediterráneas, un grupo perteneciente a la familia caucásica y alejado de las lenguas indoeuropeas (griego, latín, alemán, …) y de las lenguas semíticas (árabe, arameo, hebreo …). Actualmente, como consecuencia de invasiones sucesivas a lo largo de la Historia, se han impuesto las lenguas indoeuropeas en la orilla septentrional del Mediterráneo y las semíticas en la orilla meridional. Pero todavía subsisten dos lenguas de origen usko-mediterráneo: el euskera y el bereber (no árabe). Ambas pertenecen a poblaciones montañosas que han resistido culturalmente a unos y otros invasores, conservando la forma de hablar de sus remotos antepasados. En el año 3000 a.C.”

Usko, uska y osko, son términos hallados en antiguas inscripciones de las culturas de lengua usko-mediterránea. Su significado se deduce del vasco, y se refiere al pueblo más antiguo y puro (us-uts- puros sin mezcla; ko- genitivo- de los). Hay ciudades y regiones cuyo nombre proviene de este pueblo ancestral, como la ciudad prerromana de Bolskan, nombre iberizado en lengua ilergete de la palabra original, Uskues u Oskues, es decir Huesca, conocida por los romanos como Osca, y por los árabes como Wasqa. También el nombre de Guipúzcoa o Gascuña (Waskonia), así como la propia denominación de la lengua vasca y de los waskones (uskos), es decir vascos, y la de ríos como el Oscuiu (Uzkullu) en Navarra, etc. También son numerosos los pueblos del norte de la península que llevan el nombre de Osca.

De igual forma las monedas iberas llevaban inscrita la palabra Oskukem u Oskunkem. Es sabido tal y como ocurre en la actualidad, que el nombre que aparece inscrito de forma repetida e intemporalmente en las monedas, es el de procedencia de la misma, se refiere pues al país o tierra de origen. No consta que sea el de ningún dios, o un antropónimo, como el nombre de un rey, pues dicho nombre se repite constantemente en distintos lugares y épocas de la historia prerromana ibérica. La palabra Oskukem, sería más probablemente un corónimo que se refiere a la patria en donde se acuñaban y usaban las monedas iberas, de donde debieron proceder todos los pueblos uskos, pues era el nombre de su remoto país. Dicha palabra forma numerosos topónimos en distintas regiones iberas que pertenecieron a pueblos distintos, pero con un pasado común.

En el levante, (en las regiones de la Bastetania y la Contestania, tierra prolífica en damas oferentes), los pueblos prerromanos acuñaban otra moneda cuya inscripción era la de Ikalosken, y que al igual que Oskukem, contenía la palabra Osku, pudiendo ser su significado el de moneda de dicho territorio o reino ancestral, o de los pueblos originarios del mismo, lo cual vendría a ser una prueba más del lazo de unión étnica fuertemente asentado en el largo del arco mediterráneo, y de la existencia también de una región originaria (Osku) de la que partirían esos pueblos o clanes emparentados, que por no descender de nadie más que de sí mismos, sólo podrían tener a los dioses como ancestros.

Osku, sería por tanto el nombre de la patria original, de donde procedían remotamente todos los pueblos uskos, que fueron asentándose en distintos territorios y reinos a lo largo de Iberia y fuera de ésta. Se podría decir que para los iberoceltas Osku, sería lo mismo que para los romanos Etrusquia, o para los tartesios la Atlántida, siendo su monetación y extensa toponimia elementos que atribuyen una profunda memoria racial que la romanización trató de borrar.

Osku, no sería nada parecido a un Estado tal y como lo entendemos, pero en él, o en el transcurso de su desarrollo surgió la primera escritura paleolítica lineal (es decir la primera palabra escrita mucho antes que en Egipto o Mesopotamia) y por tanto también el lenguaje tal y como hoy lo entendemos, siendo esto el origen necesario de todas las civilizaciones del mundo.

Varrón, siglo I a.C, utiliza directamente el nombre de uskos para referirse a los pueblos auskos, vascones, uskarios (caristios), vascetanos, etc.

Modernas pruebas genéticas confirman que existió este pueblo, que se extendió remotamente por buena parte de Europa y otras partes del mundo. Se puede afirmar también que durante tiempo fue una raza original y debió ser bastante pura. Hoy los mayores representantes de este grupo étnico se encuentran en Navarra y País Vasco, También otras regiones españolas participan en mayor o menor grado del mismo, pudiendo decirse que esa fue la raza española original. Es correcto afirmar por tanto, que sí existió una raza propia en la mayor parte de los territorios de la Península Ibérica, y que en la actualidad la mayor parte de los españoles son herederos de la misma.

No se trata por tanto del análisis de un aspecto meramente cultural o etnológico, sino de un fenómeno racial en esencia. No se debe centrar el presente estudio en cuestiones culturales, sino que se debe inicialmente distinguir y diferenciar ésta u otras cuestiones que puedan abarcar varios elementos raciales, y partir de una base que diferencie los componentes etnológicos de los puramente étnicos. Se dejan por tanto en otro plano cuestiones políticas, etnológicas o culturales, religiosas, históricas etc. Esta tarea es enormemente compleja por cuanto entraña la reelaboración del estudio religioso, cultural, lingüístico, social o político desde un punto de vista raciológico (historia de una raza), con el fin de comprender el mundo y la mentalidad que nos rodea.

Entendida así la raza, su concepción es algo tangible, desde un punto de vista físico y biológico, y se proyecta socialmente en los aspectos etnológicos, culturales, que son consecuencia de otros, psicológicos-raciales y hasta espirituales más profundos.

La raza, un concepto biológico borrado del lenguaje de la ciencia, revive por su contenido y su continente, dejando de ser una entelequia o una reminiscencia del pasado, y convirtiéndose en la base de la sociedad, pasando de ser tenida en consideración como una mera construcción social, a ser la constructora de toda sociedad, y el pilar que determina la mayor parte de los acontecimientos históricos de los pueblos y naciones.

Difícil es también descubrir o encontrar la evolución histórica de un fenómeno racial y por tanto ir levantando los elementos puramente culturales o sociales capa a capa hasta encontrar el fondo étnico que se ha ido escondiendo y formando a lo largo de los sucesivos estratos de la historia. Una parte importante del trabajo de ir elaborando la historia de una raza, se basa en la búsqueda del Origen. Muchos estudios raciológicos anteriores han tratado de configurarse un origen presupuesto, y a veces prejuzgado. Dicho lo cual sin embargo nunca como en la actualidad se han poseído los elementos requeridos para el descubrimiento certero del Origen, indispensable por otra parte para marcar el punto de partida del estudio. Con todo ello aclaramos que no se presupone la existencia de una raza pura y definida de Europa o la Península Ibérica, pero sí que en su germen existió tal cosa, y que este elemento racial, puro en origen, ha sido heredado en parte por un porcentaje importante de los europeos occidentales, fundamentalmente irlandeses, británicos, españoles, y en una menor medida franceses e italianos septentrionales.

Normalmente tomaremos como referencia el pasado más remoto posible, ya que cuanto más en el tiempo nos remontemos, mayor naturaleza auténtica encontraremos en los pueblos que habitaron nuestra tierra. No se puede obviar la evidencia inevitable de que el futuro será para la tierra ibérica un mundo mestizo mucho menos íntegro que la sangre que hoy aún se conserva en algunas de sus regiones, y por tanto también enormemente intrascendente, como lo es la Grecia actual, Portugal, etc.

Este no es un tratado sobre el nacimiento de una raza, sino la historia sobre su desarrollo y capítulo final, pues en unas generaciones dejará de existir. Dentro de un tiempo es bastante probable que la mayor parte de los párrafos de este libro ni si quiera se comprendan. Tratado de la Raza Uska, no sólo se centra en el análisis racial de la historia europea o hispánica, sino que abarca un estudio de la humanidad desde sus múltiples orígenes y formas, teniendo por tanto la importancia que pudo en época tener Geografía de Estrabón.

Una cuestión que es importante aclarar es la consideración de que el tratamiento y análisis de las cuestiones raciales no pertenecen al ámbito político-ideológico, no es por tanto patrimonio de ninguna ideología. Otro asunto es que evidentemente hayan existido ideologías que se han apropiado de determinados enfoques sociales o políticos que han abrazado puntos de vista o interpretaciones de tipo racial. En esencia el estudio racial de la historia, inclusive sus consecuencias y apreciaciones de tipo social, cultural, político o económico, son una cuestión en origen y en el fondo estrictamente científica, basada en hechos evidenciables y tangibles que forman parte de la naturaleza humana y en consecuencia al margen de ideologías.

El linaje portador de la Sangre Real.

A pesar de que aquí se habla con frecuencia de raza o etnia, ambos conceptos, han sido superados ya, y dejados al margen del estudio genotípico de las poblaciones. Actualmente sólo es correcto hablar de linaje, desde un punto de vista poligenista, en cuanto a estudios de población se refiere. Este concepto difiere de los tradicionales “raza o etnia”. Sin embargo aquí se utilizan estos últimos para simplificar y entender mejor otros conceptos ligados a estos estudios genéticos.

Una de las diferencias principales, es que en las tradicionales nociones de raza y etnia, se engloban ambos géneros por igual. El linaje, además de la definición autosomática que abarca a ambos géneros, también se especifica en base a la diferencia existente en el cromosoma Y, y por tanto a la diferencia de marcadores, existentes entre hombres y mujeres. Hay por ello linajes estrictamente masculinos (heredados de un padre), que forman parte del cromosoma Y, exclusivo del hombre, y otros que la mujer comparte con el hombre, pues ambos poseen cromosoma X, y junto a ellos, el resto de genes no sexuales o autosomas, que conformarían toda la estirpe o familia (etnia). Evidentemente entendemos que aquellas poblaciones autóctonas, de un linaje mayoritario, han conservado mejor el resto de genes (autosomas), no sexuales, y por tanto su unidad, integridad o pureza.

Otro elemento a tener en cuenta, es el de las consideraciones políticas o nacionalistas que se atribuían o ligaban a los conceptos de raza o etnia, pues en los linajes la circunscripción supera a los países y abarca regiones mucho más amplias, que identifican a varios pueblos o culturas con un pasado común.

Para cerrar la digresión sobre las diferencias entre lo que comúnmente se entendía como raza y lo que entendemos hoy como linaje, hay que aclarar que las diferencias que pudieran haber entre los mismos no son a consecuencia de grados de evolución desiguales, que parten por tanto de un origen común, sino de orígenes distintos (o poligenista) y por tanto evoluciones desiguales. Es decir un concepto humano de origen múltiple y por tanto de linajes diferenciados.

No es que las razas, evolucionaran en ambientes heterogéneos y por tanto acogieran caracteres diferenciados, sino que realmente sólo es posible afirmar que la humanidad se formó en base a linajes distintos, originados a partir de naturaleza y sustancia distinta, con elementos que en algún momento convergieron, pero mantuvieron notables diferencias. Es decir si entendemos que una raza es algo que parte de un origen y naturaleza común, pero que se desarrolla en un ambiente diferenciado, dando en consecuencia unas características propias y específicas, caeríamos en un error, puesto lo que la humanidad revela es que no está dividida en ese concepto de raza, sino en el de linajes, es decir partiendo de orígenes y naturaleza divergente (poligenismo), pero en algunos aspectos y caracteres convergente. Esa convergencia es la que durante siglos, aceptó la idea de que existían razas, que evolucionaron de forma distinta partiendo de orígenes indistintos. Hoy esto no puede ser aceptado, siendo una evidencia la teoría que explica una humanidad en base a la poligénesis u origen divergente. Esa convergencia es el resultado de la miscibilidad de razas homínidas distintas, cuyo entronque generación tras generación formó una comunidad de especies unidas por el fuerte lazo de la reproducción. Este último aspecto fue necesario para la supervivencia de los elementos más débiles de dicha comunidad y el poblamiento de la tierra.

Es indiscutible el hecho de que los pueblos de África, fundamentalmente los del sur del Sahara, no se han extinguido como otros homínidos o han terminado degenerando en simios, únicamente a consecuencia de su vínculo reproductivo con el resto del género humano. Dicho vínculo aportó elementos homínidos sapiens en especies menos desarrolladas y más extintitivas, cuya consecuencia fue la supervivencia natural del elemento extintivo, es decir su pervivencia generación tras generación. Si bien dicho elemento no ha desaparecido hoy día, y por tanto pervive en determinados linajes humanos, siendo su destino natural y principalmente la extinción.

El poligenismo es la base esencial para entender el origen de la especie humana y la teoría de los linajes. Basándonos en la misma intentaremos explicar las consecuencias habidas en la historia de las razas y su naturaleza distinta, y su influjo en las culturas y naciones pasadas y presentes.

En cuanto a los linajes, la ciencia reciente, se empeña en mostrar un vínculo basado en el origen común, es decir en la creencia de que existió un linaje único original del cual partieron todas las ramas que se han formado en la actualidad. Sin embargo esta teoría es errónea, por cuanto no es posible que los primeros haplogrupos aparecieran en los más remotos pobladores humanos, incluso en los directos descendientes de los cromañones, y a su vez existieran antepasados suyos que tuvieran linajes más antiguos, por cuanto faltaría el espacio temporal y generacional necesario para poder producirse la aparición de ramas nuevas. Para ser aceptable dicha teoría hubiera sido necesario un espacio temporal considerablemente mayor, que el de unas decenas de miles de años, como para dar origen a multitud de linajes distintos. Tales variaciones genotípicas no pueden transcurrir en espacio temporal tan corto. Si consideramos que ese linaje originario no se circunscribe a la especie humana, sino que se remonta a otros homínidos anteriores, también estaríamos dando la razón a la existencia de una humanidad poligenista.

Los haplogrupos africanos descendientes de los tipos A y B (bosquimanos y pigmeos), son a su vez originados a partir de mezclas homínidas africanas, y su conformación fue distinta a la que originó a la raza europea occidental. Las razas primitivas humanas que aún existen en África, poseen un remoto aporte de homínidos comunes a todo el género humano, y otros elementos distintos que conformaron una unión reproductiva, y forzaron esa convergencia y conexión final con el resto de razas humanas, que de no haberse originado hubieran dado como consecuencia la separación definitiva entre los homínidos africanos y los euroasiáticos, como especies animales distintas.

Desde este tratado por tanto, no podemos admitir ni aceptamos que existiera un sólo ser en algún determinado momento, en el cual convergiera todo el ADN, que la humanidad ha heredado en su totalidad, y del cual emergieron todos los linajes humanos.

Cuando aquí hablamos de linaje, entendemos a aquellos pueblos íntegros, que existieron en tiempos remotos, formados por estirpes. Aquellos pueblos originales que mayoritariamente pertenecen a un determinado marcador sexual genético, o a un antepasado común, cuya sangre se ha preservado generación tras generación, han conservado la totalidad de su composición genética, es decir autosomática. Es imposible, que en la actualidad, sociedades cosmopolitas, guarden y conserven esa totalidad, por lo que el estudio de la historia de los linajes se centra en épocas remotas, cuando aún existían pueblos y razas puras. En la historia reciente existen en Europa, regiones y países que guardan una estrecha vinculación con ese remoto pasado, de poblaciones ancestrales racialmente puras. En España, la población abarca el  70 por ciento del haplogrupo R1b, y un porcentaje superior al 60 del mitocondrial H (parte de la estirpe original uska junto con el primero), estando una parte de dicha población formada aún hoy por elementos racialmente bastante puros, pertenecientes a la raza ancestral europea. Es seguro que en poco tiempo, si no se revierte la situación provocada en las últimas décadas, esa integridad heredada y formada desde hace más de un millón de años, se perderá para siempre, pues será imposible distinguir a la población autóctona  de la alóctona, y la sangre más vieja de Europa, se habrá diluido en un mar de razas.

En buen número de regiones de Europa occidental, y quizá de forma más intensa en varias zonas de España, se encuentra un tesoro racial endémico incalculable. Es importante diferenciar a las poblaciones y naciones en este aspecto, por cuanto unas conservan en su base la composición y naturaleza de su linaje, y otras han sufrido la destrucción irrecuperable de la misma, mediante la mezcla de distintos elementos raciales convergentes a través de diversos acontecimientos históricos, por medio de los cuales los pueblos van arrastrando una sucesión de elementos extraños, que con el paso del tiempo empiezan a normalizarse y convertirse en la base de su constitución, hecho el cual consagra la definitiva destrucción de su elemento étnico de forma permanente.

Durante el origen y buena parte del desarrollo de los pueblos de Europa Occidental, el elemento étnico ha vivido al margen de procesos aniquiladores. Prueba de ello es la comprobación de la buena integridad que guarda la herencia genética ancestral de varias regiones occidentales europeas, cuya naturaleza no arrastra carga genética extraña. Los marcadores genéticos que reportan abundantemente dichas regiones, tales como el haplogrupo R1b (Y) y H (X), son de procedencia endémica, no pudiendo haber asimilado elemento extraño alguno desde su germen.

Singular y distinta es la situación de pueblos invadidos por el cromosoma masculino occidental, pero superpuesto a una masa de genes bien distinta, como es el caso de los países coloniales de América Central y Sur, y también Norte, aunque ésta en origen tuvo una situación bien distinta. En alguno de estos países el haplo R1b puede alcanzar o inclusive superar el 40 por cien, sin embargo los haplos mitocondriales de origen occidental no superan en ningún caso el 20 por ciento, partiendo por tanto, casi literalmente, a la estirpe en dos trozos yuxtapuestos, no seleccionados por la obra biológica de la naturaleza evolutiva, sino por una conjunción cataclísmica de razas antígenas.

Para el cristianismo Dios es el creador de todas las razas humanas. Nadie sabe que las mismas son el resultado de una continua violación de un remoto pacto de sangre, más antiguo que el mencionado por Esdras, que al igual que en el Reino de Israel, también en otras partes y otros tiempos ha ido dejando un recuerdo plasmado a su vez, en numerosos relatos históricos. La regla del pacto de haberse cumplido hubiera determinado que los hombres de la raza madre se hubieran convertido en dioses atlantes, y los del resto en primates. Las catástrofes climáticas no serán causa del fin de la especie humana, su último capítulo vendrá de la degradación racial, fruto del mestizaje y la prevalencia de la genética primitiva. El fin de la humanidad vendrá cuando el hombre, único miembro de su especie sapiens, desaparezca habiéndose convertido en simio.

Uno de los elementos que ha determinado el devenir de la historia de las razas ha sido el genio creador, decisivo en la creación de sociedades y civilización. Si entendemos como lógico que la genialidad es en esencia un carácter o capacidad innata, también deberá la misma depender de factores que concurran en su expresión más elevada y pura. Toda esta lógica nos lleva a pensar que el genio mismo no es obra de un sólo ser, al igual que la genialidad no es producto de un sólo hombre. Cualquier genio precisa de la existencia de otros prodigios de los que adquirir conocimientos, y de un entorno cultural, intelectual, etc. La genialidad por tanto acontece por la concurrencia de generaciones de genios, es decir acumulación de cultura y conocimientos, en definitiva de pensamiento en constante desarrollo. De esa forma es como surgen las culturas y civilizaciones; tal y como también surgió el mundo occidental. De unas a otras generaciones existe un ligamento que conforma un pensamiento filosófico, cultural, científico, intelectual, etc. que sólo se frena o destruye cuando los elementos que conforma esa perfecta conexión desaparecen, modifican o sustituyen por otros. Este es en esencia el fundamento último en el cuál las culturas, pensamiento y civilizaciones, encuentran la causa de su decadencia y deceso.

Si concluimos que un sólo elemento no hace posible tan elevado nivel, deberemos aceptar que la multiplicidad en que debe basarse toda genialidad, tiende necesariamente a la unidad, puesto que la misma se origina también de elementos unidos o ligados por una misma esencia o naturaleza. El mantenimiento por tanto de esa esencia y unión dará necesariamente sus frutos y alcanzará más tarde o temprano la totalidad del conocimiento. Cuando el genio es tan inusual y extraordinario, que un pueblo entero sólo es capaz de general alguno en varias décadas o siglos, ocurre que la generación en la que el mismo nace, no encuentra elementos culturales e intelectuales donde poder desarrollar su talento, y por tanto muere en él toda posibilidad de contribuir al desarrollo y transformación de la sociedad. Si este genio consigue promover sus capacidades es en sociedades desarrolladas, es decir como extranjero o accediento al patrimonio cultural e intelectual de otros pueblos. Es de esta forma fundamentalmente como emergen talentos de razas asiáticas o africanas. En última instancia la frecuencia e intensidad con que un pueblo o raza genera genio y prodigio está estrechamente relacionado con la probabilidad de generar civilización, desarrollo cultural y adelanto tecnológico.

En el presente tratado analizaremos la aparición de grandes pueblos y civilizaciones, así como el proceso de su extinción. Del mismo modo también se estudiará el fenómeno religioso como parte del análisis de la psicología de las razas.
Uno de los acontecimientos más importantes para Occidente ha sido el surgimiento del cristianismo, dejando al margen las consideraciones místicas, analizaremos las circunstancias históricas y de otra índole en que se produjo su nacimiento, estudiando cada hecho y circunstancia, dentro del contexto de la historia de las razas.
El relato bíblico del remanente (escogido por gracia), mitifica lo que fue una realidad vivida en época de Elías, hasta las Tribus perdidas y el cautiverio de Babilonia, en donde las ramas de la raza ibera (de los verdaderos hebreos), formada por los campesinos, quienes no sufrieron las deportaciones o cautiverios del resto de poblaciones urbanas, consiguieron preservarse auténticas en su raza y sus creencias. Así se describe Pablo, como un hebreo, perteneciente al reino extinto de Israel, descendiente de Abraham y de Heber, por tanto del pueblo ibero sumerio. Este autor fue un historiador relevante que conoció anales importantes de la cultura griega, y que estudió la historia del reino de Israel. De sus cartas, procedentes en buena medida de autores que vivieron en primera persona el cautiverio, se deduce un relato anterior, más auténtico, que encierra la verdadera preocupación de un pueblo ante su inminente desaparición, donde se nombra a las “nuevas ramas injertadas”, como causa de la misma. En el texto bíblico también se hace mención de la gracia (escogido por gracia, no por obras), siendo su único sentido posible el de la sangre (Sangre Real), cuando se refiere al remanente. Un remanente por tanto, que el texto menciona como apartado del resto, por la gracia, es decir por la sangre.  Este es el linaje del rey David, desciende de los antiguos reyes atlantes de Iberia, que fue el abuelo 41 de Jesucristo, perteneciente a una estirpe de Galilea (colonia de los gálatas o galos, es decir celtas[1] o uskos, la raza vernácula de Occidente y fundadora del Reino de Israel).

El misterio de Dios reside en la búsqueda de su linaje, canalizador de la divinidad. ROSTRO_JESUCRISTOAquí veremos cuál es ese linaje del que habla la Biblia (de auténtica Sangre Real), sobre el cual se asienta la verdadera raza de Cristo. El cristianismo es un acontecimiento histórico que sólo puede ser entendido en su totalidad partiendo de la antigua historia de las razas en Oriente Próximo. Analizado desde un punto de vista cultural y filosófico, el cristianismo fue una reacción al semitismo judío y el rabinismo afianzado en el Sanedrín, por parte de una población residual de origen asiánico o eberita que se rebeló contra dicha autoridad religiosa y política. Jesucristo y sus apóstoles, no pensaban como judíos, su raza era distinta.

De haber nacido hoy día Jesús sería navarro pues es en Navarra donde se encuentra su raza en estado más puro, jamás podría volver a nacer en Galilea, donde ya no queda ni el más mínimo recuerdo de ella.

 


[Escolio]

[1]El celtismo, se representa como una circunscripción cultural o lingüística. Algunas instituciones culturales o regionalistas atribuyen este elemento como definitorio del celtismo o como representativo de algo dado en llamar nación celta. Históricamente, aunque no haya consenso unánime, son muchos los autores que califican el celtismo como un fenómeno cultural, desechando la atribución de etnia o pueblo. Esto sería tan burdo como decir que si todos los gitanos aprenden euskera se convierten en vascos, o si los vascos hablan calé, se gitanizan, o dejan de ser vascos si olvidan el euskera.

El vínculo inseparable entre el mundo celta y el megalitismo convierten a Iberia no sólo en el país celta por excelencia, sino en en su tierra originaria, pues en número y antigüedad, ni si quiera Inglaterra, que alberga el Stonehenge, puede compararse. A ello se une el fenómeno del entierro ceremonial propiamente céltico, con la cultura de Urnas, iniciada en la Península Ibérica y extendida por Europa y Asia, al paso del pueblo celta.

Las tradiciones irlandesas (consideradas el germen de la mitología celta), afirman un origen ibérico de sus pobladores (los más puros celtas), como descendientes de los iberos o brigantes milesianos.

Como se expondrá en adelante la genética corrobora un lazo común de las conocidas como culturas o naciones celtas, cuyo origen se sitúa en las costas del mar Cantábrico.

La noción lingüística o artística celta es una de las manifestaciones culturales del pueblo usko al que pertenece dicha atribución. La raza uska es la encarnación del mundo cultural céltico, que conformaría durante una etapa remota de Europa, parte de la manifestación cultural uskarita, entendida comúnmente con el calificativo céltico. Es por tanto que en el presente tratado el celtismo se entiende esencialmente desde el prisma étnico, ligado indiscutiblemente al patrimonio etnológico usko.

Pocas materias y conocimientos del Saber universal, pueden ser afirmados con seguridad matemática. Gran parte de los errores, se basan en no partir de la base genética, o considerarla meramente anecdótica y sin valor relevante.

Partiendo pues con la genética en el estudio humano, las hipótesis antropológicas y sociales dejan paso a una matemática exacta y perfecta. Su omisión en el estudio social y humano, equivaldría a la obra de un pintor ciego. Veremos como la genética es la mejor cátedra para interpretar la Historia.

Gracias a los estudios genotípicos, filogenéticos, filológicos, paleontológicos, arqueológicos, antropológicos, etc., que forman la propedéutica que desarrollaremos en adelante, podemos saber cuál fue el rastro y dónde se encuentra ese pueblo grandioso, que levantó las civilizaciones antiguas del Mediterráneo y la civilización de Occidente.

La historia siempre se ha analizado desde puntos de vista políticos, culturales o religiosos, con apreciaciones e interpretaciones. sin profundizar sobre el fenómeno psicológico de la misma. La unidad que adquieren las culturas y sociedades asentadas a lo largo de un tiempo, se basa en una unión étnica y de pensamiento o psicología racial. El hecho de que las naciones constituyan elementos raciales diversos ocasiona polarización e incoherencias culturales, ejemplos de esto los encontraríamos en la antigua Yugoslavia o Imperio Austríaco. El afianzamiento temporal de los diversos elementos étnicos de un país, contribuye a la cohesión, pues el mismo también ayuda al mestizaje racial que pone fin a las tensiones provocadas por las generaciones anteriores. En el estudio de la historia antigua, se hace imprescindible el análisis psicológico de las razas, puesto que la interpretación que se haga, así como el examen de las condiciones políticas y sociales, nunca pueden ahondar en el fondo real de la misma y sus consecuencias. Se deben por tanto distinguir dos elementos a la hora del estudio de la historia, que vendrían a ser sus capas superficiales conformadas por las cuestiones socio-culturales, religiosas y políticas, y en segundo lugar el trasfondo psicológico o racial con el cual analizar en profundidad las relaciones que el pensamiento particular de cada pueblo ha desarrollado a lo largo de su existencia con otros pueblos.
Cuando en algún momento los antropólogos han tratado del estudio histórico desde puntos de vista raciales y psicológicos, estos han carecido de los elementos que en la actualidad poseemos y que nos acercan a una comprensión más acertada e integral del mismo.

 

El cristianismo es uno de los fenómenos de la historia más estudiados y trascendentales, sin embargo tan sólo desde un análisis psicológico que profundice en sus raíces intelectuales y de pensamiento se puede tratar de comprender, más allá de consideraciones religiosas y teológicas.

Existen aspectos etnológicos y culturales que a lo largo de la historia han servido para desarrollar el análisis acerca del ámbito más íntimo del alma y pensamiento de los pueblos. Esto último ha sido objeto de fácil manipulación, y a menudo ha servido para el nacimiento de posturas prejuiciosas y adulteradas. Los aspectos culturales muchas veces no han sido lo suficientemente profundos como para formular un estudio certero de aquello que denominamos la psicología racial y por tanto ahondar en el aspecto más introspectivo de la psique que ha conducido al desarrollo de principios filosóficos y culturales que han representado las fronteras raciales más inexpugnables.

El estudio del mundo de la psicología racial, implica poder determinar cuales son los elementos que pertenecen al fondo social y filosófico en que se han basado las culturas de los primeros pueblos. Algunos de estos aspectos son confusos, por cuanto afectan a una parte profunda e íntima del pensamiento social, pero que no son reducibles al mundo de la psicología racial. Uno de estos podría ser el pensamiento político, ser más conservador o liberal, etc. puesto que ello no distingue elementos raciales, sino que depende de circunstancias sociales, que tienden a unificar a sociedades de distinto pensamiento pero con metas comunes. Otra cosa distinta sería el pensamiento filosófico o determinados principios y valores esenciales, como los representados en el derecho natural, declaraciones universales, etc. que pueden influir de forma intensa y determinante sobre aspectos esenciales de la forma de política de Estado, estructura del gobierno, relaciones internacionales, etc. Existen igualmente aspectos esenciales cuyo análisis consigue alcanzar cotas más profundas de la psique de los pueblos y las razas. Uno de ellos es el fenómeno religioso, entendido desde sus presupuestos culturales, filosóficos, sociales e históricos.

En el presente tratado se estudiará éste como uno de los principales elementos de acercamiento a esa psicología racial, y se podrá concluir si realmente las razas comparten más elementos que los unen, o por contra forman fronteras naturales de pensamiento en muchos aspectos insalvables e irreconciliables. Estas conclusiones nos ayudaran en el estudio de la historia de las razas, a comprender, profundizar y ahondar con mayor certeza en determinados procesos históricos, bien conocidos pero incomprendidos en cuanto a su dimensión, consecuencias y naturaleza. Las religiones han conservado en buena medida ámbitos culturales y raciales inalterados, afianzándose en sus respectivas regiones del mundo, recibiendo los valores y principios de cada psicología racial.

Prólogo

230px-DamaElche01Esta historia de la raza uska comienza a gestarse en la era de Osku o temprana era atlante, en una época donde no había naciones que se apropiaran de la historia de otras, en la tierra que dio cobijo y protegió de los hielos al nacimiento de la raza humana europea. Hoy día estamos lejos de ese origen tan lejano histórica y racialmente, de ahí la gran dificultad que entraña su estudio, pero aún se observan rastros del mismo en la senda trazada en la historia por las naciones que preservaron un resto importante de dicha sangre original y ancestral tan puramente conservada durante la época de los hielos. La mayor parte de la historia Antigua vendría a ser la historia de las tensiones de las razas humanas y el empuje fundamentalmente de Asia en las civilizaciones mediterráneas y el mundo occidental.

El eberita (ibero), es el pueblo responsable intelectual de las grandes civilizaciones, las pirámides, el Renacimiento, el Barroco, la tecnología, la informática, Internet, cura de enfermedades… Ha hecho el mundo, los derechos humanos, las libertades individuales, la igualdad de las sociedades, la justicia y las leyes, la Democracia, las asociaciones… Ha civilizado los continentes, y formado las primeras sociedades desarrolladas. Mesopotamia, Grecia, Creta, Palestina, Egipto o Babilonia, surgieron del genio usko, cuando gracias al ibero Cromañón[7] y a los pueblos del llamado linaje R1b[8], pasaron del Neolítico a la Edad del metal. Si dejamos en un continente perdido de otra galaxia a unas pocas familias eberitas, surgirá más tarde o temprano un mundo civilizado.

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El rostro eminentemente vasco de la dama de Cabezo Lucero en el Levante, deja claro el linaje genético al que pertenecían los contestanos.

 


[7]Hombre de Cromañón, de cuarenta mil años de antigüedad (Paleolítico Superior, cuando nació la civilización occidental), ahora se sabe que fue autóctono de la Península Ibérica donde se encuentran sus mayores y más antiguos restos. De este antepasado humano se originó el haplogrupo R1b, que define al hombre occidental actual.

[8]haplogrupo R1b, (M343) (antes Hg1 y Eu18) es el haplogrupo del cromosoma Y más común de Europa Occidental, en las regiones atlánticas del norte de España, oeste de Francia, Irlanda, Escocia y oeste de Inglaterra puede superar el noventa por ciento de la población. Con el proceso de la colonización se extendió mundialmente, estando fuertemente presente en América y Australia, siendo residual en poblaciones del este europeo o norte de África, donde no supera en ningún caso el diez por ciento. También de forma residual está presente en el Medio Oriente, Asia Central y Subcontinente Indio.

              Haplogrupo, es un marcador genético (clado), definido por una serie de haplotipos, que identifica a un ser humano dentro de un grupo o grupos étnicos. Se heredan a través del cromosoma Y (del padre) y del X (de la madre). Actualmente no existe prácticamente ningún pueblo que pertenezca exclusivamente a un solo haplogrupo, pero sí existen grupos humanos que mayoritariamente e incluso en una frecuencia altísima pertenecen a un marcador determinado, como ocurre con los europeos occidentales respecto al Hr1b. Hoy día debemos definir al europeo occidental como aquella persona endémica de un pueblo que alcanza una frecuencia superior al cincuenta por ciento de Hr1b.


 

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Genialidad de la estirpe usko-mediterránea. –Nos Celtis genitos et ex Hiberis-.

No está claro qué es con precisión un genio o qué parámetros científicos son precisos para su análisis, lo que sí se sabe es cuándo y dónde aparece esta acepción por vez primera, y cuál es la reacción cuando lo excepcional irrumpe sobre la propia naturaleza que lo gesta. Esto acontece cuando las sociedades empiezan a admirar y darse cuenta de lo extraordinario, al mismo tiempo que perciben la mediocridad y la ignorancia. Así por ejemplo ocurrió en la Grecia Antigua con los Siete Sabios o con los dioses del Olimpo. La personificación del talento tiende a mitificar al genio e incluso divinizarlo conforme la memoria histórica avanza o se diluye en el tiempo. El genio es cada vez más escaso y también por tanto notorio.

La historia griega ha sido analizada por la antropología en este sentido y muestra un ejemplo de la superioridad intelectual del griego remoto o antecesor, quien debió sufrir una irreversible degeneración y pérdida de inteligencia con el pasar de las generaciones y la consecuente entrada de sangre extranjera, respecto de sus modernos representantes.
Pieter Camper analizó el ángulo facial, que es una referencia que sirve para calibrar la inteligencia en los animales, de las antiguas estatuas griegas, reportando para éstas un índice de 90 grados, el cuál comparó con los índices actuales de la media europea que era de 80, observando finalmente el de la raza negra en 70 grados y la del orangután 58.

Si la naturaleza del genio se conserva en la sangre o la raza, los primeros elementos raciales que encierran la genialidad, fueron en dicho origen genios inigualables. Estos primeros genios o sabios antiguos no tuvieron referentes ni concibieron algo que se entendiera como lo extraordinario. El genio era la regla y la medida en el origen de la raza. Es decir los primeros seres de la raza de los genios eran los más íntegros y auténticos de dicha naturaleza. En consecuencia su sociedad cuanto más remota fuera, más conservaría de forma auténtica la naturaleza de su genio. Esto pudiera significar que los antiguos elementos de esta raza poseían una inteligencia superior, más estable y cuya naturaleza era la más propia de las que alberga un genio. Esta es la explicación y el modo de como se erigieron las grandes civilizaciones de la Antigüedad desde la nada.

En el origen de esta raza sólo había genios. El proceso histórico que origina las concepciones de genialidad, talento o prodigio, que ya son patentes en las culturas clásicas, no son producto de un desarrollo intelectual o una evolución biológica del ser humano, sino más al contrario son una merma considerable de dichas facultades en la gran mayoría de dichos elementos, y la perviviencia reducida y más inestable de los caracteres originalmente más desarrollados. Es decir conforme avanza el tiempo la raza que gesta el genio y el intelecto, va expandiéndose y al mismo tiempo perdiendo facultades intelectuales que inciden en la generación de elementos inferiores cada vez más frecuentes. Llega en consecuencia el punto en el cual el genio es tan escaso y notorio que provoca la aparición de las concepciones antes citadas, momento en el cual la mediocridad se afianza.

A ese afianzamiento le sigue un momento de la historia en el cual sólo unos cuantos genios tiran de todo un imperio para evitar que sucumba por el peso muerto de elementos cada vez más pusilánimes, es el que deriva inevitablemente en el deceso de las civilizaciones. Dicho proceso puede acontecer por diversos cauces.
Cuando el genio es escaso e igualmente notorio, encuentra fácilmente sus referentes, y también aquellos elementos que facilitan o promocionan su talento, puesto que son destacables y normalmente más accesibles, es en consecuencia la genialidad en parte una fracción que puede inducirse mediante la intelectualidad formada en su entorno o cultura. Sin embargo el primer genio de la historia, fue indudablemente un ser genuinante genial y absolutamente innato, cuyo talento para sobrevivir tuvo que convivir necesariamente con semejantes de igual naturaleza, por cuanto si la norma hubiera sido la mediocridad, ésta hubiera ahogado el poco o mucho genio existente.

Para su comprensión nos fijamos en los momentos finales de la combustión, cuando las llamas van convirtiendo la madera en brasas, y observamos como mantienen el calor y el fuego aún con vida mientras todas juntas contribuyen intensamente en no matarlo, puesto que si el resto se enfriara y sólo una quedase, ésta estaría condenada a desaparecer, salvo que un golpe de viento la reavivara. Dicha corriente vendría a ser la cultura y el legado intelectual.
La genialidad es el elemento que no puede adquirirse por ningún medio externo, es por tanto que el ser humano nace con dicho carácter potencial. Con los elementos externos necesarios el genio prevalece sobre la mediocridad del ser, siempre que esté acompañado de elementos raciales que favorezca su probabilidad. Esto no implica determinismo, puesto que son como hemos dicho diversos los elementos externos que potencian u orientan una determinada naturaleza preparada para el prodigio.

El genio que surge en los tiempos más remotos, sin medios a su alcance más que su propio intelecto e ingenio y sin cultura avanzada, es puramente innato, debiendo para su desarrollo haber tenido que contar con abundancia de elementos intelectualmente semejantes en su entorno. Era pues el primer genio de la raza de los sabios, aquellos que pertenecieron a un pasado de intelecto e ingenio muy superior. Los antepasados eran superiores, más inteligentes, cuyo impulso intelectual e ingenio bruto originó de la absoluta nada toda la cultura y la civilización, siendo su única fuente.

El arranque de todo un proceso que levante el origen de una civilización intelectualmente profunda y avanzada, procede de una profusión de elementos superiores. Dicha superioridad condensada se diluye por varios eventos que inciden de una u otra forma. Algunos de estos acontecimientos son irreversibles. De dicha naturaleza son los procesos que vivió la cultura y civilización griega. Su origen acontece cuando aparece el ingenio y el intelecto en la región oriental del Mediterráneo, extendiéndose por África y Asia, y propiciando a su paso el surgimiento de civilizaciones como la sumeria o la egipcia. El paso del ingenio viene de la mano de aquel pueblo que empezó a desarrollar movimientos culturales profundos, algo más intelectual y cerebral que la astucia para la mera supervivencia como la aparición de la agricultura o la ganadería.

Las primeras culturas primitivas de piedra que siguieron al Paleolítico, aparecen en el foco occidental del Mediterráneo y el Atlántico europeo en forma independiente, y se extienden al resto del continente y regiones de África y Asia. Esta era implica un proceso de estabilización de un gran grupo humano en distintos focos alrededor del Mediterráneo, que fueron convergiendo en distintas culturas y civilizaciones con el afianzamiento de la era de los metales. Así vemos que aparecen distintas sociedades avanzadas en diversos espacios de forma autónoma, en estas primeras fases de asentamiento. En estas circunstancias tan remotas, se desarrolla cultura mediante el único recurso del intelecto. Éste debió ser el que la naturaleza predispone para el genio, que en las primeras edades de esta raza hubo de ser abundante, para no parar o matar el curso civilizador. Dicho evento fértil en intelectualidad y genio floreció intensamente hasta culminar en el momento de mayor esplendor de una cultura, su cenit, momento el cual aparece tras una consecución prolongada de generaciones de sabios y numerosos elementos superiores.
Con lo dicho es correcto afirmar que nuestros antepasados fueron genios más inteligentes y numerosos en proporción, puesto que además de arrancar la cultura de la nada, hubieron de afianzarla y desarrollarla en entornos remotos y hostiles, plagada de elementos extintivos y catastróficos.
Mientras esto acontece por la consecuencia del genio innato, en el transcurso de las razas afroasiáticas el mismo se mantiene ausente, y sus naciones en algunos casos, permanecerán en una perpetua prehistoria, actuando en otros como un auténtico evento extintivo. En el caso de aquellas razas que permanecieron en un estado primario indefinido, el genio innato no es que no pudiera manifestarse, sino que nunca existió tal cosa. En las sociedades por tanto donde no hay constancia de genios primitivos no hay genio innato.
En el caso griego, su cultura y toda su civilización se asomaron a un precipicio, al momento de presenciar el inicio de la extinción de su raza. El genio brotó intensamente por última vez antes de desaparecer para siempre, el intenso brillo que dejó son el único vestigio del pensamiento y toda la intelectualidad que generó la cultura clásica.

El genio no sólo es innato, dependiendo de factores adquiridos y de cierta voluntad su afloramiento, sino que además es heredable, pero no exactamente de padres a hijos, sino más bien desde un punto de vista racial, cuando esto último posee como característica propia la promoción natural del mismo. Formaría quizá parte de lo que los griegos llamaban metempsicosis, entendida como aquellos caracteres innatos heredados racialmente que forman parte del desarrollo intelectual y espiritual. Existen cualidades y características que se heredan de padres a hijos, y otro tipo de elementos que lo hacen dentro de un determinado grupo racial, que conformarían elementos que unen y cimientan a toda la sociedad o civilización como entidad. Esta parte de la esencia racial del ser humano, es una marca de trascendente importancia en cuanto al establecimiento de diferencias materiales de las razas humanas.

Sin embargo el genio, se encontraría en una parte más recóndita y ajustada de esa metempsicosis. Este factor hace que la genialidad sólo aflore, en circunstancias dadas, mediando además un juego de probabilidades genéticas, pero con un espacio considerablemente más amplio, delimitado dentro de determinadas fronteras raciales. Esta importante limitación es la que hace que los hijos de genios sólo puedan heredar su prodigio de sus progenitores en la medida que se repita el mismo juego de probabilidades. Por lo dicho la genialidad es patrimonio exclusivo del carácter racial, y como demuestra la historia de la humanidad, circunscrita a la civilización occidental. Es en Occidente donde de forma más intensa se ha dado esa media probabilística, en donde el genio ha destacado por encima de sus fronteras y formado parte de la historia universal, transformando el mundo y a las naciones a su paso.

Como hemos señalado y desarrollaremos en adelante el haplogrupo R1b, es un marcador que revela la existencia del que llamamos como pueblo usko. Una parte importante de los varones europeos occidentales pertenecen al mismo, y en algunas regiones europeas un portentaje alto de los mismos pueden ser considerados descendientes bastante íntegros del citado pueblo. Este haplogrupo que deriva del Hombre de Cromañón, se hereda por vía paterna, y pertenece por tanto al cromosoma Y. Otro marcador que identifica por vía materna (se hereda de las madres) el origen de los uskarios, es el haplogrupo H[9], que se encuentra en proporciones similares al R1b, en las mismas regiones occidentales, y que se formó en la misma época, siendo probablemente de origen neandertal. Ambos haplogrupos son los marcadores que dan prueba de un pasado ancestral de los europeos occidentales, y como veremos también de la existencia de una raza endémica, que se originó y desarrolló separadamente del resto de razas humanas, durante los hielos cuaternarios. Podemos afirmar que desde presupuestos genéticos y antropológicos la raza uska, se conserva en ambos linajes masculino y femenino, en mayor estado de pureza y plenitud en determinadas regiones de la Península Ibérica.

El resto de europeos occidentales actuales, también dan testimonio de su existencia, por cuanto pertenecen en buena medida a estos linajes. Hoy no es imposible definir una raza pura en Europa, y ninguna nación occidental responde a tal concepto en la actualidad. Sin embargo en el proceso de poblamiento del continente existió un único cuerpo racial endémico, cuya huella aún está presente intensamente en una parte sustancial de poblaciones occidentales del continente europeo, y cuya identidad genética ha servido para poder identificar a dicho pueblo ancestral. Es esa la raza a la que llamamos uska,y que se corresponde en el caso de los varones con el citado haplogrupo R1b. La participación de las actuales naciones europeas en dicha raza es relativa, considerándose muy próxima y fiel al estado original en determinadas regiones de la Península Ibérica y de la Europa atlántica. Los restos de esta raza han sido lo suficientemente intensos como para determinar la historia de dichas naciones y la del mundo. Las naciones occidentales que han participado de forma intensa en ese legado racial uskario son las que han hecho emerger a la civilización occidental y generado las más desarrolladas sociedades y culturas.

Existe una relación estrecha entre determinados haplogrupos y la inteligencia, y por tanto también entre el nivel de cultura y desarrollo de los pueblos. Esta relación determina que existen capacidades intelectuales innatas, que establecen que unas razas humanas están más capacitadas para el intelecto y por lo tanto también para el desarrollo de cultura. En este sentido aquellas naciones o civilizaciones que podemos relacionar en alguna medida con los llamados pueblos usko-mediterráneos[10], guardan similitudes en aspectos como la cultura, religión y forma de sociedad original.

La humanidad nos muestra una división genética en base a ramas o linajes. Dentro de esta categoría es donde encontramos los marcadores sexuales que identifican a los distintos grupos humanos. En el varón se hallan los cromosomas X e Y, mientras que en la mujer el X y X. Sabemos además que el cromosoma Y, es una evolución biológica en la especie animal, y que parte del cromosoma X, que es anterior.
Dentro de los cromosomas sexuales se encuentran los haplogrupos y haplotipos. En la especie humana se encuentran tantos tipos de haplogrupos como razas o linajes existen. Junto a esta categoría se encuentran los tipos de genes autosomas o cromosomas no sexuales, cuya información es más inestable. El haplogrupo es el elemento que permanece invariable, descubriendo el origen del que procede un individuo o todo un grupo. Desde parámetros genéticos pueden descubrirse todos los acontecimientos históricos que ha ido sufriendo un pueblo a lo largo de las generaciones y cuál ha sido su verdadero impacto. Este análisis comporta un verdadero libro de historia.
En los pueblos de Europa se observa el predominio de un ámbito o demarcación occidental que hunde sus raíces en el origen más remoto de los europeos. Esta región representa más que un punto de unión, el verdadero arranque mismo de la esencia de los pueblos de Europa. Ni en África, ni en Asia, encontramos lo que podemos denominar como el centro mismo de la creación de Occidente como una raza. Tal es así, que pareciera como si dicha raza ancestral hubiera emergido del Atlántico, como una especie anfibia, descendiente de atlantes o de ángeles, que durante un proceso de generaciones ha perdido capacidades.
En el Occidente de Europa, se inicia el proceso de repoblamiento del resto del continente, en cuyo comienzo alcanzó hasta Rusia y los Balcanes, con un alto grado de homogeneidad, sin apenas inclusiones ni acontecimientos exógenos. Este proceso se iniciaría con la cultura Megalítica y termina con la gran expansión de las culturas célticas por el continente. Tras las últimas oleadas que llegan al Ponto y Asia, comenzaría la catábasis de las razas afroasiáticas por el Mediterráneo y Europa oriental.
El resultado de los acontecimientos históricos generados en la Antigüedad, muestran que durante una etapa importante, antes de la explosión demográfica de Asia, la raza atlante prosiguió por el norte de África y Asia, hasta la India, tras lo cual sufre una regresión por el empuje de las razas del desierto que la reducen y finalmente circunscriben a su lugar de origen, en las regiones atlánticas de Europa. En varias de sus regiones encontramos a esta raza casi pura.
Los marcadores encontrados en la Europa atlántica, responden en el caso del cromosoma Y, al haplogrupo R1b. Si la humanidad se divide en linajes, debemos analizar en qué medida éstos inciden en las capacidades de cada pueblo, y en última instancia en el fenómeno de la genialidad.
El haplogrupo R1b, que poseen la totalidad de los grandes genios universales, define la etnicidad atlántica o uska, y en esencia formó durante largo tiempo una frontera racial entre Occidente y el mundo afroasiático. Como sabemos, dicho marcador se ubica en el cromosoma Y. Está demostrado que la genialidad y buena parte de la inteligencia humana se debe en alguna medida al poco conocido cromosoma Y, en tanto que los varones representan el mayor porcentaje de intelecto, superdotación y genialidad en comparación con las mujeres. Se puede afirmar que hay más superdotados hombres que mujeres, y el cociente masculino supera en general al femenino, tal como han probado numerosos estudios de población (estudio de población de Richard Lynn de la Universidad del Ulster, o como ocurre en la escala de Weschler y la Giga Society).

El cerebro del hombre pesa doscientos gramos más que el de la mujer, siendo igualmente denso, teniendo más neuronas y conexiones neuronales. La capacidad craneal es una carácter de inteligencia superior, siendo corroborado por numerosos estudios de resonancia magnética, en los cuales queda de manifiesto una relación significativa y substancial entre el tamaño cerebral y la inteligencia. En España los casos de superdotación intelectual del hombre son del ochenta por ciento, frente al veinte de la mujer. Si el cromosoma Y, no fuera determinante en esta cualidad, o el cromosoma X, tuviera una mayor relevancia en ese aspecto, el hombre, por probabilidad, no podría desarrollar un porcentaje mayor al de la mujer, puesto que él se compone de los cromosomas XY y la mujer XX. El hombre tendría por tanto la mitad de posibilidades de desarrollar un cociente superior o superdotación, y sin embargo supera en ambos casos a la mujer (de manera notable en el caso de los superdotados). También es la mujer, a través de su cromosoma, quien transmite el mongolismo.
Conocemos además los casos de triple X (aneuploidía), o mujeres que poseen un cromosoma extra, (una de cada 1500), los cuales se caracterizan por un bajo cociente intelectual. En los casos de superhombre con cromosomas XYY, la capacidad intelectual alcanza una media de 120, lo cual, junto a lo anteriormente descrito vendría por norma a descartar del género femenino la procedencia de un cierto grado de intelectualidad.
Si analizamos estas consideraciones no podremos obviar el hecho de que no han sido factores de opresión o dominación la causa determinante o principal, que ha mantenido durante las distintas épocas de la historia a la mujer en un plano desigual socialmente. El dimorfismo intelectual, es un aspecto básico que explica de forma natural aspectos que creemos son meramente consideraciones sociales.
La aleatoriedad con la que se gesta un genio, se limita a determinados parámetros, dentro de los cuales actuaría un juego de probabilidades. Tendríamos en consecuencia varios factores que delimitarían su aparición, así como su frecuencia, intensidad, etc. Uno de estos factores de importancia sería el cromosoma Y, ligado estrechamente a las consideraciones biológicas relacionadas con la inteligencia y su desarrollo.
Sin embargo no es tan sólo una cuestión cuantitativa lo que tenemos en cuenta, cuando nos referimos a la capacidad intelectual en lo concerniente al genio. Si la cantidad o fortaleza intelectual es un parámetro relacionado con el cromosoma Y, la tipología y los aspectos cualitativos, estarían vinculados a los marcadores de dicho cromosoma.
Es en este cromosoma Y, se encuentra el haplogrupo R1b. Este es posiblemente el elemento más determinante de la genialidad, algo que podría llamarse el gen del genio occidental.

Al encontrarse dicho haplogrupo en el cromosoma Y, es algo más inestable, por cuanto no puede ser contrarrestado por otro cromosoma Y. Quizá este sea un factor por el cual la superdotación es escasa comparada con la mediocridad.
Si en la superioridad intelectual, observamos que el cromosoma sexual determina aspectos cuantitativos, en cuanto a los elementos relacionados con su intensidad, variedad y profundidad, serían los haplogrupos y determinados genes, los que vendrían a ser factores importantes en lo referente a sus aspectos cualitativos.
La historia nos confirma que de alguna forma u otra el gran genio universal está relacionado estrechamente al haplogrupo R1b.

Si los estudios sugieren que la inteligencia bruta es heredable en un setenta y cinco por ciento, en aquellos aspectos más profundos y cualitativos, esta franja sería absoluta.

Existe una relación importante entre el desarrollo humano y de nivel de vida, y determinadas capacidades intelectuales, cognoscitivas, abstractivas, etc. (que pueden ejercitarse casi como un músculo); esto es, la diferencia entre el dominio de lo innato y el dominio de lo adquirido. Sin embargo existen parámetros intelectuales cuya profundidad impiden cualquier acceso que no pertenezca al llamado dominio de lo innato. En este sentido algunas razas humanas no pueden traspasar determinados límites intelectuales, tanto en sus aspectos cuantitativos como en los cualitativos. Ejemplo de lo primero serían los africanos, especialmente los del África Negra, quienes migrando a países desarrollados y accediendo a educación y nivel de vida avanzados, no alcanzan el cociente intelectual de los occidentales. En este caso la inteligencia bruta posee un margen de aprendizaje en torno al veinticinco por ciento.
En cuanto al aspecto cualitativo, es decir una inteligencia diversa (en horizontal, a diferencia de los aspectos cuantitativos o intelecto vertical) al cual nos hemos referido a la hora de determinar los factores probabilísticos que inciden concretamente en la genialidad, también podemos observar ejemplos que en las razas humanas se muestran como determinantes a la hora de distinguir el dominio de lo innato como algo exclusivo y a la vez excluyente del genio en aquellas naturalezas que carecen del mismo.
En el caso de las razas de Extremo Oriente, existe un tipo de inteligencia más determinada por aspectos cuantitativos que por la profundidad y diversidad intelectual.

En este caso el entrenamiento o el ejercicio intelectual, y en ocasiones la directa imitación o memorización de procesos abstractivos interiorizados, son los factores que hacen crecer el intelecto vertical, es decir la inteligencia bruta. Este tipo de inteligencia con escasa profundidad reflexiva y casi nula capacidad creativa, en dichas razas, ha sido fundamental para aumentar sus escalas de cocientes intelectuales y dar una presunción de gran intelecto. A pesar de lo exagerado de la comparación, podemos decir que es un tipo de inteligencia similar a la de los simios, o al aprendizaje de las aves y otros animales, cuya diferencia se basa en el grado. La comparación entre los cocientes del entorno del conjunto de países del Lejano Oriente, como Laos, Camboya o Malasia, (cuya media es inferior a noventa de IQ) y China (con cien), hace pensar que la diferencia no se basa en elementos innatos o naturales, sino externos. Lo mismo cabe decir respecto a los chinos del este (más desarrollado) y los del interior subdesarrollado de muy inferior cociente.

El entrenamiento intelectual al que se somete a la población china, han empujado su cociente intelectual por encima del de su entorno.
Este tipo de inteligencia es muy distinta a la occidental, ya que mientras una tiende hacia un grado ascendente o vertical, la otra básicamente se expande en horizontal, aumentando por tanto el intelecto en sus diversas facetas, y potenciando fundamentalmente la inteligencia creativa, estrechamente relacionada con el genio creador.
Es por ello que el superdotado asiático nunca será un gran genio, su inteligencia no es creativa.
En Asia, no existían superdotados antes de unas pocas décadas, sus sociedades poseían un desarrollo intelectual y cultural no mucho más elevado que el de los pueblos indígenas.

Los superdotados asiáticos, son el producto de un entrenamiento del mundo moderno asiático. También diríamos incluso de una especie de selección natural de la inmensa masa asiática sobre la insignificancia del individuo oriental, reducido a la nada en medio de la superpoblación; presionado por una competitividad brutal. Un intelecto en definitiva ausente de genio creador y heterogeneidad, delimitado por parámetros de eficiencia y perseverancia.

En Asia, el atroz mundo superpoblado y competitivo, potencia o expande un tipo inteligencia relacionada con el trabajo y la productividad (nunca con la creatividad). Pero no es a causa de los aspectos sociales o mundiales que pueden repercutir sobre elementos psicológicos y conductuales. Estos mismos acentúan una base natural que ha aceptado los mismos, o mejor dicho ambos se han encontrado en un proceso de ensamblaje. En definitiva es dicha naturaleza innata la que ha creado a modo de reacción ante elementos externos, ese fenómeno masivo, cuya consecuencia será siempre la dependencia absoluta del genio occidental, como único motor del que se pueden nutrir el resto de inteligencias humanas. Este aspecto cualitativo fue determinante a la hora de ser España y no China la que descubriera el continente americano, a pesar de ser insignificante en términos de población comparada con ésta.
Otra reacción distinta la encontraríamos en Hispanoamérica, cuya base racial fue en origen de base mongol, un tipo alejado de las razas de Extremo Oriente, pero cuya inteligencia puede tener ciertos aspectos comunes. Es decir tanto mongoles como chinos poseyeron una inteligencia vertical, poco desarrollada, en origen escasa o plana, similar por tanto a otras razas indígenas. Sin embargo mientras en Asia, los factores externos parecen haber fomentado una reacción tendente a elevar el grado intelectual, no en su profundidad, pero sí al menos en su verticalidad, en América, el intelecto ha reaccionado ante los elementos o acontecimientos externos con total indiferencia, sin apenas alteración. Sólo se observa una cierta distancia que rompe dicha inmutabilidad, en ciertas regiones desarrolladas intelectualmente, pero su causa parece estar relacionada con el mestizaje con la raza blanca.

Prácticamente no encontramos signo de civilización o desarrollo humano alguno hasta llegar al Cono Sur. Argentina y Uruguay, (los dos países de Iberoamérica de mayor cantidad y calidad de sangre ibera) son los que más se aproximan al cociente intelectual de los europeos occidentales, siendo el resto un mundo deficiente en términos de inteligencia. El cociente intelectual de países como Colombia o Perú, podría ser similar al de los indígenas que descubrieron los españoles, desde luego no muy inferior.
Si Iberoamérica fuera una persona sería un retrasado mental, si lo fuera África, hablaríamos en términos de deficiencia mental grave, y si sólo lo fuera Guinea Ecuatorial, se trataría de un síndrome de Down.


[9]Haplogrupo H  mitocondrial. haplogrupo H, también llamado Helena, es aquel que se hereda de la madre ocupando el cromosoma X, y por tanto portan tanto hombres como mujeres, y que junto sobre todo a los tipos h1 y h3 son comunes y originarios de Europa occidental, siendo probablemente el vestigio dejado por las hembras de neandertal ibéricas hibridadas con el sapiens cromañón. Los pueblos que lo portan, son considerados los hijos de Helena.

[10]Pueblo usko-mediterráneo es como se conoce actualmente a los antiguos pueblos primigenios que dieron origen a las civilizaciones del entorno mediterráneo (Tartessos, Egipto, Creta, Mesopotamia, etc.), y que se expandieron en posteriores etapas a América, la India y China. En su origen los utskos o eberitas, fueron el germen de la humanidad europea endémica, manteniéndose puros en su linaje, tras los hielos cuaternarios. Este pueblo único, se extendió por Europa, dando origen a dos facciones importantes. Una la de los atlánticos, situados en las regiones septentrionales, y cuyos mayores representantes son ahora los irlandeses y galeses. La otra rama es la propiamente usko-mediterránea, que siguió perviviendo en Iberia y se expandió a través del Mediterráneo, por Francia, Italia, Grecia, norte de África y Asia (desde el Cáucaso hasta la India). Actualmente los usko-mediterráneos, son pueblos en algún grado mezclados con otros del propio entorno afro-asiático o mediterráneo en el que se desenvolvieron. Ese grado de mestizaje varía, dependiendo de la cercanía con Iberia. Mientras los griegos de origen usko, son ya una minoría mestiza, los españoles del arco mediterráneo y Pirineos o italianos del norte, conservan un alto grado de pureza uska, y sólo una muy ligera matización africana o asiática.


-Abajo evolución demográfica de los pueblos uskos atlánticos y mediterráneos, en el color más intenso que representa las frecuencias más altas, se han tenido en cuenta factores históricos y genéticos como el haplogrupo r1b. En las máximas dicho carácter r1b es siempre a partir del 90% de población.


 

mapa uskos

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Uno de los elementos que potencia el intelecto en sociedades desarrolladas es la educación reglada. En la actualidad el sistema educativo es el más estandarizado que existe; tanto o más que el económico o cosmocrático, al que sirve y del que forma parte. Buena parte de la causa de su extensión es precisamente la fuerza que ha cogido la globalización en las últimas décadas. Como es de esperar su origen es occidental, sin embargo en vez de evolucionar para potenciar el genio que hizo aparecer a Miguel Ángel, Mozart,etc., ha sucumbido al principio destructor de la genialidad, que es el igualitarismo, basado en la presunción de la mediocridad y la norma y el canon de lo mediocre (mesocracia). Un sistema basado en preguntas y respuestas dadas, sin actividad iniciática, creativa o investigadora, es decir la inteligencia entrenada propia de los asiáticos. Si un genio se equivoca en una pregunta, la errada es la pregunta, pero tal sistema no permite que la misma sea replanteada. Por multitud de razones, en las que ahora no toca ahondar, podemos concluir que todo el sistema educativo está hecho por y para mediocres.

El gran trauma que provocan las sociedades cosmocráticas firmemente asentadas sobre el principio del igualitarismo, se basa en configurar todo un vasto sistema de mediocridad. La sociedad debe esperar al genio no al mediocre, sin embargo se espera y hasta promociona lo segundo. Para ese estado sobredimiensionado es más asumible desde puntos de vista políticos y sociológicos, así como económicos el incentivo de la mediocridad absoluta. Cuando no se espera otra cosa de la progenie que lo mediocre, el talento y el genio se encuentran en medio de un terreno enormemente yermo y seco, y o bien no se desarrolla por falta de incentivos externos, referentes, respaldo, etc. o bien finalmente muere en el camino y en el intento que parte casi en exclusiva del esfuerzo individual.

En otras épocas de la historia de Europa se observa como las sociedades han tratado el fenómeno de la genialidad de forma bien distinta. Así encontramos que existieron momentos en los cuales se incentivó el cultivo de un genio pensador y filósofo, que fue el productor de las dos principales corrientes de pensamiento intelectual de la historia occidental, el racionalismo y el empirismo, así como el interés por el conocimiento y la estructuración y delimitación clara de las ramas del saber, es decir en esencia la base sobre la que se asienta el suelo que hace crecer el talento. En el mismo momento y de forma más intensa en otros, se desarrolló un gran interés por el genio del arte, y las sociedades promocionaron la actividad intelectual artística hasta colmar las ciudades de monumentos, catedrales, plazas, museos, óperas, teatros, desarrollándose las distintas ramas artísticas hasta generar toda una cultura del arte con movimientos intelectuales profundos, paso este último en el cual se gestaron las naciones y sociedades modernas de la Europa occidental, fundamentalmente desde el Renacimiento. En la sociedad industrial, el genio destacable fue el impulsor de los grandes avances tecnológicos que llegan a nuestros días, y que revolucionaron nuestro mundo.

Existe una importante relación entre la genialidad y la intelectualidad. Ambos elementos son los necesarios cimientos de la sociedad, pues son las mejores herramientas de pacificación. Las sociedades más inteligentes son aquellas más civilizadas, y al contrario las menos intelectuales son más agresivas y violentas, menos capaces de desarrollar un orden social. El cociente intelectual puede orientar sobre qué medida tiene un país acerca de su inteligencia y por tanto también su capacidad de asentar sociedades estables y orden o paz social. Sin embargo el genio o gen occidental, es algo más complejo en lo que intervienen elementos más intrincados de la naturaleza humana. Cuando hablamos de gen occidental, refiriéndonos a la genialidad, lo hacemos destacando una característica que es propia de la naturaleza racial de Occidente, e ignota al resto de humanidad. Esto no quiere decir que no existan razas inteligentes, incluso en determinados aspectos más que la raza occidental, sino que es en Occidente donde nace, se genera y desarrolla una inteligencia especial, que no es desarrollada más que por una parte de los elementos que participan de esa naturaleza racial, y que son los que en última instancia logran alcanzar los hitos donde nadie antes había llegado, rompiendo por tanto las barreras de su tiempo. Esto no se limita a una mera capacidad creativa o innovadora, sino que implica una naturaleza intelectual distinta, no tanto en cantidad. Un genio occidental es el ser más inteligente de su tiempo, y la suma de su intelecto ordinario (el cociente) puede medirse en términos muy superiores, a los que hay que que añadir una capacidad o intelecto diferente, no medible y cuya visión es sólo comprensible a través de sus obras, a través de su cultura y de su civilización. El llegar a ese resultado es una operación incomprensible por cuanto no sólo intervienen en la misma elementos intelectuales ordinarios, sino otra serie de aspectos de extraordinaria magnitud inmedible, y ausente fuera de la naturaleza occidental a la que nos hemos referido.

Una de las más intensas regiones europeas uskas es Irlanda, país cuyo cociente intelectual es quizá de los más bajos de Europa occidental. Su especial situación como una de las más grandes reservas de sangre ibérica del mundo ha hecho brotar de forma continua el gran genio europeo, a pesar del cociente medio bajo de la población en comparación con las naciones de Occidente. Esto supone la diferencia respecto de aquellos países que no comparten esa misma genialidad latente; por ejemplo Sudamérica nunca verá brotar ese genio ininterrumpido, y si lo hace es partiendo de la escasa superdotación que la sangre uska dejó en el continente.

En las ciencias, artes, tecnología o cualquier materia del Ser que requiera del uso del intelecto y las capacidades psicológicas, deberemos confiar en el valor que aporta el ser occidental, en el sentido cultural y también racial, pues hasta los elementos mediocres de la sociedad se han contagiado del roce intenso de intelectualidad desbordante del genio occidental cuyos legados culturales han fundamentado el nacimiento de una sociedad intelectualmente desarrollada, mantenida firmemente a lo largo de las generaciones por medio siempre de la continuidad de su naturaleza racial. Esos elementos mediocres son distintos intelectualmente pero semejantes en naturaleza a los genios que se generan en su seno, al estar unidos racialmente a ellos, y por tanto formando una absoluta cohesión, donde conviven dos elementos necesarios para el sustento de una sociedad; por un lado el del talento y por otro el de la mediocridad de la que se debe servir el primero para conseguir sus fines.
Un científico, artista, ingeniero o médico, si es occidental, por lo general, deberá tener mayor consideración en sus obras, ciencia o discursos, que el resto de personas, pues en su cultura e intelecto descansará por norma la seguridad del acierto. Esto en modo alguno significa que la ineptitud y la mediocridad no sean la nota más abundante en la facción más importante de las poblaciones. Lo que realmente difiere en aquellas que por su naturaleza y orígenes pertenecen a Occidente, es que en ellas brota la genialidad de vez en cuando, y la misma se acumula a lo largo de las generaciones, asentando un intelecto racial que se desarrolla a lo largo de los tiempos y que se transforma en un pilar fundamental de conocimiento que ejerce su docencia sobre el resto de elementos mediocres de la sociedad, quedando pues fuertemente influenciados e impregnados por dicha intelectualidad. Esa genialidad es escasa o nula en otro tipo de naturaleza racial, por cuanto no existe en ellas el gen occidental o genialidad, o si existe talento este es demasiado escaso para desarrollar cultura. Es por ello que no cuentan, por lo menos en su origen, con ese acumulo de sabiduría y experiencia que forma la base del intelecto, cultura, pensamiento e historia propia de las naciones occidentales. Esta también es la causa de que los genios de razas no occidentales surjan siempre en Occidente, donde se encuentran los elementos y estructuras necesarias que favorecen el desarrollo de la creatividad, inventiva e intelecto. Dicho de otra manera, si Cervantes hubiera nacido en Japón, nunca hubiera tenido oportunidad de escribir nada relevante; por otro lado la más ilustrada mente de Japón, que hubiera nacido en la España del XVII, tampoco es seguro que hubiera escrito nada valioso, aunque sí más probable que si hubiera vivido en cualquier parte de Asia.

Es una cuestión de vital importancia el entender que cuando los recursos son limitados o escasos, se deben centrar en promocionar el talento de aquellos que están destinados por su naturaleza a desarrollar el genio, y desviarlos de los que por identidad de razón, nunca verán nacer el mismo, cumpliendo la máxima de la Justicia de tratar igual a los iguales y desigual a los desiguales.

Una cuestión importante en el desarrollo y evolución de la especies, también en los seres humanos, es la del conocido como vigor del híbrido. Dicha consecuencia de la mezcla de especies, conlleva en teoría una mejora sustancial del híbrido respecto de sus progenitores; pues las taras son menos frecuentes o tienen menor posibilidad de aflorar y los factores positivos como la inteligencia o la mejora del sistema inmunológico pueden surgir o advenir con la selección natural de la especie. La heterosis se ve favorecida por el juego de combinación y fusión (complementariedad) de virtudes y paulatina desaparición de los “defectos”. Este proceso natural-biológico, existe desde el origen de la vida misma, y es necesario para la evolución y adaptación de las especies habidas en un mismo entorno. Sin embargo no siempre la inteligencia es un factor positivo o favorable en el proceso de selección natural. De hecho en la naturaleza y en la historia de la especies, este aspecto es el más difícil de desarrollar. No es algo barato ni demasiado rentable el tener que acarrear con abastecer un gran cerebro, generador de pensamientos e ideas con necesidades crecientes. En los seres humanos no obstante, este factor ha sido clave para su dominio sobre el resto de criaturas. No hablamos de inteligencia bruta meramente, puesto que se hizo necesario la combinación generacional de distintos tipos de inteligencia. La aparición de este carácter se dio en el Homo Sapiens, de forma trascendental e irreversible, puesto que en él, se empezaron a desarrollar los distintos tipos de inteligencia. Para dicho desarrollo hubieron de intervenir diversos elementos intelectuales dentro de la especie sapiens.

En Europa aparecieron por vez primera los primeros sapiens, neandertales y cromañones, descendientes del Homo Antecesor. También existieron otros homínidos, en algunos casos también catalogados como sapiens, que aunque capaces de desarrollar inteligencia respecto a sus antepasados, no desarrollaron una diversidad intelectual tan intensa como las especies europeas. Este es el caso del Homo Erectus (H. Ergaster en África), expandido por Asia, y cuyos descendientes se mezclaron con homínidos sapiens. La evolución de estos últimos homínidos fue distinta a la de los europeos. En muchos casos los elementos intelectuales tanto en África como en Asia, se fueron perdiendo, debido en parte, como ya hemos dicho, a que en ocasiones un cerebro y una inteligencia poderosa y variada es un elemento costoso en la naturaleza, difícil de aflorar y que la propia selección desecha en numerosas ocasiones. Donde el medio es menos severo y más abundante en recursos, el carácter intelectual se detrae, al contrario si se mantiene un entorno hostil de forma constante y prolongada, el intelecto se expande y diversifica. Mientras en Asia y África, se encuentran una veriedad importante de homínidos bestiales, que son capaces de sobrevivir, en Europa estos mismos elementos son extinguidos, desaparecen y dejan paso a la naturaleza más inteligente. Esta última está representada por los homínidos sapiens que preservan su existencia y son capaces de diversificar y expandir su intelecto. Conservan asimismo una memoria intelectual y psicológica generación tras generación, lo cual es el origen de un aprendizaje avanzado y el establecimiento de sociedades más complejas y estables.
Tal y como hemos descrito, la naturaleza de los homínidos europeos es la la mayor exponente de inteligencia de su tiempo, y en su desarrollo y evolución no aconteció merma, puesto que no recibieron la aportación de elementos bestiales y primitivos.

Ocurre además que la genética dominante es siempre la primitiva, puesto que en las razas más desarrolladas se encuentra el carácter primitivo, al igual que en las razas menos evolucionadas, solo que en situación no manifiesta, por tanto el mestizaje entre ambos elementos desemejantes hará siempre reactivarse alguno de los rasgos primitivos.

Distinto del contexto europeo fue el desarrollo de la humanidad en África. En esta región elementos cromañones se encontraron con otros bestiales que sobrevivieron sin purgar su naturaleza primitiva. La exogamia de estos elementos condujo a la aparición de una especie conectada reproductivamente a los homínidos europeos, y por idéntica razón, también a los asiáticos. La unión de las dos naturalezas originó una degeneración del elemento intelectual (sinergia negativa), surgiendo de ello homínidos decadentes y bestializados, que con el tiempo darían lugar a las razas primitivas y ágrafas de África.

Los homínidos finales dominantes en Europa fueron el cromañón y neandertal, ambas las especies más inteligentes y desarrolladas de su tiempo. Su origen fue el Homo Antecesor, una especie de homínido endémica de Europa. Las circunstancias climáticas favorecieron una permanencia y vigorización del intelecto, que permitió tanto su expansión como diversidad. Algo esto último que no se desarrolló de igual forma en Asia, y ni de lejos en África.

En Asia, encontramos una naturaleza que favoreció el aumento del intelecto, pero no sin embargo su amplitud y diversidad, no desarrollándose por tanto diversos tipos de inteligencia. En África, encontramos déficit intelectual a todos los niveles, fruto de la abundante sustancia primitiva preexistente y de una naturaleza que más que favorecer, consideró el intelecto como algo casi prescindible.

En Europa un individuo de cociente intelectual inferior a cien durante los hielos cuaternarios no hubiera podido sobrevivir ni si quiera el tiempo bastante como para reproducirse. Por contra un individuo con un cociente de entre 90 y 100, que viviera en África, hubiera sido considerado un dios o un ser sobrenatural.

Debemos entender qué elementos intelectuales se desarrollaron y por tanto heredaron nuestros antepasados directos, los uskos. Se debe aclarar a que nos referimos cuando se asume que la mayor parte de los caracteres intelectuales generados y potenciados por los últimos homínidos que vivieron la Glaciación, radicados en Iberia, o que se asentaron durante una fase primigenia en aquel lugar, fueron heredados por sus directos sucesores que compondrían las naciones y pueblos de la Europa occidental. Cuando se habla de la mayor parte de la capacidad intelectual, no significa que demos por sentado que nuestros antepasados eran más inteligentes, o que la humanidad moderna sufra una degeneración intelectual progresiva, sino que simplemente los requerimientos del contexto vivido por estos seres exigía un intelecto superior para evitar la extinción. Verdaderamente más que de intelecto deberíamos hablar de ingenio, pues es el segundo paso necesario para el desarrollo del que llamamos genio o prodigio humano. Por tanto cuando me refiero a que hemos recibido la mayor parte de esos caracteres que forman el ingenio intelectual, no estamos hablando obviamente de una cuestión cuantitativa. No es materia de este estudio analizar las causas que activaron el advenimiento de intelecto y por tanto del ingenio, a pesar de ello valoraremos algunas de las cuales sí que lo promovieron en su fase inicial.

Hoy por hoy la ciencia no da una respuesta y quizá no pueda hacerlo, sobre cual es la causa que hace recaer en una especie animal el don del intelecto, ausente en la historia de la evolución del resto de especies animales del mundo. Sin embargo existen elementos que por lo menos sí sabemos que ayudaron a potenciar y desarrollar los caracteres intelectuales. Una de las causas directamente relacionadas con el crecimiento del cerebro y por tanto también con la capacidad intelectual, son los cambios biológicos que produjo la glaciación. La causa principal fue el cambio en la dieta y la necesidad de injerir grandes cantidades de calorías, unido a la escasez de vegetales, y por tanto a la orientación a una nutrición cada vez más proteínica. Un cerebro desarrollado es un órgano muy caro en términos de gasto y consumo calórico, y requiere casi la cuarta parte de la energía del cuerpo. El paso del estado herbívoro al casi carnívoro, permitió el crecimiento del cerebro y por tanto promocionó las mutaciones necesarias para la generación de mayor número de elementos intelectualmente superiores capaces de sobrevivir al proceso glaciar. Es sin embargo evidente que el genio no puede explicarse con la aparición de mutantes adaptados al medio para sobrevivir a un mundo hostil. La razón fundamental, es porque no se puede explicar naturalmente la generación de algo tan antinatural como la genialidad, que es en sí la antítesis de lo natural. El genio no es la herramienta precisa que promociona la naturaleza para la supervivencia de las especies.

La supervivencia se explica en términos naturales, más allá de los cuales la naturaleza actúa como aliada de las leyes del universo, eliminando los elementos que la misma observa como finales o extintivos. Dicho de otro modo, la naturaleza crea elementos naturales a los que dota de una vida útil y por lo tanto de una condición extintiva más o menos intensa, tras la cual son desechados. No existen de forma natural elementos que actúen como herramienta de lucha contra esa sentencia con la que la naturaleza marca el punto final o extinción de sus formas de vida. La lucha en sí no se puede dar, pues sería una contradicción en algo como la naturaleza que es perfecto, y cuyas leyes no cometen errores.

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En Iberia, se dio un desarrollo evolutivo, distinto del resto de regiones del mundo, y alejado de las razas que se originarían en Asia o África. En Ibera la raza se mantuvo pura y sin inclusiones. Las convergencias raciales que se produjeron en Asia y fundamentalmente en África, con simios u homínidos primitivos y bestiales, potenciaron los caracteres primitivos atávicos (no pudiendo ser postergados) de estos últimos.

La homogenización y disolución de una especie superior con otras, diluye con este proceso su superioridad evolutiva probabilística, dejando aflorar el elemento primitivo y antígeno. Tal sería el caso de los primates, descendientes del homínido (y no al revés como se pensaba), cuyos caracteres suponen una involución respecto a éste. Lo mismo ocurre respecto al resto de prosimios descendientes del gorila y el chimpancé, o con los dinosaurios respecto de sus descendientes los reptiles y aves actuales, menos evolucionados o complejos. El resultado es pérdida de especialización, evolución, adaptabilidad, deriva meiótica, pérdida de la carga genética acumulada, y en definitiva el agotamiento y extinción de la especie genuinamente superior.

La raza europea purgó los restos atávicos de sus antepasados durante las glaciaciones, enterrando la sangre primitiva de su genotipo, impidiendo su manifestación; las razas tropicales y del hemisferio sur, han preservado todo lo de primario y atávico que tiene en común el hombre con sus primitivos antepasados, heredado casi sin merma generación tras generación.

Es un hecho que la genética ibérica por su especialidad y escasez es recesiva, por tanto al mezclarse con otras se va perdiendo progresivamente en las sucesivas generaciones. Dicha genética fue el fruto de un proceso lento y escrupuloso de selección y mejora, (de potenciación sobre todo del elemento espiritual e intelectual, así como el inmunológico). Despertar y hacer emerger los caracteres de la estirpe uska requiere una naturaleza y condiciones especiales que la fuercen, y al ser una evolución respecto a otros linajes primarios, ésta se adormece con el cruce. Esos mismos elementos atávicos y menos evolucionados de especies humanas más primitivas, también están presentes en la genética uska en situación de letargo, pues el especial entorno glaciar de Europa, los postergó de toda generación. Al mezclar los genes primarios adormecidos en el usko atlante, con los mismos genes activos en otras especies, es más que probable que la mayoría de ellos se activen en el sujeto mestizo. Dicho lo cual, es evidente que la estirpe uska no se mezcla, sino que se pierde o extingue con el mestizaje ante la potencia homocigota extranjera. En el sur y centro de América, donde el usko se mezcló con los autóctonos, las poblaciones que conservan apellidos hispánicos, han ido progresivamente volviéndose indígenas tan íntegros como lo eran sus antepasados antes de que Colón pusiera un pie en el continente (póngase de ejemplo la mayor parte de las poblaciones de Perú, Colombia, Ecuador, etc.).

Nadie pudiera decir hoy día que dichas personas descienden o tienen algún antepasado ibérico, pues en la mayoría de ellos, que ostentan apellidos castellanos o vascos, no encontramos rastro alguno de la raza ibérica. Sería algo imposible acertar a decir dónde comienza lo ibero y dónde lo americano, pues esto último extinguió lo primero. Este hecho tan obvio demuestra lo incompatibles y antagónicos que son ambos linajes humanos. Cuando las indígenas se mezclaron con los españoles, agotaron por completo, con su sangre primitiva, la sustancia que portaban aquellos que viniendo de Europa, en buena parte depositarios del acervo genético de la ancestral raza uska, bien distinta e incompatible con la primera. En pocas generaciones, y a lo sumo la tercera o cuarta, ya podía decirse del mestizo que era de nuevo tan plenamente indígena como lo  fueron los de la anteprima generación. Poca sangre indígena es mucha, mas mucha sangre occidental siempre es poca.
La consecuencia de ese hecho es inevitablemente la desaparición del genio usko occidental, (encarnado en el conquistador español, en buen parte, aunque probablemente ya de por sí no contenido en sustancia absoluta o pura) y a veces tan escaso y delicado que la brisa del mar extranjero puede dañarlo y destruirlo para siempre.

El mestizaje es en la raza uska, una patología disgenésica evolutiva o degeneración biológica de consecuencias irreversibles. Son multitud de enfermedades y lastres genéticos los que arrastran razas primitivas que incorporan y transmiten a otros pueblos mediante el mestizaje y la conjunción de las sangres, (póngase como ejemplo de esto la anemia de las células falciformes originada en etnias africanas, asiáticas e indias, los retrovirus endógenos o la predisposición genética en estas mismas a determinados cánceres como el de colon).

La inteligencia de la raza europea occidental es distinta a cualquiera de las especies humanas, hasta el punto que puede perfectamente decirse que su origen es imposible que se diera mediante la selección natural de unos primates. Sin duda su origen debe ser sobrenatural y no pertenece a este mundo. No existe en la naturaleza ni se ha dado jamás nada parecido, y es un fenómeno único tanto en la especie animal como en la humana. La diferencia reside en que mientras el resto de humanidad no puede separarse ni distinguirse de la naturaleza que la gestó, el occidental se ha caracterizado por su genio universal y su incomparable capacidad de desarrollar civilización, distinguiéndose de cualquier elemento natural que lo rodea.

El tipo de inteligencia lingüística es en el occidental desbordante e inalcanzable para cualquier otro tipo de seres humanos. Basta con poner de ejemplo la inmensa obra universal literaria, histórica, periodística y científica dejada por Occidente en todo momento de la Historia. Absolutamente en todas las épocas, él es el gran y único genio literario y filólogo indiscutible. Sin él sencillamente no existiría cultura digna de llamarse tal. Cualquier idioma, por muy arcaico o primitivo que éste sea, si es asumido o conocido por los pueblos herederos de la raza uska, evoluciona, se desarrolla y amplía rápidamente hasta convertirse en la más refinada y culta de las lenguas universales, llegando a ser conocida por todo el mundo. Póngase como ejemplo el castellano o francés respecto del latín, o el inglés respecto del alemán antiguo. Siendo el castellano innegablemente una de las más cultas lenguas de hoy día y la más rica, hay que decir que no es obra más que de españoles, puesto que la romanización no trajo la lengua castellana ni las legiones venidas a España hablaban más lengua que el latín vulgar.

El castellano, como otras importantes lenguas europeas es obra enteramente de las razas occidentales y a ellas es atribuible su dicha riqueza cultural. Por contra enséñales a otros un idioma perfecto, y no sólo no evoluciona, sino que pronto se deteriora y degenera, destruyéndose su racional y perfecta lógica, armoniosa dicción y sintaxis. Póngase como ejemplos a los indios americanos y los afroamericanos, tanto del norte como del sur de América, y la situación de deterioro en la que han dejado a lenguas tan avanzadas como el castellano y el inglés, devastadas en América por la nativización. La inteligencia científica o matemática, es por cuestiones obvias muy superior en la raza occidental. Durante mucho tiempo y erróneamente este tipo de inteligencia ha sido considerada la única o verdadera inteligencia. Desde los ingenieros uskos que levantaron los olimpos, ciudades sagradas y pirámides egipcias, la Acrópolis ateniense de los griegos antiguos o uskos (nobles), genuinos creadores del clasicismo greco-latino, o la Roma clásica, hasta la moderna ciencia y tecnología occidental, dan prueba de una incomparable capacidad de crear con la inteligencia de un Dios mortal. En el resto de inteligencias, espacial, natural o biológica, psíquica y psíquico-social, musical, cinestésica y deportiva, etc. es también indudablemente del todo un dios viviente el usko comparado con el resto de seres humanos. Compárese a los músicos y la historia musical universal y no se verá dentro de ella a otros que no pertenezcan o estén vinculados al occidental genio usko. Lo mismo cabe decir respecto al deporte, arte, medicina, etc.

La etnia o pueblo usko, no es un tipo o subgrupo de raza alguna, no pertenece ni desciende de nadie más que de sí mismo. La raza uska eberita es el origen de la humanidad y de ella descienden otras que en mayor o menor medida portan su sangre y acerbo genético, menos puras y mezcladas en grados con elementos homínidos primitivos y bestiales en los albores de la gestación de la humanidad.

Por este motivo los caudales de pura sangre de la raza de cromañón que están presentes en el origen de Europa y fluyen por los pueblos uskarios, merecen ser consagrados al derecho de la preservación racial. La raza uska, es la primera que entera y plenamente puede considerarse humana, abarcando la plenitud de los conceptos naturales, intelectuales y psicológicos, que definen al ser humano como generador de civilización y cultura, es decir con ingenio. Por ser la más remota de las razas, y por tanto la primera y única en alcanzar dicha plenitud, habiendo sido gestada autónomamente, es la raza a la que Jesucristo perteneció, pues él es anterior al nacimiento de cualquier pueblo, perteneciendo al concepto humano más ancestral y autónomo. Los seres humanos que pertenecen al linaje más pleno y antiguo son los más parecidos a Dios.

Ciertamente a pesar del título, la raza uska es la única que no es raza. Todas las razas son raíces formadas a partir del tronco, y en él y su savia se ubica el pueblo usko. Al resto de pueblos pertenece la consideración de raza, en la medida que se formaron con posterioridad a la raza origen. Hasta que el usko ibérico puro pisó por vez primera la tierra no apareció sobre ella humano alguno.

No toda la humanidad tiene por destino fundar civilización, ésta sólo da comienzo por medio del genio racial occidental. Por fuerza la historia nos ha obligado a constatar que pensar lo contrario es falso.

Humanidad indígena y naturaleza extintiva.

Un problema que se hace cada vez más visible en la sociedad moderna es el de la indigencia. Los indigentes normalmente son personas aisladas o solitarias, caídas en la peor de las desgracias. Distinto a ello, es el fenómeno de la indigencia general o nacional. El origen de este fenómeno es el de la propia humanidad indígena. A diferencia del hombre prehistórico, el indígena puro no evoluciona ni encuentra genes en su constitución que lo lleven o empujen a la civilización. Espera por tanto bien que se le invada o colonice, bien que se le rescate y ayude. Las sociedades y pueblos indígenas son invariables en su modo de vida y pensamiento. El cambio de dichos grupos viene de la mano de las circunstancias antes dichas, y en todo caso del contacto con el extranjero o invasor.

En el seno de este inframundo, conceptos como la creación, genialidad, inventiva, cultura, etc. son totalmente desconocidos. La naturaleza indígena es la que genera naciones indigentes, cuya deriva es el conocido como tercermundo. Esto conlleva la consideración de que el mundo indígena, tras la descolonización, vuelve a un proceso de primitivización dentro del contexto de la sociedad moderna y global. La nación indigente o tercermundista es en la actualidad la sucesión natural de las tribus indígenas.

La reacción moderna ante este fenómeno ha sido por parte de Occidente, el de la compasión y la piedad, poco o nada materializadas más allá de un pensamiento normalmente adormecido en espera de alguna catástrofe humanitaria. Son dichos sentimientos los que más han mantenido en situación de desamparo, desprotección y ruina humana a estas sociedades indigentes, por lo que sentir piedad o compasión es mezquino y cruel.

En la antigüedad, estos pueblos no sólo eran incapaces de expandirse, colonizar, evolucionar, etc. sino que les era totalmente imposible proteger sus propias fronteras de otro grupo humano invasor similar, numéricamente superior o de las mismas bestias salvajes. De este grupo indígena puro son la práctica totalidad de los pueblos de África. En el norte hay una cierta distancia respecto de los pueblos del sur, pero si comparamos con Occidente la diferencia es a todos los niveles abismal. También participaban de la sociedad indígena pura los pueblos precolombinos de América, sobre todo los del sur y norte, con la tímida excepción de algunos pueblos avanzados en el centro.

Un indigente es un problema para un país occidental, pero una sociedad entera indigente es un riesgo para el mundo. La diferencia está en que el indigente puede ser rescatado y reinsertado en la sociedad, pero las sociedades indigentes no tienen sociedad donde reinsertarse, por ello se produce el fenómeno de la emigración y del indigente emigrante. El resultado de la mezcla de sociedades occidentales con humanidad indigente lo ha dado la historia en numerosas ocasiones. Una de ellas lo hizo de forma considerable durante la exploración, invasión y posterior colonización española y portuguesa de América. Las consecuencias de la mezcla e infiltración de genética indigente en pueblos de base occidental podemos verla al observar el estado pasado y presente en el que se encuentra el centro y sur de América, y cada vez más el cosmopolita norte angloparlante. Las sociedades mestizas entre pueblos indígenas y occidentales da como resultado pueblos o naciones bien subsedarrolladas, bien en perpetua vía de desarrollo o desarrollo medio. Es decir una situación intermedia entre el desarrollo occidental y el subdesarrollo indigente o indígena puro.

Actualmente ejemplos de sociedades indigentes que provienen de pueblos indígenas, serían grupos étnicos cerrados y normalmente aislados, que o bien no han sufrido proceso de mestizaje o colonización intensiva, o bien dicho proceso colonizador ha sido enormemente débil, es decir indígenas puros. En este caso podríamos citar como sociedad indigente países como Etiopía, Nigeria, Kenya, etc. En una situación intermedia, encontraríamos algunas regiones septentrionales de América del sur, como Bolivia, Perú, Colombia o Ecuador, en donde el mestizaje sí se deja notar aunque de forma algo discreta, conservando la población una parte sustancial del acervo genético indígena, siendo más esto último que otra cosa. También podríamos añadir dentro de este grupo a la mayor parte de la población mexicana y centroamericana.

Por último la tercera categoría, en la cual entrarían países como Argentina o Uruguay, donde encontraríamos una sustancia plenamente mestiza casi a partes iguales, con las salvedades de la minoría criolla, sobre todo la de origen reciente, más o menos ausente de la mezcla indígena. Cada una de las tres categorías antes citadas corresponde con un nivel distinto de desarrollo humano y social. La que definíamos como pura sociedad indigente, estaría situada en el subdesarrollo total y perpetuo, con riesgo para la vida y en el mejor de los casos una esperanza media. En el segundo nivel o categoría, estarían las sociedades mestizas con una posición predominante de la sustancia indígena de origen, siendo en este caso calificadas como sociedad, pero al igual que en el primer caso, en situación estanca o invariable , es decir, sin posibilidad de avance, encontrándonos en un nivel bajo de desarrollo aunque no subdesarrollo pleno propiamente dicho. Por último las sociedades realmente mestizas, en el nivel superior, conformadas por un elemento indígena de origen y otro occidental alóctono. En ellas las posibilidades de avance son posibles, pero no de forma iniciática, sino siempre siguiendo los pasos de sociedades occidentales plenas. Es decir avance a la luz de otras sociedades cuya cultura han absorbido y asimilado como propia, facilitando dicho proceso un movimiento progresivo aunque carente de dinamismo.

Existen realidades en el mundo que poseen una clara vocación extintiva y que de no haberse dado es a consecuencia de la intervención directa en los eventos naturales. La desaparición natural de los pueblos indígenas, como de cualquier otra especie, no se ha producido a consecuencia de la extinción biológica de los indígenas, sino a través de procesos de invasión, colonización, descolonización y finalmente de emigración. Estas circunstancias dieron al mundo un nuevo estamento, el tercermundo, aparecido tras la descolonización, como una nueva estructura social de estados incapaces, nacidos dentro del seno de la comunidad internacional. No permitir la extinción de los pueblos incapaces, implica una situación tan errada y catastrófica como la de los genocidios. Estas naciones poseen un reconocimiento político, más no poseen estructuras socio-económicas y políticas necesarias para ser verdaderas naciones; Es decir son estado de iure. Actualmente de los doscientos países reconocidos por la comunidad internacional, la mayor parte son naciones de iure o estados incapaces, cuya existencia es meramente formal y que dependen en mayor medida del orden e intereses internacionales, por tanto forman parte del mismo.

En ocasiones se impone la naturaleza social en dichos estados, retomándose el proceso extintivo inevitable (póngase como ejemplo de ello las interminables guerras de Oriente Medio o la dramática e insostenible situación África). Prolongar la existencia de estos estados incapaces sólo implica alargar un sufrimiento inhumano brutal e innecesario. Cuando a un enfermo sólo le queda la opción de la muerte, prolongar su vida provoca el inicio de la agonía, dolor y esfuerzo inútil. Son por tanto las naciones incapaces enfermos desde el momento en el cual se prolonga su existencia al margen de su inevitable destino. La aniquilación natural de estas realidades humanas, no sólo es necesaria sino humanitaria, pues evita que arrastre en su deceso a las naciones que no han sido contaminadas por sus elementos raciales, y por otra parte acaban con el sufrimiento de millones de personas, cuyo único fin en la vida es el dolor de su propia existencia legada generación tras generación. El tercermundo es una consecuencia del siglo XX, que nace del resultado de la esclavización económica de las partes del mundo abandonadas en los procesos de descolonización. Su origen sin embargo no está en el siglo pasado, sino que se remonta a la historia misma de los pueblos.

Existen esencialmente dos formas de fuerza y condición extintiva. Una de ellas es la fuerza extintiva relativa, determinada por una naturaleza primigenia que es mayoritariamente extintiva, es decir reúne las condiciones necesarias para ser extinguida por las leyes naturales, pero posee las características para autocorregir su naturaleza y salvar dicho destino, durante un proceso relativamente rápido. Este proceso criba la parte que en origen es esencialmente extintiva, y promociona aquella cuya naturaleza desarrolla una fortaleza innata que expulsa y desplaza dicha condición a elementos externos. Ejemplo de esto último sería la extinción de especies animales o la transformación que sufre el entorno para permitir el desarrollo de la civilización. En este caso la naturaleza y el entorno, absorben la condición extintiva primigenia de la especie que desarrolló el proceso de criba. Este proceso del que ya se ha hecho mención, hace depender su desarrollo del entorno natural, (que como ya hemos dicho tiende naturalmente a la aniquilación). Sin embargo si sólo se encuentran elementos extintivos, (bien porque el resto eran muy escasos y han desaparecido, o porque se han diluido en exceso sobre la masa extintiva predominante y mayoritaria), el proceso de criba o es imposible (desarrollándose una naturaleza enteramente extintiva), o es débilmente posible (no pudiendo ser suficiente para el acontecimiento ya mencionado de traslación de la condición extintiva al entorno o naturaleza externa).

La idea esencial que abriga estas dos naturalezas humanas, es la que se asienta sobre el poligenismo y la historia de la evolución. Un ejemplo de criba, son los procesos ya mencionados acerca de la evolución humana, y como se pudo dar en Europa occidental, durante la glaciación el desarrollo de la especie hacia el acontecimiento de expulsión de la condición extintiva. Dicha fase sólo pudo darse durante el acontecimiento (glaciación), que es el elemento natural de aniquilación, esencialmente necesario para destruir y cribar dicha condición. Como ya hemos explicado la condición extintiva primigenia era relativa, pues permitió la supervivencia del elemento fuerte. Es decir en vez de debilitar dicho elemento de fortaleza, lo que hizo el acontecimiento de aniquilación es potenciarlo, promocionarlo y hacerlo evolucionar, (es decir empujó a la evolución al elemento fuerte, y destruyó al débil).

En otras circunstancias, el acontecimiento de aniquilación, se traduce en una debilitación o desaparición del elemento fuerte, si es que en algún momento ha existido, inicial o posteriormente, y en el definitivo afianzamiento del elemento o condición extintiva. Ejemplo de esto último lo tenemos en la evolución de los humanos de África, y en mayor o menor medida el resto de especies humanas con bajo nivel de desarrollo, o que no han desarrollado cultura y progresos propios. Los elementos de fortaleza no sólo afectan a la supervivencia o persistencia, algunos a pesar de no afectar directamente a éstos, si que son la consecuencia de otros factores necesarios para la misma. Ejemplo de esto son la escritura, la cultura o el arte en un estado intelectual avanzado. Por sí mismos no son directamente responsables de la supervivencia, pero son la consecuencia de la genialidad y el intelecto necesarios para la misma.

El acontecimiento aniquilador que se ha dado en la historia reciente de la humanidad afectaría con mayor rigor a los elementos humanos con mayor carga extintiva. De este modo, si los africanos estuvieran solos en el mundo ya se hubieran extinguido a consecuencia del hambre, el Ébola o el Sida. Por tanto la caridad humanitaria y la emigración, son algunos de los elementos que inciden en prolongar patética y agónicamente la supervivencia en condiciones terribles de una humanidad, la de los africanos, abocada irreversiblemente a la desaparición. El africano por su naturaleza pide a gritos la extinción.

Por lo dicho es que no es apropiado hablar en términos de superioridad o inferioridad racial, pues las razas extintivas pertenecen a un plano distinto no comparable. Es por ello que no son elementos semejantes en cuanto a su naturaleza final. No es por tanto que en este caso las razas sean diferentes, es que son incomparables, por cuanto existen unas predestinadas específicamente para su extinción, debiendo dejar el paso a las demás. Las razas son comparables siempre en la medida que ejercen competencia entre sí disputándose con ello la supervivencia y permanencia en un entorno determinado y ante recursos limitados. Esto ocurrió a lo largo de un período o hasta un punto o acontecimiento determinado entre el cromañón y el neandertal. El punto en que las razas dejan de ser comparables es aquel en el que una de ellas acoge el acontecimiento extintivo, incorporándose a su naturaleza de manera invencible. En ese momento ambos elementos raciales son separados para siempre por un abismo natural. Las razas en este punto se separan definitivamente, conduciéndose una de ellas a la involución genética respecto a la otra o a su definitiva desaparición. La separación puede ir entonces desde la constitución de dos elementos que ya no serían miscibles y por tanto no formarían parte de un mismo grupo o especie, dividiéndose la misma en dos ramas. Una de ellas la más desarrollada podría ulteriormente formarse en sí misma como un acontecimiento natural que extinguiera la segunda. Esta última daría origen a una especie animal distinta cuyos elementos dejarían finalmente de poder reproducirse con la primera rama, bloqueándose la unión entre ambas, dejando a su suerte a la menos desarrollada. Así ocurrió con los homínidos cuando en algún momento surgieron los simios como rama degenerada de los antepasados del homínido. El otro destino que sigue a la separación de dos ramas raciales, es el de la extinción por los acontecimientos naturales. Esto puede ocurrir incluso en especies todavía inteligentes o que no han sufrido un drástico proceso de degeneración, tal y como le ocurrió al neandertal antes de ser definitivamente erradicado de la tierra.

Ejemplos de sociedades avanzadas y de alto desarrollo humano y cultural, que han sido borradas de la faz de la tierra no por fenómenos naturales físicos, sino raciales, los ha dado la historia desde la Antigüedad. Egipto, Sumeria, Grecia y Roma, son historias comunes que se originan en base a la formación de entornos de civilización avanzada, en el transcurso de la fundación de polis o colonias ubicadas en entornos más o menos estables, que no han vivido procesos expugnativos y guerras que debiliten a su población naciente. Al momento de unificarse dichas polis toman la forma de civilización en desarrollo, detonante de la marcha que se inicia sin interrupción y que normalmente desencadena el nacimiento de un imperio. Cuando esto ocurre las fronteras del imperio se expanden mediante procesos invasivos que delimitan una frontera racial entre los pueblos fundadores y la tierra de conquista. Esto acontece cuando la civilización entra en un creciente estado de necesidades que debe suplir para seguir su crecimiento cultural, tecnológico, económico y social. Cuando los recursos empiezan a ser escasos la nación que continua la marcha natural del proceso civilizador, inicia la búsqueda y provisión de recursos mediante exploración, conquista y colonización. Dicho proceso vivido en los citados casos anteriormente, no se ve interrumpido por causas estrictamente políticas o de naturaleza física.

No fue el avance del desierto lo que se comió y extinguió a la civilización egipcia, ni por cataclismos o diluvios fue la civilización sumeria perdiendo su esplendor y fortaleza, iniciando un proceso de decrepitud que la llevaría a ser devorada por sus enemigos. Todo por lo que la civilización es interrumpida en su desarrollo tiene que ver con la naturaleza de su realidad racial, y los eventos que forman la historia de las razas, que en su desenlace es determinante. El entorno donde nace y se gesta una civilización, es por tanto un factor concluyente, para su devenir histórico. Cuando la civilización se expande y absorbe territorios fuera de sus propias fronteras naturales, se apropia de sus recursos e influye cultural y políticamente en las razas conquistadas. Es decir la civilización conquista y encierra territorios bajo su dominio al desplazar la frontera a regiones cada vez más alejadas.

El riesgo a desaparecer se inicia cuando después de dicho proceso expansivo, la civilización asimila además de los recursos conquistados, a las razas descendientes de los pueblos conquistados. La expansión de una civilización es sin embargo un hecho necesario, pues si la misma permanece encerrada en sus fronteras acabará siendo inevitablemente rodeada y contaminada como le ocurrió a Sumeria. Lo que distingue el comienzo de la decadencia de la civilización, es cuando bajo sus dominios, se naturaliza a las distintas razas que forman el territorio que fue en tiempos objeto de conquista y cuya naturaleza racial es contraria a la naturaleza original de la civilización. El último intento que protagonizó Sumeria para rescatar su pasado, fue inútil, y representó el deseo y anhelo de recuperar la ya carcomida entidad racial de su pueblo, y por tanto no seguir avanzando por la senda de la extinción y el suicidio. España también protagonizó su propio proceso decadente durante la Edad Media, en donde por primera vez Occidente se enfrentaba a la misma situación del Mediterráneo oriental, bajo el imparable avance de los pueblos afroasiáticos, en un momento en el cual Europa trataba de recomponer sus pilares tras la caída del Imperio Romano. Mientras la España musulmana prosperaba culturalmente, puesto que su población era mayoritariamente occidental (mozárabe o cristiana), el resto de reinos cristianos permaneció en un estado casi de constante guerra, en donde su principal preocupación e intereses se circunscribían a invadir y reconquistar. La España o Hispania cristiana, sin embargo resistió y combatió durante casi un milenio por restablecer su constitución política y tratar de recomponer la constitución racial que empezaba a sufrir cambios profundos. Esta circunstancia hacía de España un interminable escenario de guerra necesario para revertir una situación parecida a la de la caída de las grandes civilizaciones de la antigüedad y la extinción de su raza. Tras lograrse la Reconquista peninsular, se inicia un deseo de recomponer la constitución racial, mediante la reorganización social y el restablecimiento del statu quo. De esa forma se inician procesos de recomposición, mediante primero la segregación y posteriormente la expulsión de los elementos raciales dejados por el invasor durante siglos bajo su dominación. Algunos historiadores opinan que este hecho fue nefasto para el contexto hispánico, pues atravesaba un gran despoblamiento tras el fin de la Reconquista, y que en consecuencia la salida de judíos (dedicados a la actividad comercial) y moriscos (campesinos fundamentalmente), agravaba si cabe esta situación dejando al país sin personas necesarias para el desarrollo económico y la recuperación, tras el gigantesco esfuerzo realizado. Sin embargo este parecer debe tenerse como erróneo.

Podríamos poner el ejemplo de Portugal, que fue país receptor de buena parte de los expulsados afroasiáticos (semitas y norteafricanos) tras la Reconquista de Hispania, siendo este antiguo condado castellano-leonés favorecido por el nutrido número de expulsados, que contribuyó al repoblamiento intenso del país naciente. Actualmente los descendientes de afroasiáticos de la población real (natural) de Portugal suman más del treinta por ciento (algo más del cuarenta en el centro y sur del país), lo cual presupone que el proceso de acogida de los expulsados de España fue realmente intenso, al punto que cambiaría para siempre su constitución racial. Pasa así Portugal de ser un país originalmente puro, constituido por pueblos protoceltas de Osku, a ser un pueblo esencialmente mestizo. Podemos comprobar como Portugal a pesar de beneficiarse teóricamente de esa población nueva, no logra desarrollarse ni mantener su imperio colonial como lo haría Holanda o Bélgica, sino al contrario conforme la misma iba integrándose y asimilándose generación tras generación, más raro era ver el genio occidental en esa parte de occidente y más se aumentaba el subdesarrollo y la distancia con el resto de Europa. El hecho es que Portugal sigue hoy día en niveles de subdesarrollo importantes, los mayores de la Unión Europea, sin contar a Grecia.

Antes incluso de la crisis económica mundial, la renta per cápita de Portugal era la mitad de la de España, su cociente intelectual medio está cuatro puntos por debajo del español medio (IQ and Global Inequality), su productividad es abruptamente deficiente, y la producción de patentes, inventos, innovación y desarrollo es de los más bajos de toda Europa occidental. Si con todo ello hay todavía quien ve un error histórico en la expulsión de los afroasiáticos de España, que se detenga en el estudio y análisis de las fuertes diferencias entre este país y Portugal (ambas naciones gemelas en origen, nacidas de un mismo concepto racial y etnológico, ahora ya irrecuperable). Dentro de la propia España también se observan ejemplos similares si comparamos regiones próximas, que compartieron un remoto origen étnico y cultural. Póngase como ejemplo de esto último a Galicia, que se encuentra entre las regiones con mayor influencia racial norteafricana, y compáresela con el País Vasco.

Los procesos de expulsión fueron una respuesta consecuente y necesaria para restablecer la constitución racial de aquellos vencedores que se consideraban los fundadores naturales de la raza o nación original; era necesaria por tanto la interrupción y reversión del proceso de invasión anterior, borrando su huella. Sin embargo aunque ellos mismos no eran del todo conscientes en aquel momento de que la recuperación del statu quo suponía salvar una parte importante de la esencia y naturaleza occidental, necesaria para el ulterior desarrollo planetario de la civilización europea, sí que sabían que existían diferencias insalvables entre la realidad afroasiática y la suya propia.

Este acontecimiento puede calificarse de necesario para el desarrollo de que lo vendría a ser buena parte de la civilización occidental, pero en modo alguno es un proceso definitivo. Ni la segregación ni la expulsión, son formas permanentes de proteger la constitución racial, pues es evidente que las naciones vuelven a pasar por las mismas circunstancias antedichas, en un ciclo histórico de eventos que se repiten incansablemente. El ejemplo de esto último son las circunstancias actuales vividas por la civilización occidental, convertida en cosmopolita o cosmocrática. Esta realidad implica un nuevo proceso como el vivido por las civilizaciones antiguas (irreversible) y del que también pudo ser objeto la propia España. Es decir de existir formas definitivas de mantener la constitución racial, vendría sólo de la mano de la propia extinción de los pueblos por cuya naturaleza se muestran destinados a tal fin, de manera que no permitírseles ese hecho natural supone condenar definitivamente al mundo entero, prolongando el sufrimiento y la inhumanidad.

Debido a dichas desemejanzas, la leyes y principios universales que Occidente afianzó para asegurar el desarrollo de su civilización y toda la historia del constitucionalismo, así como las bases mismas filosóficas universales no son extrapolables a otras realidades cuya naturaleza es distinta, como consecuencia de que por las razas humanas también corren naturalezas distintas. El resultado de ello es la historia de sus pueblos y culturas, y la enorme distancia que guardan respecto a otros. La conclusión sería pues que los principios sobre los que se asienta la civilización y el pensamiento occidental, (libertad, igualdad, justicia, paz social, etc.), incluso los más recientes, son universales en cuanto a su irreductibilidad e intemporalidad, pero circunscribibles a una sola realidad o naturaleza. Fuera de dicha naturaleza la universalidad de los principios de la sociedad occidental sencillamente están destinados únicamente al fracaso y la corrupción.

Entrarían pues dentro de esta categoría aquellos principios que afectan directamente a la esencia, desarrollo y naturaleza de la persona e interfieren en sus relaciones con otros y con el Estado, es decir cualquier elemento de civilización avanzada; los derechos fundamentales, las garantías sociales, las instituciones representativas, el orden y ordenamiento legal, institucional y organizativo mismo, y hasta su justificación desde perspectivas filosóficas. Ninguna de estas leyes principales que forman el orden social sobre el que se asienta el pilar de la civilización occidental es consecuencia o la causa del cosmopolitismo y desde luego tampoco forma parte del mismo. Son su desarrollo y afianzamiento consecuencia de la historia misma del constitucionalismo; las cartas pueblas, las instituciones medievales del defensor del pueblo, las cortes reales, los parlamentos medievales (ejemplo las Cortes de Castilla, de León o las catalanas), la Magna Charta, los Bill of Rights o la Ilustración, fueron fenómenos que forman parte de esa historia constitucionalista y que no toman su referencia de ninguna inspiración extraña a Occidente. En ese origen ya se reflejó la libertad religiosa (Toleration Act), la libertad de expresión, la igualdad, Justicia, el parlamentarismo y vida política, etc., que posteriormente afianzarían el fenómeno de la Ilustración y la Era Moderna, que es la esencia cultural del patrimonio de Occidente.

Todo ese patrimonio no es aplicable a los elementos extintivos de la humanidad o a otros incluso de naturaleza antagónica (caso de los pueblos y culturas asiáticas), si no es por medio de la dirección, sometimiento, coacción y la fuerza (estado policial); en todo caso violentando la naturaleza propia innata. Forzar dicha naturaleza es lo que ha traído la cosmocracia y el cosmopolitismo.

Cuando el entorno promueve procesos extintivos que son más proclives en determinadas especies, éstas tienden a desarrollar mecanismos naturales encaminados a contrarrestar en alguna forma este acontecimiento. De este modo sucede un incremento de la actividad y precocidad sexual, así como un crecimiento prematuro, normalmente también acompañado de un incremento de la mortalidad en todas las etapas.
A este incremento de actividad reproductiva, el entorno reacciona contra aquellos elementos llamados a extinguirse, con la propagación de enfermedades; de este modo son las plagas sobre las poblaciones africanas, podridas de SIDA, Gonorrea, Sífilis, Ébola, etc. Un entorno humano que expulse estos acontecimientos aniquiladores, proveería de un sistema de salud pública, limpieza, tratamiento de residuos y contaminación, esterilización y potabilización de aguas, y un sistema educativo, tecnológico y científico que proveyera de biólogos y médicos que desarrollaran vacunas, etc.

Las especies humanas llamadas a extinguirse no tienen capacidad de desarrollar sistemas que combatan su propia aniquilación, y cuando en éstas aparecen los primeros síntomas de su inminente desaparición, se observa en ellas los primitivos elementos que usan las especies animales para luchar contra ese destino final, basados en el aumento de la actividad reproductiva y una aceleración de su desarrollo físico. En ambos aspectos la raza negra, supera a la blanca y amarilla. Del mismo modo que se detectan mayor número de neuronas y capacidad intelectual en estas últimas, la raza negra genera mayor cantidad de hormonas, además de desarrollarse y crecer más rápido. Por tanto mientras unas razas afrontan los mecanismos destructivos de la naturaleza con su potencia intelectual, otra lo que potencia es la actividad reproductiva, la segregación de hormonas, y la aceleración de su crecimiento. La raza negra necesita menos tiempo para gestarse (más de la mitad a las 39 semanas), sin que ello suponga el nacimiento de bebés prematuros. Las mujeres generan más óvulos (el número de gemelos entre la raza negra es de 16 por mil nacidos, mientras en la blanca es de 8), siendo su desarrollo reproductivo mayor que el de cualquier otra raza. Entre las 6 y 8 semanas los bebés negros son capaces de erguirse y andar, también desarrollan antes la dentadura (frecuentemente llegan a poseer el tercer y cuarto molar) y los huesos, y alcanzan antes la pubertad (las niñas negras alcanzan la menstruación un año antes que las blancas), reduciéndose su edad infantil. El crecimiento de los niños de raza blanca occidental, es más lento y prolongado. La ley biológica dice que la prolongación de la etapa infantil, se corresponde con un mayor desarrollo intelectual. Estas diferencias tan tempranas, no se corresponden con una consecuencia del medio o entorno, sino a las predisposiciones genéticas, por cuanto la gestación, crecimiento y los factores de desarrollo o madurez sexual, no se corresponden con un aprendizaje o factor ambiental; ninguna de estas diferencias puede ser explicada por estos acontecimientos. Se puede determinar por tanto que las diferencias raciales se inician en el útero.

A la aceleración sexual como respuesta a acontecimientos extintivos, la propia ley natural tiene respuesta en forma de enfermedades y contagios. De este modo frente a procesos reproductivos acelerados, las especies son diezmadas mediante una alta mortalidad en sus crías, produciéndose entornos proclives a la aparición de plagas. Es en ese contexto en el cual se desenvuelve África, ante una sexualidad acelerada, prematura y descontrolada, el entorno, sobre aquellas razas cuya naturaleza les destina a la erradicación, se convierte en nocivo e insalubre, desarrollándose procesos biológicos que originan plagas y enfermedades que pasan de los animales a los hombres que van evolucionando en dicha insalubridad, hasta convertirse en verdaderos acontecimientos extintivos y aniquiladores. Algunas de estas enfermedades son transmitidas mediante relaciones sexuales, y por tanto están directamente relacionadas con la procreación, siendo en su expansión e incidencia determinante el factor de aceleración de la actividad sexual, que es propia de las razas africanas. Un ejemplo de este tipo sería el Sida, generado en África, como mecanismo de aniquilación de esas razas, y que pasa por medio de la misma vía de contagio a otras razas del mundo. Lo mismo ocurrió con los brotes de pandemia de Ébola, de origen africano, llegando a Europa y Occidente a través de misioneros y personal sanitario. Una simple muestra de que la compasión con el elemento extintivo acaba más tarde o temprano por convertirse en un suicidio. El conocido como virus ZIKV, que ocasiona microcefalia, originado en Uganda y que ha proliferado en otro mundo subdesarrollado de base indígena como Brasil, y que ha puesto la alerta sobre el riesgo de una nueva pandemia mundial, nos da otro ejemplo reciente de acontecimientos extintivos que acaban por desviarse a sociedades que no los han generado.

Si nos preguntamos de dónde partirá la nueva plaga que está por venir, sin duda será del mundo africano o en las sociedades subdesarrolladas conformadas por una población de orígenes fundamentalmente indígenas. En este caso el acontecimiento extintivo en que se llega a convertir una enfermedad destinada a aniquilar a una parte de la humanidad, tal y como pudo suceder en el pasado con otras especies homínidas como el Neandertal, el Heidelberguensis, etc., es desviada a otros elementos cuyos entornos no la han generado, y por tanto no eran objeto en principio de su destrucción. Este es un ejemplo que deja de manifiesto el peligro existente en converger sexualmente con aquellos elementos de la humanidad cuya naturaleza es extintiva, por cuanto pueden atraer ese acontecimiento hacia nosotros mismos, uniéndonos a su destino. Lo deseable y además lo natural hubiera sido en términos biológicos que las especies humanas se hubieran separado desde el punto de vista reproductivo. En este sentido existían los entornos precisos para dicho acontecimiento por cuanto dichas razas humanas empezaron en origen a desarrollarse en continentes y espacios separados bien distanciadas las unas de las otras. La aproximación de esos espacios, y el contacto entre las mismas, así como el proceso de mestizaje intenso de las últimas décadas, ha venido a acentuar esa convergencia reproductiva entre dichas especies destinadas a la definitiva desconexión biológica. Esto homogeniza y tiende a igualar a las razas humanas en torno a los acontecimientos extintivos, que además no se detraen con el mestizaje, sino que se contagian y trasladan a la genética más desarrollada, volviéndose por tanto finalmente tan primitiva como la portadora de la naturaleza más débil.

Es por ello que el cosmopolitismo supone la generación de nuevos entornos nocivos que en principio habían extirpado los acontecimientos extintivos de mayor nivel, como son los entornos urbanos las ciudades y sociedades avanzadas. Éstas habían conseguido acabar con las plagas y enfermedades provocadas por la insalubridad, la carestía, la desnutrición, etc. y por tanto permitían el desarrollo urbano y cívico de las sociedades. Al desarrollarse el fenómeno del cosmopolitismo, entran nuevos elementos extintivos traídos o generados en otros entornos y que pasan como si de la cadena alimenticia se tratara a nuestra sociedad avanzada convirtiéndola en nuevo foco de aniquilación. El mestizaje convierte la naturaleza de la raza más fuerte y proclive a la supervivencia, en unión con la más débil, en una raza que hace aparecer caracteres de esta segunda, potenciados con los adormecidos o no activos de la propia, y por tanto se primitiviza (involuciona).

El proceso que la naturaleza por sí sola no ha completado y que debería haber sido la tarea principal que hubiera debido afrontar el mundo occidental, evitándose la caída en el sistema cosmócrata, es el de la desconexión reproductiva de las razas humanas. El mayor descubrimiento con el que la ciencia hubiera dado el mejor de los servicios posibles, es el de una vacuna que en última instancia hubiera desconectado definitivamente a los elementos extintivos de la humanidad, de aquellos con vocación de supervivencia. La desconexión biológica de las razas humanas, supondría por tanto evitar que nuestra raza occidental o la raza madre de Europa, se viera afectada por la sangre de las razas extintivas, dejando libres a unos para la superviviencia y a otros para la erradicación natural.

La solidaridad también es un instrumento que facilita esa extensión del acontecimiento extintivo y su acercamiento a entornos donde antes no podía alcanzar. Es desde esa perspectiva donde la el principio solidario pasa de ser un bien necesario para el sostenimiento, afianzamiento y desarrollo de una sociedad a un cáncer maligno que introduce un destructivo caballo de Troya. Es posible por tanto que la solidaridad se convierta en un suicidio, y la sociedad se convierta en aliado de una serie de acontecimientos destructivos que no ha originado pero que desvía ay atrae hacia sí por dicho fenómeno. Si en el proceso evolutivo que gestó al ser humano, las distintas especies hubieran mostrado comportamientos solidarios con las demás, y por ejemplo el Homo Sapiens se hubiera solidarizado con el Neandertal o con el Homo de Denísova o el del Ciervo Rojo, no sólo no hubiera evitado que fueran erradicadas, sino que mediante ese gesto temerario hubiera puesto en serio riesgo su propia supervivencia, acercándose al destino de dichas especies extintas.
También es de destacar el dato de la mortalidad, como elemento distintivo de las razas humanas. La raza negra ostenta el mayor índice de mortalidad a todas las edades, y esto no sólo ocurre en los países subdesarrollados, un estudio de la marina norteamericana, reveló que los afroamericanos tenían los mayores índices de muerte por enfermedades de transmisión sexual, actos violentos, accidentes, etc. que la población blanca.
En torno a mediados del siglo XX, la población negra de África suponía el 9% del total de la población mundial. Las políticas humanitarias y el mínimo desarrollo que ha experimentado el continente africano durante más de medio siglo ha hecho que la más que probable extinción a la que se hubiera tenido que enfrentar la raza negra, pueda ser revertida finalmente, arrojando un dato actual del 12%, es decir tres puntos más respecto a 1950. Este proceso de supervivencia a tenido que venir de la mano de una imparable e intensa actividad reproductiva, que también ha aumentado la mortandad y las pésimas condiciones de vida; hay más población, pero también más carestía y pobreza, en definitiva subdesarrollo. Lo que ocurre es que por no dejar actuar al curso que debiera seguir el proceso de extinción natural, se deja que el mecanismo de la especie pueda favorecer el incremento de la población. Este mecanismo como ya hemos señalado no es el intelectual, sino el meramente reproductivo, conjuntamente con un desarrollo físico más acelerado. Sin embargo las medidas humanitarias, o los intentos de modernización y desarrollo de estos países, no pueden evitar lo que es sólo un fenómeno natural, que se ha dado a lo largo de la vida, y que se basa esencialmente en que unos miembros de la especie (más débiles y permeables a la extinción), desaparezcan y dejen el espacio a otros elementos fuertes y capaces de sobrevivir (es decir aquellos con los mecanismos más aptos, en este caso los intelectuales). Esto mismo ya ocurrió en la historia de los homínidos, los cuales fueron siendo aniquilados por la naturaleza y la competencia, para dar paso a otros elementos fuertes. Siendo así que la genética más cercana a la extinción, desapareció, prolongándose la existencia de los elementos más resistentes a dichos acontecimientos extintivos. Toda medida que tienda a forzar la prolongación de este fenómeno natural, sólo sirve para alargar la agonía y sufrimiento de manera innecesaria y brutal.

Para aclarar la confusión que el término tercer mundo pueda ocasionar, debemos determinar desde una revisión conceptual necesaria, qué es y lo que representa dicho concepto en el presente tratado. Para ello deberemos dar un giro conceptual en cuanto lo que provoca y origina el subdesarrollo en el mundo. Es en primer lugar necesario desvincular el aspecto político-económico de la causa u origen del mismo. El subdesarrollo por tanto no viene originado directamente por las circunstancias políticas o el orden internacional, sin embargo es muy cierto que este último se beneficia y nutre del mismo para mantener su estructura socioeconómica.

Es un hecho incuestionable que el subdesarrollo existe en las consideradas ahora como naciones, antes, durante y después de los procesos coloniales. El orden internacional no es la causa sino la consecuencia del subdesarrollo. Tanto el derecho internacional, como las instituciones de gobierno supranacionales político económicas nacen de la circunstancia de la desigualdad de las naciones.

En este sentido ese orden internacional-finaniero es el causante de un subdesarrollo económico, que destruye a una nación como si de una guerra se tratara. A este tipo no nos referimos, pues presenta una diferencia esencial, que es la de que parte una coyuntura provocada por una abrupta depresión o crisis. En tales circunstancias el genio no emprende por falta de medios y recursos, no por falta de talento. Aún sin ellos el talento cuando es propio de la raza, poco a poco inicia camino en el desierto, haciendo renacer las naciones y civilizaciones. Esto es en esencia la diferencia con el tercer mundo, ya que como se ha explicado no es consecuencia del proceso internacional, sino que éste es el resultado del mismo. Estas diferencias no sólo se traducen en culturas distintas, en modos de vida diversos, así como también niveles de bienestar, etc., sino en la existencia de una auténtica tendencia extintiva de algunas razas, que tan sólo se perpetúan por efecto de la emigración o la ayuda humanitaria. La diferencia esencial que explica el fenómeno del tercermundo y su extensión viene a residir en su naturaleza de carácter irreversible. No pertenece ni a fenómenos coyunturales ni tampoco a la presión económica mundial, sino exclusivamente a la naturaleza racial del elemento extintivo de las sociedades tercermundistas.

A dicha categoría humana cuyo destino es la extinción, pertenece por tanto una ley natural propia, cercana o dominada en última instancia por las mismas leyes que rigen la naturaleza trágica, esa especial armonía que existe entre la relación de las partes y el todo. Esa dramática adecuación del elemento extintivo y el orden natural, se produce en niveles de dependencia que van desde lo cósmico o fenomenal, a lo natural o sublunar. La naturaleza inseparable de los fenómenos u órdenes del cosmos, tiene esencialmente una finalidad trágica, pues su destino final es la desaparición inevitable. No es por tanto la naturaleza un objeto en última instancia cambiante o transformable, sino netamente extintivo. A diferencia por tanto de los elementos cósmicos, las galaxias, astros, etc. cuya ley fundamental es transformarse infinitamente, la naturaleza consume su propia existencia limitada. A ese principio natural básico pertenece una especie humana, por cuanto por lo dicho, sabemos que el ser humano, en su condición y naturaleza desemejante, se rige por leyes contrarias.

A una categoría especial pertenece la especie humana cuyo destino es alcanzar el dominio de las leyes sobrenaturales, e imponerse al destino trágico del cosmos. En este caso la ley esencial está relacionada con la razón, el juicio, la sensatez (en definitiva el intelecto) pues ella es premisa necesaria para conocer las leyes del cosmos, y formular mecanismos distintos de reordenación. Otro de los elementos es el genio creativo, o la disposición y voluntad de emprender dicha reordenación, o ejecutar una intervención directa de nuestra propia ley sobre el cosmos. Esa ley propia o universo particular tiene por finalidad última no sólo la supervivencia, sino el control y dominio de la dimensión física y la metafísica, es decir el conocimiento absoluto, y la transformación del hombre en dios (conocimiento de las leyes que rigen la materia humana y espiritual). La categoría a la que antes nos referíamos no posee la capacidad de dominar la naturaleza y mucho menos el cosmos, pues su ley propia está sujeta a las limitaciones que impone esta ley natural y sus fenómenos. Se puede decir que esa especie humana es un evento natural, sujeto a la finalidad última de las leyes naturales, unido por tanto a su destino trágico.

La fuerza del acontecimiento extintivo es diversa, y en atención a su intensidad afectará a un ecosistema y a la vida en su conjunto. Normalmente cuando la extinción afecta a una especie, la misma es erradicada para dar comienzo un nuevo ciclo o proceso natural. También ocurre que elementos de una misma especie pueden ser cribados para dejar espacio a los elementos capaces de sobrevivir y por tanto más aptos. Así por ejemplo ocurrió con las especies homínidas, que fueron extinguiéndose para dejar el necesario espacio al Homo sapiens.

Ningún elemento escapa del acontecimiento extintivo si éste es lo suficientemente intenso y contundente. Dicha contundencia ha sido bastante durante varios procesos naturales, temporales etc. como para erradicar a los seres humanos como especie. Su permanencia frente a los mismos ha bastado para ampliar e intensificar su desarrollo cultural, científico, etc. Sin embargo una parte distinguible de la humanidad ha trasladado ese acontecimiento aniquilador a otros elementos del entorno (ejemplo de ello sería la progreso y tecnología que en su avance han arrastrado un detrimento del entorno y medio ambiente, aniquilando especies, entornos, ecosismtenas, etc.). En esta cuestión es donde se aprecia con mayor contundencia la diferencia existente entre las distintas realidades humanas. Mientras hay quien afirma que el estado calamitoso en que se encuentra África y otros pueblos de Asia o América Latina es responsabilidad en parte del progreso de Occidente, debe advertirse que muchos de estos pueblos del tercermundo, por orden de la naturaleza se habrían extinguido ya, o estarían en los albores. La razón de que aún existan es a consecuencia de Occidente, y del débil progreso que han recibido del mismo, que los ha rescatado, en parte, de la aniquilación total.

La universalización del humanismo y su extensión, así como la aplicación de políticas humanitarias a elementos extintivos de la humanidad, implica por todo ello no sólo una profunda dilatación de la problemática tercermundista, sino la creación de una irreversible fuerza que atrae el suceso aniquilador hacia nosotros mismos día a día. En este sentido cuando un elemento superior salva de la extinción al destinado a ser aniquilado por la natural ley, acaba acercando esa misma ley aniquiladora a la naturaleza propia. Este humanitarismo no es sólo inútil e insolidario, sino atroz y autodestrutivo.

Dicho todo lo cual, nos preguntamos cuáles son las consecuencias de tratar de librar de su extinción a la parte de la humana raza destinada a tal fin. En primer lugar como ya hemos dicho es necesario, pues es un hecho observable en la historia de la evolución, que unos se extingan para que otros, más preparados ocupen su lugar. Por ejemplo si la capacidad de carga, o tamaño máximo estimado que puede soportar el ecosistema de nuestra tierra es para los seres humanos de 10.000.000.000, y ya vamos por siete mil, esto vendría a significar que ya somos una plaga y que nuestro mundo, se acerca a lo que humanamente puede soportar; en este sentido la tierra tiene dos opciones, o bien agudizar los acontecimientos naturales extintivos (hambre, plagas, catástrofes, etc.) y cebarse sobre los elementos más débiles de la humanidad, o bien extinguirse con nosotros. Nuestra tierra ha intentado en numerosas ocasiones extinguirnos a lo largo de la historia de la humanidad. Estos acontecimientos, no sólo no lograron erradicarnos, sino que nos hacían más fuertes por cuanto suponían una criba que saneaba a la especie de los elementos débiles (portadores de la vocación extintiva). De estos procesos en los que la humanidad sólo participaba como sujeto pasivo, la especie quedaba reforzada, volviéndose a ocupar rápidamente la capacidad de carga dejada en los mismos por esos elementos débiles.

Como ya explicamos esos procesos fueron más severos en la Europa glaciar, y considerablemente menos activos en otras latitudes, por cuanto los occidentales consiguieron erradicar considerablemente sus elementos primitivos-extintivos. No así otras razas, en donde lastraron esos mismos caracteres hasta la actualidad. La consecuencia como ya hemos analizado es que los acontecimientos que ha venido desarrollando la naturaleza este último período se han ido cebando sobre esa parte de la humanidad, en un intento de erradicarla, más que purificarla de sus elementos débiles, por cuanto hasta los más fuertes son enormemente pusilánimes. En esta fase la humanidad ha tratado de desarrollar un papel más activo, traduciéndose el mismo en programas humanitarios o inútiles intentos de desarrollo. A lo sumo se ha conseguido prolongar la agonía de aquellos llamados a desaparecer, aumentando levemente su población de forma totalmente inútil. Lo peor de estos acontecimientos recientes, es la integración de dichos elementos en las sociedades desarrolladas y con ello el acercamiento de procesos extintivos, que pudieron ser erradicados en el pasado, otra vez hacia nosotros. Hemos observado a lo largo de la historia reciente como las condiciones de subdesarrollo, hambre y destrucción que han asolado al tercermundo, no eran consecuencia ni responsabilidad del mundo desarrollado, sino enteramente de la naturaleza enormemente endeble de aquellos pueblos.

Cargar ahora con ellos, o integrarlos en nuestro mundo supone inevitablemente iniciar el desastre que lleve al agotamiento del ecosistema y a nuestra desaparición.
Aceptar definitivamente que la humanidad debe dejar partir a sus elementos más débiles, no es asumir el fracaso de la civilización occidental, que en su día consintió en cargar con un pretencioso papel de protector y salvador, sino al contrario, es comprender con serenidad, e incluso con cierta tristeza, que es imposible acompañarlos por más tiempo.

Para analizar la historia de aquellos elementos llamados a extinguirse que forman parte hoy del género humano, concretaremos su análisis desde un prisma natural, partiendo de aquel núcleo de origen que nos permita apreciar un estado de naturalidad o espontaneidad, en donde no se observen las circunstancias socio-políticas internacionales y las consecuencias de las interferencias de distintos factores que pudieran haber afectado el destino, la historia y la suerte de aquellos pueblos. Nos centraremos en el elemento más extintivo que ha acompañado a la humanidad y casi monopoliza por entero África. En este sentido para poder encontrar el clima de naturalidad se debe remontar a tiempos donde en África se vivía al margen del resto del mundo, y constatar las diferencias que ya existían entonces respecto a otras culturas. En esa circunstancia es donde encontramos los elementos que conforman la psicología y el carácter propio de la naturaleza extintiva en estado puro. Es decir constatando el estado natural de África, antes de ser explorada, colonizada o invadida por Europa, y analizando su estado actual, es donde podemos analizar si hay realmente diferencias apreciables, y por tanto el subdesarrollo obedece a factores exógenos. Aunque es bien conocido cuál es el estado en que se encontraban dichas sociedades antes de ser conocidas por los europeos, es preciso recordarlo aquí, en el sentido de comparar y analizar si la situación actual es o no consecuencia del mismo, y por tanto de los caracteres que configuran una naturaleza primitiva y/o extintiva. En esta tarea debemos analizar las fuentes de aquellos primeros exploradores que contactaron con las sociedades africanas, y cuáles fueron los resultados de sus estudios.
En primer lugar debemos diferenciar dos importantes regiones africanas: la primera vendría a ser la afroasiática, generada a través de la expansión del Islam, que abarca toda la región norte del Sáhara, desde Egipto hasta Mauritania. La otra región antropológica es aquella que comprendería desde el Alto Nilo, hacia el sur, o lo que es lo mismo el África Negra, que durante largo tiempo quedó al margen de la expansión árabe y que es donde centraremos el análisis de la naturaleza puramente africana o extintiva.
Los primeros contactos con este mundo datan de los exploradores portugueses y españoles de los siglos XV y XVI. Sin embargo fuentes más recientes nos sirven igualmente pues es un hecho que no existió diferencia alguna entre esos primeros contactos y la primera etapa neocolonial, o segundo gran contacto con Europa.
En lo que conocemos como el África Negra, antes de cualquier relación con otros elementos antropológicos, no existían más sociedades que las indígenas, cuyo modo de vida era similar al de los simios actuales. Si nos centramos en el pulmón de toda esa región antropológica, nos encontraríamos con la historia de los bantúes, quienes formaron el origen y la base etnológica de toda el África Negra. Los bantúes fueron el primer y más importante testimonio de la aparición de la agricultura en esta región. También parece que se les relaciona con una siderurgia muy elemental e incluso con la fabricación de hachas (Cavalli-Sforza), sin embargo ante la falta de pruebas, sólo se puede constatar que desarrollaron la más elemental de las actividades humanas, la agrícola y ganadera. En dicho centro, aparece el Gran Zimbaue o Imperio Monomotapa, cuyo conocimiento se tiene por sus restos arqueológicos que algún estudioso llega a comparar o asimilar, aunque lejanamente, con la Alta Edad Media europea. Gran Zimbaue, además es reivindicado como el exponente y representación de una evidencia acerca de la capacidad del África Negra de generar civilización, algo que se ha puesto en cuestión a lo largo de la historia.

En este sentido se compara el Gran Zimbaue, como el mayor y único exponente de máxima civilización, con la Edad Media, la sociedad y cultura más atrasada que ha vivido Europa desde el Imperio Romano. Esto es importante por cuanto este resto arqueológico es el único elemento representativo de sociedad o civilización alguna que alberga la región del África Negra, y que data de fecha relativamente antigua, siglo XIII d.C. Esto podría suponer como desean algunos, que la generación de sociedad con cierto grado de civilización, es sólo una cuestión temporal, que por determinados factores ambientales o circunstanciales se acelera en ciertas regiones y en otras surge con mayores dificultades y lentitud, pero que igualmente son susceptibles más tarde o temprano de converger en grados unas y otras. Este hecho identificaría en esencia al ser humano con una sola categoría y naturaleza, destinada a la creación de civilización.
En primer término debemos analizar exactamente de lo que estamos hablando cuando nos referimos a Gran Zimbaue, puesto que ha sido susceptible de elogios más relacionados con la finalidad de hacerla representativa de una civilización negra en ciernes, rota o interrumpida por algún extraño acontecimiento no aclarado. Lo cierto es que no están claros ni los mismos orígenes de esta ciudad, capital de un imperio negro. Surge al parecer de la cultura bantú, un pueblo que pudo desarrollar una agricultura primitiva y pastoreo primitivo, influenciada tempranamente por el mundo afroasiático del Alto Nilo. Esto mismo ocurrió con Etiopía, donde se sabe que la aparición de la ganadería y el acceso a la agricultura, fueron a consecuencia de influencias saharianas y asiáticas. Esa influencia fue necesaria y determinante para el surgimiento del Gran Zimbaue en el siglo XIII d.C. Las ruinas nos muestran una especie de castro amurallado, en donde se deja ver un cierto dominio de la técnica de mampostería y enladrillado, así como estructuras de influencia asiática. En general se muestra un nivel de desarrollo bastante sostenido, quizá similar en aspectos limitados a una cultura protosumeria, en la época del surgimiento de las primeras polis del Éufrates. Este desarrollo limitado aunque insólito en este contexto, fue a consecuencia de las minas de oro y del contacto ya afianzado con el mundo afroasiático a través del comercio. Este comercio inició el desarrollo de minas en la región y del establecimiento de una colonia comercial afroasiática. Esta colonia fue poblada originalmente por la etnia lemba, un pueblo afroasiático, concretamente del África oriental, de origen semítico, quienes influenciados por la cultura helénica y las asiánicas (Sumeria, Egipto, etc.) al igual que el resto de pueblos semíticos y asiáticos, fueron quienes por medio del intercambio comercial y las minas de oro de la región, desarrollaron una fortificación colonial, única en el entorno, cuya finalidad era precisamente la de la explotación minera. Cuando estas minas fueron descubiertas por europeos, se creyó que eran las míticas minas del Rey Salomón, al descubrir que su influencia comercial llegaba hasta China.

Hay que decir que para la época en que se erige Gran Zimbaue (siglo XIII), los pueblos semíticos habían asimilado por completo las culturas asiánicas que predominaron en la antigüedad, y aunque tras su deceso carecieron de revitalización, desarrollo y continuidad, que sí tuvieron en Europa y en la cultura occidental, consiguieron fruto de ese influjo e importante legado cultural, así como del constante empuje de estos pueblos hacia regiones cada vez más hacia el oeste del Mediterráneo, en donde se situaban los núcleos más importantes de la cultura antigua, preservar algo de dicha herencia y llevarla consigo a otras partes, en este caso desarrollándo una polis o colonia minera.
El pueblo lemba conserva tradiciones de la cultura semita y judía, y son considerados los fundadores del Gran Zimbaue. Un análisis genético de 1996 corrobora que una parte importante de los varones de dicha etnia (más del cincuenta por ciento) pertenecían a un origen semítico. Igualmente en 2000, otro estudio incide en este hecho relacionando a esta etnia con el haplogrupo J, originario del Cercano Oriente. Tal y como se analiza en este tratado, los procesos históricos deben cotejarse con los análisis genéticos, y en esta ocasión nos muestran cuál fue el origen semítico o afroasiático de la pequeña isla de protocivilización que supuso Gran Zimbaue en el corazón del mundo bantú del África Negra. Los judíos son un pueblo dedicado desde tiempos remotos a la cultura del comercio, y sintiéndose atraídos por el oro bantú, establecieron relaciones comerciales y una importante red mercantil que llegaba probablemente a la India, decidiéndose a establecer una colonia permanente, aprovechando la explotación minera. Esta ciudadela fortificada, sería el Gran Zimbaue, fundado en el siglo XIII, y que guarda una estrecha relación con el Cercano Oriente. Es por lo demás, podría decirse una colonia asiática, en cuya fundación o desarrollo poco tuvieron que ver los bantúes del África Negra. Esto sería algo muy similar al origen del Antiguo Egipto uskario, en donde los colonos y fundadores de la civilización del Nilo, fueron elementos raciales no originados en África. Queda por lo dicho al margen de la raza negra, todo elemento de civilización generado, desarrollado o afianzado de manera espontánea y natural.

Se puede afirmar que no hay ejemplos a lo largo de la historia, en los que la raza negra haya dado muestras de capacidad de generar sociedad civilizada, o mínimos adelantos que puedan desencadenar procesos civilizadores, por elementales que éstos sean. Siendo así que los únicos ejemplos que pudieran atisbar duda, muestran evidencias genéticas, culturales, etnológicas e históricas que señalan a otros pueblos, quienes al desaparecer, dejan ruinas que nunca vuelven a levantarse, y son el fin de toda huella civilizadora. No existe continuidad tras la depauperación o extinción de la raza que llegó a sustentar cimientos de civilización en África. Con ella muere todo elemento de humanidad civilizada.
Gran Zimbaue, ha dejado un misterio que pocos se atreven a aclarar. Tal cosa no es en absoluto distinto al enigma egipcio, sin embargo es difícil asumir políticamente la única respuesta posible a ambos. El primero desapareció, tras agotarse el oro de las minas, no dejando más rastro ni legado en las poblaciones del África Negra. Este primer ejemplo, nos muestra que para el siglo XIII, las relaciones entre Asia y la región subsahariana, eran fluidas y constantes, por cuanto la primera debió conocer antes que Europa, la riqueza que allí se encontraba aún casi virgen. En el caso egipcio, el enigma se resuelve por los mismos cauces que el primero, al cual nos detenemos a explicar en su debido caso, y al que las pruebas genéticas dan nuevamente una prueba contundente y esclarecedora, acerca de su origen, y también de la causa de su desaparición.
La conclusión acerca del África Negra, nos lleva a asimilar la ausencia de capacidad psicológica e intelectual necesaria para poder desarrollar cultura mínimamente compleja y asentar una sociedad civilizada. Esto no sólo comprendería un intelecto inferior, sino una inteligencia o psicología diferente, tanto en tamaño como en su calidad distinta a aquellos pueblos que de forma espontánea, natural e innata contribuyen a cimentar civilización. Este ejemplo revela cuál es la verdadera naturaleza extintiva en estado puro, y la misma se extendería en general a toda aquella humanidad indígena, que de forma natural no cambia su estado salvaje. De esta categoría participan las razas que han mantenido durante extensos periodos de tiempo, y hasta entrar en contacto con otras culturas dominantes, un estado salvaje. Otros ejemplos serían las etnias australianas aborígenes, los indígenas precolombinos del continente americano, y en mayor o menor grado buena parte de razas asiáticas.
Este es el resultado último de la situación actual de dicha humanidad de naturaleza extintiva, cuya realidad se refleja en grado máximo representada en los pueblos del tercer mundo, y que varía en grado a elementos levemente menos extintivos, generando sociedades algo más desarrolladas, pero dentro de niveles de subdesarrollo global.

Dentro de la ley propia de la civilización occidental, aquella en cuya base hemos situado a la que hemos llamado como raza uska, existe una esencia más allá de la razón o el juicio, que se relaciona con la dimensión metafísica. La civilización por tanto no es consecuencia meramente del entendimiento o el intelecto, sino de la fuerza creadora. Las grandes naciones que han sido tocadas con la gracia de la sangre uska, son aquellas que pueden ser consideradas las fundadoras de toda perfecta humanidad. Es por ello muy necesario conservar lo más pura posible la línea de sangre uska, pues más tarde o más temprano, la genética hará que en cada una de sus familias, y cada cierta generación, brote el genio occidental.

Ningún otro sistema o civilización, ajeno a Occidente, puede hacer prosperar humana y culturalmente a una sociedad por sí sola (póngase como ejemplos los Emiratos Árabes cuyo progreso sólo es debido a un factor ajeno a toda obra humana; o a China, el país que constante e implacablemente basa su economía en copiar e imitar como simios lo que hace la otra parte del mundo).

Muchas de las características de la civilización de Occidente, degeneran si otros pueblos extraños, entran en su entorno y se afianzan lo suficientemente. También ocurre durante este proceso la pérdida de espontaneidad, naturalidad, carácter, y todos aquellos elementos que conforman la identidad, cuando determinados elementos culturales ajenos a Occidente pero tenidos como universales son tomados como referentes. La universalidad como principio aplicado en un sentido errado, provoca la permeabilidad de multitud de elementos destructivos de la civilización.

La mezcla de etnias destruye la identidad genética de toda una cultura. La conjunción de varias culturas aún no existiendo mezcla étnica considerable también es dañina por cuanto provoca, con el paso del tiempo, pérdida de memoria racial e identidad de origen.

En la cosmópolis no hay espontaneidad y naturalidad, pues son los cementerios del carácter de los pueblos. En ellas nada se crea y todo se destruye, ningún pueblo o civilización por desarrollada que sea puede sobrevivir a un tumor cosmopolita. La urbe y toda la cultura urbanita es una degeneración occidental que apesta a cloaca y cáncer, siendo uno de los síntomas más visibles del sistema esclavista cosmocrático impuesto en Occidente. El concepto culto de urbe dado por Roma, en contraposición al rusticus, donde pertenecía el bárbaro, ha dado un giro completo

No es la cultura actual y el postmodernismo una consecuencia de la acumulación del saber y de la historia, sino al contrario una conjunción de subculturas marginales, moldeada por la influencia del mundo latino y afro. la cultura comtemporánea no por carecer de unidad y coherencia deja de tener elementos que la caracterizan y definen, por tanto de ser un concepto sujeto a análisis como fenómeno. Siendo así y contemplando la historia universal de pensamiento, podemos acertar a decir antes de entrar en detalle, que la actualidad vive un fenómeno cultural y de pensamiento que es el más atrasado intelectualmente de toda la historia de la civilización, y ello a pesar de que cuenta con más elementos culturales acumulados de todos los tiempos. Implica además esta posmodernidad, la destrucción de todo mecanismo anterior de ejercicio intelectual y de pensamiento, aniquilando el principio de la racionalidad, y todos aquellos elementos de unidad que conformaron la filosofía y el pensamiento occidental.

Con el posmodernismo, se crea una fragmentación o deconstrucción de la historia, quebrando su unidad, relativizando al extremo la cultura y civilización occidental, que en sí forma un cuerpo único en constante evolución y desarrollo. Sin embargo la globalización que implica básicamente la extensión del imperio norteamericano, no contradice esa multiplicidad de elementos que conforman el posmodernismo en la medida que todos ellos pueden confluir, ampararse y ser permeables en dicha unidad global o centro de la diversidad. En un sentido más elemental la unidad representaría básicamente los intereses económicos mundiales, y la integración de los diversos elementos culturales, raciales, etc. comprenderían un intento defintivo de unificación universal, con el objeto de conformar un control o poder único. Los huecos y el vacío que deja la fragmentación y polarización del pensamiento y cultura occidental, se rellena con subculturas multiculturales permeabilizadas y cosidas al abrazo de esa posmodernidad.

Podemos afirmar que en el futuro el pensamiento kantiano, cartesiano, la filosofía clásica, etc. perderán el interés por el simple hecho de que dejarán de ser comprensibles para un intelecto enormemente atrasado, que compondrá la mentalidad futura.

La casta de los mayores faraones de la historia y su corte, pertenecieron al linaje R1b y fueron una etnia ibérica (uskomediterránea) casi al cien por cien. Su casta era la más cerrada del mundo, llegando al incesto en caso de no encontrar príncipes o princesas del mismo linaje. El reciente estudio del centro de genealogía IGENEA de Zurich, donde analizado el adn de varios faraones incluyendo al joven Tutancamun, se estrajo más de un 96 por ciento de coincidencia con el genotipo de la Península Ibérica. El linaje de procedencia ibera al que pertenecen los mayores faraones de la historia de Egipto es el R1b1a2, que tan sólo se encuentra en los actuales egipcios en un uno por ciento.

La casta de los mayores faraones de la historia y su corte, pertenecieron al linaje R1b y fueron una etnia ibérica (uskomediterránea) casi al cien por cien. Su casta era la más cerrada del mundo, llegando al incesto en caso de no encontrar príncipes o princesas del mismo linaje. El reciente estudio del centro de genealogía IGENEA de Zurich, analizó el adn de varios faraones incluyendo al joven Tutancamun, y extrajo más de un 96 por ciento de coincidencia con el genotipo de la Península Ibérica. El linaje de procedencia ibera al que pertenecen los mayores faraones de la historia de Egipto es el R1b1a2, que tan sólo se encuentra en los actuales egipcios en un uno por ciento.


Los pueblos uskos, aislados en las edades de hielo, desarrollaran las mas importantes culturas del mundo, sin necesidad de relacionarse con otras razas, (el Paleolítico, el Megalítico, Neolítico, o la Edad del Bronce, etc.). Los pueblos del entorno mediterráneo solamente prosperaron cuando fueron visitados por los antiguos pueblos del oeste de Europa.

Lo dicho respecto al África Negra puede aplicarse en buena medida al resto de las regiones afroasiáticas. Su historia nuevamente aquí nos desvela una sintonía en toda África, sólo rota por el Imperio Egipcio y el efímero Imperio Púnico. La historia también desvela que el origen de ambas culturas se encuentra en la que llamamos como raza y también cultura usko-mediterránea.

Lo justo y también lo errado era no privar a la raza africana del protagonismo de la única civilización que vio nacer toda África. Pero cada vez se hace más evidente lo equivocado que es atribuirle tan grande civilización, por lo menos en lo que respecta a su origen y desarrollo.
El más cercano ejemplo de civilización mediterránea lo tenemos en extinto Al-Andalus, cuya cultura alcanzó cotas desconocidas en Europa desde la civilización romana. Tanto es así que las cortes europeas enviaban a sus hijos, los príncipes de Europa, a educarse en Córdoba.

Por vez primera en la historia ocurre un acontecimiento nunca visto, el árabe como cultura y como lengua, se convierte en un fenómeno intelectualmente desarrollado. La lengua y la literatura, de la mano de la cultura hispánica preexistente, se encumbra como en ningún territorio donde antes hubiera arraigado el Islam, dando origen a la denominada como cultura original andalusí. Tras un periodo inicial de asimilación y penetración de la cultura oriental, la andalusí se convierte durante la Baja Edad Media, no sólo en el claro referente intelectual de todo el mundo musulmán, sino también occidental, conociéndose esta predominancia en lo cultural como primer Renacimiento europeo. La cultura andalusí creadora de las más importantes bibliotecas, centros culturales y primeras universidades de Europa, eclipsó al propio Bagdad, centro de la civilización del Imperio Islámico, convirtiéndose en la región más avanzada de Europa Occidental y del mundo. Volvió así a surgir otra imponente civilización mediterránea, en lo que fue el antiguo reino ibero de Tartessos, sucesor a su vez de la mítica Atlántida.
Tanto en los aspectos culturales como también científicos, Al-Andalus, que en origen recibió aportes de la cultura oriental, pronto adquirió autonomía e identidad propias, descubriéndose como un fenómeno intelectual separado de la mentalidad y cultura afroasiática. Lo que de esplendor y predominancia alcanza Al-Andalus, lo hace con plena independencia tanto cultural como posteriormente política del imperio árabe.
También en el aspecto religioso, místico, cosmológico, metafísico y filosófico adquiere elementos la cultura árabe en el Al-Andalus, la llamada filosofía o espiritualidad islámica “tasawwuf”, desconocidos hasta el momento, aportes que jamás volverán a repetirse.
Este hecho unido a la situación en la cual se encontraban las regiones africanas y orientales del propio imperio islámico, eclipsada en todo por Al-Andalus, y sumidos en una edad oscura similar a la que vivía Europa, dan muestra de la también desconexión racial, intelectual y psicológica existente entre la cultura andalusí y la propiamente musulmana.

Al-Andalus, proporcionó la estabilidad y la paz necesarias para el florecimiento de una cultura occidental, asentada sobre el pueblo mozárabe, descendiente de aquellos hispano-godos, que hicieron de Córdoba su nueva Atlantis.

Sin la raza uska, el mundo actual estaría poblado por una humanidad primitiva y cavernaria, Europa sencillamente estaría en la prehistoria (probablemente diezmada o deshabitada por las pestes y enfermedades) y América ni hubiera llegado al Paleolítico. Una sola familia verdaderamente eberita, aislada, sin más humanidad a la vista, cercana a un arrollo, levantará una civilización en unas pocas generaciones. Millones de indios o africanos, aislados y tostados al sol de alguna región tropical, incluso rodeados de tesoros de civilizaciones perdidas, no desarrollarán nada parecido a la civilización occidental ni en miles de años. Compárese a los últimos con sus antepasados los primates, y no parecerán mucho más civilizados, teniendo en cuenta que a ellos a diferencia de los monos no se les ocurría nunca la limpia y genial idea de desparasitarse mutuamente.

Australia, fue una colonia penal británica, cuyos colonos habían sido forzados a viajar y trabajar en tal lejano lugar, habiendo cometido crímenes de sangre en Gran Bretaña. Sus hijos sin embargo nacerían libres como ciudadanos del Imperio Británico. A pesar de ser descendientes de criminales, sin embargo, fundaron una gran nación, hoy Australia. Ahora si en vez de esta gente de origen usko, aunque descendientes de convictos, hubieran llegado las familias africanas más decentes y honradas de la tierra, o aborígenes indios, sencillamente ahora Australia no existiría.

En Occidente se asentaron las primeras sociedades del mundo en las etapas iniciales del hombre. Las sociedades tribales occidentales, nada tienen que ver con las tribus indígenas peruanas del Amazonas, las del valle del Omo, en Etiopía, o las del aborigen australiano. Básica y principalmente, el eberita, en distintas condiciones y regiones lo que asienta son sociedades y civilizaciones. Egipto, Mesopotamia y Babilonia, Grecia, Palestina y Roma, incuestionablemente comenzaron el camino del Paleolítico inferior al Neolítico y la Edad de los Metales, coincidiendo con la llegada del prehistórico ibérico.

Africanos o asiáticos, llevan conviviendo en la sociedad occidental siglos, aún esperamos un invento trascendental y/o descubrimiento para la humanidad; una especie de Tim Berners chino o un Magallanes africano. Ya adelanto, plenamente seguro de lo que digo, que dicha espera será inútil. Ni con todos los elementos para crear genios en sociedades tan avanzadas, ni unos ni otros hacen avanzar a la humanidad. Con escasez de recursos que había en sociedades pasadas, incluso a pesar  del lastre de la brutal inquisición, surgieron grandes genios como Alejandro Malaspina, Miguel Servet, Isaac Newton o Galileo Galilei. Enséñales a los asiáticos la industrialización y se industrializarán como nadie. Muéstrales los principios filosóficos y éticos más elementales y no entenderán nada más allá de  los dogmas religiosos revelacionistas (mahometismo, budismo, confucionismo, mazdeísmo, hinduismo, taoísmo), pues el empirismo, el racionalismo, carteseianismo, etc., no es asumido ni comprendido. Sólo existe el extravagante caso de Chárvaka, que aunque muy alejado de la filosofía occidental, se separó del dogmatismo revelacionista, y sin embargo fue toda huella de su obra purgada para siempre de Asia, y no principalmente por causa del fanatismo, sino peor aun, por formar parte de ideas que para el asiático empezaban a ser inasimilables e incompresibles. No les enseñes nada y pasados miles de años, exactamente como los dejaste, así los encontrarás. Enseña industria, filosofía, arte,  medicina, música, etc. a los africanos, y sólo quizá valdrá el esfuerzo para la primera generación, si ésta asume el diez por ciento; pareciendo que dicho empeño merece la pena si acaso retienen dichos conocimientos las siguientes generaciones, cosa imposible. En las primeras generaciones empezará una mínima asunción de ideas, y en ellas morirá. En este caso peor que los dejaste, los encontrarás.

Podemos sin embargo cuestionar todo este planteamiento sobre la base de que a lo largo de la historia han existido genios de razas u orígenes étnicos diversos. Uno de estos es el pensador Albert Einstein, y al igual que él otros muchos pensadores de origen semita, también existen algunos orientales y una más que escueta lista de científicos o inventores de origen negro. Sin embargo todos y cada uno de ellos se han formado y han desarrollado su pensamiento y cultura en la sociedad occidental, pues el carácter con el que se fundó la civilización de Occidente es el que promueve la genialidad, que es en ella un elemento genuino e innato.
Es decir el fenómeno cultural , que es la consecuencia del carácter de los pueblos y de las razas, se forma a partir del intelecto racial, la forma de pensar, actuar racionalmente, la agilidad, creatividad, inventiva, etc. son elementos que agrupan a una entidad racial, o mejor dicho la identifican y muestran sus rasgos íntimos, es decir su psicología étnica.

Todo ello, a lo largo de los tiempos, forma un carácter racial que tenderá a desarrollar costumbres, cultura, conocimientos, acervo y otros muchos elementos intelectuales y raciales que cimentarán capa a capa una basta cultura. Esta cultura en Occidente, es tan sumamente densa en comparación con las restantes, que sin duda está formada por generaciones y generaciones de elementos intelectuales enormemente prodigiosos, muy superiores al resto de humanidad, y su legado es sin duda el mejor incentivo y método para el desarrollo de la genialidad a todos los niveles. Simplificando el concepto de civilización, y entendiendo esta como intelecto, podríamos decir que comparando el intelecto occidental, no habría en el mundo nada que puede igualarse, dejando al resto en una situación casi insultante.

Las grandes civilizaciones las ha levantado un sólo pueblo en distintas épocas y diferentes lugares, siendo sus genios el paradigma humano. Sin ellos la humanidad se hubiera extinguido.

Miguel Servet, prohombre aragonés, que descubrió el sistema circulatorio y fue asesinado por la Inquisición por negar la Trinidad.

Miguel Servet, prohombre aragonés, que descubrió el sistema circulatorio y fue asesinado por la Inquisición por negar la Trinidad.

 

El eufemismo del concepto de historia universal, no hace más que contar paso a paso la historia espiritual, científica, tecnológica, revolucionaria filosófica y religiosa de los pueblos uskos, discriminando y dejando al margen, en su cruda realidad, al resto de intrascendente mundo.

La energía espiritual y la potencialidad psicológica e intelectual de los occidentales es abruptamente distinta a la del resto de humanidad. Al conocer bien a otras etnias se comprende mejor como estas diferencias son tan evidentes y están tan a flor de piel. Cuando se llega a este conocimiento, nunca se puede volver a ver como a iguales o semejantes a pueblos de distinta sangre.

Los grandes genios surgen de Occidente en una proporción estrechamente relacionada con la indemnidad y pureza de su etnia. Esos potenciales genios son los que realmente hacen avanzar al mundo. Lo egoísta y mezquino, sería que contraviniendo el principio de solidaridad internacional, Occidente como garante de toda civilización y responsable de la protección de toda humanidad, no compartiera ese avance con el resto del mundo, (dando muestra de algo tan característico en Occidente como es el talento o genio solidario). Pero se trata de compartir nuestros logros en pro del avance humano, y no que se aprovechen de ellos, usándolos con agresiva voracidad, contribuyendo en mucho a la destrucción de Occidente. El sistema cosmocrático impone por la fuerza a los mediocres (mesocracia) la condición de dioses y a los dioses la de esclavos, condenando el genio y el talento a la vagancia.

Debemos diferenciar entre el concepto de igualdad y el de semejanza. La desigualdad concierne a un estado de circunstancias que rodean al sujeto-objeto de agravio comparativo, por cuanto dicha situación desmerece respecto a otros sujetos semejantes. La desigualdad por tanto es un elemento cambiante que tenderá, en circunstancias normales, hacia la igualdad de aquellos individuos de naturaleza similar. La desemejanza por contra concierne no a la circunstancia, sino al sujeto, determinado por una serie de características naturales (el Yo). Estas características por norma no se pueden alterar y forman parte de la esencia innata de la persona, conformando su desarrollo intelectual, espiritual, etc. Este elemento físico y psíquico que forma la parte esencial de la persona y que por tanto representa el elemento innato e inmutable, es el que plasma la particularidad del ser humano como sujeto exclusivo, irrepetible o único en el universo.

La igualdad por tanto trata la semejanza de los individuos, siendo los elementos de la Justicia o la Equidad, los que aplicarían o garantizarían un orden comparativo entre los mismos, con la finalidad de eliminar la desigualdad y el caos social. La desigualdad por tanto concierne a las sociedades cuyo orden no se ha fijado en términos de Justicia o Equidad, haciendo desiguales a los semejantes. La igualdad se hace necesaria en las sociedades desarrolladas por cuanto se requiere para que pueda existir el mérito, y por tanto el genio resplandezca. En tales circunstancias es en donde más y mejor aparecen y se observan las desemejanzas humanas, constituyéndose un orden social que destacaría la genialidad e indiferenciaría la mediocridad en términos igualitarios. La distinción que genera la genialidad no produce desigualdad sino equidad. Mientras la igualdad pertenece a la política y justicia, la semejanza comprende a la biología. El sistema de justicia que ordena ese equilibrio social debe comprender un concepto obvio, y es el de que la igualdad existe sólo en términos políticos. Partiendo del mismo, se ha de estimar la genialidad sobre la mediocridad, puesto que hacer converger en términos de igualitarismo a la primera con la segunda crea injusticia y agravio, por tanto inequidad.

Lo dicho tiene su importancia por cuanto la genialidad precisa de multitud de elementos dados sucesivamente a lo largo de las generaciones para cimentar una civilización. La genialidad fraguada durante siglos se funde y cimenta en lo que vendría a ser el material de construcción de una cultura y civilización. El resultado sería el conjunto del nivel de desarrollo cultural, humano, intelectual e histórico de la misma, sumando todos los logros a lo largo de su devenir. No es sin embargo un signo distintivo la mediocridad en las sociedades subdesarrolladas o poco evolucionadas, carentes o parasitarias de cultura. Una sociedad puede alcanzar grandes niveles de desarrollo uniendo estrechamente su destino a la mediocridad (ejemplo de esto sería Japón o la potencia china, donde miles de millones de individuos no han generado ningún inventor, artista o genio verdaderamente destacable). Lo que verdaderamente significa a las sociedades subdesarrolladas es su profundo carácter extintivo, es decir su destino innato a la desaparición natural.

Es por tanto ese carácter el elemento fundamental de la desemejanza en el orden internacional. La historia ha dado ejemplos de pueblos destinados a desaparecer por causas fundamentalmente naturales. La mediocridad sin embargo es un elemento necesario para la civilización y se requiere por parte del genio en el desarrollo y avance de la sociedad. Estos dos elementos por tanto son esenciales en la formación de la cultura creadora. Una sociedad esencialmente mediocre no generará una gran civilización, y dependerá del genio extranjero para su desarrollo. Igualmente aquella sociedad donde se encuentre arraigado el genio y que acoja elementos extintivos, acabará por desaparecer (ejemplo de esto sería la historia antigua de Grecia). La historia de Occidente es definitivamente la del dios atlante, que como el Neandertal, se deja extinguir por elementos de menor intelecto, acaparando para sí lo único que puede obtenerse de ellos, su condición extintiva.

En este sentido el descubridor de la estructura del ADN James Dewey Watson, manifestó sobre las políticas humanitarias africanas, que su tremendo fracaso partía de la base de presumir que la inteligencia de las razas es la misma, cuando existen pruebas de que esta premisa es falsa e inhumana. Tanto es así que las catástrofes humanitarias son consecuencia de presumir que la humanidad no se compone de razas, y por ello no existen desigualdades en términos intelectuales y psicológicos. El planteamiento respecto a las cuestiones humanitarias tropieza con esta contradicción consistente en afirmar que no existen razas, y que por tanto tampoco existen desigualdades. Sin embargo se confunden términos y conceptos que nos relacionan desigualdad con injusticia y trato desigual. La desigualdad social, como concepto que trata básicamente aspectos sociales y políticos, se aplica a las razas humanas, socializando un elemento que ni es político ni esencialmente social, sino natural o biológico si se quiere. Se justifica la igualdad racial no en términos científicos o genéticos demostrables, sino en base a un planteamiento político. Es decir si la sociedad es igual, todos tenemos que ser iguales, si tenemos los mismos derechos, todos debemos partir de las mismas capacidades, etc. Esta relación o más bien confusión conceptual, es la que origina y justifica el principio sobre el que se asienta la igualdad racial/igualdad social. Es un hecho que el humanitarismo y las fallidas políticas humanitarias han causado más daños, sufrimiento y muerte que si no hubieran existido nunca.

El no aceptar estos principios como absolutamente ciertos, supondría un error tan grande como considerar que sólo existió una especie única de homínido y que las diferencias existentes en las distintas especies homínidas, anteriores al hombre, no correspondían más que a la simple apariencia. Sería algo como que una raza futura considerase a toda la especie humana un mismo y único género, sin distinción, atribuyéndole indistintamente todos los logros y fracasos de la historia.

Hacer desaparecer, sin más, bajo pretextos políticos o de otro tipo, una ciencia tan trascendente y vital como la que nos afecta directamente a nosotros, que es la antropología racial, cayendo en el error de seguir creyendo la patraña de haberse creado la humanidad a partir de un sólo y mismo origen, a pesar de quedar demostrado que no es cierto, o asumir que pertenecer a una u otra etnia es sólo cosa de apariencia, tendrá consecuencias imprevisibles e irreversibles. Cerrar los ojos a la evidencia, no sólo es un gran fracaso de nuestra civilización, sino que además es imposible hacerlo por mucho tiempo. En algún momento se tendrá que asumir la evidencia como cierta, aunque sea ya casi desde un punto de vista paleontológico.

-Sucesión de la línea de sangre.

La sucesión ininterrumpida de la sangre y la raza, y su permanencia íntegra, es lo que determina la vida de un pueblo, y a contrario su agotamiento implicará su deceso. Durante el transcurso de esa vida, la raza genera acontecimientos históricos y culturales. Cuando la misma es rica y extensa, genera acontecimientos profundos y complejos que podrán definir una unidad de pensamiento, la cual conocemos como historia de un pueblo, en la que intervienen distintos tipos de manifestaciones, culturales, religiosas, políticas, etc. Esta unidad alcanzará las fronteras raciales donde dicho pensamiento mantiene su cohesión y unidad. Así por ejemplo en la Antigüedad observamos diversas corrientes culturales y religiosas como el megalitismo, la cultura campaniforme, campos de urnas, etc. que se extienden a lo largo de un extenso ámbito racial único, o también el sincretismo religioso habido entre diversas civilizaciones mediterráneas con evidente unidad de pensamiento y sangre.
La vida de los pueblos y sus culturas dependen exclusivamente de elementos intelectuales y psicológicos que se encuentran en su sangre, y que generación tras generación van conformando una sucesión de acontecimientos que mediante la unidad de pensamiento dan origen a su historia.
Cuando un acontecimiento se origina fuera de dicha unidad de pensamiento y de sangre, entonces el pueblo empieza a vivir acontecimientos de otro pueblo, y por tanto a pertenecer a su historia, dejando en parte de ser dueño de la propia. En ocasiones esos acontecimientos si bien cambian profundamente la forma de pensar y la sociedad de quienes los adopta, no significa necesariamente que impliquen un cambio o ruptura de la línea de sangre, y por tanto una desconexión con la unidad de pensamiento. Hay acontecimientos que por muy trascendentales que sean son promovidos por una nación o pueblos extranjeros sobre otros, los cuales guardan entre sí conexión de las sangres y las razas. Siendo así por tanto no se altera el elemento racial, que es como dijimos el que porta el carácter intelectual y psicológico de los pueblos, pudiendo enlazarse a la historia propia la de otros pueblos hermanos, que han desarrollado acontecimientos en otros entornos y niveles distintos, generando una unidad o cohesión intelectual, puesto que la diferencia más sería de grado. Este sería el ejemplo de la romanización es Hispania, donde los romanos descendientes de etruscos y celtas, trajeron una cultura distinta en grado pero unida intelectualmente por los lazos de la sangre al conjunto de los pueblos iberos.
Otros acontecimientos son además de esenciales para provocar un cambio trascendental en la historia de un pueblo, también drásticos, por cuanto implican la ruptura de la unidad de sangre y por tanto de pensamiento, es decir la agonía de un pueblo. En este caso el pueblo extranjero se hace con la historia del pueblo al que invade con su acontecimiento racial.

Este proceso genera situación que no difiere en grado sino en el aspecto más profundo y complejo de la psicología humana, acabando con la unidad histórica de una nación o pueblo. A partir de entonces la historia de un pueblo se hace depender del acontecimiento extranjero de forma irreversible y drástica. El ejemplo de esto sería el fin del pueblo sumerio tras la colonización e invasión de los semitas, o la conquista de América por los españoles. En ambos casos el cambio no sólo fue trascendental, sino completamente irreversible. La base fundamental de este cambio reside en la unión de razas intelectualmente distintas, cuya unión no conforma unidad de pensamiento alguna, sino que destruye a uno de los elementos más débiles y promociona al otro, debilitado en su sangre por el mestizaje, es decir depauperado y por tanto intelectualmente distinto a los dos elementos raciales anteriores. El resultado de tal proceso es que el producto de la conjunción de las sangre es distinto intelectualmente al elemento inferior, y definitivamente inferior al elemento superior en grado.

La línea de sangre se puede definir como el conducto a través del cual una raza deja, mediante una sucesión de acontecimientos, unidos por la cohesión psicológica e intelectual, su presencia y testimonio en la historia. Este aspecto es importante a la hora del análisis y estudio de las distintas interrelaciones habidas en los pueblos, así como el estudio de su psicología.
Hay determinados elementos que los pueblos comparten y en los cuales se encuentran y reportan mutuos beneficios. Dichos aspectos no inciden en su psicología profunda ni en su carácter, por cuanto pertenecen o abarcan poco más allá de las meras necesidades humanas y fisiológicas, como el bienestar, la tecnología, el desarrollo humano o de nivel de vida, etc. En dicho ámbito una sinergia equilibrada será positiva.
Sin embargo existen aspectos que profundizan en la naturaleza de las razas humanas y que conforman verdaderas fronteras naturales. Sobre dichos márgenes los pueblos son capaces de extender acontecimientos que forman parte de su psicología y que logran retroalimentarse, desarrollando una vida más compleja y rica, unida a través de la sucesión de los distintos aportes de cada generación. La historia en este sentido forma una unidad de pensamiento, y es por tanto considerada como un entidad en crecimiento y con vida en propia. Estos aspectos forman un carácter y particular forma de entender la sociedad, cultura, arte y pensamiento filosófico y religioso.
Si nos remontamos a la Antigüedad, observamos acontecimientos que se extienden a través de dicha unidad o línea de pensamiento, y que forman parte de ese carácter y psicología racial. Ejemplo de ello lo observamos en los remotos movimientos culturales y religiosos que protagonizaron los pueblos célticos. Esto nos muestra que dicho fenómeno sucede desde siempre y es natural a los pueblos que comparten una misma sangre.

En épocas más complejas se dan movimientos gradualmente más desarrollados, que se originan mediante dicha cohesión y unidad psicológica, a partir de otros elementos anteriores que portan la misma esencia y naturaleza. Así por ejemplo el Románico, el Gótico, o el Renacimiento, se originan uno tras otro, formando una misma unidad de pensamiento, heredando elementos unos de los anteriores y legando otros a los sucesivos, manteniendo la misma estructura y esencia intelectual. Dicha unidad forma fronteras que van mas allá de las naciones y se extienden por los senderos raciales de la historia. Así la interrelación y retroalimentación de estos acontecimientos se produce de forma espontánea y natural.
Es importante a la hora de definir una frontera racial, observar estos acontecimientos que como hemos dicho forman parte de la psicología de las razas, a la hora de identificar el fenómeno de la retroalimentación, como un aspecto fundamental. En los movimientos más trascendentales de la historia no es usual que intervenga una sola nación, un sólo pueblo, sino que éstos abarcan una extensión mayor a la que llamamos la frontera racial. Dentro de la misma se observa una línea o sucesión de sangre que dan cohesión racial o unidad psicológica a un conjunto de pueblos o naciones.

La desconexión racial de una nación con sus fundadores trae consecuencias que observamos en la historia de los pueblos. Así por ejemplo este hecho histórico ha sido de enorme trascendencia en el Mediterráneo oriental. En los pueblos que actualmente viven en las regiones de Sumeria, en buena parte dominados por lo que se conoce como el E.I., observamos por lo general indiferencia, cuando no desprecio, hacia el origen de esa civilización. Igualmente ocurre en el resto del Cercano Oriente, existe animadversión hacia todo pasado cultural y hacia cualquier rastro de civilización antigua. No existe conexión de ningún tipo entre las razas que habitan actualmente estas regiones y el pasado de civilizaciones que se desarrollaron y fundamentaron en el origen del pasado sumerio.

El fundamentalismo ayuda a esa aversión por el pasado cultural tan floreciente y acaba por trasformarse en homicida, contribuyendo a una política fanática de destrucción arqueológica cuyo fin es borrar todo ese pasado por el que sencillamente no se ha tenido aprecio alguno. Este sentimiento tan significativo no se fundamenta por tanto exclusivamente en un fenómeno religioso, por cuanto el arte de la antigüedad se considera sacrílego. Ni siquiera en la época de la Inquisición europea, se observa esta actitud con los restos paganos de las civilizaciones antiguas, griegas, romanas, etc. Es por tanto algo que se puede considerar al margen de la naturaleza religiosa, y que ahonda en la psicología y carácter que imprime la raza del desierto, y que acontece fruto de una remota ruptura de la sangre ancestral, que evidentemente implica desconexión psicológica y desapego como paso previo al desprecio, cuyo sentimiento se acentúa con el fanatismo. La raza asiánica sumeria era de distinta naturaleza que las razas árabes y semitas, cuyo carácter es el que derrumbó todo rastro de cultura y civilización. Más que incapacidad de desarrollar esto último, lo que el desierto desprende es odio al intelecto humano.
En otras partes del Mediterráneo si bien no observamos la animadversión e instinto homicida hacia el pasado con el que no se siente conexión, lo que sí se aprecia es indiferencia o incomprensión. Así por ejemplo en Egipto, la magnitud e imponencia de los restos de su civilización no pueden por menos que desprender un sentimiento reverencial, al reducir a la misma insignificancia, a los ojos que hoy los observan. Sin embargo esos mismos ojos ni entienden ni han sido capaces de comprenden o descifrar nada en absoluto de ese pasado. Todo cuanto sabemos es gracias a la observancia e intelecto de investigadores y arqueólogos occidentales.
Esto no ocurre por ejemplo en civilizaciones como la mesoamericana, donde son numerosos los pueblos que hoy día no sólo se reconocen como sus descendientes, sino que practican buena parte del legado cultural ancestral prehispánico. En esencia han guardado también gran parte de la sangre de sus antepasados, su psicología es fundamentalmente la misma.

Las naciones uskas.

Como se ha venido diciendo, existen naciones y pueblos que han definido su historia y la mayor y más importante serie de acontecimientos históricos en base a un origen y permanencia en varias de sus regiones de un intenso acervo racial atlántico. Este elemento ha determinado buena parte de la historia y pensamiento de los pueblos de Europa occidental, la cual puede ser analizada como una civilización en su conjunto gracias a ese nexo racial, que da cierta estabilidad y unidad intelectual y psicológica al conjunto de pueblos y culturas que forman dicha región.
La mayor parte de los más importantes acontecimientos que forman la historia de las naciones de Occidente han sido protagonizadas por el carácter racial del que denominamos como pueblo o raza uska.

En algún momento de la historia, las naciones de origen usko, alcanzaron el rango de máxima civilización, siendo en su tiempo naciones hegemónicas. Así ocurrió que el Imperio Español con menos de nueve millones de personas conquistó y dominó todos los continentes y océanos; el Francés con menos de veinte millones alcanzó su cota de mayor poder mundial sucediendo al español, y el británico con menos de cuarenta logró el mismo dominio planetario que el primero. En tiempos distintos se sucedieron el papel de potencias mundiales hasta el advenimiento hegemón norteamericano. Ningún país de la tierra de origen no usko ha sido jamás potencia hegemónica mundial, pues la que pudiéramos argüir como excepción, la URSS, país europeo pero eslavo, siendo superpotencia, compartió protagonismo con EEUU, nación uska, por lo menos en origen.

Estrictamente sólo España e Inglaterra, las naciones más uskas de la tierra, (pues EEUU, es evidentemente hija de la Gran Bretaña y por lo tanto indistinta a ésta en su inicio) han sido potencias supremas y protagonistas sin rival durante un largo período de la historia. Quizá Francia sí tuvo que competir constantemente con Inglaterra, y nunca lograría distanciarse de esta nación intensamente superpoblada por uskos de gran pureza. Así el mundo ha sido el señorío de españoles, franceses (cuando sus vecinos le daban oportunidad), ingleses y estadounidenses; como lo fue en la antigüedad el Mediterráneo, de griegos y romanos, tan uskos en origen como los primeros. La clave para el Imperio español desde luego no fue el número de su población, que variaría desde los cinco a los ocho millones, y en ningún caso sobrepasaría los nueve a lo largo del hegemónico hispano siglo XVI. Ese dominio se basó en la calidad del genio usko y la pureza de los conquistadores, navegadores, exploradores y científicos enviados a gobernar el mundo y que en su gran mayoría eran de origen navarro y vasco como demuestran los apellidos de la aristocracia criolla dominante en el continente americano, e incluso de buena parte de los militares extremeños o andaluces que conquistaron América, (Valdivia, Balboa, Álvar Núñez, etc.), y lógicamente por la abrupta inferioridad cultural y racial del mundo indígena descubierto.

Esto en lo que respecta a América y Oceanía, siendo vital para el dominio europeo las alianzas dinásticas y uniones personales que afianzaron el poder español en Italia, Alemania y Países Bajos. En el caso del Imperio Británico, era bastante obvio y de esperar, que una gran nación superpoblada por uskos atlantes, aislados y rodeados por mar, no necesitara de alianzas ni estrategias, sino del simple elemento numérico, que hizo aflorar de forma intensa y frecuente el genio occidental tan abrupta y generosamente que de ella brotó en poco tiempo otra potencia hegemónica y descendiente, EEUU; pues en una sola nación insular no cabía tanta grandeza y genialidad. Cabe decir que lo que evidentemente ocurrió con EEUU, en su desprendimiento o fractura de su matriz europea, como si de un organismo equinodermo se tratara, pudo ocurrir en la medida del superpoblamiento insular que empezaría a gestarse a mediados del siglo XVII en Inglaterra y en general en las Islas Británicas, fruto de la mejora alimentaria a la que contribuiría el comercio con el Nuevo Mundo, la calidad y mejora en las condiciones de vida, y aislamiento continental, y por tanto de la ausencia de pestes y enfermedades, así como guerras o procesos expugnativos que mermaran la población. Estas condiciones evidentemente no se pudieron dar en el proceso colonial hispánico por varios motivos. En primer lugar dicho curso histórico iniciado en 1492, fue precursor y pionero; es decir hasta la fecha en que Colón pisara el continente americano, no conocía Europa que era tal fenómeno de la colonización, y ni mucho menos poseer colonias de ultramar o rutas transoceánicas. Por ello en tales fechas las poblaciones europeas occidentales eran escasas y habían sido diezmadas de forma intensa a consecuencia de las condiciones de vida, sumado ello a las plagas, enfermedades, guerras y pestes que esquilmaron los reinos formados tras la caída del Imperio Romano. Tales circunstancias se vivieron más profundamente en la Península Ibérica, debido en primer lugar a su posición geográfica de proximidad a África y el Mediterráneo, regiones originarias de los focos de plagas y pestes europeas (Peste española, la Gran Gripe etc.). En segundo lugar por ser una región poco confortable o habitable (así lo definía Estrabón: “La primera parte de ella (Europa) es, como decíamos, el Occidente; es decir, Iberia; ésta, en su mayor extensión, es poco habitable, pues casi toda se halla cubierta de montes, bosques y llanuras de suelo pobre y desigualmente regado”); y por otro lado a la situación de la Reconquista, una guerra esencialmente racial y no religiosa, que transcurrió en un período de casi ochocientos años, siendo con mucho el conflicto armado más largo de la historia de la humanidad. A ello se sumó el despoblamiento añadido dejado por los criptojudíos y sefardíes, así como de los moros y moriscos, menos numerosos, en los procesos de expulsión masiva decretados a lo largo de varios siglos y a la propia emigración forzada como consecuencia de la persecución religiosa.

En esa situación se encuentran los reinos peninsulares al unirse las dos coronas en lo que se conocería como reino de España a finales del siglo XV. Dicha situación cambiaría poco a lo largo de los siglos posteriores, pues el mantenimiento de un Imperio planetario, exigía agotar y extenuar constantemente a la población masculina, sobre todo castellana, dirigida a los ejércitos; fundamentalmente en interminables conflictos europeos, llegando a ser necesarios los servicios de mercenarios, pues en número el español fue desde siempre muy inferior al francés, italiano, etc. Es por este motivo que cuando España inicia en Europa y en el mundo la era colonial y de los descubrimientos, no puede poblar tan intensamente sus vastas y extensas colonias americanas como sí lo hizo el inglés, que además se sirvió de irlandeses, escoceses y holandeses. Sobra decir lo mismo para Portugal, cuya población fue siempre ridículamente insignificante respecto al número de colonos y colonizados. En consecuencia, Inglaterra originaría no una mera colonia, puesto que la población norteamericana era tan occidental como la londinense, sino verdaderamente la semilla de una nueva nación uska y de un gran imperio. Muy al contrario, la despoblada España, y los yermos campos de Castilla que ya describiera Cervantes, no pudieron nutrir a las colonias más que con la imprescindible población militar invasora, perpetuamente mezclada a lo largo de los siglos con la sangre indígena autóctona. La secesión de las colonias americanas de España, no trajo consigo el surgimiento de prósperas naciones uskas, o un gran imperio unificado como su vecino del norte, sino muy al contrario, el resultado fue un continente desunido y fragmentado, probablemente más ruinoso, expoliado y subdesarrollado que en la época colonial precedente.

En Francia, la hegemonía siempre fue reducida a momentos culturales, sociales, filosóficos o bélicos puntuales y no perdurables en el tiempo pues siempre estuvo limitada por la influencia constante al norte y al sur de las dos mayores naciones uskaritas que jamás han existido, España y Reino Unido.

Un pueblo verdaderamente usko, en algún momento de su historia ha dominado el mundo. Un país del Renacimiento con apenas dos millones de uskos puros, podría dominar y civilizar a cien millones de asiáticos, conquistar a todos los africanos e indios americanos que descubriera a su paso, y si acaso no encontrara más uskos en su camino, podría en un tiempo, adueñarse del mundo.

El Orden Universal y la Ley Natural.

La naturaleza se rige por un orden y lógica perfecta, todos y cada uno de sus actos provienen de un origen lógico o matemático, el cual con los medios necesarios puede ser descubierto, incluso hasta el más remoto. Todas las piezas de la naturaleza ocupan su lugar sin que quepa la posibilidad de error o desorden alguno, pues ellas se encuentran en el sitio exacto. Todos los hechos naturales siguen su orden y cronología, en una interminable sucesión. La naturaleza es en esencia materia viva, rodeada de un universo de materia muerta del cual se nutre. La materia muerta puede existir sin la materia viva, más lo contrario no se sostiene. La regla principal del orden universal es destruir el espacio que ocupa la materia viva. Una parte importante de ésta última coincide con esta regla, aplicando un principio autodestructivo imparable al que llamamos orden natural.

En la realidad que conocemos (materia viva) conviven dos mundos, por un lado, el humano, en la cual reside toda la sustancia divina que existe en dicho lugar; y por otro el mundo natural o entorno. Mientras en el humano rigen los principios de bondad o maldad, ética, moral, religión, etc., en el natural sólo rige una batalla constante entre lo que es perjudicial y lo que es beneficioso. En dicho conflicto natural, siempre gana el beneficio, es decir el equilibrio. Otros hablarían de sostenibilidad, siendo el perjuicio o desequilibrio destruido por armas naturales creadas por su misma lógica y orden. Ambos mundos pueden chocar o sufrir sus propios conflictos al intentar aplicar las reglas o leyes naturales al mundo humano, o viceversa. Es obvio que la naturaleza se empleará por sí misma en destruir todo aquel intento de intromisión, mediante su disposición lógica. Siendo tal el caso, la única forma de evitar el choque, es mantener ambos planos en situación paralela, sin que las leyes que los rigen lleguen a penetrar en el mundo o plano contrario. Ambos mundos comparten espacio, siendo uno de ellos, el humano, ajeno al mismo en su origen.

El mundo natural es lógico y ordenado, pues ha ocupado desde el inicio dicho espacio. El caos o desorden, y la sustancia divina, pertenecen únicamente al plano o dimensión humana, por ser ajena al espacio universal. Lo que nosotros entendemos como orden, en realidad es caos, pues su origen y destino es humano. Sólo lo natural es ordenado, pues parte del origen y orden primero de todas las cosas. Las teorías excéntricas, que advierten la procedencia extraterrestre o experimental del ser humano, se quedan cortas; el ser humano no es de este ni de ningún otro planeta, es de otra dimensión y su naturaleza es metaversal. Más quien ve en otros planetas o galaxias el origen humano, no ve más trascendencia que la infinidad redundante del universo, en donde según el que así piensa, empieza y acaba todo el conocimiento, principio y fin de todas las cosas.

El alma (según los egipcios el Aj), no pertenece a esta naturaleza; por tanto viaja o transita a este mundo mediante canales que terminan en el vehículo existencial o Khat, es decir cuerpo. Esa es la única interacción real de ambos mundos, lo que se llamaría unión hipostática. Para concluir diremos que como ya hemos explicado, el mundo natural, puesto que en mi opinión no es exacto o correcto llamarlo físico, tiene sus propias reglas o leyes protectoras de su orden y lógica, es decir equilibrio. Para poder equilibrar el plano o dimensión humana, es desde ésta, y no desde la naturaleza, de donde han de partir los mecanismos o armas de reequilibrio. Por tanto podemos aplicar los principios naturales anteriormente expuestos (lo perjudicial o negativo vs lo beneficioso o positivo), a la dimensión humana, como primer paso para establecer mecanismos de control y equilibrio. Ya no sería lo bueno o malo, (desde el punto de vista del criterio ético o moral, en ocasiones inundado de naturalismo); sino lo equilibrado y positivo. Así las leyes destructivas de la naturaleza nunca podrán regir el mundo y dimensión humana, siendo sólo el ser humano el dueño y actor de sus propios mecanismos y leyes de equilibrio.

En este sentido habría que indicar la inexactitud de la cosmología platónica al hablar de armonización o reordenación de los mundos contrapuestos; partiendo de la base de que el caos lo forma el ser humano en el universo infinito (sin finalidad u objetivos) que es ordenado, y no al revés. La belleza, nuestro orden, armonía, equilibrio, etc. son elementos de caos en el universo, cuyas leyes ordenadas, tenderán a purgarlos y por lo tanto a restablecer su Orden, mediante una lucha entre ambas dimensiones o naturalezas. La Cosmos-cracia, es el elemento autodestructivo de la sociedad y la civilización.

El caos que provocamos intenta ser reparado por el orden universal, que evidentemente tiende a reequilibrarse a base de destruirnos como un antígneo o cuerpo extraño. Una de las consecuencias inevitables de esa lucha es la mortalidad, efecto indiscutible del mundo o dimensión cósmica. También conocemos la inmortalidad a través de la Resurrección Universal, que es el único hecho histórico conocido de tales características, que da constancia de que este fenómeno no biológico o antinatural se haya dado. El Resucitado, es por antonomasia el señor del anticosmos[13], pues domina su base o premisa, es decir la vida y la muerte; y tal y como si de un virus incurable se tratara, es capaz de vivir y eternizarse en un universo extraño y hostil, cuyas normas y reglas sólo tienen como premisa básica la de destruirlo. Ahí reside su fuerza y poder, pues Jesucristo se basta por sí solo para crear o destruir el universo-cosmos , al dominar y conocer todas sus reglas y fuerzas, como si fuera un virus que conoce y domina el sistema inmune del cuerpo que habita y que en vano persigue su aniquilación imposible. El universo es como parte de un tejido, perfectamente entrelazado. Para dominar todas las dimensiones que lo componen habría que encontrar el hilo que las une. Cada una de las dimensiones situadas por encima y también por debajo de nuestro universo, están unidas pues forman parte las unas de las otras. Si tirásemos de un hilo en esta dimensión o extremo, su efecto, por pequeño que fuese se dejaría notar en las dimensiones más gigantes o extremo contrario. El orden natural nos atrapa, ya que estamos rodeados de espacio universal.

Podemos comunicarnos con el resto de dimensiones encontrando el canal o camino adecuado; siguiendo ese hilo o ranura por la cual se puede penetrar a la otra dimensión. Sin embargo la inmensa parte de ese espacio no es percibido por nosotros, lo cual hace que nuestra dimensión física, que es aquella que nos rodea, sea algo inferior. Si podemos percibir partes superiores de nuestro mundo físico inmediato, como nuestro sistema solar u otras galaxias, es evidentemente porque nuestra dimensión de origen es superior a todas las dimensiones universales. El simple hecho de preguntarnos qué hacemos aquí o qué sentido tiene la vida, denota un origen superior, y sentimiento de estar atrapados o encerrados  en un medio extraño o caótico.

Para entender las distintas magnitudes dimensionales, en orden a su percepción, lo ejemplificaremos con un cuadro de un retrato familiar. Si observamos el cuadro pegados al mismo, podríamos ver un ojo de los retratados, conforme nos alejáramos, veríamos partes del rostro. Si siguiéramos alejándonos podríamos ver el rostro completo, y conforme diéramos pasos atrás percibiríamos al resto de personas de la lámina. Otro paso más y veríamos el marco y la pared. Si insistiéramos en alejarnos, observaríamos un salón donde esta colgado el cuadro, luego un pasillo y el resto de habitaciones. Si siguiéramos alejándonos aún más, veríamos la entrada a la casa; unos cuantos pasos más tarde, otras casa vecinas, la calle, el cielo, etc. Sin embargo por sí solos no podríamos percibir o ver nuestro planeta entero. Esto es así porque dicha percepción es una división superior de nuestra dimensión inmediata. Si conocemos y vemos la tierra y otros planetas del sistema, es porque nuestra pertenencia y origen se sitúa por encima del mundo inmediato que nos rodea. El Metaverso estaría situado en una distancia millones de veces superior a la equiparable habida entre el ojo del retrato y las mayores macroestructuras del universo.

El hombre utiliza cohetes y satélites para percibir su entorno superior en el espacio que lo rodea. Sin embargo éstos no son vehículos o canales para transitar de una dimensión a otra. Quien es capaz de encontrar ese hilo conductor, así como dominar las leyes de la vida y la muerte, alcanza la condición de metadios o anticosmos; que sería aquel punto incausal, que explica Tomás de Aquino, que no pertenece a este mundo y pertenece a todos. Dios no es sólo trino, sino infinito. La trinidad lo limitaría a tres dimensiones, y sin embargo el señor del anticosmos es quien domina todas y cada una de ellas, pues puede transitar de una a la otra por un hilo conductor, controlando la vida y la muerte, el caos y la destrucción en cada una de ellas. Nosotros percibimos una de las dimensiones de la conocida Santísima Trinidad, la de Jesucristo. Las otras dos, aunque son conocidas, no pueden ser percibidas. El motivo de que se conozcan, pero no se perciban ni sean observados el Padre o el Espíritu, es porque nosotros pertenecemos a esa dimensión superior donde residen ambas manifestaciones o hipóstasis, (de ahí deriva nuestro conocimiento); sin embargo la inmensura de éstas, las hace, como diría Tomás de Aquino, imposible de ser vista. Por ello no podemos ver a Dios Padre, ni Espíritu, ya que si así fuera, no sería un Dios, a no ser que nosotros mismos alcancemos dicha condición divina. Sólo un dios puede ver a un dios entero, en su más alta manifestación.


[13]Anticosmos, es la antítesis de la ley universal, y por tanto, todo aquello que procede o tiene origen metafísico, es decir el Metaverso. La perpetua lucha entre el orden universal y el metaversal, procede de la penetración de este último en la dimensión cósmica. El cosmos no se contrapone a ningún orden, pues él es el ORDEN y origen perfecto de sí mismo, en una completa línea y cadena de sucesos ordenada de forma perfecta de principio a fin, desde el mismo día de la Creación. Si nuestro universo invadiera o penetrara otras dimensiones o infraversos, se abriría otra lucha entre ambas dimensiones; es decir la natural y la antinatural o caos. Las leyes que rigieran esos infraversos combatirían por restablecer su Orden natural y destruir dicha expugnación alóctona. Nuestro mundo, o más bien el mundo físico, trataría de esquivar y/o controlar dichas leyes para establecer su dominio, es decir el caos. Esto mismo es lo que ocurre en la escala superior del Metaverso, respecto del universo; formando el primero el Caosverso o Anticosmos al penetrar en el segundo. Para garantizar el caos y por tanto el dominio de una dimensión invasora, es necesario el control de dos o más dimensiones.


La Fisis, viene a ser la conjunción y armonización de las leyes del universo y las de la naturaleza viva. Esta última está imbricada a la perfección en el entorno natural, poseyendo normas inamovibles que autoregulan su existencia. Estas normas permiten una existencia que aunque efímera se haya en constante equilibrio, es decir una formación continua. Esto último permite adaptabilidad al cosmos cambiante, y por tanto sigue los puntos de armonización con el universo, es decir las leyes naturales (Physis). A pesar de la constante mutabilidad, dichas leyes son fijas e inamobibles, es decir nunca pueden contradecir la armonía universal, la cual para su destino tiene fijado el principio y fin de todas las cosas. Existe en la naturaleza viva un elemento de independencia que si bien no puede escapar de las leyes fundamentales del universo, sí que altera en profundidad la armonía natural. Este elemento vivo que vuelca sus propias leyes antinaturales, sobre la naturaleza, es el ser humano. Este no es un elemento uniforme, sino que forma estadios diversos, siendo su esencia tan heterogénea como compleja. Existen categorías propiamente extintivas o con vocación de ser eliminadas por las leyes naturales. Dentro de la misma se encontrarían aquellos seres humanos cuya existencia es enormemente precaria y fútil; ejemplo de esto serían los pueblos indígenas o subdesarrollados, en donde la muerte y la enfermedad no causa criba del elemento atávico y primitivo (es decir la no supervivencia del elemento racial más fuerte, pues lo primitivo es el factor dominante). Existen por tanto razas humanas por cuya naturaleza se determina el camino hacia su propia extinción, y que dichos procesos que las leyes naturales dirigen hacia la misma (es decir enfermedades, catástrofes, hambre, etc.), no promocionan la selección y evolución de aquellos individuos que permitan pasar a la categoría superior o no extintiva. Esto conduce a la desaparición de dicha categoría de la naturaleza. En el cuaternario la raza que pobló Europa occidental, eliminó buena parte del elemento extintivo, tras haber sufrido los hielos glaciares y las condiciones drásticas que la ley natural impuso para su eliminación. Ninguna raza extintiva hubiera podido sobrevivir a los hielos glaciares, razón por la cual sobrevivieron fundamentalmente en regiones templadas y cálidas. Las enfermedades y las pestes que diezmaron la población europea a lo largo de su historia terminaron por suprimir el elemento primitivo o extintivo de su propia naturaleza. Algo semejante ocurriría en Asia, en donde lo que no hizo el clima y las condiciones naturales, lo hizo el carácter esencialmente natural de los pueblos asiáticos.

Este carácter coloca a ese elemento racial, como una parte de la ley natural, en orden por tanto a la armonización con el entorno, y con dotes innatas para la superviviencia (de ahí el superpoblamiento del elemento asiático). Los estadios de la especie humana no terminan sin embargo en la clasificación entre elementos extintivos y otros que han eliminado dicho carácter de su naturaleza. Dentro de esta última existen aquellos que se imponen a la ley natural por su fuerza creadora; es decir su energía creativa tiene por destino superar la obra destructiva de la ley natural, por lo que son un elemento de desequilibrio con la misma. Es decir vuelcan sus propios principios y leyes antinaturales (el orden social). A esta categoría pertenece fundamentalmente la raza occidental, cuyo carácter es en esencia antinatural. La razas asiáticas por contra no poseen energía creativa, su carácter es esencialmente natural.

Nuestro orden es caos en el universo, es por ello que el orden de la Naturaleza favorece al ser más natural, tendiendo a destruir al más trascendental o superior (metaversal). Los pueblos africanos poseen demasiados elementos naturales en su constitución; una trascendentalidad ausente (de la tierra nacen y en ella acaban), y una inteligencia algo torpe como para sobrevivir a las leyes naturales (fisis). En este caso a pesar de ser seres casi plenamente naturales, poseen todas las particularidades para ser extinguidos por la misma ley natural (al igual que los dinosaurios). Los asiáticos por contra, son seres naturales, hecho que queda demostrado al observar como ellos mismos califican sus religiones, no como fenómeno religioso sino filosófico.

Al contrario de lo que pueda pensarse, un budista no puede ser al mismo tiempo cristiano, pues el budismo no admite los mismos dogmas, postulados y principios básicos o elementales del cristianismo, o en sí de cualquier fenómeno trascendental. Sin embargo el hecho de su emanación filosófica no debe entenderse como principios universales o postulados relacionados con la filosofía occidental. Estrictamente sólo la filosofía occidental es realmente disciplina filosófica. Esta diferencia es fundamental y determinante a la hora de establecer el carácter esencialmente natural de los asiáticos. Lo que podemos denominar filosofía asiática, a diferencia de la occidental, no es trascendente sino que se ve afectada por la fuerte e inseparable interacción con el medio y la naturaleza; de ahí surge el pensamiento de la reencarnación/renacimiento en la filosofía-religión hindú, en el budismo, o el Anatta, que descartan y no entienden, ni dan cabida a la trascendencia y dimensión metafísica, ausente en las distintas corrientes budistas. La causalidad (Karma) de la que parten y se basan, (lo que algunos denominan corrientes filosóficas orientales), deja clara la personalidad del asiático, que unido inseparablemente al mundo en que nace, antes, durante y después de la muerte, ni desea, ni encuentra posibilidad de escape, pues se considera ante todo y esencialmente un ser natural, apegándose a ese hecho e interactuando en el orden causal del universo material o físico del que se considera una causa o elemento más. Esa idea es confirmada en otra importante columna de todas estas corrientes telúricas, que provino del confucianismo, y sostenía como básico el orden natural en el cosmos y su inalterabilidad, del cual dependen los seres vivos, incluyendo al ser humano como un elemento más del mismo. En este último caso las verdades universales, se resumen en convertir al ser humano en una parte más del universo, colocando el orden natural como propio e incluso por encima del mismo.

Cae el confucionismo evidentemente en la contradicción insalvable de quitarle al ser humano el todo y convertirlo en parte; añadiendo como una de las supremas virtudes la de la armonización con el Cosmos (luego si es parte del mismo qué sentido tiene su conciliación con aquél). La armonía entre la causa y el efecto, o lo que es lo mismo la cuadratura del círculo, no tiene sentido, ni pies ni cabeza. Sólo las partes distintas en orden u origen pueden tender a armonizarse. Concluye dicho pensamiento como lo hacen en general todas las corrientes pseudofilosóficas orientales, con una máxima que es la aspiración del conocimiento (Zen para el budismo o Zi shan para el confucionismo). La misma ofrece adquirir la sabiduría plena del cosmos a través de procesos introspectivos (ahora el ser humano es parte y todo, pues es consecuencia o causa lógica y racional del cosmos y orden (origen) natural.

El conocimiento no sirve en este caso para comprender la trascendencia metafísica del ser humano, como explica Dante en La Divina Comedia (transhumanación y elevación al espacio y ley o naturaleza metafísica), sino para conocer el mundo físico, natural, estático e intrascendente que nos rodea. Esa lógica o aparente armonía se rompe cuando concluimos que si bien el  hombre viene del hombre, el mismo no puede advenir del origen del universo o ser su causa-efecto, como si se tratara de un meteorito o una estrella. La materia del cosmos que sigue siempre presente de principio a fin, como no puede ser de otro modo, no puede originar sin más una materia y sustancia tan dispar y heterogénea como la que representan los seres vivos o los humanos. Éstos últimos no son causa ni efecto de nada relacionado con el universo, alcanzando el mismo a través de los transversos o canales metaversales mediante vehículos o receptores necesarios para su aparición e interacción.

Mientras los asiáticos sólo ven una naturaleza de la que son parte y todo, caos y orden a la vez de un mismo cosmos, el occidental advierte tres naturalezas que interactúan simultáneamente, siendo dispares en su origen y orden. Dichas naturalezas serían el cosmos o universo, en segundo lugar la naturaleza viva (seres vivos y materia orgánica) o receptor biológico, y por último una naturaleza humana o metaversal. Evidentemente ninguna de las dos últimas es causa plena de la primera y ambas discurren paralelamente a tenor de lo que rigen sus propias leyes de órdenes u orígenes distintos. Esto es así ya que dichas naturalezas son a diferencia de la primera, perecederas; pueden desaparecer para siempre, luego son un fenómeno irrepetible, es decir nunca podrían ser un elemento causal o arbitrario sin más, como la creación de una estrella o un meteorito. El universo es lógico, pues posee orden propio, luego es ordenado y cíclico, pudiendo observarse en él fases ininterrumpidas o ciclos, a los cuales no pertenecen en absoluto los otros dos órdenes o naturalezas. Evidentemente nosotros somos la excepción a esa repetición cíclica universal.

La armonización es necesaria por tanto cuando se produce la necesaria interacción entre dichas naturalezas u órdenes. Es decir, ordenar y descubrir dichas leyes es fundamental para alcanzar el conocimiento de dichos mundos paralelos o conseguir lo que en terminología dantesca sería la transhumación, es decir el dominio metaversal. En conclusión toda la supuesta espiritualidad oriental, desde los dogmas legalistas a los confucionistas, no es más que la farsa que dio comienzo a uno de los pilares fundamentales de la cosmocracia, el conductismo social.

A pesar de ser seres inteligentes, los asiáticos poseen una inteligencia natural y racional, plenamente integrada en su medio y nunca por encima; por ello sienten un inmenso respeto por el mismo, al que además veneran como Todo y Único elemento sagrado. Esa inteligencia es más pura y superior a la del africano medio, no deja de ser inteligencia telúrica natural o intrascendente, pero propicia para que los asiáticos puedan superpoblar el medio que habitan, pues se ordenan o integran plenamente en el mismo. Son por tanto los asiáticos mucho más aptos para sobrevivir a las leyes naturales, primeramente por su condición natural, y en segundo lugar por su inteligencia racional  y adaptativa, más acorde con el orden natural. El hecho filosófico, por llamarlo así, en la cultura asiática, podemos decir que se limita a remarcar o intensificar el lado natural del individuo, tendiendo a obliterar el elemento metafísico que es claramente reducido o inexistente en prácticamente todos los pueblos de Extremo Oriente. La consecuencia es un intento nihilista y racional de reducir a la persona a un Ser más de la Naturaleza, con el único matiz de que para llegar a tal conclusión se debe hacer un proceso intelectual e introspectivo que lo reafirme o vacíe del más mínimo contenido supramaterial. Dicha contradicción parece una lucha entre dos caracteres, que podría demostrar que los asiáticos poseen algo de naturaleza trascendente. Sin embargo la misma es menos intensa que la otra, y casi diríamos que batalla contra corriente, como el vehículo que arranca pero al carecer de combustible no inicia la marcha.

Por último el occidental posee trascendencia e inteligencia plenamente sobrenatural o antinatura, que establece la diferencia entre el dominio de lo innato y el dominio de lo adquirido; por tanto la ley natural tiende a purgarlo y destruirlo, ya que su fuente no emana del exterior, sino que es ajena al universo. Estos principios elementales que rigen a las tres grandes especies humanas, son la consecuencia de que unos estén al borde de la extinción y otros hayan asegurado su supervivencia por medio de la superpoblación. Sólo la ley del hombre, es decir la ley antinatura o caos en el universo, puede asegurar a la especie más trascendental, por tanto debe regir ésta sobre el universo y la naturaleza. Buena parte de los grandes pueblos y civilizaciones antiguas que han desaparecido, lo han hecho a consecuencia de destruir dichos principios.

La explicación de porqué la antigua raza ibera de los griegos uskos, que dio origen a la cultura clásica, haya muerto, es a consecuencia de esa ley natural, y lucha de su orden contra el caos trascendental, que empuja al ser más natural a la superviviencia, destruyendo como antígeno al ser trascendental superior. En la Brigantia griega o Grecia clásica, no existía la cosmocracia, sin embargo el movimiento cinético del orden natural, tiende, al igual que aquélla, a extirpar el caos que provoca el genio invasor de otro mundo. Las dos grandes fuerzas en lucha constante que han dominado el mundo son las de la uskaricida cosmocracia y las del anticosmos. El conflicto sólo alcanza su cénit cuando el Ser Humano logra las tres manifestaciones de su dimensión metaversal. Ocurre cuando el hombre pasa a Genio, luego alcanza la condición de Ídolo, y finalmente canaliza, o se une cuánticamente al metaverso, logrando alcanzar a Dios, (cuando domina las reglas de más de un universo o dimensión, así como las de su naturaleza propia, es decir el control de la vida y la muerte).

El Ser humano cuenta con un arma indispensable, el sentimiento de la pasión o el espíritu, pues ella es vehículo y canal de otra dimensión; por tanto un puerto abierto a normas superiores y metafísicas, cuyo conocimiento es posible alcanzar, y que determinan la victoria final del alma sobre el universo. Es decir el hombre se convierte o alcanza a ser el anticosmos, pues posee la facultad de prescindir del mundo físico, moldearlo, armonizarlo o en terminología platónica ordenarlo a un fin u objetivo.

II Iberogenesis

Hiberia protohistórica e Iberogenesis

Osku, sería el nombre con el que se conocería al primer país de Europa, fundado por la también primera raza europea surgida del Cromañón y del Neandertal. Usaron estos primeros hombres el endónimo de uskeros, uskos, auskos o euskaros, cuando el clima y las condiciones hicieron de Osku, un país de los hielos, de población escasa y concentrada, situada entre los márgenes de dos glaciares ibéricos. El gran valle entre la cordillera Ibérica y la Pirenaica (por entonces cubiertas de capas de hielo permanente) surcado por el gran río ibero, fue el lugar donde la población uskera, asentó sus primeros núcleos permanentes, y como en su momento ocurriría después con el Éufrates o el Nilo, alrededor de los márgenes, en el nacimiento y también en su desembocadura, se desarrollarían las primeras ciudades de la humanidad.

Si bien esto fue el comienzo de lo que en la Historia se entiende como el nacimiento de una nación, sin embargo, tal y como se explica en el Génesis, cuando los hombres construyeron un inmenso toten o megalito, llamado la torre de Babel, casi a dicho momento, la nación empezó a formar otras nuevas conforme el clima y las condiciones lo permitían. Así a partir del país de los hielos, conforme creció y se expandió su población, surgieron los pueblos de Europa occidental, a ambos lados de los Pirineos. La unidad original que por siglos preservaron las duras condiciones climáticas, dio paso a un sinfín de países. El geógrafo Estrabón advirtió que sólo en Iberia, había no menos de doscientas naciones. Las dos grandes madres que unificaron a los uskos después de Osku, fueron la Atlántida, y después Tartesos. La desaparición final de esta última precipitó la formación de otras nuevas naciones, lo cual explica el elevado número de países que da Estrabón para todo el conjunto de Iberia.

Sin embargo, todo este conglomerado surgido de los hielos de Osku, conocedor de su origen común, formó una historia pacífica de manera imperturbable a lo largo de los siglos, conservando aquello que llamamos memoria racial, hasta la llegada de pueblos extranjeros. A pesar de ello eran estos pueblos por su carácter enérgico y temperamental, sociedades esencialmente bélicas. Mientras las mujeres que también eran guerreras y amazonas se encargaban de la administración familiar, la agricultura, etc., el hombre se dedicaba casi por completo a ordenar su vida de forma militar para proteger al clan hasta la muerte.

Las duras condiciones de Osku, y los fríos glaciares, conformaron la naturaleza activa y enérgica, pues la parsimonia, la apatía y la inactividad propia de los trópicos, suponía para los antepasados de los uskos la muerte del hielo.

Osku ni desapareció, ni se desmembró, sino que se desarrolló y expandió, continuando en el carácter de los enérgicos y tenaces uskos, y en la memoria de éstos que continuaron evocándolo en inscripciones sagradas, en la moneda, los bronces y las ciudades, recordando muchos de ellos con su nombre el origen de dicho país.

Osku, tuvo que existir en un clima frío, rodeado de glaciares, que tras su deshielo y gracias a la subida general del nivel del mar y al aumento abrupto del caudal de los ríos durante el Óptimo del Holoceno, dieron las condiciones para que se desarrollara la isla de Atlantis, adentrándose las aguas y permitiendo el desarrollo profundo de los conocidos canales que rodeaban la ciudad. Osku por tanto, antecedió a la civilización de la Atlántida, quedando hoy sus restos diseminados en los campos de urnas. Los límites originales de Osku coincidirían con la extensión del signario ibérico nororiental, el más antiguo y puro de la península, es decir el triángulo formado entre los Pirineos y el Ebro. Dicha escritura daría testimonio de la que posteriormente se desarrollaría como cultura celtibera, y que partiría de la primera escritura que se originaría de forma autóctona en el Paleolítico ibérico. Aquitania también formaría una parte muy original de Osku, o podría haber sido una extensión temprana de la misma, conservando antes y durante la administración romana una cultura uska de gran autenticidad y pureza.

A pesar de que es un hecho que existía un grupo lingüístico emparentado y no una única lengua, podemos afirmar que debido a la uniformidad que llevó el desarrollo de las lenguas románicas hispánicas, se puede decir que dichas lenguas poseían una estrecha vinculación, al punto que podría hablarse de lengua ibera, sin que ese concepto discriminara a las lenguas protocélticas, sino al revés las hiciera encajar en el mismo. Esta realidad podría ser similar a la relación y parecido que tienen hoy entre sí la lengua castellana, la catalana o valenciana, o el gallego y portugués. Algo así ocurriría en época prerromana, en cuanto a una íntima relación entre la familia de las lenguas iberas, con los dialectos tartesos y protocélticos.


Estela ibérica, con inscripción en lenguaje protocéltico.

Estela ibérica, con inscripción en lenguaje protocéltico.

La uniformidad del castellano y el resto de lenguas romances hispánicas, hacen realmente convincente el hecho de la extensión de una lengua madre dispersa por la península, a la que se fueron añadiendo particularismos, y de la cual el Levante y sudoeste, sería su último desarrollo, dentro de la Península Ibérica. De igual forma el ibero o lengua aquitana sería la primera hablada por los pueblos que originaron la Galia, Liguria, así como los etruscos, con los que les unen multitud de elementos linguísticos, léxicos, etc. dando en origen un diasistema hablado desde Andalucía hasta la Galia Narbonense e Italia. Al conjunto de los mismos se le puede llamar lenguas uskas o usko-mediterráneas.
Paralelamente, se fueron desarrollando signarios y alfabetos que de forma natural se extendieron en algún momento por todo el Mediterráneo y Europa. El alfabeto ibero, que es el mismo que el protocelta, se originó probablemente al este de la Península Ibérica, legándose a los etruscos, y griegos antiguos (ya bastante modificado), que como sabemos fueron de procedencia uska o ibérica, y que tras un proceso histórico y evolutivo daría origen al alfabeto griego o greco-latino.
Este signario ibero, llegó a los fenicios, ya que en su origen, por lo menos en lo referente al germen inicial, eran de la raza ibera, a cuyo idioma y alfabeto llegaron sucesivos elementos semíticos que destruyeron la pureza original y fonética de las lenguas habladas por estos pueblos del norte de África.
La romanización cambió el núcleo de origen de las lenguas usko-mediterráneas, es decir aquellas que se hablaban en la Península Ibérica, durante milenios, sin embargo tanto el castellano como el resto de lenguas hispánicas conservan multitud de elementos que ni son latinos, ni árabes ni germanos, sino propiamente prerromanos o iberos. Este es el caso de sonidos como -rr-, -ch- o -ñ-, que también son comunes en dialectos y lenguas del entorno protocéltico e ibero-atlántico como en el idioma aquitano o el bretón; así son de origen ibero multitud de palabras -perro-, -barro-, -charco-, -cachorro-, etc., observándose además sufijos de origen ibero tales como -arro- “cacharro” “amarro”, -iego- (aiko). “solariego” “veraniego”, o -sko- “chinesco”, “gigantesco”. De igual forma observamos como el alfabeto castellano al igual que el del resto de lenguas hispánicas, y conjuntamente con el vasco-aquitano e ibero, coinciden en los cinco fonemas correspondientes a las vocales (aeiou), algo en lo que difiere del resto de lenguas romances. Posee el alemán moderno y las lenguas germánicas, elementos de las lenguas uskas procedentes del gótico o escita, que no tienen por tanto relación con el latín o las lenguas romances; así por ejemplo existen sufijos, tales como -burg- “burgo, ciudad”, (equivalente del usko -brig-) , o -schen-, que vendría ser el equivalente español -sko-, y que en el alemán también se usa para adjetivar palabras (ejemplo -spanischen- es decir español “espanusco”).

Los uskos hablaban el usko u oskurita, una lengua protopelásgica, más antigua que el vasco, el etrusco, egipcio antiguo, etc. Osku, no sólo era el nombre de la primera nación de los uskos, sino toda la tierra (la ecúmene o la totalidad conocida), es decir el solar, relacionada con la palabra sol (en oskurita -egusku-, del cual deriva -eguzkia- en euskera).

Las lenguas ibéricas se extendían desde Aquitania hasta el sur de la Península Ibérica. Dentro de esta familia se encontraban por tanto las lenguas vascas (descendientes directas del aquitano antiguo), pirenaicas, aquitanas, las habladas en las regiones catalana y valenciana, y las contestanas, bastetanas, etc. Todas estas lenguas iberas guardan parentesco y similitud lo suficientemente importante como para considerarlas una misma familia o diasistema.

El centro de las lenguas iberas se encuentra en los Pirineos, en donde se hallan las inscripciones más antiguas y las más puras de esta lengua. Sería por tanto la aquitana, al igual que el resto de las iberas del mediodía y sur de la península Ibérica, y la tartésica, una expansión de la lengua pirenaica o lengua de Osku, bajo un mismo contexto racial. Algunos autores incluso ven otra menos probable vía de extensión en la lengua bereber (poco arabizada y nada romanizada), en donde parecen encontrarse elementos lingüísticos que reflejarían un remoto pasado emparentado con las lenguas iberas, y por tanto podría ser la consecuencia de otra extensión norteafricana de las mismas.

Por último existe la posibilidad más remota de que otras lenguas no romanizadas y prearábigas como la de las canarias, fueran una extensión mediterráneo-atlántica de los pueblos iberos o de su influencia. El análisis del idioma etrusco también le incluye dentro de la rama ibérica, y por tanto como otra familia mediterránea del idioma ibérico pirenaico, y una de las bases y vehículos por los que se expandirían y desarrollarían las lenguas usko-mediterráneas. Esta primera expansión de la influencia ibera por el Mediterráneo se produjo desde la prehistoria hasta la historia Antigua, en un contexto donde los flujos migratorios tenían mayor pendiente y ejercían una presión más profunda y trascendente, puesto que no existía una fuerza como en el Imperio Romano, que organizara, dirigiera y reorganizara los mismos. Este contexto sería favorable y fundamental en el desarrollo de las civilizaciones usko-mediterráneas.

El idioma ibero o aquitano si se quiere, fue el que debieron hablar las antiguas tribus uskas de las cuales descendieron los pueblos iberos desde Aquitania hasta el sureste de la Península Ibérica. Este idioma debió extinguirse en su forma original por lo menos en buena parte de los pueblos peninsulares antes incluso de la llegada de los fenicios, griegos o romanos, dando origen a un diasistema o familia linguística ibérica emparentada, que agrupaba al vasco y a las lenguas contestanas, bastetanas de los pueblos levantinos y la de los antiguos pueblos catalanes. Existen pueblos antiguos cuyos nombres son vascos, tal es el caso de Iliberri, situada en el sur de España y comparable al vasco Hiri Berri (nueva ciudad). De igual forma se observa identidad en numerosos términos, partículas, fonemas, morfología e incluso en la numeración de estas lenguas iberas y el euskera o vasco. En algunos casos también se observa mayor identidad y relación entre el ibero y el protovasco y el aquitano, que entre estas últimas lenguas y el vasco moderno.

Numeración ibera y vasca de la obra de Juan Ferer i Jané:

 

Ibérico Significado ibérico Protovasco Vasco actual y significado
erder / erdi- “mitad / medio” erdi “mitad / medio”
ban ” un / uno” *badV / *bade? bat “un / uno”
bi / bin un numeral biga bi (antiguo biga) “dos”
irur un numeral hirur hiru(r) “tres”
laur un numeral laur lau(r) cuatro”
borste / bors un numeral bortz / *bortzV? bost (antiguo bortz) “cinco”
śei un numeral sei “seis”
sisbi un numeral? zazpi “siete”
sorse un numeral? zortzi “ocho”
abaŕ / baŕ un numeral *[h]anbar ? hamar “diez”
oŕkei un numeral hogei “veinte”
Compuesto ibérico Compuesto vasco Significado en vasco Análisis en vasco
abaŕ-ke-bi hama.bi “doce” “10-2”
abaŕ-ke-borste hama.bost “quince” “10-5”
abaŕ-śei hama.sei “dieciseis” “10-6”
oŕkei-irur hogei.ta.hiru “veintitrés” “20 y 3”
oŕkei-ke-laur hogei.ta.lau “veinticuatro” “20 y 4”
oŕkei-abaŕ hogei.ta.(ha)mar “treinta” “20 y 10”
oŕkei-(a)baŕ-ban hogei.ta.(ha)maika “treinta y uno” “20 y 11”

Existen abundantes términos como iturri (fuente) o berri (nuevo) que aparecen tanto en las lenguas iberas como en la vasca, y en numerosos topónimos a lo largo de la península. Igualmente otros como el ibero Beles comparable al aquitano Belex y el vasco Beltz (negro); Iltun (oscuro en lengua ibera) comparable al aquitano Ilunn e Ilun en vasco; (Edad) en ibero Atin y en vasco Adin; precio o valor que en ibero es “Salir” y en vasco “Sali”; el verbo hacer o hecho, en ibero es “Ekiar/ekian” y en vasco “egin, egian”; otras palabras de ambas lenguas son Bizkar (espalda), Argi (luz), Lagun (compañero), Nabar (marrón), Baso que en vasco significa bosque, comparable al aquitano “Baeserte” y al ibero “Baiser”. Además al igual que el vasco moderno, el ibero y el aquitano, así como el sumerio y el hurrita y hurarteo eran lenguas aglutinantes, es decir las que forman sus palabras a partir de partículas (monemas) que no varían al unirse, y que hacen variar el significado al cambiar de posición. También existe entre el vasco, aquitano e ibero la relación al construir el gentilicio en -Tar-, ejemplo Arse-tar (de Sagunto), Euskotar o Euskal Herri-tar-rak (de Euskadi o vascos).

La lengua ibera que en conjunto y origen agrupó a la aquitana y por tanto también a la vasca, usaron el mismo alfabeto y signario, que también usarían las lenguas protoceltas de la península. Es decir a pesar de la existencia de una diversidad linguística, había según los estudios genéticos una unidad racial mucho mayor que la cultural. Toda la diversidad linguística surge en buena medida de forma espontánea sin grandes influencias hasta la llegada de Roma, conviviendo tal y como ocurre ahora una importante riqueza de lenguas y culturas que se han desarrollado a lo largo de los siglos de forma natural. El conjunto de relaciones culturales existentes entre las llamadas culturas célticas o protoceltas ibéricas y las propiamente iberas o aquitana, ponen de manifiesto también que formaron en origen una misma unidad en torno a un conjunto de tribus que fueron extendiéndose y desarrollándose culturalmente de forma espontánea.

Es decir de forma general podemos afirmar que en conjunto las relaciones y conexiones habidas entre las lenguas iberas y las celtas (llamadas celtiberas), incluyendo también a las lenguas tartésicas, no son simples aportaciones de una a otra, sino que marcan un mismo origen cultural y linguístico, no siendo meramente la consecuencia de una mutua relación sino la seña de identidad de una misma raza formada a partir de una sola nación compuesta por las primeras tribus que formaron Osku. En el grupo ibero-aquitano, cuyas relaciones son en algunos aspectos más fuertes que en la habidas entre el vasco moderno y la lengua aquitana, podemos advertir una circunscripción original en torno a los Pirineos en donde desde Aquitania y el Golfo de Vizcaya, hasta Cataluña (donde se encuentran los signarios e inscripciones iberas más antiguas e importantes, más libres de influencia greco-fenicia), son además el origen mismo no sólo del resto de las lenguas iberas, sino también de las célticas, presentándose en ellas las estructuras más puras y originales de la lengua uska.

Gracias a los estudios genéticos podemos afirmar que estas coincidencias no son meras aportaciones interculturales fruto de la coexistencia en un espacio común, sino de una relación racial, etnológica y cultural fuertemente preservada hasta por lo menos la llegada de los romanos. Existía por tanto una unidad no sólo cultural sino racial en buena parte del arco mediterráneo y los Pirineos.

Se dieron las circunstancias necesarias para la aparición y desarrollo de las distintas particularidades culturales. Una de las más importantes fue el amplio espacio temporal y espacial, dado en el contexto ibérico, pues los pueblos que allí se desenvolvieron tuvieron tiempo y espacio para desarrollar de forma autónoma culturas y lenguas que partieron de una lengua más básica o madre y original formada a partir de las primeras tribus de Osku.

Con el tiempo, y al momento de la formación de los pueblos de Iberia, siguieron en su mayoría considerándose éstos como misma parte de Osku, su remoto y legendario reino, al que finalmente los romanos llamarían Hispania. El escita Golam el exterminador, conocido como Míl, descendiente de Breogán (el rey de los brigantes, un pueblo protocelta de Iberia) de cuyo pueblo descienden a su vez los irlandeses, escoceses e ingleses, sería llamado rey de Osku (Iberia). La importancia de este mítico protoreino, es igual a la singularidad para la formación del universo, pues del mismo, mediante la inflación demográfica, se formaron el resto de pueblos, tribus y reinos de Europa occidental, creando el plasma y universo humano que levantaron los cimientos de las grandes civilizaciones. Partiendo del citado contexto, otra de las causas de esta primera extensión fue en lo cultural y racial la necesaria estabilidad que se tuvo que vivir en la prehistoria ibérica, inalterada durante milenios en lo que serían los territorios originales de Osku (triángulo Pirineos- Aquitania- Cuenca del Ebro).

Se dieron las circunstancias necesarias para la aparición y desarrollo de las distintas particularidades culturales. Una de las más importantes fue el amplio espacio temporal y espacial, dado en el contexto ibérico, pues los pueblos que allí se desenvolvieron tuvieron tiempo y espacio para desarrollar de forma autónoma culturas y lenguas que partieron de una lengua más básica o madre y original formada a partir de las primeras tribus de Osku, además de una permanente y relativa paz y fraternidad entre las mismas.

El pueblo eberita, tradicionalmente se ha identificado con lo africano, considerado como un flujo demográfico intercontinental.  La descripción que dio Tácito, sobre el fenotipo de algunos pueblos conquistados por Roma en Iberia (de tez morena, pelo rizado, corta estatura), dieron un origen presumiblemente mediterráneo a los antiguos iberos. La historia más reciente adoptó la creencia de que Iberia la componía un pueblo fusionado entre los celtas megalíticos (de origen centroeuropeo que atravesaron los Pirineos en la época del Bronce), y los iberos pseudo-autóctonos, de procedencia africana.

Ejemplos más recientes los da la descripción que dio el historiador Fraga Iribarne al definir como crisol al pueblo que habita la península (infundado éste y otros muchos autores, en el mismo penoso e imborrable complejo mestizo de inferioridad en España que el que han tenido desde siempre sus excolonias). Miguel de Unamuno, criticando la barbaridad racista de principios de siglo XX, definió los países ibéricos como fusión de razas en busca del sol de España. Esta fusión o mezcla tradicionalmente estuvo ligada a celtas e iberos (celtíberos), con otros más típicamente mediterráneos como fenicios o griegos. La cultura popular también mostró una parte característica o llamativa de lo que entonces empezaba a dejarse ver con la nueva visita que recibe España por parte de un pueblo hasta el siglo XVII desconocido, el gitano. Ese pueblo llamativo y original que proyectaría en nuestra cultura determinadas manifestaciones verbeneras de folclóricas y “cantaores”, durante una época, en la cual el mundo entero identificó a la gitana de peineta y al gitanillo andaluz de zainas patillas, como la exótica raza española de la Carmen de Merimeé.

A todo esto se une una pintoresca subcultura popular extranjera arraigada en época reciente, desconocida antes de la Reconquista, en distintos lugares, como el manolismo castizo de origen semita, o el folclore andaluz de origen mestizo árabe-romaní. Lejos quedaría la Iberia pura, íntegra, mágica y matriarcal como sede del concilio de los dioses y morada de los héroes de la raza atlante, Hesperia o Scheria, la tierra del Hades y el céfiro, y los campos Elíseos que describía Homero. En muchas ciudades, pero en Madrid, de forma más llamativa los hijos de los conversos judíos y moriscos “los manolos o tiznados”, que habitaban la judería y la aljama de Lavapiés, iban haciendo alarde de su exótica y popular forma de vida, afianzándose una cultura castiza de influencia semítica y de herencia sefardí, cambiándose con el tiempo la ópera por la llamativa zarzuela, la danza montañesa relacionada con el resto de danzas regionales como la vasca, navarra o aragonesa, por las danzas libres e indecentes de las hijas y los hijos de los marranos y judeocastizos, donde se funden lo exótico y lo excitante. Lo que ocurre un tiempo después, hace ahora dos siglos, es la identificación literaria, cultural y étnica del ya mencionado casticismo judaico, con la nación española, y por tanto también con la españolidad. Hasta el propio nombre de España, se interpretaba como una palabra derivada de la lengua semita, cerrando con ello una unión ancestral y popular con dicha cultura. El español, era básicamente castizo, luego por tanto su naturaleza tanto como su cultura era exótico-mestiza.

La ciencia hoy demuestra que no existió una profusión de mezcla racial en España, y que lejos de ello, la mayoría de españoles descienden de un antepasado común, y forman parte del acervo genético más antiguo de Europa. De siempre se han manifestado en España todas las tipologías raciales de Europa occidental, pero no por tener la mezcla sino por ser el origen de las mismas. De igual forma la genética puede hoy corroborar que el ibero era más celta étnicamente que los propios celtas o que estos mismos descendían de los primeros.

Los resultados genéticos de algunas regiones españolas, no se corresponden con la historia de España o la Península Ibérica, y más bien parecen corresponder a la realidad de los pueblos más recónditos y aislados de Europa, como los lapones o esquimales (razas que han permanecido milenios sin encontrar presencia de invasor alguno). La historia convulsa de Iberia y las invasiones de tantos pueblos, hace en algunos casos tan inexplicable esta realidad genética, que puede llegar a parecer un enigma casi atribuible a la gracia de dios misma.

Los numerosos restos antropológicos hallados, y el descubrimiento en  los años noventa del Homo Antecessor y sus descendientes europeos, demuestran que en Iberia se produjo una indiscutible continuidad evolutiva y de sangre, que mantuvo una pureza genética impecable durante miles de años, sólo interrumpida por la visita inevitable de colonos residuales procedentes del Mediterráneo. Esa impecable pureza la mantienen hoy día muchos de los españoles modernos de forma tan intensa y extensa que casi podríamos decir que España, en buena medida sigue siendo la patria uska; algo que hace casi inverosímil que una invasión árabe de ochocientos años se hubiera producido realmente, al no dejar casi rastro alguno en la población actual española.

El lenguaje protocelta[14] de los celtiberos, más antiguo que el goidélico y britónico, es del cual proceden el resto de lenguas celtas, como lo hacen las lenguas romance del latín. Esto conduce a la interpretación del origen indiscutible de la patria celta (la Keltiké), situándola en Iberia, desde sus focos de expansión en la cordillera cántabro-pirenáica y el golfo de Vizcaya, de donde partieron a Europa, los primeros uskos, atravesando la selva de Irati y los pasos naturales de los Pirineos. Fue este pueblo protocelta el que dio origen tanto a la arquitectura moderna (era megalítica), como a la moderna siderurgia (Edad de Bronce) y a las artes plásticas (pinturas rupestres). También fue el mismo foco el que originaría la agricultura y la ganadería, necesaria por otra parte para conservar un gran grupo humano tras la congelación de Europa en el refugio ibérico, e iniciar una gran repoblación del continente tras la misma. No fueron celtas centroeuropeos, los que habitaron mayoritariamente la península, ni africanos los iberos que crearon la dama de Elche, la del Cabezo Lucero, el guerrero de Porcuna o el rostro de Argantonio. A pocos se les ocurrió la idea de que la palabra ibero poco tenía que ver con África, y mucho con Bretaña y las Islas Británicas (Hébridas).

Muchos autores clásicos ignoraban la realidad de Iberia y sus pueblos. Al no conocerla o no haber estado allí, sus relatos inventaron lo que no sabían. En lo que sí acertaron los historiadores romanos fue en resaltar la irreductibilidad de los habitantes de Iberia. Así describía Estrabón a los pueblos de las montañas, es decir los iberos o celtoiberos de las regiones septentrionales más aisladas de la península, en donde habitaba la raza uska en estado de pureza absoluta: “Todos los habitantes de la montaña son sobrios; no beben sino agua, duermen en el suelo, llevan cabellos largos al modo femenino, aunque para combatir se ciñen la frente con una banda. Comen principalmente carne de cabrón; a Ares sacrifican cabrones, cautivos y caballos; suelen hacer hecatombes de cada especie de víctima, al uso griego, y por decirlo al modo de Píndaro inmolan un centenar. Practican luchas gimnásticas y políticas e hípicas, ejercitándose para el pugilato, la carrera, las escaramuzas y las batallas campales. En las tres cuartas partes del año no se nutren sino de bellotas que, secas y trituradas, se muelen para hacer el pan, el cual puede guardarse durante mucho tiempo. Beben sitos y el vino, que escasea, cuando lo obtienen se consume enseguida en los grandes festines familiares. En lugar de aceite usan manteca. Comen sentados sobre bancos construidos alrededor de las paredes, alineándose en ellos según las edades y dignidades; los alimentos se hacen circular de mano en mano; mientras beben, danzan los hombres al son de flautas y trompetas, saltando en alto y cayendo en genuflexión… En el interior, en lugar de moneda practican el intercambio de especies o dan pequeñas láminas de plata recortadas. A los criminales se les despeña, a los parricidas se les lapida sacándoles fuera de los límites de la patria o ciudad. Los enfermos, como se hacía en la antigüedad entre los asirios, se exponen en los caminos para ser curados por quienes han sufrido la misma enfermedad. Antes de la llegada de Bruto no tenían más que barcas de cuero para navegar por los estuarios y lagunas del país… Así viven estos montañeses que, como dije, son los que habitan el lado septentrional de Iberia; es decir: los galaicos, astures y cántabros, hasta los vascones y el Pirineo, todos los cuales tienen la misma forma de vivir. Podría hacer una lista de pueblos más larga, pero renuncio a una descripción aburrida, pues a nadie le agradaría oír hablar de los pleatauros, bardietas, alotrigos y otros nombres menos bellos y más ignorados.” La historia prerromana de la península Ibérica, marca una diferencia cultural y lingüística entre dos elementos, el ibero y el celta, pero con una realidad racial indistinta.

-El repoblamiento uskario de Iberia.

Durante una parte importante de la historia antigua, Iberia-Osku, fue repoblada por pueblos uskos migrados en tiempos remotos hacia Eurasia desde la propia Ibera de época glaciar. En el último milenio antes de Cristo, pueblos celtas de Westafalia (celsos), Bélgica y Francia, llegaron a la Península, asentándose en torno al Ebro, y al Centro y el suroeste peninsular (Extremadura y Portugal), uniéndose a las poblaciones protocélticas autóctonas. Esto no significaría una celtificación de Iberia, en un sentido novedoso, (en esencia estas poblaciones no trajeron nada nuevo que no se hubieran llevado ya al partir desde la península) sino un repoblamiento y afianzamiento cultural, pues estas poblaciones de Bélgica y Alemania, ya procedían, y eran descendientes de los uskos protoceltas iberos. La presión de otros pueblos y la convulsión que los mismos sufrieron con el desarrollo del Imperio Romano, llevaría a este flujo transpirenáico.

Un siglo antes de Cristo, los pueblos germano-celtas, de los teutones, cimbrios y ambrones, descendientes de los primeros pobladores uskos de Escandinavia y norte de Germania, desarrolladores de la cultura de Jastorf (Edad de Hierro), migraron hacia el sur, al territorio de otro pueblo celta, el de los nóricos en Austria. El primer desplazamiento lo hicieron los cimbrios, pueblo relacionado con los cimerios, escitas o uskcitas del norte del Cáucaso (llamado clado ancestral), rama hoy totalmente extinta de los uskos. El cambio del clima y el endurecimiento de las condiciones de vida en Escandinavia, llevarían a los cimbrios a unirse a sus vecinos del sur en Jutlandia, los teutones. Ambos pueblos hermanados por su mutuo orígen galo (usko), sumaron una población aproximada de medio millón. Su gran número permitió el desarrollo inicialmente favorable de la guerra cimbria contra Roma. Gracias a esto pudieron llegar a la Galia, (atravesando territorio romano). Su paso produjo la segunda mayor crisis del Imperio desde las Guerras Púnicas (con un número semejante de bajas, e incluso en algún momento mayor), e incomparable hasta las invasiones bárbaras del siglo V d.C. Finalmente tras atravesar las Galias, los cimbrios y teutones penetran en Iberia, llegando hasta Galicia.

Tras otras incursiones más al norte de la península, y sur de la Galia, son finalmente derrotados por los romanos. Dichos pueblos por su gran número inicial, pudieron favorecer un repoblamiento, sobre todo de Iberia, pues la Galia, de la que fueron desplazados, ya estaba superpoblada. Sin embargo su rastro se pierde por completo al ser finalmente vencidos y exterminados o disueltos por Roma. Después de esto sólo vendrían las poblaciones que llegaron del norte del mar Negro, durante el ciclo de las invasiones bárbaras del siglo V d.C. Los visigodos, suevos y alanos, que junto a los sajones (sakas) y burgundios, compartían una relación con la cultura y el pueblo escita, pertenecientes a la rama oriental de los uskos, es decir los uskcitas, llegaron a Francia, Inglaterra y la península Ibérica, en cuyo último caso, favorecieron el aumento demográfico de una región altamente despoblada en comparación con las Galias.

Por los resultados dados en los estudios genéticos de población, se puede concluir que el proceso de romanización, no supuso un implemento exógeno de poblaciones mediterráneas en la Península Ibérica. En la época en que Roma invade y destruye Cartago, y se produce la completa anexión de Hispania, no existía el elemento latino tal y como lo entendemos hoy. Es decir no había en Italia una raza de latinos que pudiera entenderse como mestiza entre elementos autóctonos y otros afroasiáticos en mayor o menos medida. La base de la raza de la cual se nutrieron los ejércitos, el gobierno y el pueblo romano, antes del advenimiento del Imperio, fue en esencia de naturaleza ibero-ligur o céltica e ibero-etrusca, es decir pueblos uskos de origen atlántico. Toda su mitología, religión y cultura se basaba en la exaltación del mito atlante, del helenismo, y de los dioses y diosas autóctonos progenitores y protectores (Di indigetes). Se advierte como al momento de llegar el fin de la República, los autores romanos intentan resucitar la religión y rituales ancestrales que habían existido en las bases del pueblo romano, fruto de un cambio en los mismos que empezaría a ser cada vez más intenso, sobre todo a partir del siglo primero y de manera más acelerada con el Imperio. Con la conquista de Britania, Roma ya empezaba a sufrir sus propios cambios, e inmersa como estaba en romanizar el mundo, no advirtió que ella misma estaba padeciendo un lento pero inexorable camino hacia la cada vez más intensa influencia afroasiática, (camino también al nacimiento de la nueva raza latina o mediterránea). La romanización de Hispania, por tanto, no conllevó un repoblamiento de gente extranjera, sino de elementos uskos todavía bastante íntegros, situados en la vanguardia de la civilización romana.

Puesto que es un hecho que Roma colonizó de manera más o menos intensa Hispania, dichas colonias representaron poblaciones indistintas a las que habitaban en la Península Ibérica durante miles de años. Roma hizo un papel organizativo y político de su conquista, más no alteró el elemento racial, que pervivió todavía bastante íntegro hasta la Edad Media. Mientras en Hispania, las Galias y Britania, los romanos se sumaron a la población autóctona, sin alterar significativamente su sangre, en el Mediterráneo se mezclaron. La cuestión pasó inadvertida por Roma, quien a la hora de conceder la ciudadanía no diferenció a los occidentales de los orientales o de los africanos, promoviendo un cosmopolitismo del cual fueron víctima y verdugo. La cabeza de la gran raza occidental, fue encarnada por la Roma clásica, en donde se dio el genio de forma más intensa, viendo nacer las mayores obras y proezas culturales y tecnológicas de su tiempo. Al mismo tiempo sufrieron un constante debilitamiento racial que afectó profundamente en la mentalidad tardía del Imperio. Éste fue el más fuerte de los estados que se pueda conocer, mucho más que EEUU. o el orden internacional. Sin embargo su poder no pudo sostenerse sobre una civilización moribunda y podrida.

El proceso de la romanización no afectaría a Hispania más allá de su cultura y organización.

Partiendo de esta introducción, intentaremos comprender el concepto de Iberogenesia (Iberia, origen de la raza humana) y el génesis mitológico desde Noé (Ziusudra) el último superviviente del linaje atlante (abuelo de Eber, atlante fundador del linaje ibérico-milesiano o hebreo), hasta la diáspora de la Casa de Israel, reducida a la casa José.

Es cierto que hubo un flujo entre Europa y África, pero éste se produjo de norte a sur, desde la península, hasta la costa mediterránea de África Noroccidental, y de ahí a Asia y el resto del continente europeo. Iberos fueron los que poblaron el norte de África occidental, donde no habían llegado todavía los árabes, y fundaron el Macroducado de Tansamán[15]. De éste descienden los bereberes “pueblo Iber”, los iberos africanos, que poco tienen que ver con los actuales descendientes de la cultura bereber, con los cuales es el nombre lo único que tienen en común. De Iberia descienden también los bretones y britanos, es decir los ingleses actuales, (igualmente descendientes de los protocélticos iberos, brigantes y milesianos), fundadores del pueblo usko-atlántico.

La mitología irlandesa y escocesa recuerda esa unidad original con Iberia, y coincide con el estudio de población, realizado por la universidad de Oxford durante cinco años, y dirigido por el mejor genetista del mundo, el profesor Bryan Sykes. En dicho estudio queda claro el origen ibérico de los habitantes de las Islas Británicas, y a su obra “La sangre de las Islas”, nos remitimos.

La primera mujer de las islas británicas (la primaeva de Inglaterra), fue descubierta en 1998 en Londres, en un sarcófago, y las pruebas de ADN, han demostrado sin lugar a dudas su origen ibérico y cantábrico.

Estrabón, siguiendo a autores más antiguos habla de forma indistinta de los pueblos iberos, celtas e iberoceltas o celtoescitas: “En efecto afirmo, a partir de la opinión de los antiguos griegos, que así como los pueblos que habitan hacia el septentrión eran conocidos con el nombre de escitas o nómadas, según los califica Homero, de igual modo que los pueblos que se conocieron en Occidente fueron llamados después celtas, iberos, o con nombre mixto, celtíberos y celtoescitas.”

Escitia, junto con la Iberia caucásica, fueron unas de las regiones que poblaron los uskos o iberos en la antigüedad. Esa corriente que atravesaba el Mediterráneo procedía  sin duda de Iberia. El libro de las invasiones de Irlanda también relaciona a los irlandeses, además de con los iberos, con los llamados hermanos primitivos de Grecia, es decir con los antiguos griegos, y escitas.

Sobre una de esas travesías escribía el historiador Josep Pijoán “Por este camino marítimo atlántico, tuvo lugar al parecer la gran expansión de la población megalítica española, expansión que no se limita a meras relaciones comerciales, sino que los núcleos megalíticos importantes de Bretaña, sur de Inglaterra e Irlanda, son considerados como el producto de una emigración peninsular”.

Otro autor GM Trevelyan, ” Algunos de los isleños adquirieron una gran técnica en el trabajo de los metales, y verdaderamente algunos de los mejores trabajos de esmalte en bronce que el mundo tiene fueron forjados por estos iberos, antepasados nuestros. Muchos centros de esta antigua civilización -Stonhenge quizá- fueron emplazados en tierras áridas, pero antaño famosas por sus magníficas rocas o el oro, estaño o cobre a cielo abierto, desde entonces agotado”.

Dice un escrito de la universidad de Oxford acerca de la colonización española y del origen español de la lengua gaélica irlandesa: “los escoceses fueron colonizadores posteriores en parte por lo menos asturianos, y según se ha dicho conectados con Brigantium y Gallaecia. Que fueron goidélicos (celtas irlandeses) en España, preservadores de K-.-m, lo ha sugerido un pasaje de Dioscorides que dice que los hispanos llaman cierta planta Kiotoukapeta. Diefenbach dice que esto es un préstamo de centumcapita (Plinio, XXII, 8 y 9), pero. ¿por qué los españoles deberían de cambiar kentoun para convertirlo en kiotou? Y puesto que kiotou es celta, esto es goidélico, puesto que el irlandés antiguo tiene cét, el irlandés moderno y el gaélico de las Highland (en Escocia) ceud, y Manx (dialecto celta) keead- mientras que la lenguas cimerias preservan la nasal”.

El tronco común de los pueblos galos y el origen de la nación francesa, está en la Península Ibérica. Prueba de ello la tenemos en varios de los primeros pobladores del territorio galo como los esturos (descendientes de los astures o estures) o los catuvellaunos (pobladores junto con los eburones de los Países Bajos), descendientes de los también primeros galos de origen ibérico, los catalaunos. Los catuvellaunos, llegaron a Gales (Inglaterra), donde  formaron uno de los reinos celtas prerromanos, desarrollándose al igual que en Iberia numerosos estados celticos, como parte de la gran raza original brigántica. Con la amenaza de los invasores romanos, estos reinos se unieron bajo el liderazgo de los catuvellaunos. Al igual que éstos, el resto de reinos célticos, incluso los anteriores al reino de los catuvellanos, como los siluros, brigantes, deceanglos, ordovicos, etc., asentados en la región de Gales (la Gálica), eran de procedencia ibérica. Así lo atestigua Tácito en la biografía de Cneo Julio Agrícola, quien apreció que aquellos pueblos gálicos, por su complexión y apariencia debían tener origen ibérico. Los modernos estudios genéticos corroboran este pensamiento dos mil años después, identificando ese ADN peninsular con el de los habitantes de Gales y buena parte del resto de Islas Británicas.

Las leyendas, mitología y epopeyas inglesas son de base céltica. Una de ellas es la que relata el ciclo artúrico, la historia del famoso rey Arturo, rey de los siluros, a los que Tácito describió como descendientes de iberos, atribuyendo por tanto a esta importante figura regia, la condición de caudillo ibérico o brigante, en esta ocasión defensor de su reino contra los invasores sajones, durante las invasiones bárbaras.Su nombre proviene de oso, es decir Artza en euskera o Arth en la mayor parte de lenguas célticas o protocélticas que se hablaban en la Península Ibérica, Islas Británicas y en las Galias, siendo por tanto Artur, el hombre oso.

La historia prerromana de la Península Ibérica y las Islas Británicas es racial y culturalmente exacta. En ambos casos los pueblos celtas o uskos en estado de máxima pureza étnica y cultural, pudieron desarrollar y expandir su influencia etnológica durante milenios, formando numerosos reinos o estados en un mismo territorio bajo una convivencia pacífica y fraternal, antes de la llegada de pueblos invasores.

Los eberitas o uskos originales, también son los antepasados de los etruskos, que se desarrollaron al norte de Italia, en la Etrusquia o Etruria, nombre en clara referencia al río del que proceden, el Ebro. Por el mismo etnónimo fueron conocidos los canta-ebros, celti-ebros o celtiberos, los bretones, descendientes de los brigantes ibéricos (antepasados de los británicos), los berones, situados al norte, (en el nacimiento de dicho río), y los iberes de África o bereberes.

El sonido eber, iber o aher, hace referencia a los habitantes de la ribera o del gran río. Los griegos apreciaron que los celtas del gran río, se llamaban a sí mismos iberos para distinguirse de los galos, o celtas de la montaña. De esta forma los celtas o preceltas de Iberia, fueron conocidos como celtiberos o ceiltaber, los galos o celtas de montaña como celtorii y por último los de la llanura como celtiach (aquitanos). Por este motivo los montes Pirineos deben su nombre al idioma galo. Del galo Bir-Biren, se formó Piren, y del plural Birennou o Pirennou, que quiere decir en bretón cima o pico, nació el nombre de estas sagradas montañas, que hace quince mil años separaron Iberia del glaciar europeo, y ahora son el único glaciar que existe al oeste de la Europa continental.

La modificación de los sonidos eber, iber o aher, es decir río, dieron nombre a cientos de ciudades y ríos de Europa occidental, así Ibarra o Ibarrola (Bajos Pirineos). La palabra ibera -eburo- es decir tejo, dio así mismo nombre a varias ciudades y pueblos europeos, entre ellas Ebura (actual ciudad de Montoro en la provincia de Córdoba), que es nombrada en la Geografía de Estrabón, Eboriacum cerca de París, Eburodunum en los países Bajos, Eburodunum en los Alpes, etc. El nombre Eburo o Evuro pasó a ser Eure o Euro. Del mismo modo Iberiacum o Eboriacum pasó a Ivry o Evry. Con ese nombre Eure o Euri se conocen varios ríos y afluentes de Francia, y del mismo procede la palabra Europa. Por tanto Iberia, la tierra de los celtas del río, es el origen no sólo racial, sino también etimológico de Europa. El nombre de nuestra península y del pueblo de nuestros antepasados, los iberos, se formó mediante la conjunción de dos elementos sagrados tales como el río y el tejo.

Los etruscos de civilización avanzada respecto al resto de Italia, fueron los directos antepasados de los patricios romanos, miembros de la oligarquía y albocracia que sería destruida por la sangre afroasiática. De la costumbre etrusca de los tres nombres deriva también la patricia, que a diferencia de los plebeyos usaba esta fórmula para llamarse así entre ellos, heredada de sus antepasados de estirpe eberita. La palabra o cognado etrusco podemos definirla a partir del vasco, en donde estaría formada por la palabra etor o etorr (descendiente) y usko (puro oriundo), es decir los que descienden de los puros. Su Dios barbudo, era una divinidad paternal, el AITA, que era el equivalente etrusco a Plutón, cuyo nombre es exactamente igual a PADRE en lengua euskera.

El pueblo etrusco es descendiente o se originó a partir de la cultura de Villanova, que también tuvo origen en los primeros pueblos iberos en poblar el norte de Italia. Uskia, conocida como T-uskia, luego Toscana, sería el nombre dado a la tierra que habitaron los uskos o estruscos.También fueron de origen ibérico y usko los fundadores de la actual región de Lombardía, los insubres o insúberos, que fundaron Mediolanum, es decir Milán. Y aún más antiguos los ausonios o auskones del segundo milenio a.C., que abarcaron casi toda Italia, y se afianzaron en Campania, en el sur del mar Tirreno y en Sicilia. Estos uskos o auskones darían el primer nombre (Ausonia) con el que se conoció a la península Apenina, protagonizado además una de las varias oleadas de pueblos usko-meditarráneos que llegaron a Grecia. En este último país los pelasgos iberos, dieron nombre al río griego Hebrus o iberus.


[14] Protocelta, es un lenguaje surgido de Hiberia, del pueblo protoibero o protocelta, que fue el germen del resto de lenguas celtas. Hoy día las fuentes existentes de esta lengua se circunscriben casi exclusivamente a los Bronces de Botorrita.

[15]Macroducado o simplemente Tansamán, conocido posteriormente como Nekor y después RIF, fue el estado prearábigo y premusulmán, construido en los territorios del norte de lo que hoy es Marruecos (al este del Arco de Gibraltar), por los iberos bereberes de. Estos pobladores de estirpe ibera y protocelta, pudieron dejar en Marruecos una huella que representan en la actualidad algo menos del diez por ciento de frecuencia R1b, que fluye por algunos pueblos del norte de África. Los bereberes han sido considerados tradicionalmente como una etnia diferenciada del resto de pueblos norteafricanos, con características cercanas a los europeos (poseen fenotipos como el cabello rubio y ojos claros, además de la tez blanca en una alta frecuencia, algo que no se encuentran en otras poblaciones del sur y centro de Marruecos).


Teutates o Marti Teleno, la mayor deidad de Occidente era de origen usko e ibérico.

Teutates o Marti Tileno, la mayor deidad de Occidente era de origen usko e ibérico.

Otro dato importante nos lo da la mitología imperial romana, que al igual que la griega, era de origen y base ibérica. Adoradores del dios ibérico Marte, eran celtas y romanos, cuyo nombre real era Teutates o Teleno, originalmente dios de los astures; pueblo celtíbero, conocido como Mars o Marti Tileno, también llamado Tutatis por los galos. Fue un dios por todos los pueblos celtiberos conocido, algunos de ellos lo honraban con la muerte de algún cabrón, e incluso con la de cautivos y caballos. Los romanos lo consideraron una de las deidades más importantes de su civilización. Marte o Marti Tileno, era un dios usko heredado por los romanos de la mitología etrusca, cuya base era como ya hemos dicho plenamente ibérica, y establece incuestionablemente el origen ibérico de la mayor deidad romana y probablemente la más importante de la antigüedad precristiana en Occidente. Es comprensible la importancia del dios de la guerra en sociedades como la celtibera y romana, esencialmente guerreras.

Con anterioridad en la mitología uska existió otra deidad, Aita, que en vasco significa padre, y era el dios antropomorfo y protector de los etruscos. El origen del dios Aita, sería como su nombre indica el padre de los etruscos, un ser masculino y barbado.

En la mitología vasca podemos encontrar restos del recuerdo de divinidades adoradas en tiempos muy remotos en la península Ibérica por varios de los pueblos uskaros. En algunos casos esos rastros mitológicos que las leyendas vascas conservan legadas por la cultura de las razas ibero-aquitanas, tienen una estrecha vinculación con otros pueblos lejanos originalmente uskos, como fue el caso de los fundadores del Antiguo Egipto. En este caso la mitología egipcia atribuía la divinidad al igual que los antiguos griegos a un pueblo fundador de su cultura y civilización, aquel que fue conocido como el pueblo atlante. El fundador mítico de la civilización del Nilo fue el dios Osiris (en griego), llamado por los propios egipcios Ursi, un atlante venido de la tierra más occidental y perteneciente a esa raza mítica fundadora de civilización. En la cultura vasca encontramos a la misma divinidad llamada Ursi o Urtzi, sólo que en este caso su origen es enteramente autóctono, siendo uno de los pilares esenciales en la creación de las primeras tribus que dieron origen a la raza aquitana o ibera. Osiris, llamado por los egipcios y vascos Ursi, configuró en la mitología uska de estas culturas una divinidad protectora y regeneradora, causa de la fertilidad, la abundancia, las lluvias, el agua, y de la agricultura. Los egipcios conservaron esta divinidad agrícola, al conservar con ello también el recuerdo lejano de los dioses de sus antepasados, convertidos en los fundadores de su civilización, y al mantener como ellos una sociedad en la que la agricultura poseía un peso notable.

Las pirámides y necrópolis egipcias están ubicadas en la ribera occidental del Nilo, orientadas desde ese punto. Nada se dejaba al azar por parte de los antiguos egipcios, toda su cultura arquitectónica está cargada de simbolismo y significado, calculado y medido hasta el más mínimo de sus elementos. No es por tanto una coincidencia que los principales templos y monumentos arquitectónicos egipcios estén ubicados desde una posición occidental, en el punto de partida sus antepasados atlantes y a ese lado del Nilo, nunca en la parte oriental. El Nilo fue durante un tiempo de la historia del Antiguo Egipto, la frontera entre un reino de atlantes al oeste del río, y otra de razas afroasiáticas al este.

Otro patriarca elevado a la condición de divinidad es Aitor, uno de los hijos de Tubal y hermano de Pyrene, el padre fundador del pueblo vasco; por tanto la deidad más antigua de la también cultura más remota de Europa. De la misma región procede Sugar, dios de la mitología vasca, conocido por los antiguos griegos como Segrap o Cekrap (Cécrope) (siendo para ellos el fundador y primer rey de Atenas). Hijo de este dios usko, mitad hombre mitad serpiente, y de una princesa escocesa es Jaun Zuria (el señor blanco), primer señor de Vizcaya.

La influencia uska penetró fuertemente con la llegada de la cultura neolítica y del Bronce en el centro y norte de Europa. Tal es así que el dios Aitor, cognado del nombre Thor, es la misma deidad de la leyenda germánica del trueno, inspirador de la literatura escáldica. Esta deidad cumplía funciones de protección, ayuda en la cosecha y de dominio de las tormentas, guerra, defensa, etc. En mitología egipcia hubo otro importante dios, Anubis, cabeza de can, protector o señor de los occidentales y de Iberia, el país de Venus. El sincretismo ibérico de este dios fue Tubal, el patriarca de todos los pueblos eberitas. El símbolo del can quedó plasmado en la cultura ibérica, siendo formada o constituida por canes (regiones), dándose así el nombre de Cantabria o Cantabriga (palabra compuesta por can, y briga, es decir pueblo o país).

Macroduquesa Lalla de Tamesmant, princesa guerrera, que al igual que los numantinos, luchó contra Roma y logró liberar a su pueblo. Esposible imaginar a esta mujer también con cabello rojo o castaño rojizo, ya que es una característica típica del rutilismo bereber y milesiano.

Macroduquesa Lalla de Tamesmant, princesa guerrera, que al igual que los numantinos, luchó contra Roma y logró liberar a su pueblo. Es posible imaginar a esta mujer también con cabello rojo o castaño rojizo, ya que es una característica típica del rutilismo bereber y milesiano.

De todos los pueblos descritos, son los bereberes junto con los egipcios actuales, los que menos, casi un ínfimo residuo, conservan de sangre original eberita y  de frecuencia R1b. Este residuo es en la actualidad de un cinco a un diez por ciento. Sin embargo en época del Macroducado de Tamesmant, la población uska del RIF, se encontraba aislada y refugiada de influencias extranjeras tras las montañas del Arco de Gibraltar. De no haber sido por la posterior influencia mediterránea y fenicia, los pobladores ancestrales de esta región del norte de África podrían haber alcanzado fácilmente el ochenta por cien de la frecuencia de R1b (asociado a la raza uska). Este porcentaje sería aún más alto que el de la media actual de España o Inglaterra, similar al del pueblo vasco. Téngase en cuenta que antes de la influencia árabe y africana (relacionadas con el Haplogrupo E) y restando ésta del genotipo del África noroccidental, nos quedaría un grupo étnico compacto definido por el haplogrupo R1b. Por tanto antes del Imperio Romano, tendríamos a eberitas (iberos de raza), tanto al este (Egipto) como al oeste (Tamesmant); siendo el Mediterráneo, en su época de mayor esplendor, dominado enteramente por albocracias uskaritas. Hoy día no existe ningún pueblo esencialmente usko que pertenezca a la religión musulmana.

Son los irlandeses, bretones, galeses, escoceses y vascos, junto con los residuos catalán y levantino, probablemente los que conservan hoy mayor frecuencia del haplogrupo R1b de todos los pueblos del mundo.

Fueron iberos los primeros ingleses, escoceses, irlandeses, daneses, escandinavos, franceses, alemanes e italianos. Antes de ellos, por los desiertos de permafrost no había nada anterior a la glaciación de Würm.

Un importante pueblo ibérico, fue el de los astures, estures o stures, cuyo nombre proviene de la raíz ibera stur, que significa ancho, y es legada al sánscrito como sthura, y al germánico stiura. De los astures o estures, descienden los celtas galos conocidos como los esturos. Éstos llegaron a Italia dando nombre al río Stura. Mucho antes sabemos que el primer pueblo que daría origen al resto de aquéllos que estarían llamados a poblar Europa, fue el de los cromañones ibéricos, que originaron el linaje R1b y el H (con una fusión neandertal) al que pertenecen la mayoría de los [16]eberitas (hebreos), que fundaron Osku, y dieron comienzo a la historia de la civilización.

A la civilización la entendemos como algo perdurable y continuo; surgiendo la moderna de la antigua, fruto la actual de la pasada, (transmitida de unos pueblos a otros y en diferentes edades). El sustrato anterior antiguo, se manifiesta en la actual civilización occidental porque necesariamente existe un nexo de sangre que lo mantiene con viva.

Cualquier rastro o signo que se califique de civilización, es necesariamente occidental. Sin embargo podríamos pensar que ha habido otras civilizaciones que son a prior tomadas como tal, alejadas de Occidente y de sus pueblos fundadores. Esto ocurre por ejemplo con las antiguas civilizaciones asiáticas.

La precursora de las civilizaciones orientales fue la antigua Mesopotamia. Dicha cultura tradicionalmente ha sido considerada ejemplo y exponente incontestable de la civilización asiática; más aún, cuna y germen de la civilización universal. Como veremos más adelante, en las civilizaciones mesopotámicas y sus ramificaciones hindúes y chinas, está más que presente la huella genética, lingüística y cultural del pueblo usko-mediterráneo.

Otro controvertido y legendario ejemplo es la Atlántida, que de ser real (y afirmamos que en la exposición matizada y mitificada, que aquí se describe, lo es) , no podría haber existido al margen del mundo occidental y el citado linaje R1b. Sería sencillamente imposible, a no ser que fuera de origen extraterrestre.

La civilización mesoamericana (mayas, incas, aztecas), está bastante alejada de Occidente, habiendo desarrollado en distintos ciclos, técnicas avanzadas, de arquitectura, agricultura, ganadería, astronomía, geometría, ingeniería, medicina y otros signos distintivos claros de civilización. Podríamos estar ante una única y rara excepción gestada al margen de cualquier remota relación con la civilización occidental. Sin embargo existen numerosos elementos que demuestran la existencia de conexiones desde un inicio remoto. El pueblo usko está estrechamente conectado con la civilización egipcia, la sumeria y sus restos relegados a la Casa de Israel[17]. La legendaria historia de los pueblos mesoamericanos, nos relata como se levantó y construyó un pueblo que alcanzó en algún momento la civilización de la nada indígena.


[16]Eberitas. También llamados cántabros, (canta-ebros), uskos o waskones, son las poblaciones europeas que tras la glaciación del Würm, se refugiaron en torno a la rivera del río Ebro (región conocida como la Keltiké o patria celta), origen protocelta de los llamados celto-ebros o celto-iberos. De este pueblo descienden los irlandeses y la raza milesiana, también los ingleses (galeses), escoceses, bretones y galos. Estos son los pueblos perdidos de las diez tribus de la casa de Israel, de las cuales la Biblia habla que fue de su remanente, del que nació el linaje de Jesucristo.
El pueblo hebreo es el antepasado de la mayor parte de los pueblos europeos, lo que anteriormente se conocía como raza blanca o aria.

[17]Casa de Israel, fue el nombre bíblico dado al reino de Jerusalén, perteneciente a las diez tribus antes de la segunda diáspora. En el contexto del presente tratado y como vemos aquí, entendemos como tal, al nombre bíblico de la etnia occidental perteneciente al Hr1b. Genéticamente los protoceltas hiberos son los antepasados de los israelitas, a diferencia de los semitas o camitas (llamados bíblicamente fariseos), conocidos como judíos y pertenecientes por ello a la Casa de Judá. Es en el reino de Jerusalén donde los protoceltas iberos son conocidos bíblicamente con el nombre de israelitas o hebreos (eberitas o hiberos), siendo ésta la raza de Dios.


Una de las posible madre del faraón Tutankamón, de cuyo ADN, se obtuvo una coincidencia del 96.6% con la población autóctona de la península ibérica. Obsérvese el color rojo del cabello, frecuente entre la población céltica occidental.

Una de las posibles madres del faraón Tutankamón, de cuyo ADN, se obtuvo una coincidencia del 96.6% con la población autóctona de la península ibérica. Obsérvese el color rojo del cabello, frecuente entre la población céltica occidental.

Hasta hace no mucho se hacía imposible encontrar remotas conexiones entre el origen de la civilización egipcia y la occidental. Había por tanto que conformarse con las relaciones posteriores que siguieron las grandes civilizaciones del Mediterráneo en encuentros sucesivos de su desarrollo más reciente. Hoy sabemos sin embargo gracias a estudios genéticos que buena parte de la oligarquía egipcia estaba directamente relacionada genéticamente con Europa occidental. Esa realeza de la que formaron parte los más destacados faraones de la historia, nada tenía que ver con los nubios o con los actuales egipcios. Los antepasados de Tutancamun [18], Ramses II etc. fueron uskos iberos, cuyo linaje fue el R1b, hoy prácticamente ausente en la población natural de Egipto. El profesor Ceccaldi y su equipo de investigación demostraron que estos grandes faraones eran leucodermos, es decir de piel clara y de cabellos rojos naturales. Así se describe el fenotipo del faraón Ramsés II, como un titán usko de dos metros de altura, pelo rojo, piel clara y nariz prominente.

Si uno observa las efigies y estatuas de los faraones se puede caer en el error de identificarlos con pueblos asiáticos o africanos. Las efigies de Ramsés II, nada tienen que ver con los rasgos que dejó su momia, cuyo rostro era alargado y anguloso, con una gran nariz corva, labios muy finos, y pelo rojizo. Estos caracteres son propios de la raza vasca o irlandesa (paradigma del pueblo usko puro) y se encuentran frecuentemente en la Europa Atlántica, sin embargo los bustos y efigies del emperador, muestran un rostro y nariz ancha y redondeada, labios prominentes, un aspecto femenino, el fenotipo característico de los esclavos y el pueblo nubio. Este hecho constata una costumbre dada no sólo en Egipto sino en otros pueblos mediterráneos, en donde la población afroasiática era predominante. La costumbre de los artistas era idealizar al emperador o dios encarnado, estilizando su aspecto al gusto o canon de belleza usual, que vendría a ser una mezcla estilizada de las tres razas (negra, asiática y blanca), dentro del contexto racial que se vivió en el Antiguo Egipto. Así por ejemplo si observamos el rostro de la momia de Seti I, padre de Ramsés II, de la dinastía XIX o ramésida, observamos sólo facciones puramente occidentales, y ni un sólo rastro de rasgos afroasiáticos.

La raza dinástica egipcia, esa raza de escotos pelirrojos, altos y de tez blanca, fue la que reinó en Egipto durante milenios. Durante un tiempo existió la costumbre de llamar a las princesas egipcias con el nombre de Escota (Scota) si éstas se casaban con un escita. Los escitas eran de raza milesiana, es decir uska o uskcita, y por tanto del mismo linaje que los ancestros de la raza dinástica egipcia. De esta forma se llamaría Escota la esposa de Míl, princesa egipcia hija del faraón Nectonebus, que fue luego reina de España e Irlanda, y también Escota fue llamada la hija del faraón Cindris.

Al igual que en otras partes donde aflora la civilización, en el Antiguo Egipto, se hallan ciudades y dioses conectados con el legado usko de la Península Ibérica. Este es el caso del dios egipcio Sucar o Sokar, que al igual que el dios vasco Sugar, era un un dios que podía transformarse en reptil. No parece extraño que se conservaran deidades con el nombre original que los primeros pobladores uskos de Egipto recordaban de su lejana patria. Después es conocido como Ptah Sukar, siendo bautizado el Nilo por Homero con su nombre -Ha Ka Ptah- (hogar de Ptah), conociéndose toda la región posteriormente con la palabra griega Aygiptos (Egipto), derivada del nombre del dios. La civilización del Egipto usko, arranca en el Neolítico, cultura de la que son protagonistas los iberos o celtas originales, es decir celtiberos. Se sabe que aquéllos que asientan las primeras polis egipcias, eran nómadas, es decir no procedían del entorno ni eran autóctonos. A la llegada de éstos y otros pueblos africanos, probablemente nubios o etíopes, se formaron dos estados diferentes (el Bajo y el Alto Egipto). También sabemos que aquéllos que portaron el “ureus”, tras la unificación egipcia eran de procedencia uska.

Desde la perspectiva actual nos parece brutal una estructura social como la que se desarrolló en la antigua civilización egipcia, así como otras semejantes como la griega o romana, que albergaron instituciones como la de la esclavitud, sin embargo tiene un fundamento y naturaleza más compleja, que va más allá de la simple organización de una sociedad remota. Las sociedades antiguas que en algún momento desarrollaron estructuras esclavistas, tienen su origen en distintas naturalezas raciales convergentes en un determinado momento, fruto de migraciones o invasiones.

En Egipto, la sociedad se desarrolló a partir de las colonias atlantes, que se mencionan en la legendaria tábula esmeralda, de las que fue su rey sabio Tot el atlante o Hermes, según los griegos. Dichas colonias, provenían de la misma Atlántida, conocida posteriormente como Tartessos, en la costa atlántica del sur de España y Portugal, la mítica Hesperia. Esta raza madre de las grandes civilizaciones que diseñó todo lo grande que conocemos de Egipto organizó su constitución racial original en torno al principio de la sangre, y por tanto del parentesco. De esta forma se origina la nación de las estirpes o familias originales de Egipto, asentadas en las primeras colonias, en las riberas occidentales del Nilo. Esas familiar fueron el germen mismo de la raza real o linaje de faraones que se fueron elevando sobre toda la capa social del Antiguo Egipto, ascendiendo de forma cada vez más pronunciada conforme al mismo llegaban elementos demográficos nuevos, como comerciantes, esclavos, extranjeros, etc.

En este sentido el faraón pasa de ser mero intermediario con los dioses, de los cuales desciende, a ser un dios mismo. Toda esa asimilación poblacional posterior, en forma de sucesivas capas y oleadas migratorias, caracterizadas fundamentalmente por la presión desde Arabia, Nubia, Etiopía y el Alto Nilo, fue elevando más al elemento racial original, hasta conformar un estado sacramental, distinguiéndose dos naturalezas demarcadas o separadas tanto en la vida como en la muerte. De esta forma surgirá el sacerdocio egipcio, unido al linaje o la sangre del faraón. Estas concepciones sociales, son el origen de la realeza y el voto del sacerdocio, formadas a través de la convergencia de razas distintas en determinados momentos del desarrollo de la civilización egipcia. Dicha conjunción de distintos elementos raciales, elevó a la casta dirigente hasta la misma divinidad, en un intento no sólo de separar su nación y su sangre, sino de escapar de la naturaleza tan distinta que les rodeaba. Esta configuración insólita en otras partes y regiones del Mediterráneo, sólo pudo desarrollarse en dicho ambiente, bajo tales circunstancias, y con elementos raciales muy distantes en cuanto a su naturaleza. Así es como surgen estas sociedades cuyas estructuras sociales nos parecen brutales desde nuestra perspectiva, pero cuyo nivel de desarrollo y civilización fue el más alto de su tiempo, imposible de igualar por siglos o milenios.
En dicho contexto se van estratificando las sociedades, conformándose las castas, y apareciendo la corte del faraón y sus parientes, es decir la nobleza, los descendientes directos de las primeras familias atlantes y del dios rey Tot, quien emigró tras el gran diluvio o cataclismo que en algún momento asoló y cubrió la mayor parte de la civilización atlante original. La constitución racial del Antiguo Egipto quedó así configurada en torno a la sangre real, constituida por el faraón y su corte, así como sus parientes, la nobleza.

Al desarrollarse conceptos más elevados y metafísicos, normalmente originados en un contexto de cercanía a un ocaso racial, tal y como también sucedería en la Grecia Clásica y el surgimiento de la filosofía, se va formando una liturgia de creencias que prepara el éxodo de la corte, y puesto que no se puede trasladar territorialmente y dejar su legado vacío, éste lugar de destino se halla en un plano superior, es decir celestial. Es así como surge el libro de la luz o conocido como de los muertos, así como los papiros y liturgia funeraria. Según esta concepción, el mundo de ultratumba destinado a la raza del faraón, y al que va el resto de razas del Antiguo Egipto, si es que existe alguno para ellos, es distinto.

No existe la unidad racial, y por tanto tampoco la unidad religiosa y de creencias. Al mezclarse posteriormente los elementos raciales, o más bien colapsar uno mayoritario a otro ínfimo, será cuando se unifique el sentimiento religioso, y se acentúe o potencie no sólo una conversión del sentido y fundamento espiritual, o más bien la pérdida de ésto último, sino el desarrollo mismo del politeísmo, cuyo origen en estas sociedades, sería la convergencia racial, y la incorporación o suplantación de creencias y divinidades distintas, cosa que también sufriría Sumeria.

Es pues en Egipto donde se configura a la raza del faraón como algo no sólo distinto, sino como el origen mismo de la divinidad y de toda concepción espiritual o metafísica. Esta es la única relación o conexión existente entre ambos mundos o naturalezas habidas en Egipto, y por tanto es el origen de una constitución racial peculiar, puesto que trasciende todo ámbito meramente terrenal. La formulación de este fenómeno religioso-racial, configura así mismo una estructura social piramidal, que empuja hacia el vértice a la casta racial del faraón, y la proyecta al más allá, elevándola a una concepción divina, no meramente de superioridad jerárquica, sino dimensional. Por esta razón es por la que se institucionaliza el fenómeno religioso y surge de dicha constitución racial, es decir de la propia raza de los faraones, la llamada casta sacerdotal. La configuración de estos tres elementos, realeza, nobleza y sacerdocio, se produce partiendo de un elemento racial común.

En este sentido el sacerdocio, se desarrolla como una auténtica demarcación racial, una frontera psicológica y religiosa entre la constitución atlante y las razas afroasiáticas. Siendo así que el sacerdocio correspondería con los lindes entre la nación atlante y los extranjeros, dichos límites no podrían ser traspasados o expugnados por lo menos en el plano metafísico y religioso. Es en esta situación donde se observa en Egipto una circunstancia que también se dio en Sumeria o Grecia. Al momento de iniciarse el ocaso de la raza atlante, ésta desarrolla el prodigio de la civilización, conquistando el mundo de la filosofía y el fenómeno religioso, generándose por lo tanto concepciones nuevas ignotas hasta entonces, que formulan nuevos planos de la psicología de una raza, dignos del estudio más detallado. Estas consideraciones del pensamiento filosófico-espiritual, se acentúan por tanto al constatarse o percibirse próximo el ocaso de una constitución racial. En este sentido la Grecia clásica, vio surgir el genio de Aristóteles o Platón, en el momento en que la raza helena era ya una ínfima parte de la población de las polis griegas. También en la Tracia, nacen nuevas concepciones religiosas, de las cuales surgiría el cristianismo, en el momento cercano a dicho ocaso.

A pesar de que el sacerdocio en Egipto y otras culturas es un fenómeno antiguo, su fundamento es el surgido en un pueblo migrante y colonizador, cuya naturaleza precisa establecer unas fronteras esencialmente raciales, basadas en sustrato mitológico, de héroes divinizados, tierras ancestrales, templos, olimpos, acrópolis, etc. que representan los lindes espirituales y raciales. Se puede decir que la visualización de las primeras divinidades egipcias, es en esencia el relato y testimonio de sus ancestros atlantes, siendo el desarrollo de una religión compleja y la institucionalización del sacerdocio un síntoma del ocaso de una raza, al establecer sus fronteras raciales fuera de este mundo. En este sentido el sacerdocio egipcio no estaba destinado al culto del pueblo, es decir la llamada piedad popular, sino que se circunscribía al ámbito de la corte o raza sagrada, es decir la propia raza-nación.

En Egipto, el sacerdocio máximo, es decir el sumo pontificado, lo asumía el descendiente de los dioses, esto es, el faraón, intermediario entre la divinidad y los mortales. El clero, era conformado por una serie de dinastías sacerdotales, emparentadas con la familia real, racialmente unidas al faraón, siendo el sacerdocio al igual que el ureus, heredado de padres a hijos. Aquí el sacerdote no es un chamán o brujo, sino un elemento de toda una estructura pontificia al servicio de la raza mística. Nada se parece esto ni en las formas ni en el fondo a lo que encontramos en los pueblos asiáticos, africanos o indios.

La esclavitud en Egipto, al igual que en Grecia o Roma, se concibió en este tipo de estructuras sociales, de una fuerte religiosidad institucionalizada, centralizada y ejercida por el poder. Como hemos indicado todo ese aparato místico y religioso conformaba las fronteras raciales o la constitución racial de la nación original, cuya psicología queda en parte representada en dichas creencias y rituales. Este hecho es importante a la hora de establecer relaciones de este tipo entre las antiguas culturas mediterráneas de origen usko, por cuanto en ellas se significan elementos místicos y religiosos comunes. De este modo se produce una fiel y sorprendente correlación de pensamiento místico, mitológico y religioso, así como un fuerte sincretismo, entre las corrientes de pensamiento de las antiguas civilizacionas uskas del Mediterráneo, Grecia, Roma y Egipto. Todo elemento disonante, incoherente o incompatible, proviene en exclusiva del mundo afroasiático.

Los cromañones padres de la raza uskara y de los hijos de la Atlántida, exterminaron a sus semejantes homínidos, aquéllos deprimidos, atávicos y bestiales, en definitiva inferiores, mitad bestias. Este fenómeno no se llevó a cabo en todas partes, y fueron muy diferentes las prácticas que el cromañón llevó a cabo con sus parientes menos evolucionados. Se sabe que este homo-sapien nacido en la Europa atlántica, llegó a Libia y Egipto, de donde pasaron grupos de éstos y neandertales a Asia. En Egipto y otras partes de África Oriental, el cromañón no extinguió al resto de seres homínidos inferiores, sino que al contrario estos últimos pudieron prosperar y superpoblar zonas que ahora son desierto africano y que hace más de treinta mil años eran un vergel. Estos seres homínidos no pudieron sobrevivir en la Europa Atlántica, una región fría y cruel con los inferiores y los débiles. Sólo de este modo pudo alforar la humanidad, del mismo hielo, del frío y de la nada, como de igual forma surgió la vida en el planeta.

En el continente africano y también en el asiático, las poblaciones de homínidos eran abundantes, aunque nunca pudieron desarrollar civilización alguna o atisbo de humanidad. El cromañón en lo que sería Egipto y otras partes se mezclaría o sería absorbido en buena medida por el resto de sus parientes homínidos simiescos. Estos últimos de no haber recibido sangre cromañona, hubieran acabado como el resto de sus parientes convirtiéndose en los monos y los simios actuales (descendientes degenerados de la especie homínida). En todas estas regiones africanas fruto del cromañón y el resto de especies homínidas, surgen los pueblos y razas africanas. Lo mismo ocurre en Asia, y posteriormente en América con las razas mongoloides. La historia de Egipto comienza con esta vorágine de mezclas, de la cual surgen los pueblos que irán descendiendo con el paulatino calentamiento de la tierra hacia regiones del Alto Nilo, Sudán y Etiopía. Durante el Neolítico Egipto vuelve a ser poblado por la raza más pura que existía en el mundo. El origen de este pueblo era la Europa atlántica o directamente la Atlántida. Las oleadas de raza atlántica llegaron hasta la India, y dejaron en el norte de África numerosos asentamientos neolíticos. En Egipto las poblaciones pudieron asentarse en la rivera del Nilo, pudiendo adentrarse hasta el Alto Egipto, formando las primeras colonias estables, las futuras polis.

En este contexto de hace diez mil años, la progresiva desertización y aumento constante del Sahara, hicieron lo mismo que los hielos glaciares en Europa, quince mil años antes, aislar y concentrar a la población. Desde Merimde hasta el Fayum, se fueron formando los primeros asentamientos estables neolíticos, la primera cultura y principios de civilización egipcia. Río abajo, la raza negra fue aumentando y extendiéndose hacia el oeste bajo la barrera del Sahara y hacia el sur del continente. Durante todo el período predinástico las únicas poblaciones que irían llegando al Nilo, lo hicieron del oeste, y probablemente del mar, ya que tanto del sur como del Sinaí, la barrera del desierto era lo suficientemente amplia como para impedir la penetración de otros pueblos de Asia o África. Hasta el Periodo Arcaico, no hubo contactos con otras razas, y es de esta época de la que datan los primeros conflictos.

La preponderancia de esta raza atlántica se mantuvo casi durante toda la historia del Antiguo Egipto, perdiendo su fuerza a partir de Ramsés II, y finalmente desapareciendo con la dinastía kushita.

Hasta la etapa final de esta civilización, se mantuvo fuerte una albocracia, sustentada sobre una constitución política que separó el mundo africano del mundo egipcio. El Antiguo Egipto, no era una nación multiétnica, pues durante la mayor parte de su existencia conservó la distinción del pueblo dirigente, es decir la raza dinástica, que ocupó las clases superiores (aristocracia y casta sacerdotal principalmente), y por otro lado los siervos y esclavos, fundamentalmente africanos estos últimos. Durante la vigencia de esta constitución ninguna de estas etnias podía pertenecer a la casta de la otra, siendo imposible que un siervo pudiera ascender a visir, miembro de la corte o casta sacerdotal. La pertenencia a una casta se conformaba como un derecho de sangre, es decir racial.

Conforme la constitución político-racial, se va rompiendo, puntualmente al comienzo, consagrándose al principio de la meritocracia (como gracia o recompensa a los más leales y eficientes siervos de Egipto), y permitiéndose ascender a la raza africana y asiática a puestos elevados en el ejército y la política, y posteriormente de forma generalizada e indiscriminada (como después lo hiciera el Imperio Romano), el Antiguo Egipto acabó perdiendo su albocracia, y convirtiéndose en un estado africano, poniendo fin a su historia como primera civilización de la humanidad.

-La conquista de América.

En América la albocracia que hubiera podido desarrollar una civilización como la egipcia, no ha dejado rastros de su presencia, como tampoco en Egipto ha quedado huella uska salvo la dejada por las momias faraónicas.

Los restos del hombre de Kennewick, (de origen celta o protocelta), junto con las averiguaciones acerca de la conexión entre la cultura Solutrense y la cultura Clovis [19], nos pueden dar pistas sobre una humanidad bárbara, que un día fue descubierta por europeos rodeada de tesoros y conocimientos impropios de salvajes. También hablan las crónicas de hombres hechos Dioses, que enseñaron a los indígenas el arte de trabajar los metales, la agricultura, las ciencias y la medicina, la conciencia religiosa, escultura y arquitectura, la ingeniería, las matemáticas y la geometría, astronomía, orfebrería, el gobierno etc. Éstos tanto en la cultura azteca como maya, parecen ser la misma deidad, el mismo hombre. Unos lo llamaron Quetzalcoatl y otros Kukulkan, y cuentan que tanto él como el resto de su raza, vino del país de Azthlan (la Atlántida). Las crónicas mesoamericanas describen a los hombres de esta raza de forma similar a como son los occidentales, de alta estatura, tez y piel blanca o rosada, pelo claro, ojos claros, barba prominente, cabeza alargada y aplastada (índice mesocefálico o dolicocéfalo, que es la media de los españoles); completamente distintos en todo a los indios. Las deidades atlánticas de estos pueblos mesoamericanos son similares a  los dioses iberos como Mari o Sugar pudiendo como aquéllos adoptar forma de serpiente. En el caso mesoamericano sólo hay dioses masculinos, pues parece que son el símbolo de aquellos hombres cazadores y pescadores, herederos de la cultura Clovis, que llegaron a ser inmortalizados como héroes divinos.

Las crónicas de los conquistadores españoles, hablaban de una casta o minoría aristocrática mesoamericana, de aspecto europeo e incluso de cabello y ojos claros (rasgos totalmente desconocidos en los pueblos precolombinos). Otro Dios americano fue Tonatiuhtéotl o Tonatiuh, el cual fue identificado con el adelantado Pedro de Alvarado, por sus ojos celestes y pelo rubio.

Toda la religiosidad mesoamericana, se centra repetitiva y constantemente en el esperado retorno de los dioses atlantes, es decir en deidades masculinas, huidas y lejanas que habían dejado un vacío abrupto.


[18] El resultado de un estudio del perfil genético del faraón egipcio Tutankamon realizado por IGENEA, compañía que ofrece estudios genealógicos basados en el análisis de marcadores genéticos, establece un origen europeo occidental de la realeza egipcia. En dicho estudio se pone de manifiesto que el faraón Tutankamon, y sus antepasados, pertenecían al haplogrupo R1b1a2, uno de los más comunes en Europa Occidental. Este marcador no pudo provenir más que de los pueblos más remotos de Egipto, es decir de procedencia paleolítica.

En concreto, el haplogrupo R1b1a2 (que se corresponde con el marcador R-M269 ligado al cromosoma Y masculino) es el representativo de las poblaciones humanas de la Europa Atlántica, alcanzando frecuencias superiores al 80% en el País Vasco, costa oeste francesa, Bretaña e Irlanda. Así mismo, el haplotipo R1b en sus múltiples variantes alcanza frecuencias del 91% en vascos, 89% en galeses y del 81% en el caso de irlandeses, asturianos y gallegos, así como en los habitantes de la zona norte de Portugal.

Sin embargo, menos del 1% de la actual población egipcia presenta el marcador genético que define al grupo al que pertenecía Tutankamón. Esto quiere decir que el faraón estaba más emparentado con los actuales habitantes de la Europa Atlántica que con los egipcios contemporáneos.

[19]La cultura Solutrense y la cultura Clovis. Hipótesis Solutrense-Clovis, explica la primera migración transoceánica europea, llevada a cabo por el cromañón ibérico desde el Golfo de Vizcaya hasta Terranova y el noreste de Norteamérica hace 10.000 años; afianzada finalmente al norte de México. De esta forma se inicia el periplo americano de la raza uska y el primer poblamiento de seres humanos en América. Esta teoría demuestra las conexiones habidas entre la cultura lítica americana y la cultura solutrense. Fue inicialmente propuesta en 1998 por Stanndford y Bradley, y se complementó con el hombre de Kenewick de fisionomía europea y que data de la misma época en que se basa dicha teoría, y con los restos de hombres de aquella época de la Edad de Piedra encontrados en México cuyas características son también occidentales.


Pedro de Alvarado, conquistador español, deificado como el Dios del Sol Tonatiuh. Los mexicas consideraban a la raza española como los hijos del sol, dioses rubios y barbados fundadores de su civilización, de los que se esperaba su retorno.

Pedro de Alvarado, conquistador español, deificado como el Dios del Sol Tonatiuh. Los mexicas consideraban a la raza española como los hijos del sol, dioses rubios y barbados fundadores de su civilización, de los que se esperaba su retorno.

Los indígenas creían en una profecía que garantizaba el retorno de la raza sobrenatural de dioses-hombres que fundaron una parte importante de la civilización americana durante su férula. Es por ello que identificaron a los conquistadores españoles con la que llamaban raza del sol, a su vuelta del país del Este (origen de los hijos del sol y la sede del concilio de los dioses), de donde decían que procedía dicho prodigioso pueblo. Muchos españoles como Pedro de Alvarado, fueron identificados y se les conoció con el nombre de estos dioses americanos por parte de los pueblos precolombinos.

Al igual que ocurrió en Egipto, en donde la falta de princesas de raza uska, llevó al incesto sistemático, en América la falta de mujeres iberas y el reducido número uskos en comparación con una masa de población antagónica, hizo que los considerados como hijos de los dioses desaparecieran, dejando que se levantara una civilización a medio terminar; parada en el tiempo y esperando a ser descubierta. Al regreso de los atlantes conquistadores a América, la raza de los hijos del Sol, sería progresivamente aniquilada por el mestizaje con la raza india; de una forma similar a como les ocurrió a sus antepasados.

En México existe una conocida leyenda que cuenta la historia de Quetzalcóatl, y que al parecer fue decisiva para el transcurrir de la historia en tiempos de Moctezuma y de Hernán Cortés. De Quetzalcóatl se dice que llegó desde muy lejos –algunos decían que desde Europa o del Oriente-, que tenía la tez clara a diferencia de los aztecas, que era muy alto, tenía barba y portaba una túnica blanca. Además, se dice que este personaje se mantuvo entre ellos enseñándoles ciertas habilidades y ciencias, así como reglas y valores morales para sus vidas. El dios hermano mellizo de Quetzaocoátl, fue Xólotl, sincretismo del dios atlante ibero-egipcio Anubis. Xólotl o Anubis, fue representado tanto en Egipto como en Mesoamérica con cabeza de can. Este dios, fue señor y protector de la estrella de la tarde (es decir Venus o Hespero, nombre con el que se conocía a la Península Ibérica, también llamada Hesperia o Hespéride). Sincretimo también de Anubis-Xólotl, es el dios atlante Tubal, patriarca de los iberos y de la Atlántida, por tanto también de la estrella de Venus.

Hernán Cortés, fue en la mitología precolombina, la encarnación de una de las principales deidades venidas de Oriente, del país de Aztlán, a través del mar.

Hernán Cortés, fue en la mitología precolombina, la encarnación de Quetzalcóatl, el dios blanco y de metal, una de las principales deidades venidas de Oriente a través del mar, del país de Aztlán, el origen de las deidades reptilianas como Ladón, Sugar o Mari.

Si bien su aporte fue importante para el desarrollo de esta sociedad, se cuenta que fue sujeto de conspiración por algunos que no compartían sus enseñanzas, razón por la que Quetzalcóatl decidió alejarse de estos territorios. Pero antes de irse les advirtió que debido a la forma en la que lo habían tratado, sus hijos llegarían más adelante a esa región para dominarlos y de esta forma hacerles pagar por ello. Pasó el tiempo y el temor por el cumplimiento de la advertencia tenía asustados a los aztecas, sobre todo a Moctezuma, quien con poco tiempo en su reinado era testigo de ciertos presagios que parecían indicar lo inminente: el regreso de la sangre de Quetzalcóatl a los aztecas para cobrar venganza. Aparición de cometas y otros fenómenos naturales fueron sucediéndose cada vez con mayor continuidad como presagio de lo que estaba por venir, lo cual hacía que se ofrecieran sacrificios y ofrendas para que se aplacara la insoslayable ira de Quetzalcóatl. Fue Hernán Cortés quien se benefició con todo esto, pues se pensó que se trataba de un descendiente directo que venía a cumplir la profecía hecha hace algunos años atrás. La tez blanca de Cortés y sus hombres –similar a la de Quetzalcóatl- fue un punto de partida, además de muchas otras señales que los aztecas tomaron como decisivas para considerar al conquistador español como quien llegaba a cumplir venganza. En cierta forma, todo sucedió tal como lo predijo Quetzalcóatl. La crónica mexicana de Alvarado Tezozómoc, relata así aquella mañana en que Moctezuma II, es informado de la presencia en la costa de Veracruz, de seres muy diferentes a los méxicas.

Señor y rey nuestro, es verdad que han venido no sé qué gentes y han llegado a las orillas de la gran mar […] y las carnes de ellos muy blancas, más que nuestras carnes, excepto que todos los más tienen barba larga y el cabello hasta la oreja les da. Moctezuma estaba cabizbajo, que no habló cosa ninguna. Después de Grijalva arribó Hernán Cortés, y se creyó que éste era el dios Quetzalcóatl. Acerca de la llegada de este último, Sahagún nos dice que: Como oyó la nueva, Moctezuma despachó gente para el recibimiento de Quetzalcóatl, porque pensó que era el que venía, porque cada día le estaba esperando, y como tenía relación que Quetzalcóatl había ido por la mar hacia el oriente, y los navíos venían de hacia el oriente, por esto pensaron que era él…

El dios atlante Quetzalcó(atl) (obsérvese como el nombre de los dioses americanos acaban en atl, que son las primeras letras de la Atlántida) el , fundador y rey del Imperio Méxica, era el mito de una auténtica raza de estirpe uska, que dominaron y civilizaron durante un tiempo a los pueblos mesoamericanos, dentro de un sistema oligárquico como ocurrió con el Imperio Egipcio.

El dios atlante Quetzalcó(atl) (obsérvese como el nombre de los dioses americanos acaban en atl, que son las primeras letras de la Atlántida) el fundador y rey del Imperio Méxica, era el mito de una auténtica raza de estirpe uska, que dominaron y civilizaron durante un tiempo a los pueblos mesoamericanos, dentro de un sistema oligárquico como ocurrió con el Imperio Egipcio.

Muchos presagios funestos se habían presentado en aquellos días, y esto mantenía pensativo a Moctezuma. El tlatoani de Tenochtitlan se apresura a enviarle a Cortés varios obsequios, como los atavíos de algunos dioses, entre ellos los de Quetzalcóatl. Según fray Bernardino de Sahagún, las palabras de Moctezuma fueron: Mirad que me han dicho que ha llegado nuestro señor Quetzalcóatl. Id y recibidle[…] Veis aquí estas joyas que le presentéis de mi parte, que son todos los atavíos sacerdotales que a él le convienen… Lo que sigue es ya historia conocida. El tlatoani trata por todos los medios de alejar a Cortés y sus huestes, pero éste ha tenido buena acogida por parte de los totonacas y a poco encalla las naves, con lo cual toma la determinación de conquistar Tenochtitlan. Sin embargo, cabe preguntarse la razón del desasosiego de Moctezuma, pues el regreso de un dios tan importante más bien debería ser motivo de regocijo. El Códice Matritense (f. 191r) nos habla de otro retorno, el de Tloque Nahuaque, con el cual acabarían los tiempos. Dice así el texto: Ahora lentamente se va más allá el Señor Nuestro, Tloque Nahuaque. Y ahora también nosotros nos vamos, porque lo acompañamos a donde él va, al Señor Noche Viento, porque se va, pero habrá de volver, volverá a aparecer, vendrá a visitarnos cuando esté para terminar su camino la Tierra.

Otro ejemplo de dios atlante, descrito por la mitología precolombina lo vemos en el conquistador Francisco Pizarro, de dorada armadura, barbado y de ojos celestes.

Otro ejemplo de dios atlante, descrito por la mitología precolombina, lo vemos en el conquistador Francisco Pizarro, de dorada armadura, barbado y de ojos celestes.

Quizá este relato explique los temores de Moctezuma. En cuanto a Quetzalcóatl, ya vimos cómo al marcharse hacia el oriente después de abandonar Tula, se incinera en las orillas del agua celeste y su corazón se convierte en el lucero del alba. De todas maneras, resulta interesante la actitud de Moctezuma de alejar a los recién llegados. Las estratagemas para acabar con los conquistadores fracasan, y así, finalmente, Cortés y sus hombres llegan al corazón del imperio y son recibidos por el tlatoani. No sabemos si las palabras de recibimiento son parte de la retórica náhuatl o si, por el contrario, Moctezuma aún pensaba que realmente era Quetzalcóatl que regresaba. Las palabras atribuidas a Moctezuma, de acuerdo con Sahagún, son las siguientes: ¡Oh, señor nuestro! Seáis muy bien venido, habéis llegado a vuestra tierra y vuestro pueblo, y a vuestra casa México: habéis venido a sentaros en vuestro trono, y en vuestra silla, el cual yo en vuestro nombre he poseído algunos días[…] Esto es por cierto lo que nos dejaron dicho los reyes que pasaron, que habíais de volver a reinar en estos reinos y que habíades de asentaros en vuestro trono, y en vuestra silla; ahora veo que es verdad lo que nos dejaron dicho… Estas palabras parecen confirmar el pensamiento de Moctezuma en relación con los recién llegados. Prisionero del capitán español pocos días después, Moctezuma muere y su muerte es llorada por su pueblo. Posteriormente, primero Cuitláhuac y después Cuauhtémoc asumen el mando de Tenochitlan y los combates arrecian (el castigo anunciado por los dioses se cumple). Cortada el agua potable que venía de Chapultepec y sin tener manera de abastecerse de alimentos, los aztecas van debilitándose, pero aun así la resistencia es impresionante. Todo concluye el 13 de agosto de 1521. Cuauhtémoc es tomado prisionero y llevado frente a Cortés; ahí pide la muerte digna del guerrero con aquellas palabras que han quedado grabadas en la historia: -Señor Malinche, ya he hecho lo que soy obligado en defensa de mi ciudad, y no puedo más, y pues vengo por fuerza y preso ante tu persona y poder, toma ese puñal que tienes en la cintura y mátame luego con él-. Cortés lo perdona, con lo cual el sufrimiento del joven tlatoani debió de ser infinito, pues no se le concedía morir sacrificado, como correspondía a un guerrero, para acompañar al Sol. El retorno de los dioses había sido funesto. Con ellos traían otros dioses y otra manera de pensar. Callaban los sacerdotes de Huitzilopochtli para dejar la palabra a los sacerdotes cristianos.

Los nuevos conquistadores ibéricos, la mayor parte de ellos descendientes directos de los turdetanos atlantes de origen tartésico, eran sin duda para los méxicas los dioses de Aztlán. Las catastróficas consecuencias para la civilización precolombina, junto con las indeseables consecuencias de las muertes provocadas por la invasión, tuvieron un lado relativamente positivo, pues sin duda el que los españoles provocaran la muerte de indígenas evitó que los españoles se mataran entre sí, como en tantas otras veces ha ocurrido. Muchos soldados, asesinos y delincuentes, fueron llevados a América, evitándose así que se produjeran en España, los crímenes, violaciones y derramamiento de sangre que aquellos españoles convictos cometieron en América.

-Egipto y otras civilizaciones.

Si no conociéramos a la Dama oferente del Cerro de los Santos, sin duda pensaríamos que se trata de una figura egipcia. El nexo genético entre Hiberia y Egipto, dejó un sello irrepetible e inimitable.

Si no conociéramos a la Dama oferente del Cerro de los Santos, sin duda pensaríamos que se trata de una figura egipcia. El nexo genético entre Hiberia y Egipto, dejó un sello irrepetible e inimitable.

Tras la caída de la Atlántida, por los seismos e inundaciones que se sucedieron en la Antigüedad, y que barrieron su capital en una noche y un día, desde la región más al oeste de las columnas de Hércules, los atlantes que no perecieron o se organizaron después en la civilización tartéside, siguieron una ruta atlántica, ya bien conocida por ellos, luego legada a los fenicios, que les llevaría primero a asentarse en las Islas Canarias y fundar un primer reino insular atlántico.
Este archipiélago fue en tiempos remotos una colonia atlante y puente de lanzamiento hacia el continente americano. Con ellos estos atlantes llevaron piedras sagradas y estelas, algunas de las cuales fueron copiadas por otras culturas.
El final de la Atlántida es el origen mismo del mito sumerio del gran diluvio, adoptado por su propia cultura en un sincretismo que lo conectaba con el abismo racial de la gran Uskaria del Éufrates. Ese diluvio es luego transcrito en el Génesis, dando detalles de lo que conocemos como el arca de Noé (Ziusudra). Dicho mito es lo que queda de la leyenda atlante en su travesía atlántica y colonización del archipiélago, tras el diluvio que colapsó Atlantis.
Los atlantes conocían rutas marítimas por el Atlántico, que probablemente llegaban hasta el sur de África y al Índico. Estas mismas las siguieron los tartesios, quienes sabían donde encontrar los minerales que trabajan sus antepasados, e inicialmente reivindicaron su presencia en el Atlántico hasta alcanzar probablemente las costas del Índico. Conforme la influencia fenicia crecía, esa proyección atlántica fue perdiendo fuerza a favor de una asociación estable y permanente con el Mediterráneo. Para esta época los mitos de los atlantes circulaban desde Occidente hasta Asia, conformando y nutriendo los orígenes y leyendas de otros pueblos, que los tomaban como propios.
De este modo se conformaron mitos de pueblos que albergaban la idea, al igual que los gloriosos egipcios o los griegos, de detentar algún punto de conexión con un remoto origen atlante, y los mezclaban con los suyos propios. Todo en la medida que en la Antigüedad la Atlántida era el origen de todo, de nadie más que de sí mismos descendían los atlantes.
Los atlantes que llegaron al archipiélago canario dejaron su presencia en algunos pueblos encontrados allí por los españoles durante su conquista en el siglo XV.
El cronista Alonso de Espinosa, describe algunas tribus de guanches, como blancos, y a sus mujeres de pelo rubio. Estudios genéticos muestran halotipos europeos e ibéricos antes de la llegada de españoles, e igualmente la lengua hablada por algunas de dichas tribus se asemeja al ibero levantino, por lo tanto a las lenguas usko-mediterráneas, y con seguridad a aquella que en tiempos remotos hablaban los atlantes, la lengua de Osku.
Las colonias del archipiélago, conservaron las rutas de sus antepasados y se prepararon para buscar nuevas tierras y asentamientos. Siendo ya los propios atlantes muy capaces de haber llegado a América, antes que cualquier europeo moderno, las tribus canarias, descendientes suyos, lograron con seguridad el hito americano, llegando al Yucantán y fundando una nueva colonia atlante (el Egipto americano), origen y precursora de las civilizaciones mesoamericanas.

En un tiempo posterior, fueron tribus célticas las que pudieron colonizar partes de América del Norte y llegar a Mesoamérica, dejando acerbo cultural y lingüístico usko presente en el lenguaje americano precolombino y en la lengua dené-caucásica.

Otros símbolos importantes como los arquitectónicos han dibujado el mapa usko dejado por antiguas colonias atlantes. Así la pirámide, cuyo mayor exponente lo representa la civilización egipcia, también se encuentra en Mesoamérica e incluso han aparecido pirámides chinas levantadas en un pasado remoto, situadas en el entorno geográfico y religioso de las momias celtas del Tarim, donde desde tiempos ancestrales se conoce al pueblo que las erigió como sai, nombre relacionado con el pueblo sakii, que recuerda el origen de su patria escita.

Allá donde se encuentran restos arqueológicos o religiosos de civilizada humanidad, se encuentra más tarde o más temprano el paso de la raza atlante y de sus hijos. Cuando una civilización uska se posterga y finalmente se extingue, su destrucción física (etnológica) viene causada por la extinción de la sangre pura de sus pueblos. Una civilización y sus logros, por avanzados que éstos sean, no puede sostenerse sin un pilar biológico occidental. El ejemplo más claro lo tenemos en la caída del Imperio Romano y el origen de la Edad Media. Sin la base genética uska, nunca hubiera renacido Europa, desde la caída de Roma, donde los únicos restos de civilización hubieran sido los arqueológicos dejados durante el Imperio Romano, como arqueológicos fueron también los únicos restos de civilización que encontraron los españoles al entrar en América.

Ni en el Egipto faraónico, Mesopotamia o la Grecia Clásica, hubo un Renacimiento tras la desaparición biológica del linaje atlántico. En ningún sitio salvo en Occidente se produjo el Renacimiento, allí donde la sangre uska se retuvo. Conservando técnicas propias de civilización occidental, los indígenas precolombinos, corrompieron y barbarizaron lo que antaño sería una especie de Egipto de castas faraónicas. Extinguida la raza real, no quedó más que bárbaros, indígenas en su más cruda y salvaje libertad, con herramientas y tecnología propias de una civilización en ciernes, las prodigiosas pirámides aztecas (creadas a partir del mismo genio que desarrolló el Megalítico ibérico), símbolo de antiguos templos que en manos bárbaras servían para sacrificar a seres humanos, o las numerosas estelas halladas en estas civilizaciones americanas, siendo su origen las estelas protoceltas ibéricas.

Arte céltico tarteso, obsérvese la similitud existente entre esta y otras figuras ibéricas y el arte egipcio.

Arte céltico tarteso, obsérvese la similitud existente entre esta y otras figuras ibéricas y el arte egipcio.

Fueron los faraones de pura sangre uska como Ramsés II, los más conocidos y célebres, que gobernaron reinos más prósperos, levantaron las mayores obras egipcias y fueron admirados como dioses por sus súbditos. Por el contrario faraones de estirpe claramente africana, fueron pésimos y crueles gobernantes, sus ciudades fueron abandonadas y malditas, y fueron detestados por sus pueblos. Cuando una dinastía faraónica de linaje eberita, reinaba en Egipto, se establecía un sistema de casta extremo. Su finalidad era la de proteger la sangre de la dinastía, y conservar su pureza étnica, pues se entendía que eran dioses encarnados. La pérdida de su pureza con sangre nubia, suponía la pérdida de majestad y santidad. La preservación de la raza-casta eberita, llegaba al extremo de casar a padres e hijas, o hermanos entre sí, de no encontrarse a otros príncipes de la misma sangre racial. Eran plenamente conscientes de su diferencia con respecto al pueblo nubio y egipcio africano. En ello se basaba su castidad étnica, que representaba la razón de ser de su soberanía. La etnia daba sentido a su divinidad. Sólo un sentido étnico, puede dar una razón de ser a un sistema monárquico y hereditario. Sin el mismo, la monarquía se convierte en tiranía y ésta degenera en los resultados conocidos en el Imperio Romano. Qué otro sentido se puede dar a la sucesión monárquica de padres a hijos, sino el de preservar la casta o sangre de la dinastía. En el caso faraónico, ese sentido no se puede confundir con la mera preservación dinástica. La aristocracia egipcia tenía un verdadero concepto de la etnia, y sólo buscaban princesas o príncipes de su mismo linaje para formar uniones, o a quienes fueran de su sangre, a los que inmediatamente se ennoblecía, para el casamiento, toda vez que no existía el matrimonio morganático, dentro de la misma casta, pues la sangre era el único signo de realeza y divinidad. El fin verdadero era el de preservar Egipto, mediante la conservación de la casta de sus gobernantes. En el sentido étnico, se encuentra además, la esencia y origen de la filosofía y religión del antiguo Egipto. La castidad étnica faraónica, se fundamenta pues, en la finalidad última de preservar el trozo de civilización occidental levantada en el Nilo; esa especie de isla africana en medio de la nada. Sólo el linaje o casta, podía mantener el mundo egipcio. Sin ella nada permaneció, y sólo las ruinas o los restos de las pirámides, son lo que mantiene el recuerdo del Egipto ibérico.

También hicieron uso de la casticidad étnica los oligarcas de la Grecia clásica, cuyo origen se encuentra en los banakos (reyes) griegos y micénicos, y en el pueblo brigantino o brygio, ambos de procedencia ibérica. Banako era el título con el cual se designaba al rey de los pueblos griego, cretense y micénico, y también dicho nombre se empleaba para los antiguos reyes de Iberia y los señores de Pamplona; su significado proviene de la antigua lengua ibérica y es el de escogido por dioses.

En distintas épocas grandes reformistas han tratado de “occidentalizar” naciones y pueblos, como ocurrió con los emperadores de la era Meiji en Japón y Pedro el Grande en Rusia, tratando de acercar sus países a Europa y la civilización. Los primeros afianzaron Japón como la primera potencia asiática industrializada, mediante lo que se llamó “la búsqueda internacional del conocimiento” consagrada en la Carta de Juramento de 1868, que no era otra cosa que activar y dirigir una nación hacia el sistemático y obsesivo propósito de imitar y copiar la tecnología, cultura, política, religiosidad y economía occidentales como única forma de reflejar el concepto de gran potencia imperial.

Otro propósito similar fue el que impulsó el boyardo Pedro I el Grande en Rusia, mediante lo que se conoció como “la Gran Embajada”; ello recuerda a la expedición del griego Heracles a Hiberia, el robo de las vacas de Gerión y de las manzanas de oro, donde se deja ver la intención de explorar y conocer la avanzada tecnología y cultura que se encontraba al mediodía de la Hespéride (España). De esta forma el zar viajó por Europa, buscando asimilar la cultura y tecnologías occidentales para civilizar un país sumido en una perpetua Edad Media. Ni este ni ningún otro intento ha podido transformar a los rusos en europeos; nunca han sido considerados parte de Europa, y su apariencia y cultura  es la de un pueblo asiático (obsérvese la cara del dictador ruso Putin, la bestia china). Catalina la grande, comprendiendo la imposibilidad de hacer que Rusia se acercara a Europa, trató de traer Europa dentro de su imperio asiático mongol, promoviendo la colonización ucraniana por parte de compatriotas alemanes. Toda la brillantez y esplendor que consiguió Rusia fue a manos de occidentales, como Catalina la Grande, que inundó de occidentales su corte, entre ellos el ingeniero holandés Franz de Volán, el duque de Richelieu, o el militar y político español Jose de Ribas, fundador de la ciudad de Odessa (Ucrania).

La genialidad de los rusos es escasa, sólo de siglo en siglo, aparece algún Tchaikovsky o un Dostoyevski, casi como un pequeño milagro estepario, fruto sin duda alguna del caudal genético dejado por un residual R1b procedente de los escitas milesianos y su primo el R1a. Ello obviamente no se circunscribe a Rusia, sino que atrapa a casi toda Europa del Este y buena parte del centro (la Euromongolia, los hijos del Huno). La realidad de todos estos pueblos a la cabeza de los cuales se encuentra, además de los ex-estados soviéticos, Finlandia, país prácticamente antagónico a Occidente y casi esquimal, es la de una división cultural y étnica de pueblos distinguidamente no europeos. El resultado que ha dado la historia de la Europa oriental, es un empeño de tratar constantemente y a lo largo de varias épocas, de aparentar lo que no se es, y creerse en una relación de directa identidad con la civilización occidental a la que no han contribuido en nada. También es posible que dicho sentimiento fuera afianzándose mediante los períodos en que Rusia, y en general la Europa del Este, fuera dirigida por reyes, cortes o gobiernos occidentales. Sin embargo todo el empeño fue inútil, la cercanía y la cultura nunca pueden sustituir a la sangre. La historia reciente del este de Europa ha dado muestras evidentes de un orgullo no occidental (algo impensable en otro momento); sin embargo, lejos de traducirse en valores sociales y de libertad, muy al contrario, fueron intensificándose los sentimientos paneslavistas, militaristas y nacionalistas brutales que originaron guerras civiles y mundiales, que  han dejado al mundo eslavo, roto, atrasado y marginado por completo. El Este de Europa ahora se aleja en su historia reciente de Occidente, y con ello poco a poco lo ha estado haciendo también de la civilización.

Rusia ha tenido históricamente dos espejos en los que mirarse, uno al oeste, siendo cuando lo ha hecho, los momentos de mayor progreso y civilización; otro, en un ejercicio introspectivo, normalmente buscando la unión paneslavista, volviéndose progresivamente tan bárbara como su antepasado Gengis Kan.

Sin estas intervenciones directas de Occidente en la política de Rusia, ésta nunca hubiera dejado de ser una tierra llena de principados cosacos y mongoles, un mundo en definitiva, plenamente asiático.

Los recientes estudios genéticos de población, nos revelan que la nación rusa muestra elementos mongoles, lapones y orientales  en mayor proporción que el resto de naciones eslavas. En torno a los Urales, quedaron antiguas poblaciones escitas o uskcitas, actuales pueblos baskires (vascos de los Urales), que concentran unos porcentajes superiores al cincuenta por ciento del haplogrupo R1b.

Existe una notable separación étnica entre el Este de Europa y el Occidente. Esto podría estar además relacionado con las diferencias existentes en el ámbito cultural, que establece en Europa tres grandes grupos (el oriental, centro y occidental). Las culturas del Este, estarían representadas por los pueblos eslavo-túrquicos, las occidentales por aquellas naciones que se formaron en base a los pueblos célticos y uskos, desarrolladas a partir de las fronteras del Imperio Romano de Occidente, y por último las culturas de Europa Central, que vendrían a ser un tránsito entre las culturas del Este y el Oeste, cuya influencia de esta última parece vencer a la primera.

En otras regiones remotas como en el África subsahariana, también hay poblaciones nativas que concentran altas proporciones de dicho haplogrupo. En el África subsahariana, en torno a Chad y Camerún, han existido unos pueblos admirados por el resto de la población. Tenían entre sus costumbres no mezclarse con gente de fuera, y eran considerados como una aristocracia de la que se conocían leyendas que establecían un origen mítico y casi divino. Algo parecido a la oligarquía del antiguo Egipto. Fulani, Hausa y Ouldeme, son el nombre de estos pueblos legendarios, que ahora se confirma que descendieron remotamente de antiguos uskos pertenecientes al haplogrupo R1. En sus caracteres físicos hay ciertas particularidades y diferencias con respecto al negro puro, rasgos apreciados por el resto de la población no como algo exótico o raro, sino noble y superior. La extraña situación de esta isla humana, rodeados completamente de etnias africanas con predominio absoluto del Haplogrupo Ex, (el HE3b occidental), nos muestra una remota senda trazada por los primeros antepasados de los uskos que abandonaron Iberia.

Desde Iberia salieron cromañones, antepasados del R1, atravesando una península situada dentro de un continente congelado, pasando a través de las columnas de Hércules, al continente africano. Estos hombres atravesaron al Atlas en dirección a Burkina Faso. Un Sahara, menos desértico y extremo, les permite continuar la marcha hacia el antiguo vergel chádico, donde encuentran condiciones de vida saludables y abundancia de alimento. Otra teoría basada en datos filogenéticos, apunta al Sinaí como otro paso de la raza de cromañón hacia Asia.

mapasfEl hecho que permitió a Europa consolidar su raza, se encuentra en la glaciación de Würm (última edad de hielo 100.000-a-10.000 años), que aisló la población protoeuropea durante miles de años. La glaciación provocó la abrupta expansión de Fenoscandia desde el Ártico hasta el Atlántico, absorbiendo y uniendo Rusia, Escandinavia, Islas Británicas, Centroeuropa y norte de Francia, por medio de la congelación del estrecho de Dover y la bajada del nivel del mar, uniendo Irlanda y la región de Bretaña. El resto hasta los Pirineos, los Alpes, y los Balcanes respectivamente se convirtió en tundra desértica. La gran glaciación, tuvo su apogeo hace 20.000 años (el Würm II), y supuso la concentración y aislamiento de los grupos humanos en los distintos continentes. De este modo pudieron los beringios, llegar a Alaska desde Kamtjatka o los aborígenes asentarse definitivamente en Oceanía. En esas condiciones, se irían asentando las poblaciones, terminando con el nomadismo; conduciéndolas y asentándolas definitivamente.

En Hiberia y en los Balcanes respectivamente se concentraron las futuras poblaciones de Europa. De este modo se define la más grande de las épocas y mejor etapa de la historia jamás contada sobre la península que acogió a la Atlántida, la raza de Cristo y el remanente de Occidente. La mejor parte de la historia de Iberia está en su prehistoria.

Expansión del Hr1B, tras la glaciación de Würm

Expansión del usko, tras la glaciación de Würm

Gracias a esta edad de hielo, la población occidental pudo conservarse, aislada de Asia y del resto de razas que se fueron formando.

El antiguo ibero perteneció a un linaje enteramente puro como el diamante; poseía una constitución genética propia y diferenciada, sólo matizada tras su dispersión por los distintos subgrupos o halotipos que se fueron formando. Esto es la explicación de porqué los actuales españoles, no tanto los portugueses, conservan un setenta por ciento de media en la frecuencia de este linaje ibérico, a pesar de haber sufrido constantes visitas e invasiones debidas a su posición geográfica. A pesar de ello y gracias a la expulsión de poblaciones de africanos y mediterráneos, zonas tan importantes como Andalucía o el Levante, rebajaron considerablemente la influencia e incidencia extranjera. Basta ver en Granada como la frecuencia del linaje árabe (haplogrupo E), sólo alcanza el seis por ciento, mientras en Sicilia y zonas del sur de Italia, alcanza el veinticinco por ciento.

Los iberos glaciares se asentaron en torno al río Ibaiber (Ebro), el primer edén y cuna verdadera de Europa. En esta zona se encuentra la mayor concentración de los haplotipos H3 y H1 mitocondriales del mundo. En general el Haplogrupo H, se encuentra en una frecuencia que supera el cincuenta por ciento tanto en Iberia como en el resto de la Europa occidental. Esta frecuencia se reduce a casi anecdótica en el norte de África (en torno al 12 por ciento de máxima) y en Asia (hoy día casi inexistente). Estos halotipos H1 y H3, se originaron entre los valles de Dordoña e Hiberia, y conforman el linaje maternal mayoritario peninsular.

Haplogrupos H1 Y H2 mitocondriales, que testimonian el centro de asentamiento que supuso el Ebro en la prehistoria europea.

Haplogrupos H1 Y H3 mitocondriales, que dan prueba del centro de asentamiento que supuso el Ebro en la prehistoria europea.

Tras el Würm III, los eberitas (padres de las naciones celtas), se expandieron por Irlanda (milesianos), Escocia, Gales, Bretaña, Francia, y por último a través de Europa a Alemania, Escandinavia y los confines de Rusia. De esta forma sus linajes R1b y H, son básica y genuinamente europeos, pues todos los pueblos de Europa comparten en mayor o menor medida dichos linajes, encontrándose en Occidente sus grandes reductos y reserva natural.

Triángulo ibérico del HR1b.

Triangulación del HR1b en España, se puede observar como las zonas más oscuras son las de mayor frecuencia.

Triangulación del HR1b en España, se puede observar como las zonas más oscuras son las de mayor frecuencia.

Aunque los pobladores autóctonos de España en su conjunto no puedan ser considerados como miembros de una raza pura, lo cierto es que en toda Europa continental, a excepción de las Islas Británicas, no se encontrará a gente ni más íntegra ni más pura genéticamente, pues por sus venas corre el mayor flujo y frecuencia de sangre paleoeuropea que se pueda hallar en el mundo. Quizá sea esto a consecuencia de que Iberia fue en un sentido ancestral la nación “matria” de los uskos, y el  resto de naciones uskaras colonias. Ni en la propia Francia, tierra de los Galos, puede encontrarse celtas más puros que los que viven al norte y este de Iberia. La moderna posibilidad de llevar a cabo estudios genéticos de población ha llevado a un necesario replanteamiento de la clasificación étnica del Comité interinstitucional para el estudio de los estándares raciales y étnicos de EEUU.

Aún así este argumento consuela poco teniendo en cuenta que de aquí a cien años cualquiera podría pensar lo mismo, pero en una España en la que sólo quedara un cuarenta o a lo sumo un muy generoso cincuenta por ciento de sangre uska; puesto que en el resto de Europa fruto del mestizaje no se llegaría ni al treinta.

Los análisis de población reflejan un triángulo formado en España, en base a la frecuencia genética paleoeuropea, teniéndose para ello en cuenta los estudios genéticos que se han ido realizando por las principales universidades y centros de investigación desde principios de los 2000, recientemente ampliados por las universidades de Oxford y Leicester en Reino Unido, y Standford e Illinois (USA), y publicados en numerosas revistas científicas. Analizando un mapa genotípico de la península, podría decirse que existen principalmente tres vértices que alcanzan frecuencias de R1b similares a las de Irlanda; mientras que las poblaciones del resto de regiones podrían ser consideradas descendientes de los primeros; siendo igualmente poblaciones intensamente uskas pero menos indemnes. El vértice se encontraría en el Levante, y su base entre las regiones orientales del Cantábrico y el este de los Pirineos, coincidiendo con la Tarraconense, siendo su bisectriz el meridiano de Greenwich.

El primer núcleo se encuentra en torno a la región cantábrico-pirenaica. Son las tierras originarias de asentamiento de los pueblos vasco, autrigón, caristio y cántabro. El mismo tiene su centro en Navarra, donde se encuentran las frecuencias más altas (92 por ciento de R1b). Este núcleo irradia en sentido occidental, sur y este. En el primero, principalmente hacia Galicia y norte de Portugal. En sentido oriental pirenaico hasta Cataluña, y hacia el sur, a la Rioja y región aragonesa (la Celtiberia).

El segundo núcleo en importancia se encuentra en Cataluña (cuyo nombre proviene al igual que Andalucía -atalandu- del epónimo atlante C-atalonia), la tierra de asentamiento de los sordones, indigetes, laietanos, cessetanos, lacetanos, ausetanos, y ceretanos. Las frecuencias más altas rondan el ochenta y seis por ciento. En ese sentido equivaldrían en intensidad a la región vasca y cántabra. En general superan el ochenta por ciento y en todos los casos el setenta. Por ello en importancia se encuadra como el segundo de primer nivel o triángulo ibérico.

El tercer vértice o núcleo, probablemente igual de ubérrimo que el pirenaico oriental, lo representa la región del Levante o zona de repoblamiento y el este de Andalucía. Su centro se encuentra en la región de la diosa romana (Murcia), y de ésta se irradia hacia el norte, sur del levante y este andaluz, llegando por el interior a Castilla-La Mancha. Los pueblos que lo habitaron son irrelevantes hoy, puesto que de ellos tras la reconquista cristiana de la Edad Media sólo quedó un levante despoblado, siendo repoblado posteriormente por aragoneses, catalanes y navarros. La huella genética de los bastetanos y deitanos en principio se perdería casi por completo en el proceso de la Reconquista y repoblamiento posterior. En este núcleo levantino, se supera generalmente el setenta por ciento de Hr1b, llegando fácilmente al ochenta.

Más al norte de la tierra ocupada por los bastetanos y deitanos, entre la actual Castilla-la Mancha y las estribaciones de la Sierra Morena, se encontraba la Oretania Germania (de antiguo la periferia tartésica), constituida por iberos y celtas de orígenes germanos (oretani germani), probablemente teutones. Dicho pueblo protagonizaría una dura resistencia contra los cartagineses, hasta que finalmente la princesa oretana Himilce, se casa con Aníbal (perteneciente a la dinastía uska de los bárquidas), poniendo fin a la guerra y uniendo la Oretania Germania al Imperio Cartaginés.

Mediante el triángulo podemos establecer tres categorías o niveles. Los de primer nivel o incidencia, serían los conformados por los vértices del triángulo. El navarro, catalán y levantino, serían regiones donde sus pobladores endémicos, con la particularidad levantina, formarían una constitución  genética en situación casi idéntica a los primeros descendientes del cromañón, es decir los Utskos o Eberitas. Éstos serían el pueblo originario de Europa, que protagonizó la expansión del Würm III-V o final de la glaciación. En el segundo nivel, se encontrarían los pueblos intertriangulares, es decir las regiones intermedias, Aragón, Valencia, Castilla la Mancha (el antiguo territorio del pueblo celtibero de los castellani). Estas regiones estarían habitadas por los descendientes de los primeros, y obtendrían unas frecuencias ligeramente inferiores o menos intensas.

Observando el mapa genético español, es difícil encontrar un aporte a tener en consideración de genética africana, siendo residual y prácticamente inexistente del centro a este de la Península. Los linajes patrienales de origen africano no superan en ningún estudio la décima parte. En cuanto a los maternos están ausentes incluso de Portugal.

Sánchez Albornoz decía respecto al número de árabes que “aun sumando generosamente todas las aportaciones de masas humanas orientales llegadas a España, nunca podremos llegar a los 40.000 hombres, y tengo por seguro que en realidad su número no sobrepasó apenas el muy reducido de treinta mil, mínima e insignificante cantidad para pasar sino como una oligarquía entre los millones de hispanos que habitaban a la sazón la Península.” Los resultados recientes de varios estudios genéticos, confirman que Albornoz no andaba lejos. Uno de ellos,  el estudio de población de la universidad Standford de California, establece en un 7% la influencia dejada por los africanos en España. Otros estudios posteriores reducen incluso esta cifra a 6 y 5 por ciento el aporte africano en la Península Ibérica, concluyendo con términos de irrelevante e inexistente en términos globales dicha aportación. No es posible considerar europeo a aquel individuo que pertenece al haplogrupo E, y cuyos rasgos son evidentemente norteafricanos, siendo para mí descendiente del extranjero invasor musulmán.

Tipos de R1b en España y Portugal y comparación genética con los pueblos norteafricanos y sefardies. Nótese la diferencia entre España y sur de Portugal, siéndo esta última región de influencias más marcadamente africanas y semíticas, sobre todo si se compara con el este penínsular. Obsérvese también la absoluta ausencia de linajes africanos en las regiones cantábricas orientales, y su escasez en general en la mitad este peninsular (Aragón, Castilla La Mancha, Murcia y este de Andalucía), donde no supera en ningún caso el cinco por ciento.

Tipos de R1b en España y Portugal y comparación genética con los pueblos norteafricanos y sefardies. Nótese la diferencia entre España y sur de Portugal, siendo esta última región de influencias más marcadamente africanas y semíticas, sobre todo si se compara con el este peninsular. Obsérvese también la absoluta ausencia de linajes africanos en las regiones cantábricas orientales, y su escasez en general en la mitad este peninsular (Aragón, Castilla La Mancha, Murcia y este de Andalucía), donde no supera en ningún caso el cinco por ciento.

Otras zonas intermedias, aunque fuera del triángulo, son Galicia y el Cantábrico occidental. Por último, el tercer nivel, de menor intensidad, comprende las regiones de Andalucía oriental, Extremadura y Castilla y León. Su incidencia disminuye conforme nos acercamos a la frontera con Portugal.

Si incluyéramos a Portugal, estableceríamos todavía un cuarto nivel, si bien lo propio, sería descatalogar al sur de este país peninsular, por su baja incidencia de R1b para ser una región ibérica. El norte de Portugal, guardaría una proximidad con Galicia, y su frecuencia podría llegar fácilmente a superar el sesenta por ciento de Hr1b. Sin embargo, las distintas realidades genéticas han formado además de una frontera política, existe una barrera genética y étnica entre España y sur y centro de Portugal. Quizá influyera el hecho de que los africanos y judíos expulsados de España llegaron en buena parte a Portugal, que estaba despoblado por las guerras. También, seguramente, el que oleadas de africanos esclavizados por portugueses, se quedaron en el país. El resultado es evidente, basta con ver la actual selección nacional portuguesa de fútbol, sin mayor comentario. La herencia africana y semita en conjunto forman entre el cincuenta y el sesenta por ciento del porcentaje de los portugueses del sur, y más del treinta del conjunto total de los portugueses. Esto introdujo en el país una enorme cantidad de genes somáticos alóctonos, que ni el paso de los siglos ha podido borrar. Podríamos decir que los portugueses del norte, son los únicos portugueses que quedan ya, el único vestigio céltico lusitano del mundo y finales habitantes de la Portugalia (el puerto de los galos). En el caso portugués habría que decir que la diferencia es tal, que un irlandés, genéticamente se asemeja más a un español medio, que un español a un portugués del sur. No digamos ya aquellos españoles que se encuentran en lo que llamamos triángulo de primer nivel. Quizá el portugués medio, se asimile más a lo que sería un judío sefardita.

Portugal, que en tiempo unos pocos uskos elevaron por encima del resto de las naciones de Europa, y que durante siglos escribió la historia universal, ahora queda reducido a la irreversible y perpetua ignorancia, y casi al borde del tercer mundo, en un devenir histórico similar al griego. Lo deseable sería reforzar e intensificar las relaciones y alianzas con el norte de Portugal, más nunca con el centro o sur afroasiático, aunque para ello lógicamente se hubiera también de fomentar una demarcación o separación entre ambas partes distinguibles de dicha nación.

En origen Portugal fue una de las regiones más intensamente uskas del mundo. Las especiales consideraciones de la lengua antigua lusitana, como también lo fuera la vasca, deja todavía perplejidad en la antropología. Sus caracteres lo determinan como una lengua originaria, precéltica. Es decir no es que los lusitanos fueran una rama más del tronco común celta indoeuropeo, sino que eran una de las estirpes o tribus originales de los celtas, aunque a diferencia de lo considerado hasta hace poco tiempo, su ubicación no se encontraba en la Galia o en las Islas Británicas, sino en el corazón de Iberia. El idioma lusitano deja prueba de ello, siendo así no una de las familias de lengua celta, sino la lengua hermana del protocelta, dejando en evidencia donde se encuentra el origen mismo de esa cultura europea que también vio nacer el megalitismo en sus comienzos. En este sentido si hoy día pudiéramos encontrar a lusitanos puros en algún rincón de España o Portugal, serían un vestigio tan extraordinario y milagroso como el del pueblo vasco, siendo su genética tan abruptamente uska como la de éstos, y su idioma un prehistórico vestigio insólito para la historia.

Los actuales descendientes de este pueblo, (fundamentalmente los portugueses y extremeños), en origen formado por los originales padres de los celtas, no conservan más que entre un cuarenta y un poco más de cincuenta por ciento de la sangre de sus ancestros. En concreto los portugueses modernos, del centro y sur, en términos genéticos, vendrían a tener el equivalente a un abuelo africano y otro semita. Esta circunstancia que pudiera ser a simple vista apreciable, sobre todo en el caso portugués, ha quedado demostrada a través de recientes estudios genéticos de poblaciones autóctonas modernas. En el mapa del índice cefálico de Federico Olóriz, se refleja como en las regiones más occidentales de la Península Ibérica, y en España, especialmente en buena parte de Galicia, Cantabria, Huelva o Cádiz, hay un cambio en la forma craneal que descubre una influencia asiática o ugra laponoide (quizá restos de la raza de Grenelle), mientras en el resto de regiones predomina un mismo índice mesocefálico (entre  76 y 78), igual al de los cromañones, también dominante en las Islas Británicas y zonas de Escandinavia.

La diferenciación que marca la cranea étnica en Europa, es posterior a la expansión neolítica y mesocéfala de los primeros pueblos ibéricos, y se produce por mezcla de determinados pueblos de las Galias de origen usko, con elementos laponoides (braquicéfalos), cuya representación más pura se encuentra en los Alpes occidentales. Ese elemento úgrico o eslavoide y braquicéfalo, está prácticamente ausente en las poblaciones uskas de origen (Península Ibérica e Islas Británicas), siendo más intenso en el resto de la Europa continental conforme se avanza hacia el Este (regiones gálicas, Germania, etc.).

iberos

La medición del triángulo podemos extrapolarla al resto de Europa, catalogando zonas de primer nivel, luego zonas intermedias o de segundo, y por último terceras o cuartas. Antes de seguir cabría aclarar qué es exactamente lo que se está midiendo. Partiendo de la base que el marcador de referencia utilizado es el Hr1b, y que, como hemos visto y veremos, es el que define la etnia occidental protoeuropea y endémica diremos pues, que la medición que formulamos, es la condición de europeo originario y genuino; es decir la mayor medida o cantidad de europeo que genética y biológicamente se es, y por tanto, en sentido contrario, aquel individuo que por ausencia de lo dicho, no pertenece a este grupo étnico o linaje humano.

-Europa occidental.

Seguimos ahora la frecuencia en escalas del continente. Para ello, en primer lugar tomamos en consideración las frecuencias más altas de Europa, que a la sazón, son también las del mundo.

Tipos de R1b en España y Portugal y comparación genética con los pueblos norteafricanos y sefardies. Nótese la diferencia entre España y sur de Portugal, siéndo esta última región de influencias más marcadamente africanas y semíticas, sobre todo si se compara con el este penínsular. Obsérvese también la absoluta ausencia de linajes africanos en las regiones cantábricas orientales, y su escasez en general en la mitad este peninsular (Aragón, Castilla La Mancha, Murcia y este de Andalucía), donde no supera en ningún caso el cinco por ciento.

Los milesianos y brigantes ibéricos, fueron los antepasados de los irlandeses, galeses y escoceses. La ciencia y genética, han demostrado lo que relataba la mitología celta.

En primer término nos encontramos un úberrimo remanente en la costa atlántica (las antiguas naciones celtas). Irlanda posee, junto con Gales, Escocia y la Armórica, las mayores frecuencias que existen, y que pueden llegar a superar el noventa por cien.

La mitología irlandesa clarifica el origen de los pobladores de Hibernia (Irlanda). Cuenta ésta, que fue, Míl Espáine o Golamh Milidh (Golam el destructor), procedente de la región de Galicia (Iberia), y perteneciente a los goidélicos, y sus descendientes quienes poblaron Irlanda. Milidh (apodo en irlandés de destructor o exterminador), fue rey de Osku (Iberia), y su nombre se debía a que sus hijos exterminaron todo lo que había antes de su raza en Irlanda.

Los actuales irlandeses vendrían a ser el resultado de la extensión y expansión de los milesianos goidélicos, brigantes, pictos y escotos de origen ibérico por Irlanda, Gales, Escocia y por el resto de Inglaterra. Los resultados genéticos vienen a confirmar el hecho mitológico, convertido en relato histórico.

Goidel Glas, el patriarca de los gaélicos y uno de los padres mitológicos de los celtas, cuenta la leyenda irlandesa, que fue hijo de Neolus, uno de los reyes de Grecia (Los reyes griegos, sus fundadores y sus dioses eran de una estirpe ancestral uska, y por tanto fueron antepasados de los celtas y celtoescitas). Famoso en la Antigüedad, Golam o Miles, también relacionado con Breogán, uno de sus antepasados de Iberia (la tierra de origen de los dioses griegos), dio nombre a Miletópolis (Olbia), la primera colonia griega en Escitia, en donde se sabe que llegó a reinar en el trasncurso de un legendario viaje que lo llevaría de retorno a la tierra de sus ancestros en Hispania  (Osku).

Cécrope, el primer rey de Atenas, representado como una serpiente (al igual que el dios ibero Sugar), es según la mitología irlandesa antepasado de los milesianos, y perteneciente a un linaje real tan antiguo como la de sus parientes los faraones egipcios o los reyes escitas. Este rey sería el antepasado de Goidel Glas (Miles), y de la mayor parte de la realeza griega, etrusca, escita e israelita. Goidel, entra en la corte del faraón y se casa con su hija Scota (todas las princesas dadas en matrimonio a los escitas son llamadas Scotas). Tras la revuelta de los etíopes y las plagas, se exilian de Egipto con la piedra de Scone (Jacob), a su patria de origen Osku (España). El Lebor Gbála Érenn, le nombra como Míl Espaine (el soldado de Hispania).

“La flota de los hijos de Miledh en el océano desde España en claros barcos, tomó, no es necesario decir mentira, los campos de Irlanda en un día”.

Los tuatha, serían los últimos habitantes que encontraron los iberos al llegar a Irlanda, siendo finalmente aniquilados por los hijos de Míl de España (los milesianos), hace unos cinco o seis mil años. Uno de los pueblos que anteriormente llegó a dicha tierra, pero fue diezmado por la peste, fue el de Partholon. La mitología irlandesa relaciona este pueblo, al que sitúa en origen en Iberia, con los remotos pobladores de Grecia, (hermanos de los primitivos griegos), y con el reino caucásico de Iberia y Escitia. De este modo se cuenta como los brigantes (de la estirpe de Eber, descendiente de Noé), antepasados de los milesianos, partieron desde Iberia a Escitia, a conocer el reino de sus parientes de Oriente. En su regreso de Escitia, se sabe que estuvieron en Egipto, Creta y Sicilia, todos reinos de sus parientes uskos. Míl era nieto de Breogán, fundador de la ciudad de Brigantia (La Coruña), donde se levantó la Torre de Breogán (ubicada donde la torre de Hércules). Según el Libro de las invasiones de Irlanda, Bile, padre de Míl, sería el jefe del pueblo de los Gaeidil, siendo conocido por sus conquistas en España. Su hijo Miles (Golamh), a la mayoría de edad, viajó como otros de su raza, a tierra de los escitas griegos, sus hermanos, dándose a la colonia griega en Escitia el nombre de Miles (Miletópolis), conocida posteriormente también como Olbia. También Mileto, ciudad de Jonia, lleva su nombre, a la que posteriormente se le atribuye el personaje de Mileto (reinvención griega del mítico rey Miles). El rey de los escitas, del mismo linaje que Miles, le entrega a su hija Seng, en matrimonio, con la que tiene dos hijos. Sin embargo con el tiempo teme el poder del hispano, y lo desafía en un duelo a muerte. Tras matar al rey de Escitia, Miles deja a su mujer en el lecho de su padre y se marcha con sus hijos y sus seguidores de regreso a Iberia. En la travesía Miles o Hispán, llega a Egipto, la tierra de sus parientes los faraones. El faraón Nectonebus, acogió al hispano, y Golamh vivió en su corte durante ocho años. Se casó con la pricesa Scota, hija de Nectonebus, con la que tuvo dos hijos, Emher y Aimirgin. Después continuaron su regreso a Iberia, hacia Brigantia. Cuando arribaron a la ciudad, ésta se encontraba vacía, su fundador había muerto, y sus habitantes huyeron a lugares más seguros. Miles refundó la ciudad, volviéndola la capital del reino. Junto con sus seguidores reconquistó su reino y afianzó su poder. Las tribus de la península lo elegirían su rey. Sus hijos conquistarían y poblarían Irlanda. Para mayor testimonio del origen mítico de los pueblos irlandeses, está el nombre de Irlanda, proveniente de la palabra protogoidélica Iveriu o Iweriu, es decir Iberia.

El origen protocelta de Escocia, como hemos dicho, también es ibérico. Los pictos o pintados, llamados así por los romanos por sus pinturas de guerra, son los hombres del hierro y del bronce que entraron hace casi diez mil años en las Islas Británicas, provenientes de las costas cantábricas. Las recientes pruebas de ADN relacionan estrechamente a este pueblo con los vascos y en gran medida también con el resto de pueblos iberos. El nombre de Escocia, relacionado con el del legendario pueblo escita, proviene de la desconocida Uskaria (el país de los uskos).

-El matriarcado.

Son varias los sistemas e instituciones militares, religiosas y sociales comunes en la historia antigua de los uskos iberos y sus hijos de Irlanda y Escocia. El más antiguo y afianzado fue el modelo matriarcal.

El matriarcado es la representación más extendida del modelo social primigenio de los pueblos uskoceltas. Fue común en la Península Ibérica, Galia, Islas Británicas, es decir en el solar o patria natural de los uskos. Donde según las fuentes clásicas se desarrolló dicho sistema, se puede determinar que era el solar o patria natural de los pueblos uskos. En las zonas menos occidentales, en donde se empezaron a desarrollar los patriarcados, se extendían poblaciones guerreras o coloniales que empezaban a ser mestizas, permeables por tanto a las culturas afroasiáticas. Sin embargo en un origen también los pueblos de Italia, Grecia, Egipto, Escitia y Sumeria fueron matriarcados. En Uskaria (Sumeria), se desarrolló desde la fundación de sus primeras polis como Ur, en donde se adoraba a la diosa Inanna, el modelo matriarcal uskocélltico. Dicho sistema social no fue incorporado por ningún pueblo foráneo, sino que lo traían las primeras poblaciones uskas (asiánicas) en poblar el Éufrates. Los semíticos (amorreos y acadios), procedentes de las razas del desierto árabe, trajeron su sistema patriarcal al momento de acontecer un proceso invasivo y de reducción de la población uska sumeria, erradicándose totalmente el matriarcado original. El mismo destino correría Escitia, conforme las poblaciones eslavas y asiáticas túrquicas iban extendiéndose por la estepa póntica.

El modelo social del matriarcado de tipo céltico, originado en Iberia y extendido en Irlanda, se baso no en la superioridad de las mastriarcas, sino en la igualdad de hombres y mujeres, asignando un papel destacado en cuanto al mundo espiritual, sagrado y religioso se refiere a la mujer (sacerdotisa y diosa representada en las culturas ibéricas mediante la escultura de la dama oferente), quien además de guerrera amazonas, detentadora de su pueblo y de su raza, era la encargada del cuidado de los niños y ancianos, campesina y administradora económica, además de regir el sistema matrimonial de la gens o clan, basado en los lazos tribales de sangre, normalmente entre primos en grado. Una representación ancestral de la igualdad reinante en la familia matriarcal, es la institución de la covacha, en donde el padre debía simular el parto, tras el alumbramiento de la madre (símbolo o bautismo racial del clan). En la cultura céltica irlandesa se hablaba de los -geis- o geasas, que eran votos sagrados, normas de conducta o comportamientos, puestos por las mujeres a los hombres.

En el matriarcado el país, la nación, la raza, se representa con dos elementos por igual, sin predominio de uno sobre el otro, y por tanto inseparables del concepto de pueblo. La mujer, amazonas, es protectora, no se aventura fuera de sus fronteras, manteniendo un sistema uxorilocal (férreo núcleo familiar, asentado y localizado territorialmente), sus preferencias sentimentales o sexuales, no rebasan el horizonte de su nación, y en un matriarcado son ellas las que deciden y acuerdan unirse al compañero y esposo más cercano al clan familiar. La mujer matriarcal o céltica, defiende su territorio como amazona, pues no puede alejarse del mismo como para conquistar o dominar como el guerrero, de ella dependen los niños y los ancianos. Lo más importante y sagrado en una sociedad matriarcal (en sentido céltico) es el producto de la mujer, es decir la sangre, la familia y la etnia. Esto último no se entiende como el patrimonio de la cabeza de familia, sino como la esencia en la que se fundamenta la vida e incluso la muerte.

El patriarcado se impone a través del rey guerrero invasor que somete con su horda al pueblo conquistado. Las sociedades que se han gestado a través de dicho sistema son el producto de la expugnación de los pueblos, es decir sociedades que han perdido su naturalidad y por tanto pureza. El soldado que es enviado fuera de su patria natural, forma la conciencia patriarcal o desnaturalizada, a través del derecho de conquista, pues está claro que en la frontera bélica (el frente) la integridad y la fecundidad no son elementos a tener en cuenta, promocionándose con facilidad y rapidez el mestizaje racial. Se sustituyen los principios de protección, integridad y fecundidad del clan, por los de sometimiento, asimilación, fusión etc.

La guerra y por tanto el roce con otros pueblos (el mestizaje), promociona el patriarcado, el cual se asienta sobre sociedades mestizas por lo menos culturalmente, en algún grado. Es el patriarcado el estado por el que atraviesan los pueblos que han dejado su pureza matriarcal originaria, borrada cultural o racialmente, bajo el sometimiento de ejércitos extranjeros. Es por tanto muy acertado asegurar algo que ya se mencionó anteriormente, el hecho de que los pueblos originarios de Iberia fueron y se mantuvieron puros desde el punto de vista racial, hasta poco antes de la expansión colonial fenicia. Esa pureza determinó que al pasar de le los siglos y una historia convulsa, la misma no mermara ni se detrajera tanto como en otras partes de Europa. El matriarcado fue sin duda la consecuencia de la herencia genética de la mayor parte de los habitantes de Europa occidental.

Las mujeres de una sociedad céltica matriarcal y uxorilocal, pertenecen a un grupo étnicamente puro, pues a diferencia de las sociedades patriarcales o de influencia oriental, ellas son guerreras al igual que los hombres, defendiendo con su vida al clan. En las sociedades patriarcales la mujer es un botín de guerra, carente de sentido o fuerza tribal, y por tanto sujeto de rapto e intercambio. La mujer del patriarcado no pertenece al clan, sino al hombre, sometida por tanto a un elemento desigual que impone su condición de superioridad militar y política. Las mujeres del patriarcado, no tienen dominio alguno sobre el clan o la familia, quedando esta sometida siempre al elemento militar y conquistador. No pueden ser por tanto guerreras, amazonas, sacerdotisas, etc., ni contribuyen en nada al destino de su gens. Igualmente no defienden el concepto de sangre arraigado en sociedades matriarcales, pues carecen del sentido tribal o racial natural o en estado de igualdad. Las sociedades patriarcales son por ello más permeables ante el foráneo conquistador (militar), que hace esclavo al hombre del clan y bastardea su sangre con la esclava convertida en fulana. Ejemplo de este último caso vendrían a ser los pueblos indígenas conquistados por los españoles. El imperio etrusco, se originó en el seno de una sociedad matriarcal, posteriormente derivada en patriarcado romano. La Roma patriarcal se origina a través de las guerras que enfrentaron a los distintos pueblos itálicos, buena parte de ellos en origen matriarcados célticos, convertidos en estados guerreros, es decir invasores y por tanto patriarcales.

El matriarcado parte del protagonismo familiar de la madre (dueña creadora de su raza), y por tanto el punto de unión que representa. La madre en sociedades matriarcales adquiere además de un papel protagonista un carácter conservador en cuanto al elemento racial se refiere (matriarcado etnocentrista). Incuestionablemente matriarcado es la Sagrada Familia, en donde la Virgen María cobra protagonismo en el papel de corredentora, intermediadora y creadora junto con el Señor, frente a la figura secundaria e irrelevante de San José (mero acompañante que mora junto a la verdadera madre de Dios). Ese protagonismo alcanza a toda la familia de María, frente a la de San José, quedando de manifiesto la dependencia del mismo al núcleo matriarcal mariano. Es por tanto el matriarcado céltico el que indudablemente encarna la Sagrada Familia, puesto que la concepción de Cristo, se fundamenta en un pacto de sangre. Dicha concepción hubiera sido imposible dentro del patriarcado romano. La estirpe hebrea mantuvo pura su sangre y su esencia matriarcal, libre de la influencia del patriarcado romano y semita. Uno de los elementos determinantes para el matriarcado mariano, fue la condición y circunstancia de San José, en la medida que este fuera mero acompañante, sin dominio o relevancia que pudiera hacer mínima sombra a la ineclipsable figura de la madre de Dios.

El matriarcado que llamamos de estructura o base céltica, arraigado en pueblos usko-mediterráneos y de la Europa atlántica, se distingue por su carácter esencialmente uxorilocal. De la misma surgen los cimientos necesarios para el nacimiento de las naciones de Europa occidental o célticas (nación en un sentido racial). De ahí emana la paradoja de la madre patria (Madre Padre), desarrollada en pleno romanticismo europeo. El cambio sustancial de la Europa occidental de base céltica matriarcal y creadora de los pueblos y las naciones o razas celtas, al modelo romano difusor del patriarcado oriental o semítico, es decir esencialmente mestizo, en base al dominio legionario romano y a la imposición de una estructura social de base militar y patrimonialista, produce un cambio de mentalidad, el más profundo y trascendental desde el Neolítico. El nuevo carácter patrimonialista que impone el derecho de la guerra y del invasor extranjero sobre las naciones y la familia, hacen que éstos sean elementos susceptibles de conquista y dominio. A partir de lo cual las naciones se convierten en dominios, señoríos feudales, patrimonios reales, imperios etc. Con ello se distingue el elemento creador de la raza y de la nación (matriarcal), del elemento del poder puro o dominio que lo relega, en sí mismo neutro, pero al que se asigna un género, en este caso masculino. El creador es sustituido por el destructor de la nación.

Puesto que no existe casi ninguna nación pura cultural y racialmente, el matriarcado dejó de existir en el patrimonio etnológico de aquellos pueblos que fueron originados en base al mismo. Hoy día esos mismos pueblos que han sufrido un mestizaje racial o bien han sido objeto de la influencia cultural extranjera, desarrollaron con el tiempo y las citadas circunstancias una estructura de patriarcado, fundamentalmente con la expansión militar del Imperio Romano. Este acontecimiento fue la consecuencia directa de la desaparición de otras muchas naciones. Es un hecho que la expansión de una nación conlleva finalmente la consecución de dos posibles destinos, el destruir o ser objeto de destrucción.

El paso a una cultura patriarcal, alcanzado en Europa tras el dominio romano, no introdujo un nuevo elemento racial en los pueblos del ámbito céltico occidental. El carácter matriarcal pervivió en aquellos países que conservaron más pura su raza durante y después del dominio romano. La matriarca siguió siendo la figura protagonista en la vida doméstica y familiar, además de protagonizar la asunción del poder político en momentos determinantes de la historia de algunas de las naciones que surgieron de ese ámbito. Así por ejemplo gobernaron mujeres en momentos álgidos de la historia de España (ejemplo Isabel I, Isabel de Farnesio, Isabel II), o en Inglaterra (Isabel I, Victoria, Margaret Thatcher).

Es incuestionable que el proceso que lleva del matriarcado al patriarcado sustrae un porcentaje de la entidad racial y cultural del pueblo que lo sufre, siendo en los casos más severos, suplantados uno de estos elementos por el patriarcal o extranjero.

En los pueblos asiánicos, también se daba el matriarcado, siendo numerosas las diosas, templos y figuras representativas de la madre o matriarca tanto en la cultura hurrita como sumeria, guardando gran paralelismo con la Iberia prerromana. Esta conexión se extiende también al continente europeo, pudiendo establecer una correlación religiosa, cultural y además racial entre Iberia, las culturas asiánicas, y la cultura de Willendorf (con gran parecido a la de Çatal Hüyük). Esto no es como se ha interpretado un signo de primitivismo, por ser la estructura natural de los pueblos de piedra y del hierro, sino de pureza e integridad racial. Este signo de la pureza se trasladó a los pueblos colonizadores que llegaron a establecerse en Asia, y que la conservaron en origen siendo paulatinamente degenerada en patriarcados conforme se incrementaban los flujos extranjeros y las invasiones.

-Otras instituciones.

Otra institución de base céltica es la óenach u oenacha, una serie de festividades que agrupaban a una o varias tuath (tribus o clanes), durante determinadas fechas del año, como en los solsticios. En la oenacha, se recitaban sagas, se practicaba deporte, monta de caballos, festines, juntaba a las gestes de los pueblos cercanos, servían para incentivar el matrimonio entre los jóvenes, se organizaban mercados, se reunían asambleas en donde se aprobaban leyes o se impartía justicia, y servían para el ceremonial druídico. En definitiva servían para conservar vivas las creencias religiosas, mantener la paz social y la fraternidad de los pueblos, y ayudaba a preservar el sentimiento de identidad y pertenencia. Algo parecido era la oenacha a los juegos olímpicos de Grecia, como una asamblea sagrada, dedicada a la hermanación y el esparcimiento con actividades deportivas y competiciones. Hoy día son varios los pueblos irlandeses que conservan esta feria. En España, el pueblo gallego de Narón, mantiene la oenacha con las mismas características que la irlandesa.

Otra de las características importantes que reflejaba la oenacha en la antigüedad, eran los desfiles y procesiones, con motivo de una victoria bélica o supremacía frente a los invasores, que fortalecían la unidad no sólo tribal, sino étnica.

Común era también entre Irlanda e Iberia, la devotio o juramento militar. En Irlanda eran los fianna, grupos de guerreros, los que al igual que los celtíberos, juraban fidelidad hasta la muerte al fionn o jefe. Tanto en la devotio irlandesa como en la celtíbera y lusitana, al morir el fionn, el grupo de fianna se disolvía, pues el juramento ya se había consumado con la muerte del héroe. Ambas sociedades eran básicamente matriarcales, pues mientras el hombre se encargaba de la guerra y la protección, la mujer desarrollaba la labor de campo, y puesto que eran sociedades principalmente agrícolas, éstas detentaban y administraban la economía familiar. Los asiánicos, hurritas y sumerios, también tenían estas instituciones de fidelidad o caudillaje, más no era la devotio un simple pacto militar, sino que comprendía al igual que en Iberia, un sentido racial o de la gens, por cuanto tenía como misión la protección de la religión de la sangre, representada en la liturgia céltica e ibera de la raza de piedra. Los dólmenes y menhires tienen ese sentido de protección y templo de la sangre, y los hurritas que realizaban la devotio atlante procedían de esa raza de piedra que levantó los megalitos de Siria, Jordania e Israel.

En el voto ibérico (devotio), podemos distinguir dos elementos sustanciales, que marcan además la diferencia respecto a otras instituciones similares y paralelas que se identificaron con esta. Históricamente existió la confusión de que el voto o juramento ibérico se trataba al igual que el romano o germano, de una institución natural, creada con fines exclusivamente militares (caudillaje). Sin embargo en Iberia, y otras zonas de influencia o cercanía atlántica, existieron peculiaridades y consecuencias que fueron más allá de los meramente militar. Así en origen el voto ibero, que unió inseparablemente a celtas e iberos (hermanos de sangre y origen), fue el de preservar y proteger a las tribus (gens), luego a grupos de familias y los pueblos, unidos por su sangre, (gentilitas), y finalmente al conjunto de sinarquías formadas por los distintos pueblos ibero-celtas. Este elemento que se supuso el propio origen de tal institución, no tuvo como motivación la de conquistar a otros pueblos, sino meramente proteger al propio del extranjero o invasor. Esta causa se refleja en otras instituciones ancestrales creadas en zonas más remotas, pero con elementos raciales comunes. Así por ejemplo en Irlanda, Inglaterra, Francia, Germania, y también en otras más alejadas como la antigua Dacia, formada en origen por tribus célticas y de tyr-uscos, es decir turiscos , antes de ser exterminados, y la región colonizada por romanos. En casi todas estas regiones de la Europa céltica, se transformó la institución para pasar a ser un organismo político y militar al servicio de Roma. Se tomaron los elementos esenciales de un ente milicial, el caudillo o jefe, y ahora sus guerreros, los cuales pasan a ser siervos. En este aspecto, el puramente militar, los siervos soldados mantienen el voto o juramento de vida, por el cual entregan la misma para proteger al caudillo. Con el dominio de Roma, el voto pasa a desvincularse de su función protectora de la tribu y la sangre. Este hecho, unido a la escasa documentación existente, las escasas fuentes, todas romanas, y la pérdida de las escrituras antiguas prerromanas de estos pueblos, fue la causa principal de que se obviara el origen de esta institución, y la misma fuera circunscrita al ámbito meramente militar. Es un hecho sin embargo que estos pueblos prerromanos de origen usko y céltico, no usaban esta institución ancestral, para invadir, esclavizar o conquistar a otros pueblos; su uso fue exclusivamente protector. Con la romanización pasa a un uso militar y de agresión, cambiando el objeto de defensa, por el de caudillaje.

Encontramos por todo lo dicho esos dos elementos en este voto: uno sería el juramento propiamente dicho, y sus consecuencias, es decir la organización de milicia; el otro sería el formado por la parte sagrada y finalística que envolvería y daría fundamentación al objeto del primero, y vendría a ser el pacto de sangre, mediante el cual queda reconocida la entidad formada por la tribu (gens), como esencia encarnada de aquello que une física y místicamente, por medio de la sangre, a las familias que componen la misma, y que por lo tanto se tiene por elemento superior a todos, objeto de absoluta entrega y sacrificio. Este aspecto queda fielmente plasmado en los acontecimientos ocurridos en la guerra numantina. La transformación de este último elemento, y la consagración del voto ibérico a una institución política y militar, es consecuencia de las invasiones romanas y su influencia. Ejemplos de esto último existen multitud, el más notorio lo tenemos en la guerra sertoriana y su ejército de vascones de Kalagurris. Incluso antes de Roma, los fenicios también hicieron uso de esta institución para aprovechar el voto en favor de afianzar la fidelidad en los ejércitos formados en Iberia. El rey ilergete Indíbil, fue ejemplo de voto hecho con Cartago y después con Roma, con el fin de proteger a su pueblo.

Podríamos pues analizar cuál es la diferencia esencial existente entre el voto ibérico llevado a término con los connacionales, y por otro lado con los extranjeros (romanos y cartagineses). En esto último es donde observamos con mayor claridad la diferencia entre el pacto fundamentalmente protector realizado con el pueblo o nación, y el meramente personal (el de clientela). En este sentido, puesto que el primero se hace con todo el pueblo, el voto no cesa mientras el mismo exista, independientemente de las personas intervinientes. Subsiste pues por medio de la sangre de padres a hijos, puesto que el mismo voto era en sí un pacto de sangre. Sólo el juramento o fe de la sangre, podía garantizar la protección del pueblo, pues la sangre o “cadena mágica” era el elemento de continuidad, que identificaba a los pueblos. Los autores romanos hablaban de la costumbre en los iberos de suicidarse cuando su jefe caía en combate, pues se consideraba ilícito el sobrevivirle. Cuando el voto afectaba a todo un pueblo, éste era el que se autoexterminaba antes de caer prisionero, para que el voto pudiera cumplirse así, finalmente no siendo sometida la sangre. En la devotio romana la finalidad era el exterminio mismo del pueblo a conquistar, sin embargo el voto ibérico, no perseguía ni esclavizar, ni conquistar ni mezclarse con enemigo alguno, sino protegerse de éste. En el voto ibérico, el origen de la clientela era la gens, es decir la familia, lazo que imita la clientela posteriormente. El elemento del auto-sacrificio, era la consecuencia más distinguible del voto ibero, pues no existía en otros pactos como el romano. Era el suicidio algo insólito tanto para modernas como primitivas sociedades, más teniendo en cuenta que en Iberia no se hacían sacrificios humanos a los dioses, y la vida era un valor tan importante o más que hoy día. Esto además es una nota esencial de los pueblos de Iberia, en cuanto a ser sociedades igualitarias, sin haber sido todavía transformada su mentalidad, como en el romano por la influencia oriental. Es por ello que esta institución tal y como se entendía en Iberia, no pudo llevarse a cabo en Roma, y también es por tanto la consecuencia de que el voto no fuera el mismo entendido para un ibero que para un romano, aún cuando el mismo uniera a ambos pueblos. El voto connacional ibero, trasladaba como hemos dicho el juramento del ámbito militar establecido entre el héroe y su clientela, al ámbito nacional, en donde era todo el pueblo, el que se unía en el pacto, consagrándose a la divinidad protectora. Cuando se empezaron a desarrollar votos con el extranjero, los iberos no reconocieron en él a naciones o pueblos, puesto que su pacto en origen tenía como único fin el proteger al suyo propio del extranjero. Fue el religioso y profundo sentimiento que provocaba la sangre y la raza, el que inspiró el voto, y no al revés. Sobre esto último decir que cuando un pueblo caía en manos del extranjero, era costumbre el suicidio colectivo (Brácara, Sagunto, Numantia, etc.), no por imitación de la devotio ibérica, encargada de su defensa, sino por ser un elemento místico fundamental el de la unión de ultratumba y eterna de la gens, algo que asumió el voto ibérico para afianzarlo y dotarlo de religiosidad. Esta era la esencia que influía y determinaba toda la vida social y el orden moral del mundo ibero. No eran por tanto los civiles los que a imitación de los soldados ponían fin a su vida, sino éstos los que lo hacían por formar parte de la naturaleza moral de su pueblo.
La gran diferencia, que señalamos entre el voto connacional ibérico y el llevado a cabo con el extranjero era que este último era de carácter personal, sin reconocimiento del pueblo extranjero, que en este caso era indiferente. El objeto del voto seguía en tiempos de las guerras púnicas, siendo el mismo, la protección de los pueblos iberos, por tanto no tenía sentido reconocer o involucrar a otros pueblos que en el sentido dado a dicho voto eran irrelevantes. Así los pactos llevados a cabo entre iberos y cartagineses, o con los romanos después, reconocieron al jefe de éstos, pero no a su pueblo. Cuando este jefe extranjero, no cumplía su palabra, abusaba de la misma, o finalmente moría, el pacto terminaba y con él toda obligación con el pueblo extranjero. No se nombra en estos votos, ni al pueblo cartaginés ni al romano. Por ejemplo Indíbil, llevó a cabo votos con cartagineses y romanos, con el fin de proteger a su pueblo, y no dudo en denunciar dichos tratados, cuando éstos suponían un abuso hacia el mismo o la cesación de la protección efectiva. En el caso de los cartagineses, Indíbil, denunció el pacto, cuando éstos exigieron por ejemplo garantías de cumplimiento adicionales (la entrega de sus hijas como rehenes), cuando el mismo sólo se fundamentaba en la palabra dada, o dejaron de proteger su reino.

Otra seña que distinguió a los pueblos celtas fueron sus sagas, leyendas y epopeyas. Si bien estos eventos de tipo bélico y mágico son comunes a otras culturas usko-mediterráneas, en las regiones atlánticas guardan una estrecha relación y origen, en un tiempo en que Europa nunca estuvo tan unida emocional, cultural y racialmente. Si bien el punto de unión mágico que entronca la sangre ibera con la de las Islas Británicas es la saga heróica de Míl Espáine-Golam o Gaedel (antepasado de los goidélicos) descrita en el Lebor Gabála, existen epopeyas que denotan un fuerte pasado común proveniente de la cultura del Hierro y del Bronce. Éstas mostraban el elemento sagrado del metal y las espadas. En los relatos épicos se mostraba la sacralidad y divinidad de los elementos ornamentales y las armas de metal. La espada o falcata y la lanza son instrumentos sagrados provenientes de los dioses-antepasados, siendo un objeto que comunicaba con el olimpo de los héroes divinizados. Uno de estos casos sería la leyenda de Cúchulainn en Irlanda y la de Olíndico en Iberia, ambos descendientes del dios ibero-celta Lug, que lucharon contra las invasiones extranjeras mediante el poder sagrado de la lanza y la espada. Este estrecho vínculo ancestral de los pueblos célticos con el pasado de la Edad de los Metales, se ve reflejado en otras sagas posteriores como la del Rey Arturo y su famosa Excálibur ofrecida por la Dama del Lago (nuevamente el arma de metal como arquetipo sagrado).

También aparece en la cultura cristiana, en la tierra ancestral de los gaélicos en España, en donde se simboliza a Santiago con su mítica espada sagrada o cruz ensangrentada de Santiago. Los caballeros cristianos usaban una pequeña espada estandarte durante la Reconquista como reclinatorio al ser clavada en la tierra para el ejercicio espiritual y el rezo. La cruz o espada de metal, ha sido un importante elemento sacramental, como lo eran en su tiempo los ornamentos y las armas de la cultura del Hierro y del Bronce.

La magia y el driudismo es otro importante elemento fuertemente arraigado en estos relatos. En el de Cúchulainn, fue un papel esencial en la obtención de la lanza mágica (Gáe bulg), siéndole entregada por la bruja-druidesa Skatha.

Conjuntamente con éste, el matriarcado es un sello que impregna toda la literatura céltica. En España se perdió, fruto de la romanización buena parte de esa mitología y relatos épicos, sin embargo en Irlanda las leyendas célticas se han conservado hasta la Edad Media, siendo transmitidas y traducidas posteriormente. Las mismas se encuentran abundantemente regidas por reinas guerreras, sacerdotisas, druidesas y diosas celtas.

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Eburones (iberos galos), catalaunos y tri-eberos, tríveros o treveros, de evidente procedencia ibérica, dejaron unos Países Bajos de clara ascendencia usko-atlántica, en unas altas frecuencias que pueden llegar al setenta por cien.

Ante la ausencia del patriarcado de otros pueblos no europeos, los uskocélticos tuvieron facilidad para extender su influencia y pureza cultural por el continente, y de forma intensa por las Galias. Los holandeses y belgas, fuertemente familiarizados con un origen celta, alcanzan frecuencias de R1b, superiores por lo general, al sesenta por ciento, fruto sin duda de la huella genética dejada por los eburones o eberones, los iberos belgas, (cuyo nombre se relaciona con otros pueblos celtiberos, el de los eburos, eburancos o berones), y por los tri-eberoi, tríberos o tréveros, de evidente procedencia ibérica. Los eburones belgas, al igual que los eburos suizos e iberos, tenían la costumbre de suicidarse tras la derrota con el sagrado eburo (tejo). Cumpliendo esa norma el rey de los eburones belgas Catuvolcus, se suicidó con el veneno del tejo. Silio Itálico, Floro, San Isidoro de Sevilla y también Plinio, afirmaban que el suicidio con el veneno extraído de las hojas de dicho árbol, era costumbre de origen ibero, siendo el tejo un elemento sagrado propio de este pueblo. Esta práctica la extendían a los no aptos para la lucha o ancianos. Estrabón también lo cita de la siguiente forma:

“Costumbre ibérica es también la de llevar un veneno obtenido de cierta planta parecida al apio y que mata sin dolor, con la que tienen un remedio siempre pronto contra los acontecimientos imprevistos; igualmente es costumbre suya la de consagrarse a aquellos a quienes se unen, hasta sufrir la muerte por ello,”.

Eburo (tejo), da nombre al pueblo y la gentilidad ibera de los eburos, así como a ciudades iberas tales como  Eboura, Eburobrittium, etc. Se observa el etnónimo brit, en esta última ciudad ibérica descrita por Plinio, y cuyo significado vendría a ser el del pueblo britano o bretón, más la raíz eburo (tejo).

El tejo también coronaba la sala de la Rama Roja, concilio de los guerreros del Ciclo del Uslter, donde sus ramas rojas del techo y las paredes, cobijaban a guerreros, heridos, enfermos o viejos. Alrededor de ésta se encontraba la casa de Conchobar.

Los usko-atlánticos se extendieron desde Escocia hasta el Benelux, durante el primer ciclo de expansión de la protohistoria europea. De estos uskos se originaron la mayoría de los belgas y holandeses, que reflejarían en su historia la misma pasión naval, exploradora y colonizadora que los españoles; conquistando lo que de mundo dejaron éstos últimos sin colonizar.

-Pueblos ancestrales de Europa.

Cabría analizar en que forma y de qué manera formular el proceso histórico tras el que se desarrolló el celtismo en Europa. Por tanto si el mismo se trata de una civilización, y como tal poseyó elementos suficientemente sólidos al mismo tiempo que dotados de cohesión y estabilidad.
El celtismo, ha sido interpretado por la historia como una fase primitiva de los pueblos de la Europa ancestral, en estadio remoto y tribal, que rodeaba el foco de la gran civilización romana gestante.
A pesar de lo fragmentado políticamente que se encontraba el mundo celta, y su visión a veces errada en cuanto al ámbito real de su circunscripción, lo cierto es que Europa, jamás ha estado ni más unida ni más cohesionada, fundida en un sólo elemento racial y cultural, desde Iberia occidental a Iberia oriental.
Esto en esencia se traduce en que Europa era una sola nación, la céltica, unida por un sólo elemento racial y por una sola unidad de pensamiento. Esta circunstancia mantuvo Europa durante siglos bajo un profundo lazo de hermandad, paz interna y equilibrio de sus pueblos.
El incremento del poder de la República romana, supuso una expresión más elevada y compleja de la mentalidad, cultura y psicología céltica, por cuanto desarrollaron el pensamiento, sociedad y sentimientos religiosos de dichos pueblos en un grado superlativo, hecho que permitió centrar el poder de dicha civilización.
El origen de Roma, se encuentra en las numerosas tribus célticas e ibéricas que poblaron Italia y forjaron su identidad dentro del contexto de los pueblos de Europa occidental. Por otra parte era un hecho inevitable el que en Europa occidental, la profusión e intensidad de la raza y la sangre céltica, rebosante de vitalidad, darían pronto origen a un pueblo desarrollado y complejo, como lo fueron el resto de grandes civilizaciones mediterráneas de la Antigüedad.
Lo mismo cabe decir de la civilización helena, también en cuanto a su origen mismo, por cuanto los elementos que iniciaron y desarrollaron su compleja sociedad y cultura, eran racialmente occidentales.
Cuando se desarrolla la cultura romana, su sociedad conformó una república céltica de tal complejidad, que se distanció y distinguió de su entorno racial más próximo, tomándose ésta como una civilización al margen de dicho contexto, separada del resto de los pueblos de occidente (bárbaros), con carácter propio, pero dando muestras de cercanía al Mediterráneo oriental. Sin embargo como se verá, esto no es realmente así. Tanto la civilización y cultura romana, como antes lo haría la griega, son una exposición elevada de alabanza y exaltación de la psicología racial y belleza física occidental en todos sus ámbitos; Es a lo largo de su historia y hasta su deceso, una alegoría y mitificación constante de la raza. Esto ocurre hasta tal punto, que de carecer de dicho carácter y profundidad en tal cuestión, la cultura clásica no se hubiera concebido jamás tal y como la conocemos y entedemos hoy día.
En todos loa ámbitos que abarca la complejidad de la cultura clásica, su intelectualidad, carácter y profundidad obedecen a una sola psicología racial, que les unía al resto de la Europa céltica.
Tanto así podemos hablar de la cultura clásica como una manifestación elevada en grado sumo de la propia cultura céltica. Así por ejemplo todo el Acrópolis es la expresión suma del megalitismo y su máxima representación en el Stonehenge.
El arte es en esencia una alegoría y exaltación de la raza, y así se produjo tanto en las culturas ancestrales del ámbito céltico en Europa, como también en las modernas naciones europeas.
La expansión de la keltiké, y su influencia en Europa, consolidó una unión psicológica que aún perdura en gran medida, y que permitió el surgimiento de la civilización occidental. Es esta última en esencia la manifestación más elevada que ha dado la cultura y la raza céltica.

De estos pueblos ancestrales nos quedan los relatos y las fuentes romanas quienes los llamaban galos. Hay un extenso número de ellos que denotan un origen uskario y más concretamente ibero. De ellos son entre otros los eburones, en la región belga, y más al norte otro pueblo también de estirpe eberita, los ambrones (se observa en buena parte de los antiguos pueblos de Europa el etnónimo de origen uskario, -bri, bre, bro-, observado en el nombre de cuantiosos ríos, antiguas denominaciones de ciudades y pueblos europeos), que se asentaron en Jutlandia y norte de Alemania, llegando en sucesivas oleadas hasta Hispania, junto con los teutones y cimbrios (uskos alemanes o germanos), desde el siglo IX al II a.C.

Relacionados con estos últimos pueblos, se encontraban los teutones. Dicho pueblo fue equivocadamente relacionado con los germanos, ya que los cronistas romanos, entendían que al norte y este del Rin, se encontraban todos los pueblos que formaban cultural y étnicamente la Germania. Sin embargo los teutones eran celtas, su lengua y su cultura era de origen galo, quedando además lo dicho aseverado por recientes estudios etimológicos y arqueológicos. Eran por tanto los teutones un pueblo usko, asentado en Jutlandia, junto a los ambrones, siendo ayudados por éstos y por los queruscos y eburones, en su camino hacia la Península Ibérica, a la que llegaron en el siglo II a.C.

Al oeste de Alemania, se encontraba otro pueblo cuyo nombre recuerda un origen ancestral usko, el pueblo de los Queruscos, cuya cultura y lengua era de base céltica, muy próxima a la de los eburones. El más conocido de los queruscos fue Arminio, un héroe celta, que al igual que los celtiberos Viriato u Olíndico, combatió y venció a la primera potencia romana, y cuyo nombre figura como el primero en el Walhalla. En la antigüedad, la rama más pura de la raza europea, era la constituida por los pueblos célticos o iberocélticos occidentales, siendo los germanos menos íntegros, al ir progresivamente fundiéndose en una mezcla entre éstos y los pueblos eslavos polabianos (abroditas, silesianos, pomerianos, sorbios, bálticos, prusios, galindios, moravos, etc.), y menos aún, todos aquéllos que a partir de Alemania, constituyen los pueblos que van aumentando su sangre eslava conforme seguimos hacia el este.

Los brigantes eberitas, dejaron testimonio de su paso no sólo en Britania, sino también en Europa continental. Así el mayor de los lagos alpinos, fue conocido en la Antigüedad como el Brigantia (hoy lago de Constanza), y del mismo modo la ciudad de Bregenz, en Austria. El mismo río Rhin, era nombrado por los pueblos uskos como el río Iber.

También a Hungría llegaron en un pasado remoto los uskos y celtas, dejando nota de su presencia en el nombre de algunos ríos y regiones como Estregonia o el río Iszter (río ancho o amplio que es como se conocía al Danubio). El nombre de la región de Estregonia hace referencia a los pueblos estures o stures, es decir astures (habitantes del río Astura-Esla o río ancho). La raíz -stur-, también aparece en el sajón -stiere-, alemán -stur-, sánscrito -sthura-, islandés y avéstico -stura-, cuyo significado sigue siendo el mismo (amplio, ancho) normalmente aplicado al ámbito fluvial. Así mismo varios ríos de Inglaterra llevan el nombre Stour.

Una de las primeras ciudades importantes que estos pueblos fundaron en Inglaterra fue Eboracum o Eburacum (que significa pueblo de los tejos), la actual ciudad de York. En la Geografía de Ptolomeo, se da a conocer como los celtas británicos se hacían llamar a sí mismos como Hiberi o iberi. Estos hiberi son claramente los hebreos que describe la Biblia, y obviamente los iberos y atlantes de la Hesperia[20] (Iberia).

Los catalaunos también de origen ibero, se asentaron en la Galia, siendo los catuvellanos sus descendientes o parientes, llegando a afianzarse estos últimos en Bélgica, extendiéndose posteriormente por el sur de Inglaterra y Gales. En esta región inglesa, se encuentra el río Usk, con cuyo nombre fueron bautizadas otras ciudades y ríos como el Esk. Estos etnónimos hacen referencia al denominado pueblo o raza uska, origen ancestral de Albión.


[20]La Hesperia, es el jardín de Hera, la reina de los dioses del Olimpo griego, que se encuentra protegido y custodiado por el dios ibero Ladón, y que se sitúa en la zona o punto más occidental del Mediterráneo, donde se pone el sol (lucero de la tarde), a partir de donde se levantan las columnas Herákleas (de Hera y Hércules), es decir Iberia.  Fue además conocida Iberia como Vera Hesperia, pues en la navegación se debía seguir a la estrella occidental o Hespero (Venus), al atardecer para llegar a sus costas. La mutación fonética formó la palabra Hispania a partir de Hesperia o Hespéride, es decir tierra de Venus, donde se encuentra el monte del mismo nombre, situado en los dominios de Viriato.

Otros autores clásicos también se refirieron a Iberia como Celtaria, Keltiké, Celtiberia, Vera Hesperia o Península Hespérica.

“El primer país de todos hacia oeste es Iberia. Ella es parecida a una piel de buey, cuyas partes que corresponden al cuello caen hacia la Céltica (Estrabón)”.


En Francia, la media de R1b en general permite la consideración de nación utska de sus pobladores autóctonos, más cuando nos acercamos al Oeste atlántico. En este país habitaron pueblos ancestrales iberos, fundadores de Aquitania, como los Auscos o Auscii; un pueblo uskaro o usko emparentado con los vascos, cuya capital fue Eliberris (cuyo nombre proviene de Hiberia). También sus vecinos los berrigiones, vivisques o viviscos (es decir uskos) y los Vasates (cuyo nombre y etnónimo Vaso-Baso proviene de la lengua uska, que quiere decir bosque) formaban la misma estirpe uskara, y conjuntamente fueron organizados en la provincia Aquitania III o Novempopulania. Novempopulania, o los nueve pueblos, era el nombre que Roma puso a la región francesa de Aquitania III, siendo así bautizada por estar su territorio dividido por las nueve tribus que Julio César calificaba como de iberos. Los novempopulanos hablaban unas lenguas procedentes del aquitano o protoeuskera, del cual desciende el euskera, y eran pueblos que descendían de la pura raza de los pirineos. La región Novempopulana era extensa y abarcaba todos los Pirineos hasta Burdingala (Burdeox). Unida ésta a la región de bretaña, conformaban un territorio poblado por pueblos uskos que conservaron una cultura bastante pura hasta la llegada de los romanos, de hecho Julio César distinguía estas regiones de la Galia propiamente céltica, separadas por el río Garona. Los aquitanos se distinguían por ser más pura e íntegra su cultura y raza, por tanto no podían ser considerados una extensión de los iberos, sino iberos geniuna y propiamente, siendo los galos y belgas su extensión.

Estos grupos formaron la cultura celta gálica en Francia, y por tanto en buena medida son los antepasados directos de los franceses autóctonos. El mundo celta y su cultura puede definirse claramente como una etnia o nación ubicada en distintas regiones de la Europa occidental, que algún momento determinado partieron de su patria de origen Uskaria.

En estas últimas regiones, y fundamentalmente en el suroeste y Bretaña, la intensidad uska por línea paterna es pura.  Los galos fueron el tronco básico y fundamental de la población francesa, resultado de los primeros pobladores uskos. Su idioma y sus ciudades dejaron claro el origen eberita de este pueblo, algunas tan explícitamente como Embrun (en los Alpes), Eborobritum, Evreux o Eberovices, Eborobriga, (en la Galia), Eboromagnus o Hebromagnus (sur de Francia), y también en Germania occidental como Eburingen, Eboresheim, etc. Otra importante rama de los uskos fue la tribu de los helvecios, que fundaron una confederación de ciudades, algunas como Eborodunum, con un nombre que reflejaba claramente su origen eberita.

El mismo sufijo -brig-, que proviene del pueblo usko de los brigantes y es de procedencia ibérica, es el origen de la palabra germánica -burg-; su significado es el mismo de ciudad o fortaleza. El número de nombres que contienen esta palabra es ubérrimo en multitud de antiguas ciudades de la Península Ibérica, mayor que en cualquier otra parte del mundo (Eberóbriga -ciudad de Eber-, Brigantia, Nemetobriga, Miróbriga, Segóbriga, Deóbriga, Nertóbriga, Amallobriga, Lacóbriga, Conímbriga, etc.). El sufijo de origen ibero y protocelta fue heredado por los descendientes germanos y escandinavos derivando en el sonido -burg-, que extendió por buena parte de Europa, quedando así para numerosas ciudades tanto dentro como fuera de Germania:

  • En Europa Central: Hamburgo, Salzburgo, Magdeburgo, Oldenburgo, etc.
  • Norte de Europa: Edimburgo, Gotemburgo, Friburgo, etc.
  • En Francia: Estrasburgo, Bourgogne, Cherbourg, etc.
  • En España: Burgos, Malburgo, Burgohondo, Elburgo, Burgo de Osma, etc.

La ciudad más importante de la Galia romana, Amiens, fue conocida con el nombre celtibero de Samarobriva o Samaróbriga, palabra compuesta por ZAMARI, que en vasco significa bestia de carga, y briga que en lengua celtibera es ciudad.

De igual forma ocurre cuando se analiza el europeo antiguo o se realizan estudios hidronómicos, que aparecen términos, lexemas o raíces de la lengua uska. Así por ejemplo el río Jarama o Sarama en España (cuyo nombre arabizado mutó la -S- original, proveniente de la raíz Sar, por la -J-), junto con otros ríos ibéricos de misma raíz (sar) como Saravia, Saramda, Saramo, Sariegu, cuyo significado se deduce del sánscrito y significa afluente, dieron nombre a otros importantes afluentes europeos. Este cognado ibérico aparece en otros importantes ríos de Europa occidental, como el río Sarre en Francia. También de la raíz -Tam- provienen numerosos ríos ibéricos como el Tamessa (Tameza) en Asturias, Tamoga en Galicia, Tamassone o Tamasón  de Guadalajara, Tamaris, etc. cuyas raíces -Tam- y -essis-, sirvieron para dar nombre al río Támesis en Londres, el más importante de Inglaterra.

El río Deva, mencionado por Ptolomeo, toma su nombre del pueblo de los devales, relacionados con los caristios (vascos). A su vez se observa como existe otro río en Escocia y una ciudad en Inglaterra, con el mismo nombre Deva. También en Francia son numerosos los ríos cuyo antiguo nombre derivó de Deva, así, Dives, Dive, Divona. La ciudad francesa de Dijon, antiguamente llamada Divión, tiene también su origen en el nombre Deva. Esta palabra, pudo ser un término protoibero, que pasó al irlandés antiguo (deiv, div) que significa resplandeciente o divino.

En Italia, pasa lo mismo que con Portugal, la diferencia entre el norte y el sur, marcan la frontera biológica entre Occidente y el Mediterráneo afroasiático. Mientras el norte, desde Toscana a Lombardía, es esencialmente usko y de origen ibero-ligur, en el sur, y fundamentalmente a partir del Tíber, empiezan a ser frecuentes los marcadores del Mediterráneo oriental y África. En el sur del país y Sicilia, las poblaciones son casi indistintas a las de Grecia o Turquía, por tanto asiáticas.

Alemania, en su origen, a diferencia de lo que se pensaba, no fue poblada por gentes venidas del norte o del este, sino esencialmente del oeste y concretamente de la Península Ibérica. La mayor parte de los alemanes del oeste, pertenecen al marcador R1b-U106, que desciende del tipo usko-mediterráneo ibérico original. La raza germánica, si es que se pudiera hablar de algo así, es en la parte que le concierne a Europa, una rama más descendiente de los uskos, y en el resto herederos genéticos de los eslavos.

Los pobladores ancestrales del norte de Europa fueron uskos, en su origen tan íntegros como los que habitaron y aún pueblan los márgenes pirenaicos. Así los autores clásicos conocieron la península más septentrional de Europa como Uscania, Wescania o Escania, es decir Escandinavia, la tierra que en un tiempo remoto fue enteramente de los uskos.

Lo hasta ahora descrito para la Europa continental, refiere al conjunto de pueblos usko-atlánticos, cuyas culturas e historia, irán desarrollando y dando vida a las naciones europeas occidentales, marcando su singularidad, respecto al grupo de pueblos mediterráneos. En este caso se habla de usko-mediterráneos, para referirse a aquellos pueblos de la antigüedad, que formaron las grandes civilizaciones clásicas e imperios antiguos, y que en buena medida, fueron desapareciendo de la mayor parte del Mediterráneo. Uno de los casos de esos pueblos usko-mediterráneos, es el de los griegos antiguos, cuyo origen a continuación se resume.

Grecia galaica.

Cuando nos referimos a la historia griega, debemos discernir don ámbitos o conceptos que dividen la misma entre lo que podemos llamar la Grecia europea, circunscrita al ámbito exultante de cultura clásica u occidental, y por otro lado la Grecia oriental, cuyo inicio se afianza con el Imperio Bizantino y se prolonga indefinidamente. Existen por tanto dos grecias antagónicas, una opuesta a la otra, la que ha de morir para que la segunda nazca porque ambas son irreconciliables.
El primer periodo que llamamos Grecia europea, es aquel que muestra de principio a fin una cultura basada en una radiante y exultante explosión intelectual y cultural de alabanza a la belleza y psicología de la raza céltica u occidental, aquella que con el tiempo acaba convirtiéndose en el concilio olímpico de los dioses, cuyos restos son los únicos elementos que dan testimonio de la proeza de dicha raza y de su cultura en el mar Egeo.
En el periodo final de la Grecia europea , el pueblo es mayoritariamente descendiente de los esclavos y extranjeros, la belleza de su antigua raza ya es extraña, pero no por ello deja de ser admirada, pues la élite intelectual aún conserva algo de su sangre. La admiración a la belleza occidental se plasma en la filosofía, el arte y la religión. El canon de belleza sigue preservando los rostros griegos en bustos y efigies, de la influencia oriental cada vez más fuerte y pesada. Hasta el momento en que un escultor heleno dejó de crear el último perfil griego, no exhaló Grecia su último aliento.
Los mitos y la cultura pagana griega, exultantes de belleza occidental, dan paso al arte sacro bizantino, donde los pantocrator y las vírgenes adquieren el nuevo patrón de belleza oriental.

El proceso por el cual Grecia europea pasa a ser Grecia oriental, acontece por medio de la catábasis asiática, en cuyo momento culminante es ya notable el retroceso de la frontera occidental ante el empuje de las razas del Este.

En Europa el arte degeneró por el vacio cultural dejado tras la caída de Roma, sin ningún equivalente en el mundo occidental, sumido en la Edad Media. Es entonces cuando aparece un arte grotesco, simple, que sin embargo evoluciona y escala en ámbitos intelectuales superiores, forjando nuevos conceptos estéticos y estilísticos.
En Bizancio, el arte no degeneró simplemente, sino más bien cambió su psicología e intelectualidad, por el mundo y la cultura asiática. En el Imperio Bizantino se conservaron intactos los conocimientos dejados y legados por Roma, de tal forma que los bizantinos tuvieron a su alcance los medios suficientes como para desarrollar o por lo menos mantener la cultura greco-romana. Sin embargo no fue este el factor que determinó el ocaso clásico. Bizancio no sólo no se esforzó por repeler la semitización y orientalización de su cultura, sino que en muchos casos la promocionó, siendo permeable tanto a la influencia afroasiática como eslava y mongola.

Al igual que ocurrió con la mitología irlandesa, en Grecia las fuentes también aluden al remoto origen occidental e ibérico de sus primeros pobladores y gobernantes. Segrap o Cekrap, es decir Cécrope, era el dios ibero Sugar, cuya forma era la de serpiente, y que fue el fundador y primer rey de los antiguos atenienses, es decir pelasgos. Los pelasgos fueron un pueblo de origen ibero, emparentado con los ligures y etruscos, perteneciente a la cultura usko-mediterránea. Estrabón parece situar la remota patria de los pelasgos, en la misma tierra de los milesianos (fundadores de Irlanda), es decir Galicia. En su tratado Geografía, el autor, nombra a la parte del océano atlántico frente a Kallaikoi (Galicia) como el gran mar pelásgico (Atlantikón Pélasgos). La mitología griega habla de estos pueblos venidos del mar, debiendo llegar de la parte más lejana del continente, habiendo adquirido avanzados conocimientos de navegación, y siendo por todo ello conocidos como los hombres del mar. Serían los pelasgos en conclusión un pueblo galaico, relacionado estrechamente con otros pueblos atlánticos como los caristios, autrigones, vascos, etc, y que la mitología griega describe como el pueblo antepasado de los griegos originales.

La antropología describe una raza occidental o atlántica identificada en las poblaciones primigenias de ingleses, iberos, italianos, griegos y egipcios del neolítico. El antropólogo Carleton Stevens Coon, en su libro “Las razas humanas”, describe en Grecia e Islas Cícladas, una conexión neolítica con las razas de la era de los metales (origen de los pueblos asiánicos), manifestándose una cultura matriarcal adoradora de la diosa madre a ambos lados del estrecho de Corinto, relacionada con la antigua Sumeria. Al ver los bustos de los atenienses o las máscaras de arcilla de los espartanos, se refleja con una total fidelidad las proporciones faciales y craneales de los europeos occidentales. Dichas proporciones ya no se encuentran por ningún rincón de la Grecia medieval y mucho menos hoy día. En el Imperio Bizantino se muestra un arte que rompe por completo con el clasicismo y el ideal de belleza de la Grecia clásica. El arte bizantino representa a un tipo humano ya marcadamente oriental y antagónico a la belleza clásica grecorromana. Las cúpulas orientales, la decoración, ornamentación y estructuras son de influencia persa, armena e hindú, los edificios ya no son alargados sino de planta cuadrada o en forma de cruz recta (llamada griega), se produce toda una sustitución del orden clásico que queda borrado para siempre, eliminándose los elementos y las proporciones, los frontispicios, pórticos, capiteles, columnas, y cualquier forma que recuerde al arte clásico.

Los restos antropológicos del periodo clásico muestran una forma homogéna, un tipo básico que la historia de la antropología indentificaba como el protomediterráneo. El índice predominante en aquel momento en el Egeo era el mesocefálico, con 75,6 en Atenas, lo cual relaciona a estas poblaciones pelásgicas con sus parientes los primeros iberos y británicos, y al mismo tiempo con los sumerios o asiánicos. Estos últimos claramente distinguibles de las poblaciones semíticas del desierto identificadas por los caracteres braquicéfalos.

La segunda gran repoblación de Grecia en la antigüedad, vendría de un pueblo relacionado con el pelásgico, con caracteres muy similares tanto culturales como étnicos. Del tronco galaico, surgió el pueblo de los helenios, que formando parte del grupo protocéltico, y por tanto surgido en tiempos remotos, anteriormente a la fundación de Troya, fue descubierto como el resto de tribus y clanes, en estado inalterable, por los romanos y griegos clásicos desde la noche de los tiempos. No eran los helenios, como pensaba Estrabón, interpretando la fábula de Ulises, una parte de los marineros griegos que llegaron a Galicia, pues éstos pueblos eran plenamente galaicos, es decir protoceltas, y su idioma compartido con el resto de pueblos del entorno, era protocéltico. Aunque dice Estrabón de los galaicos que eran pueblos ateos, y no creían en dioses, sin embargo formaban como el resto de tribus y clanes iberoceltas o protoceltas de Iberia, estructuras matriarcales, que dejaron su herencia y carácter en la mitología y religión pelásgicas del Egeo. El origen mismo de los pelasgos se atribuye a una  única diosa madre creadora o matriarca de los dioses.

El protocelta como base y posible origen mismo de las lenguas uskas, se asimiló a través de los helenios, a las lenguas pelásgicas previamente asentadas en el Peloponeso y demás regiones e islas griegas , también relacionadas con dicha lengua proto-uska por su pasado común. A partir de lo cual, con el tiempo se fueron formando los antiguos dialectos griegos y helenos, así como la lengua ateniense, formando una parte importante de las lenguas usko-mediterráneas, desarrolladas en el Mediterráneo oriental, junto con el hitita, minóico, hurrita, etc.

Los helenios tuvieron que ser un pueblo numeroso, que fundó entre otras ciudades Helenia (Pontevedra). Cuando los autores greco-romanos, advirtieron la presencia del pueblo helenio, así como del resto de pueblos galaicos, describieron un mundo ibérico protocéltico, que estuvo inalterado desde hacia milenios. Su permanencia a lo largo de miles de años, fue gracias a la falta absoluta de contacto con otros pueblos del sur y el levante ibérico (más familiarizados con pueblos mediterráneos), y a que al recibir poblaciones venidas de otras partes como los celtas transpirenáicos (belgas, galos, celtas de Westfalia etc), éstas no sólo no alteraron la cultura y la raza galaica, sino que la reforzaron, al ser célticas tanto como lo eran los galaicos (celtas originarios o protoceltas) en un largo proceso, que finalmente fue interrumpido con la invasión romana. Los helenios galaicos, navegantes como los pelasgos y como también lo fueron los brigantes y milesianos, llegarían, cruzando el Mediterráneo, hasta las costas del Egeo, donde conservaron su nombre, siendo conocidos como el pueblo de los helenos. Tanto los pelasgos como los helenos, fueron pueblos de los cuales nadie tenía constancia ni referencia alguna en el Mediterráneo oriental, hasta su llegada. Fueron pueblos que no descendían de ninguna otra población autóctona o relacionada con los vecinos Balcanes, sino que llegaron de una tierra lejana, a través del mar, conocida en la antigüedad como la Atlántida (Iberia u Osku por los iberos). Por tanto, tampoco nadie les puso nombre, más que ellos mismos, quienes conservaron el endónimo de sus antepasados, y a su río más importante bautizaron como Hebrus (Iberus), río de los iberos, conocido también como Evros (río que atraviesa Grecia y Bulgaria, y que es uno de los más importantes de los Balcanes). Se observan en el griego antiguo vestigios de una remota lengua eberita, palabras que prueban un origen usko y raíces ibéricas, al compararlas con el vasco o las lenguas prerromanas; en este sentido “oso”, que en el idioma euskera es “hartz”, es muy similar al griego “arktos”, y a su vez distinto del latín “ursus”. También kastulo, palabra ibera que significa castillo o amurallamiento, la cual toma o hereda el griego clásico como Kastalón y a su vez el latín como castulo o castellum.

También los pelaskos (pelag-skoi), dan testimonio de su origen, al conservar al igual que una parte de los pueblos uskos de la antigüedad, la raíz etnonímica -Sko- o -Usko-, de sus antepasados; del mismo modo los vascos, coniscos, etruscos, viviscos, auscones, oscos, queruscos, etc.

Es muy probable que estos gaelicos que llegaron al mar Egeo desde las costas gallegas, tuvieran una estrecha relación y parentesco con el pueblo brigante, aquél que protagonizó la epopeya del éxodo milesiano. Recordamos que en ella, plasmada en el Lébor Gabála, se cuenta como los brigantes, zarpan en un viaje marino a través del atlántico hasta el Mediterráneo, y navegan hasta el Egeo, donde probablemente asentarían colonias brigantes, y de ahí arribarían a las costas de Crimea, donde se unirían a sus parientes los escitas. De nuevo, algunos descendientes de este pueblo, regresaría desde Escitia a su patria de origen en Iberia (protagonizando una segunda odisea por el Atlántico hacia las costas irlandesas), haciendo escalada en Egipto, de donde en un momento determinado saldrían en lo que se conoció como el verdadero éxodo, relato que posteriormente se adapta por el judaísmo en la versión mosáica. Este relato celta, proviene de tradición oral transmitida desde hacía siglos por la cultura irlandesa y escocesa. Estas culturas pudieron mantener su identidad céltica más pura, gracias a su aislamiento, la nula romanización, y la escasa influencia de las invasiones. Es por ello que estos relatos han podido llegar a nuestros días de forma bastante íntegra, mostrándose más que como una leyenda épica, como una auténtica fuente histórica popular, transmitida desde los tiempos de los fundadores, por tanto no siendo alterados por invasores u oligarcas, que pudieran destruir su fondo y esencia.

Los pelasgos estarían pues relacionados o incluso podrían ser una rama de los brigantes, siendo al igual que ellos grandes navegantes, en una época en que la navegación marítima no era habitual. Es bastante probable que el relato del Lébor Gabála, pudiera estar contando la remota historia de la odisea pelasga por el Mediterráneo y la fundación de las polis griegas, gobernadas por antiguos reyes, antepasados de los milesianos.

En conclusión, se resume de esta forma, como Grecia y el imperio que surgiría de Alejandro Magno, encuentra su origen en los antiguos pueblos galaicos, a los que ya Estrabón calificaba como “gente ilustre”.

El mundo usko-mediterráneo antiguo, asentado en las grandes civilizaciones mediterráneas orientales, fue desapareciendo con sucesivos desplazamientos demográficos asiáticos. Esta fue la causa de la extinción de las etnias uskas que levantaron Sumeria, Egipto, Micenas o Grecia.

Existen leyendas que formaron parte de la mitología y acervo cultural heleno que muestran su conexión ancestral con los pueblos galaicos de Iberia. Uno de estos mitos es el que protagonizan los amores del Céfiro con las yeguas. La leyenda remonta sus orígenes a los pueblos galaicos ibéricos, extendiéndose por los pueblos célticos de Europa. Las fuentes clásicas observaron en los lusitanos esa narración que identificaron también en la tradición de los griegos antiguos. Se observa por tanto que el pueblo lusitano, una de las ramas de las lenguas protocélticas y relacionado con los galaicos, que pobló los territorios interiores y occidentales de la Península, conservó esta leyenda que estos últimos sumaron a las suyas propias, como el reflejo del recuerdo de los antiguos pobladores pelasgos que fundaron la civilización micénica y griega. En las fuentes clásicas se narra la leyenda lusitana, en donde describe como en los montes sagrados del Olisipo (Lisboa, ciudad que los griegos creían fundada por Odiseo, es decir Ulises), las yeguas respiran el viento del Céfiro, quedando preñadas. El viento en este relato sería un elemento de fecundidad relacionado con la fertilidad, igualmente en la mitología griega el Céfiro era el viento fecundo y suave del oeste, pues era el anunciante de la primavera. En el mito griego, que aparece en la Ilíada, el Céfiro (viento fructificador) embaraza a una Harpía, tomando la forma de un caballo de Aquiles, e igualmente Bóreas, su hermano, engendra a más equinos preñando a otra harpía, transformándose en caballo.

La Odisea, un texto jónico, fue escrita en el entorno de Asia Menor, en la época en que la cultura griega se hallaba en un momento cumbre. En esa situación la historia de Grecia, la escribe la sangre uska, que por entonces todavía poblaba una parte importante de la costa occidental de Anatolia y los jóvenes reinos escitas. El poema que describe la epopeya más conocida de la cultura clásica, narra la vida de Odiseo (Ulises), quien emprende una serie de luchas, viajes y guerras vengativas, con el fin de restablecer su reino perdido. En su itinerario recorre buena parte del mediterráneo, llegando hasta el recientemente formado reino de Escitia. Existe igualmente la leyenda de que Ulises pudo llegar a Iberia, fundado un reino en la costa atlántica. Se dice que este personaje fue quien fundó Lisboa. La historia guarda paralelismos con el mito celta de los milesianos, cuyas fuentes provienen de la Edad Media, pero que narra una epopeya de la misma época que la Odisea, cuyo protagonista emprende casi el mismo viaje que el de Ulises, con escenarios similares (Asia Menor, Grecia, Egipto, Escitia, Iberia, etc.) y que al igual que éste emprende venganzas y batallas para restituir su reino. Probablemente es posible que ambas epopeyas se refieran a un mismo hecho histórico de la Antigüedad, y que el propio Míl o Golam (conocido por los griegos como Odiseo y Ulises por los romanos), fuera desde Iberia a Asia Menor a conquistar la legendaria Troya, viaje por el cual perdería temporalmente su reino (legendaria Brigantia). Es probable sin embargo que la Odisea (o más bien el mito que contiene) y todos sus elementos míticos o legendarios, fueran, incluyendo a Troya, una adaptación de una leyenda más remota que perduraría por tradición oral en las culturas célticas, llegando a nuestros días a través del Lebor Gabála Érenn. El rapto de Helena de Troya, inmortalizado en la epopeya homérica, es en esencia la representación mitológica del sentimiento de la pérdida de la concepción matriarcal de la sociedad y la cultura, y el paso abrupto y trágico a una sociedad patriarcal, militarista y más impura.

Del mismo modo existen leyendas que atribuyen un viaje de Ulises a la costa atlántica de Iberia, en donde se encontraba el reino y la patria originaria de los brigantes. Ulises, según la mitología clásica, era hijo de Laertes y Kalcomedusa, nombre que se traduce como el de guardiana del cobre, relacionándose este linaje con los pueblos dominantes de la técnica de la metalurgia, es decir de la Edad del Bronce, y por tanto asiánicos o uskos de Mesopotamia y Anatolia. Descendería pues Ulises de pelasgos o uskos de origen galaico o protocéltico, al igual que Míl Espáine.

El canon de belleza que ha nacido en las culturas occidentales, y en general la veneración y casi glorificación de lo bello, ausente en el resto de culturas, tiene en el griego su mayor y más dramático exponente. Ni en las culturas mesoamericanas, ni en la China o hindú, se puede encontrar canon o ideal de verdadera belleza alguno, pues realmente esto no existió en ningún momento de la vida de estas culturas. La belleza sólo es patrimonio de Occidente. Las grotescas esculturas chinas, a veces recargadas al extremo para hacer alarde y exaltar aún más la fealdad extrema, o las casi monstruosas figuras aztecas, no hacen más que reflejar la realidad de unas sociedades ausentes de toda belleza, que sólo han podido empezar a apreciar lo natural y bello del ser humano al entrar en contacto con la civilización occidental.

Ese ideal se fragua en la sociedad presocrática, cuando lo bello ya no es lo común y empieza a ser escaso. Al mismo tiempo se inicia el afianzamiento del logos, y el posterior nacimiento del pensamiento platónico, surgiendo del desarrollo del pensamiento occidental absoluto, (la ciencia, la matemática o el arte sin fines meramente especulativos). De esta época también es el nacimiento de la fe de la ciencia y la demostración deductiva (Parménides), o el pensamiento racional (el paso del mito a la razón). La fusión, interrelación e interdependencia del mito y de la razón, del arte, la alegoría (cosmogonía), la metafísica, la filosofía y la ciencia, como necesaria fuente de inspiración unas de las otras. En esta sociedad reinan diosas (como las descritas en la cosmogonía del universo), es decir matriarcas, signo distintivo de la sociedad original pelásgica.

Al encumbramiento de la civilización griega y su genio original incomparable, contribuyeron la paz, la estabilidad y el desarrollo de la cultura usko-mediterránea del levante. A la época de mayor gloria corresponde también la de mayor estabilidad y afianzamiento de los pelasgos o uskos griegos en el Mediterráneo oriental, fundamentalmente cuando fueron dueños del Egeo. Los jonios (griegos asiánicos), asentados en la costa oriental de Anatolia desde circa 1000 a.C., conocidos como pelasgos egialeos, ayudaron a formar gran parte del genio griego, contribuyendo a levantar la civilización usko-mediterránea que floreció en el Egeo, y que perviviría en Roma, y después, tras su caída, en la cultura occidental.

El mito y la alegoría fueron el impulso que determinó la inspiración para la creación del pensamiento platónico, así como el ideal de belleza clásico y otras ramas esenciales en el pensamiento racional puramente occidental, tales como la cosmología, la cosmogonía, filosofía, etc. (es decir el hombre no sirve a la religión, sino la religión al hombre). Empezaron a decaer los rasgos simétricos y la armonía física; empezaba con el mestizaje la agonía del canon griego y el ideal de belleza clásico, ahogado por pueblos afroasiáticos que irían afianzándose en la antigua Jonia y posteriormente en toda Grecia. Con el paso del tiempo los sucesivos griegos ya no se ven reflejados en lo seres representados en las estatuas clásicas. La belleza pasa de ser una realidad tangible, al ideal metafísico platónico, es decir algo imposible de alcanzar, perteneciente a un mundo divino. Creen entonces los griegos en esa belleza ya ausente pero que forma parte del ideal social y humano, sólo perteneciente a un mundo superior. Un universo metafísico que inexplicablemente ha de ser bello, por cuanto la belleza ahora se entiende como algo sobrenatural, pero real (por lo menos desde ese punto de vista). Es decir la belleza existe fuera de cualquier realidad, por tanto unida a la esfera más elevada o inexplicable de esa propia realidad, y relacionada con otros conceptos metafísicos como la justicia, la honradez, el valor, etc., sin los cuales no se entiende la civilización. Sin embargo los autores clásicos pertenecen a un mundo decadente, que va levantando un muro cada vez mayor entre el pasado y la realidad en que viven. La belleza no es un concepto como el de justicia, libertad, etc., es un valor que pertenece al mundo físico y en él muere. Los griegos no sólo conocían la belleza, sino que la observaban, la representaban y la apreciaban como algo cada vez más escaso en el mundo; no solamente admiraban la belleza, sino que la añoraban.

Una vez deteriorada la belleza original griega, se intenta dar sentido o plasmar el ideal, transformándolo en una regla o canon, conformando la simetría y la armonía de las cosas bellas, es decir la medida de lo “intangible”.

En este contexto conceptos como el de permanencia o estabilidad van dejando de existir, surge el pensamiento de que lo bello no se renueva, y como el resto del mundo y de las cosas, permanece sujeto al tiempo y espacio que corre en su contra, reduciendo cada vez más su esfera a lo íntimo o subjetivo, es decir a la percepción individual. El canon ya sólo es una metáfora o una utopía, en este último caso aplicado a toda la civilización (Estado ideal), algo por tanto inalcanzable, imperceptible o sobrebhumano.

Finalmente también, como todo lo que queda en el mundo de la mente y la ilusión, sin representación real, el canon fue dejando de tener aprecio, y fue perdiendo sentido y valor. La mentalidad griega cambió su naturaleza y equilibrio, volviéndose indistinguible del mundo y carácter afroasiático.

Junto con ello se atisban ya de forma bastante precisa otros elementos orientalizantes en el pensamiento griego, que aparecen ya en época clásica. En el mito de Er, de Platón, ya se menciona la metempsicosis, una especie de reencarnación o transmigración de las almas a otros cuerpos distintos, relacionándolo con el premio o castigo por la vida anterior.

Lo cierto es que la sociedad primigenia griega o pelásgica fue también el centro de la belleza y la armonía, necesaria fuente de inspiración para la cultura clásica. Esa belleza, heredada luego por Roma (Etrusquia), y de la que evidentemente también participaron en buena medida el resto de culturas usko-mediterráneas, representada en la Grecia clásica en las esculturas de Atenea, Discóbolo, Hermes, Apolo, Afrodita, Venus de Milo, etc., es el reflejo no del ideal en que se convertiría, sino de una sociedad y belleza propia de la gente que pobló buena parte del Mediterráneo oriental, cuando las razas semíticas aún no se habían afianzado en él.

Es indudable que la belleza ideal y el canon grecolatino responden al modelo racial occidental, en donde reside el mayor exponente de belleza humana tanto femenina como masculina, comparándosela con cualesquiera razas del mundo. Allí donde la raza occidental, empezó a extinguirse la belleza empezó a ser un ideal conjuntamente con la sociedad utópica o civilización pletórica.

Las culturas intelectuales y trascendentales han sido bellas, y más que un elemento puramente estético, la belleza ha servido como uno de los mecanismos que ha impulsado el surgimiento de la filosofía y el arte, disciplinas ambas necesarias para el inicio y desarrollo de la civilización. La filosofía tal y como se entiende en Occidente ha estado completamente ausente del mundo y de las civilizaciones mesoamericanas, de igual forma en las culturas asiáticas, y ya no digamos en África con la salvedad de Egipto. El arte de estas culturas ha sido siempre monstruoso, primitivo, esquemático, inmaduro y carente de belleza e intelectualidad.

Los pueblos occidentales y de sangre céltica (los hijos de padres y sobre todo madres de estirpes occidentales célticas; entendiéndose que quizá influyera de forma más determinante o intensa la mujer en la transmisión del elemento de belleza tanto en las hijas como en los hijos) son los que han preservado más y mejor el sumo ideal de belleza del ser humano, casi de modo exclusivo. En la zona intermedia se encuentran aquellos pueblos o etnias que preservan algo de esa sustancia armónica y belleza natural, por contacto y herencia con la sangre occidental céltica, diseminada por buena parte de Eurasia desde antiguo. En el lado opuesto están aquellas razas que han preservado todos los aspectos y rasgos primitivos e inarmónicos de la especie humana, por haberse desarrollado inalterablemente muy lejos de esa influencia céltica femenina.

La belleza también es sinónimo de salud, y no hay raza más saludable y fuerte que la uskara, por cuanto en su larga historia y el rigor del hielo, diezmó y extinguió las constituciones débiles e inarmónicas. Cuando el español, portador de buena parte de la esencia céltica o uskara europea, llega a América en 1492, actúa como un hielo cuaternario diezmando con sus nimias enfermedades a la débil y salvaje raza indígena.

En la actualidad cabría la pregunta de dónde están los restos si aun quedan, de los fundadores de la civilización griega, si en efecto todavía existe algo de esa antigua raza del Egeo en los griegos y la Grecia actual. La filología unida a la antropología, ha servido durante siglos a los historiadores, lingüistas y antropólogos para configurar una aproximación del mundo clásico o la historia antigua y a teorizar sobre su debacle. Actualmente podemos suplir el engorro que supone un estudio filológico comparativo, pues contamos con modernos estudios genéticos de población, con los cuales se puede determinar el origen, transcurso y resultado final de civilizaciones antiguas. En muchos casos el estudio lingüístico es confirmado por el estudio genético, en otras ocasiones se descubre el error interpretativo al no corresponder con la realidad racial presupuesta, puesto que a veces en los procesos culturales de asimilación o absorción es posible que las razas sometidas por otras de distinto ámbito cultural o lingüístico no sufrieran un detrimento o fusión proporcional a dicho elemento cultural o etnológico dominado. La historia ha sido enormemente convulsa y los procesos culturales demasiado complejos, como para depender tan sólo de elementos meramente culturales y filológicos para determinar la naturaleza de buena parte de los numerosos pueblos euroasiáticos .Hasta hace unas décadas no se contaba con estudios genéticos, por lo que la antropología podía contar con elementos arqueológicos y lingüísticos casi de forma exclusiva para descifrar el enigma y origen de los pueblos. La genética hace prácticamente prescindibles estas disciplinas que a lo sumo vendrían a confirmar sus resultados. La paternidad de los pueblos tanto los modernos como aquellos que protagonizaron las civilizaciones antiguas, es decir, su origen, viene asegurado con el estudio genético de sus poblaciones autóctonas. El estudio permite crear un mapa genético para poder buscar y dar con dicho origen, encontrando de entre la población real o autóctona (evidentemente la única valiosa para estos estudios) los elementos raciales más remotos. En el caso de sociedades que hayan sufrido procesos expugnativos y mestizaje racial más o menos intenso, se podrán ir encontrando otros elementos superpuestos al origen racial más remoto, es decir capas sucesivas o eventos de la genética legada por los pueblos invasores o colonizadores. Actualmente podemos ver los resultados del mapa genético de Grecia, para interpretar su historia y probar su origen y devenir étnico (eventos históricos raciales) en el transcurso de milenios. Los resultados arrojados en dichos estudios (Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Alemania, la Universidad de Oxford y la University College London) prueban que en torno al quince por ciento de la población real griega, asentada en las regiones pelásgicas en donde florecieron las civilizaciones micénica, ateniense y cretense, posee un antepasado pelásgico o usko-mediterráneo, es decir pertenecen al haplogrupo R1b, siendo el evento que trajo dicho legado de procedencia antigua (Neolítico). Dicho proceso se remonta a la Edad de Hierro, sucediéndose hasta hace seis mil años, en el transcurso de varias oleadas usko-mediterráneas, a través del mar, producidas desde el Neolítico, que poblaron el Egeo hasta la costa occidental de Asia Menor. Estos eventos culminarían con otra gran oleada, esta vez usko-atlántica o céltica, proveniente de la expansión de la cultura de Hallstatt, que llegaría desde el Danubio. Este porcentaje se reduce progresivamente a diez o menos conforme se avanza hacia las regiones interiores y septentrionales del país, aumentando sensiblemente de nuevo en las zonas que conformarían el antiguo reino de Macedonia (Bulgaria, Albania, Montenegro). También se encuentran restos escitas o celto-escitas (probable huella de los pueblos godos que invadieron y ocuparon Atenas durante la caída del Imperio Romano).

Desde el punto de vista científico hoy día ya es incuestionable la atribución del haplogrupo R1b y de la raza mitocondrial de origen ibero-atlántico, a la repoblación neolítica de Europa. La cuestión vendría de aclarar cuándo deja Grecia y el Egeo, de ser una civilización usko-mediterránea, para pasar a ser una decadente patria afroasiática. Actualmente podemos decir que la realidad griega viene a ser la de que su único lazo étnico con Europa occidental, sería aquel legado genético dejado por estos pueblos usko-mediterráneos y atlánticos, que juntamente con el de los escitas y eslavos (lejanamente relacionados con los uskos originales u occidentales), darían un porcentaje total que no llegaría al treinta por ciento actual. Dicho porcentaje se aumentaría probablemente hasta un ochenta, en los tiempos que comenzaba a desarrollarse la civilización micénica. Desde su mismo origen Micenas muestra signos distintivos de las sociedades célticas primigenias como el megalitismo o la arquitectura ciclópea, que es la misma que se observa en los castros defensivos de la península Ibérica, en algunos casos perteneciente a pueblos prerromanos celto-iberos septentrionales y del interior, que permanecieron aislados de toda influencia mediterránea, y cuyo origen arquitectónico es un elemento etnológico extendido a través de los pueblos galaicos o pelásgicos por el Mediterráneo oriental hasta el Egeo. También se advierte en Micenas una sociedad original establecida en base al matriarcado (elemento común a los pueblos célticos e ibéricos), representada en la concepción matriarcal de su religión, encarnada en la diosa madre Diwia, divinidad femenina, como también lo era la creadora madre de la civilización sumeria. Sin embargo muy probablemente la concepción particular del fenómeno religioso y mitológico griego fuera creado una vez se asentaron las culturas y pueblos usko-mediterráneos y de origen atlántico, algunos de los cuales, como era el caso de los galaicos, eran según describía Estrabón pueblos ateos. Dicha concepción mitológica y religiosa de la Grecia clásica, sería desarrollada en base al sustrato de leyendas de los antiguos colonos pelasgos y al germen de las divinidades usko-mediterráneas, cuyo culto se afianzó en el Egipto faraónico. La cosmogonía posterior, desarrollada con el nacimiento del fenómeno filosófico-religioso, vendría a ser la consecuencia de la decadencia racial de la civilización usko-mediterránea. Se sabe que la filosofía, acontece y es promovida bajo el genio civilizador de los pueblos uskos, cuando se desarrollan circunstancias de decadencia social, por tanto sería éste un síntoma del inicio del fenómeno del hundimiento de la civilización griega y de su abrasamiento racial, como lo fue el estoicismo de la romana.

El apogeo de Grecia, y por tanto el surgimiento del clasicismo greco-romano, tienen lugar mediante un lapso de tiempo, tras el final de las guerras médicas, en el cual el territorio continental griego y Jonia, no es que vivieran momentos de paz total, sino que pudieron de manera ininterrumpida y durante el tiempo suficiente quedar aisladas del contaminante asiático persa que tiempo atrás de forma intensa llevó a cabo intentos de aniquilación de la naturaleza occidental griega. Esa fue la raza, que no se sometió al poderoso Darío, y que ejecutó a sus embajadores sin escucharlos, aniquilando al asiático que entra a profanar su casa sin ser invitado. No hay trato más civilizado que pueda ofrecerse al que invade tu casa. Son varios los autores occidentales que advirtieron el hecho trascendental que supuso la segunda guerra Médica, y de las catastróficas consecuencias que hubieran tenido no sólo para el mundo griego y clásico, sino para la civilización occidental, el que Atenas hubiera sido conquistada por los persas. Este hecho sin duda se hubiera traducido en las consecuencias ya vistas siglos después durante la dominación turca, o mucho antes, en el Imperio Bizantino, cuando Grecia era ya parte inseparable del mundo asiático. Es decir, como advirtieron varios autores, el genio griego probablemente nunca hubiera despertado, e igualmente el clasicismo greco-romano, hubiera sufrido drásticas consecuencias.

Los problemas y los conflictos con Persia y Esparta, que aún persistieron hasta la dominación macedonia, no impidieron el florecimiento de la Grecia clásica, que como es de suponer contenía en abundancia la sangre primigenia, que posteriormente también en Roma elevarían a la cultura clásica a su cenit.
La historia de Grecia es precisamente la que corresponde a su periodo de apogeo, de genio y creación que representó la etapa clásica. Es en sí esta época, toda la historia griega, pues acabado dicho periodo termina en esencia y naturaleza lo propiamente griego y da comienzo una nueva realidad distinta.

Posteriormente tras al advenimiento de Alejandro Magno, el imperio macedonio ya presentaba signos de salvajismo, impropios de la civilización griega. Las guerras de Alejandro, más que alejar el semitismo, lo trajeron con más fuerza a Grecia y a todo el Mediterráneo, con un flujo cultural y poblacional mayor que durante la expansión del Imperio Persa. La raza griega original de los cráneos mesocéfalos representados en las estatuas clásicas con todos los rasgos propios de la raza occidental, pasó poco a poco a convertirse en una raza braquicéfala semítica.

Lo que evidentemente no podía saber Alejandro Magno, era que una relativamente rápida conquista de Asia, supondrían el principio del fin de su Imperio, y de lo que quedaba, ya por entonces decadente, de la civilización helénica. Esa fulminante resolución del conflicto y la pacificación de Oriente Próximo, atrajo la estabilidad, desarrollo comercial, el intercambio cultural y la comunicación entre los pueblos. Es decir lejos de cobrarse la venganza por la que había iniciado la contienda, y poner a Persia bajo los pies de su civilización, arrastró a esta última a los pies del semitismo de una vez y para siempre. Con una guerra más permanente y prolongada Alejandro no sólo hubiera mantenido lejos del conflicto a Grecia y al Helesponto, protegiendo a su población de la guerra. Al mismo tiempo los pueblos semitas y sus regiones de origen se hubieran visto inmersas en la inestabilidad permanente, la guerra, hambrunas, etc. Las levas de los ejércitos hubieran estado conformadas principalmente por semitas de los territorios conquistados y no por griegos o macedonios, que a su vez se hubieran enfrentado a otros semitas de los ejércitos persas, acelerándose aún más el debilitamiento de dicha población. La guerra y la inestabilidad hubieran servido como un factor determinante para evitar el desarrollo intercultural y comercial, y con ello también el flujo demográfico entre Asia y el Mediterráneo. El hecho por tanto es que Alejandro, pacificando la región , lo que hizo fue cavar la tumba de su pueblo, haciéndole el trabajo a su propio enemigo.

Lo que sin duda debió haber hecho Alejandro, es no conquistar rápidamente Persia, sino mantener el mayor tiempo posible la guerra activa en el corazón del semitismo y de dicho imperio, hasta aproximarse lo más posible a la aniquilación del mismo, destruyendo todo aquel elemento de utilidad que pudiera servir a futuros repoblamientos, haciendo con ello de la gran anábasis de Asia un camino, el único, hacia la salvación de la gran civilización griega.

Existían en la mitología griega, protectores y vigilantes de las fronteras cuya finalidad era proteger a la antigua raza griega, uno de ellos era Talos (semidiós), una máquina gigante de metal fabricada por Dédalo, y cuya función era la aniquilación de los extranjeros que se aproximaban a las costas de Creta. El coloso de bronce daba tres vueltas a la isla en busca de extranjeros a los que recibía a pedradas o los abrasaba al calentarse en las llamas y atraparlos al fuego vivo.

La historia de Grecia comienza con su fundación y termina con la dominación romana. Algunos autores atribuyen a la cultura greco-romana el ser resultado de una fusión de elementos y caracteres. Sin embargo la expansión alejandrina, que representó un momento de intensivo mestizaje y penetración cultural del mundo asiático, no trajo en Grecia, un renacimiento de su genio y su cultura, ni potenciaron los valores y logros alcanzados. Por contra con Roma, esos mismos elementos no se mezclaron, sino que se potenciaron con sangre renovada de los pueblos uskos itálicos, los etruscos, ligures, oscos, volscos, etc. En España el fenómeno de africanización y orientalización, se vivió fundamentalmente en la Edad Media, con la invasión musulmana de la Península. Los procesos anteriores se circunscribieron a determinadas localizaciones fundamentalmente en el sur y la costa mediterránea, o fueron esencialmente un fenómeno cultural proveniente de las corrientes comerciales del Mediterráneo, básicamente de fenicios. El acontecimiento posterior de la Reconquista, y los decretos de expulsión de los residuos que quedaron, marcan la diferencia con respecto al proceso que se vivió en Grecia. Tenido por muchos autores como un acontecimiento negativo, lo cierto es que a diferencia de Grecia, España, tras su victoria, impuso un proceso de restitución del statu quo racial, invocando lo que se denominó limpieza de sangre. No fue por tanto un simple fenómeno de tipo religioso o cultural, (este último aspecto prácticamente no se vio alterado), sino fundamentalmente de reconquista étnica. Esto mismo ha sido objeto como hemos señalado de atribuciones negativas, no sólo desde el punto de vista social o humanitario, sino económico. Sin embargo lo cierto es que no haber sometido a la población ibérica a los procesos llamados de limpieza de sangre, hubiera tenido las mismas consecuencias que una hipotética derrota de Grecia en la segunda guerra Médica. El resultado probable hubiera sido que España, ahora sería indistinta no sólo a los países del sur de Europa, sino quizá también a los del levante mediterráneo. En Grecia, el entorno cambió drásticamente, las regiones vecinas, incluyendo Jonia, fueron viendo como sus poblaciones se fueron convirtiendo en asiáticas, diluyendo poco a poco su distintiva sangre original. No tuvo Grecia un referente en el que mirarse tras el advenimiento del Imperio Bizantino, que no fuera el continente asiático, todas las regiones vecinas eran una parte inexorable e irreversible de Asia, y Grecia se confundió en el mar y las culturas asiáticas. España por contra se encontraba en el Occidente europeo, mirándose constantemente en su base cristiana para cimentar su formación y desarrollo, y por tanto teniendo como referentes a las naciones cristianas occidentales. A estas naciones también se remitió el concepto histórico de sangre vieja, tenida ésta como el elemento original de toda nación verdaderamente cristiana. La raza cristiana original, era por tanto aquella que se oponía a las razas africanas y asiáticas, cuya filtración suponía la pérdida irreparable de cristiandad, autenticidad y pureza.

También es de destacar la particularidad de que el desarrollo de la historia antigua de la Península Ibérica, no estuvo marcado por fenómenos de esclavitud masiva, que sí se dieron en buena parte del Mediterráneo oriental, siendo quizá un ejemplo máximo el de la Grecia antigua. Esos esclavos, eran extranjeros procedentes de África o Asia, y sustentaron el nivel de vida y desarrollo urbanístico helénico. Iberia permaneció al margen de dichos procesos, y también del desarrollo urbanístico que atrajo a un número considerable de población extranjera a las polis griegas.

Otro dato importante es el aportado por el censo de Demetrio de Falero, que determinaba que con seguridad más de las tres cuartas partes de la población de las polis era extranjera ya en época de Platón, por lo tanto era una realidad afianzada en la Antigüedad clásica. Una señal importante del pensamiento griego, fruto de la sociedad inmersa en un irreversible cambio, es la República de Platón. El filósofo expresa en ella la percepción de una raza, cultura y sociedad griega a puertas del caos.
El sinecismo y el desarrollo urbano griego, condujo a un efecto llamada de comerciantes y marinos venidos del Mediterráneo oriental, fundamentalmente fenicios semitizados, sirios y asirios, al igual que otro importante número de esclavos, fundamentalmente africanos. Otra señal del pensamiento griego es el testimonio que se deja en la República de Platón de una sociedad profundamente marcada por el cosmopolitismo y la consecuente corriente de ideas y problemática que implica, en el contexto de una sociedad antigua.
En este sentido habla el filósofo no de tres castas o estamentos sociales, sino de tres razas, cuya hermanación es fruto del colapso de las constituciones raciales que regían su estatus legal y social, y en definitiva definían la nación como algo esencial y naturalmente griego. La flexibilidad que en aquella época se empezó a desarrollar en el contexto urbano sobre los extranjeros y esclavos en cuanto a obtener la libertad o mayores derechos, así como posesiones y vínculos con la población griega, creó un nuevo escenario en la nación formada por las polis griegas. Atraer al extranjero implica traer su sangre de forma permanente e imborrable. Este momento es trascendental por muy lejano que llegue a parecer pues sus efectos afectan a la naturaleza de la nación y no pueden retrotraerse. En el caso griego, el proceso realmente vendría a ser la consumación misma de la desaparición de la nación griega, y del rastro de sus fundadores, ejemplo de ello la conjunción de elementos raciales semitas, africanos y eslavos de forma más que notable en la genética de los actuales griegos. El R1b en los griegos vendría casi a corresponder con el porcentaje que arrojó el censo de Falero para la época de Platón en la región del Ática, respecto de la población griega en comparación con los esclavos y extranjeros, es decir en torno a un 5-10 por ciento. Los actuales griegos tienen ese porcentaje de población descendiente del haplogrupo R1b, y por tanto procedentes de los remotos fundadores pelasgos de la cultura y las polis griegas.
De las tres razas que habla Platón una de ellas es la que determinaría el gobierno, la cultura y la filosofía de la República, aquella en cuya mezcla puso la divinidad oro, seguida de las otras dos, la de siervos y extranjeros (dedicados fundamentalmente al comercio, la navegación etc.) y finalmente eslavos (dedicados a la agricultura, construcción, etc.). También se observa en el autor una preocupación acerca de la necesidad de control del desarrollo demográfico y reproductivo de la población. Este interés por cuestiones que en principio no conciernen ni a la política ni al Estado, se muestra en una sociedad inmersa en la destrucción de su pulmón racial y la reducción de la sangre griega a su mínima expresión para después consumarse para siempre como la llama de una vela.

Debemos observar como en la República, Platón identifica a las tres clases o grupos sociales en los cuales divide su utopía política con los caracteres propios de las tres castas y razas que constituían la polis griega. Así por ejemplo los ciudadanos que eran los miembros naturales de la raza griega, es decir los descendientes últimos de sus fundadores, son descritos por Platón como aquellos destinados a gobernar, lo cual era el derecho propio de la política, circunscritos a los propios griegos. No hacía falta por tanto configurar o decir nada nuevo, por cuanto la raza gobernante ya era un hecho propio de la polis griega, sino más bien reafirmar la cada vez más desdibujada frontera invadida por la constante masa de extranjeros. La justificación de que aparezca como algo creado por la República, es básicamente un intento de justificar la permanencia y conservación de las leyes raciales que rigieron a las polis, y su crítica a la democracia podría venir de ese misma intuición de que ella, o más bien su degeneración, pudo los derechos de masa de extranjeros que usurparían el poder político y destruirían las constituciones raciales, y por tanto acabarían, como de hecho sucedió para siempre con Grecia. La segunda clase es la de guerreros, soldados, mercenarios y comerciantes y artesanos, es decir nuevamente no hace más que reafirmar lo que ya existía en Grecia, la clase propia de los extranjeros que no ostentaban la ciudadanía, no podían participar de los derechos políticos ni poseer la tierra de los griegos, pero sí podían comerciar con ellos o servir como soldados, algo bastante parecido a los clientes y libertos en Roma. Por último como ya apuntamos, Platón deja una clase, la que deberían ocupar los esclavos, destinada al trabajo de la tierra y de la construcción, o mano de obra. Platón también habla de la construcción de un mito en el cual basar y conservar dichas clases permanentemente, y al mismo tiempo le da al mismo un carácter de unidad, aludiendo a la condición de que todos son diferentes pero hermanos. Esto último es el signo de unidad que debió fortalecerse en la sociedad de las polis, en el contexto de las guerras médicas y durante los siglos posteriores. Esta llamada a la hermandad en momentos de crisis o en tiempos de guerra también se vivió durante la Segunda Guerra Mundial, de esto modo EEUU, debió intensificar los lazos de unidad, fraternidad e igualdad con aquellos que trataba desigualmente, y lo que empezó en afianzarse en el ejército, se trasladó al plano civil y finalmente legal. En el caso griego ocurrió el mismo proceso de unidad sobre los desiguales, pero además uniéndose un proceso de descomposición de la propia naturaleza racial, que ya era un hecho evidente e inevitable. Fruto de ello es la creación de la República platónica.

Según el mencionado censo de Demetrio de Falero del Ática, la población griega nunca podría haberse recompuesto o sobrevivido unas pocas décadas más. En este caso sería como si en España llegaran quinientos millones de extranjeros, es evidente la sentencia de muerte que supone para un país. Y de repente en pocas décadas, se tendría una población totalmente extranjera que se arrogaría por siglos la historia, la cultura y las creencias del pueblo original.
Con la situación descrita lo más probable es que para después de la era de Alejandro Magno, en Grecia no quedara puro ni un solo griego.

El caso griego presenta la particularidad que no se ha dado nunca en la historia de haber influido más sobre el conquistador que viceversa. El proceso de romanización en Grecia no sólo fue un fracaso, sino que derivó en la helenización de Roma, sin que Grecia hubiera ni si quiera puesto un pie en el territorio romano, y llegándose a llamar desde entonces la cultura romana como greco-romana, yendo de la mano una de la otra ya de forma inseparable. Esta asimilación a la inversa, donde el conquistador es conquistado por la abrupta cultura de su vencido, no se ha dado en la historia de forma tan intensa como en este caso. Habría que preguntarse qué vieron los romanos al llegar a una Atenas que deslumbró con sólo poner un pie en su suelo, para comprender lo poco o nada que queda de ella hoy día y lo distantes que están la Grecia clásica de la Grecia actual, qué ojos dibujaron el Partenon y qué ojos lo miran ahora.

Hay quienes ponen en la influencia oriental una de las causas importantes del florecimiento y rápido desarrollo de su cultura y sociedad. Sin embargo si observamos a las culturas orientales no podemos por lo menos hasta el Imperio Seleúcida, hallar conexión alguna entre el arte aqueménida semítico o babilónico y el griego prealejandrino. No existe relación de identidad entre la cultura griega clásica y la oriental. En el arte se establece una clara división entre Grecia representada en la Acrópolis y los templos orientales de Oriente Próximo. Igualmente en la historia del pensamiento, no existen en Oriente genios pensadores que representen un desarrollo trascendental y fulminante como el genio que albergó la polis griega. En el carácter, el pensamiento, el arte y la forma de vida antigua no puede verse en la Grecia clásica más identidad y naturaleza que la pura esencia occidental, siempre en posición de tensa lucha frente al mundo oriental, que llevó a las guerras médicas y finalmente a Alejandro a invadir Persia. El momento en el que Grecia empieza a exponer al mundo la inmensa influencia de su cultura, es el mismo en que Oriente se sume cada vez más en la decadencia e irreversible pérdida de todos los elementos que cimentaron su antigua civilización fundada sobre el imperio sumerio. Las conexiones que algunos parecen advertir sobre la civilización griega y el mundo oriental, son posteriores al proceso de apagamiento y decadencia de la cultura helena, fundamentalmente a partir del Imperio Seleúcida. Anterior a esto la civilización helénica, es en cuerpo y alma y en todas sus sublimes manifestaciones, de naturaleza occidental.

Podemos afirmar que en el caso griego la lengua muerta es el fruto también de la muerte de una raza.

En época de la formación del sinecismo griego, los asentamientos y colonias de los pueblos uskos, eran abundantes desde los Balcanes hasta las regiones pónticas. Las tribus celtas y escitas se extendían por el norte de Grecia, y a lo largo del Danubio (Istros). Al sur sus parientes uskos, formados a partir de oleadas de iberos pelasgos, se iban desarrollando y urbanizando, dando comienzo a la civilización griega. El Mediterráneo oriental era el centro del mundo civilizado, y las fuentes fértiles de sangre uska abundantes por todas sus riberas. Entre la Escitia y las regiones griegas, se encontraba la Dacia y la Tracia, ambas originadas sobre sucesivas migraciones de pueblos célticos y escitas, que dieron origen al pueblo de los dacios y tauriscos, asentados desde los Cárpatos hasta el Póntico y Tracia. Los dacios denominados como bárbaros por los griegos, al ser éstos extranjeros, eran una sociedad avanzada, matriarcal y culturalmente céltica, cuyas influencias culturales provenían del imperio escita y la civilización griega. Al igual que éstos últimos, los dacios formaron un sinecismo a través del desarrollo urbano, y durante siglos sus fortificaciones y la barrera natural de los Cárpatos, sirvieron de barrera al avance oriental de los pueblos túrquicos y eslavos, tras la descomposición del imperio escita y las primeras migraciones masivas al oeste de los protogermanos. Su situación fue clave para mantener el estatus occidental de los pueblos balcánicos. Hasta el definitivo derrumbe de los dacios, por los romanos, su reino mantuvo protegida la abundante sangre uska de la península balcánica, durante buena parte de la historia antigua.

En la Dacia céltica, quedaron legados de lenguas con elementos usko-mediterráneos y propiamente célticos o galos. Existió en Dacia una extensa región llamada Britolages, cuyo nombre se relaciona con el pueblo britón o britano, que probablemente emigró junto con pueblos galos a esta remota tierra en tiempos también muy remotos. Su nivel de desarrollo permitió a los dacios mantener su independencia y promover fuertes relaciones comerciales con su entorno, especialmente con los griegos. Adoraban a matriarcas diosas, una de las cuales era la diosa madre Kotys. Tanto su sociedad, cultura como su pensamiento y mentalidad religiosa, se conservaron con gran indemnidad hasta la llegada de los romanos. Más al sur se establecieron los pueblos tauriscos, probable colonia pelasga, cuyo río se llamaba Ebro (Evros), nombre que nos indica que básicamente fueron usko-mediterráneos.
La romanización dacia, supuso una diferencia importante con respecto a lo que venía siendo en otra partes de culturas célticas, como fue en Hispania o las Galias. Trajano impuso medidas drásticas en una zona que estaba próxima a Germania y al Danubio, y al mismo tiempo a la cada vez más convulsa región de los Sármatas. Esto conllevó el final de los dacios, el decreto de su exterminio y desaparición, y la ulterior colonización latina, a la que posteriormente se fueron añadiendo oleadas de las nuevas poblaciones orientales que fueron empujando a protogermanos, escitas, etc. Finalmente a las últimas migraciones de túrquicos, hunos y magiares, se fueron añadiendo también los eslavos. El final de la Dacia y la brutal romanización, abrieron la puerta de entrada para la orientalización y eslavización profunda de los Balcanes, y a través de la ruta del Danubio, de todo el resto de Europa oriental. Rumanía fue una de las más importantes puertas históricas de entrada de pueblos asiáticos, túrquicos, eslavos y gitanos a Europa.

 

La catábasis.

El proceso por medio del cual la cultura greco-romana dominante militar e intelectualmente en el Mediterráneo, fue finalmente sustituida en la mayor parte del mismo por el semitismo y el elemento racial afoasiático, teniendo su origen en la expansión comercial del mismo a través de la intensa proliferación y afianzamiento de las rutas comerciales.
En su primera fase pudiéramos distinguir en la orilla oriental del Mediterráneo, una nación, llamada Fenicia, la cual se originó a partir de la cultura usko-mediterránea de Ugarit, y la incidencia creciente de los pueblos afroasiáticos que protagonizaron la decadencia y deceso de la gran Uskaria sumérica. Si bien hubo un cambio cultural, a consecuencia de la mezcla de dichos elementos, la naturaleza uska pervivió durante el proceso expansivo, por lo menos estráticamente. La cultura fenicia, o protofenicia, podría ser entendida precisamente como el resultado de esa inicial fusión entre el elemento usko y el semítico. Es así como nace la lengua del comercio mediterráneo, que se erigió durante siglos como la auténtica lengua del mar.
Si bien es cierto que la expansión fenicia se obtuvo gracias al desarrollo marítimo y comercial, también existía un elemento militar y aristócrata en la sociedad fenicia, que no estaba familiarizado con la actividad mercantil.
El imperio cartaginés fue derrotado por el romano, y mientras el elemento militar y aristócrata desapareció, pervivió la naturaleza semítica y mercantil, así como las rutas comerciales controladas desde Asia, ahora a través del Mare Nostrum romano.
Esa naturaleza mercantil y semítica, incidió de manera importante en el imperio cartaginés, que fue un brazo original de la civilización púnica. Como ya hemos explicado no toda Fenicia era semítica, y el resultado de la fusión de este último elemento cananeo con el usko-mediterráneo ugarítico formaría la cultura protofenicia o púnica. Sin embargo el imperio cartaginés es fundado originalmente por la oligarquía, quien se sirvió, al igual que Grecia y otras civilizaciones del Mediterráneo, de las rutas comerciales semíticas. Esto último fue el brazo común de todas ellas. En Grecia, este elemento no fue menos importante, e incluso en algún momento llegó a ser más determinante que en toda la historia fenicia. El imperio cartaginés, se extinguió cuando el elemento aristocrático y uskario fue vencido en la campañas militares, sin embargo el mercantil, sobrevivió y se afianzó, creciendo y expandiéndose a través del Imperio Romano.
La preponderancia cultural clásica de Grecia y Roma, cuyo poder intelectual y militar arrasó las culturas inferiores, no se enemistó con el elemento semítico, que careciendo de cultura, adoptaba la de aquellos pueblos que eran visitados por sus mercaderes, adaptándose a una peculiar auto-adopción, que perseguía mantener estable el Mediterráneo, así como intactas las rutas comerciales preestablecidas.
Es necesario dar nombre y desarrollar un concepto básico en el presente tratado, siendo así que catábasis, es la forma opuesta a la anábasis, es decir el proceso inverso y posterior al imperio alejandrino.
Como ya hemos explicado es sobre todo a partir del primer milenio antes de Cristo cuando se afianzan los puentes de lo que aquí llamamos la catábasis, a lo largo de todo el Mediterráneo.
Aunque bien es cierto que este proceso comienza su curso histórico bien definido tras las conquistas de Alejandro Magno, hay que decir, que su culminación, esto es, la expansión por todos los confines del Mediterráneo y por sus regiones más occidentales, acontece en periodos anteriores, aunque no de forma consolidada.
Es en esta época cuando se inicia una expansión colonial de los comerciantes cananeos, cuyo avance les lleva a tomar contactos con el Mediterráneo occidental, y con las civilizaciones incipientes de Iberia, como Tartessos.
El Imperio de Alejandro Magno, lejos de invertir o frenar este proceso, se sirvió de él, para introducir en Grecia, cambios importantes tendentes a plantar las bases para la definitiva orientalización del Egeo. La expansión macedonia contribuyó en mucho al afianzamiento y consolidación del elemento cananeo en sus diversas modalidades (griega, egipcio-africana, romano-etrusca, fenicio-cartaginesa, ibero-tartesa, etc.).
El romano actuó igual que el griego, y el semitismo se consolidó definitivamente a lo largo de todo el Mediterráneo.
Al fin del Imperio Romano, la inestabilidad promovió un freno de las rutas comerciales que durante siglos habían formado ininterrumpidamente un sistema global de intercambios y tránsito de personas y mercancías de Asia. La falta de un gran poder central, y el ocaso económico, pusieron fin momentáneo a la catábasis mediterránea, cuyo resultado fue un traspaso casi ininterrumpido de poblaciones enteras de Asia y África, al Mediterráneo europeo y al Occidente. En algunos casos, dicho evento supuso el cambio demográfico de naciones como la griega y su transformación de una raza y cultura occidental a otra oriental.
Podemos dividir la catábasis en dos grandes periodos o eventos históricos. El primero abarcaría desde el segundo milenio a.C., hasta mediados del primer milenio a.C.. En esta etapa la catábasis se desarrolla tras los acontecimientos que siguieron a la caída de Sumeria, y el afianzamiento del semitismo a lo largo de la costa oriental del Mediterráneo. Abarcaría una segunda fase expansiva a través de la consolidación de las rutas comerciales y su alcance hasta las regiones más occidentales, y finalmente terminaría con la consolidación del elemento cananeo en otras civilizaciones mediterráneas (Egipto, Grecia, Tartessos, Etruria, etc.). Algunas de ellas, como ya hemos explicado fruto de este evento cambiaron su fisionomía para siempre, adoptando la parte afroasiática como el todo.

Las guerras médicas, no alteraron la catábasis asiática, por cuanto el Egeo ya había sido semitizado durante siglos, y al igual que otras regiones como Fenicia o Egipto, se encontraba en un punto sin retorno que lleva al ocaso de las naciones, culturas y civilizaciones enteras.
Como ya explicamos la victoria helena, es interpretada por muchos como el apogeo de la cultura y civilización del Egeo. Esto implicaría el afianzamiento y expansión de sus presupuestos y principios más allá de Jonia y su asunción por los pueblos dominados.
Sin embargo será por medio de Roma y no por el vasto imperio alejandrino, como se sostendrá y afianzará la cultura helena. En Asia dicho elemento se tomará como un estilo o enseña del dominador, más que una verdadera forma de pensar y en consecuencia entender el mundo, la sociedad, la política, el arte, etc. El asiático ni valora ni admira aquello que no entiende, cuyos principios psicológicos, intelectuales, espirituales y estéticos le son contrarios.
En este punto no se alcanza conexión intelectual y psicológica, y la cultura no se retroalimenta, paso éste necesario para el desarrollo y afianzamiento de una civilización. Es en consecuencia ésto lo que determinó que el imperio alejandrino, no formara nunca una civilización. El debilitamiento racial de la Grecia clásica, unido a la profunda desconexión intelectual con el resto de pueblos dominados por Alejandro Magno, convirtieron una de las mayores gestas de la historia en un mero acontecimiento militar, como el que formó al imperio mongol, que no frenó el dominio de la sangre afroasiática sobre todo el Mediterráneo oriental.

Se produce entonces la definitiva e irreversible desconexión psicológica intelectual y espiritual de Grecia con respecto a su historia y su pasado occidental, y su unión estable con el mundo al este de los Dardanelos.

El estudio genético de las poblaciones de Europa y el Mediterráneo, revelan el acontecimiento histórico que transformó por completo la Antigüedad y en el cual se observa como tal fenómeno ignorado por la historia, ha sido el más trascendental para Occidente. En el Mediterráneo oriental, tanto como en el Éufrates, el estrato genético más antiguo, que puede tenerse como protagonista del levantamiento de las grandes civilizaciones, se corresponde indudablemente con los marcadores que hoy se observan en la mayor parte de las poblaciones de Europa occidental, concretamente el haplogrupo R1b. En todos los casos y en el caso más cercano de Grecia, se observan en en análisis de sus poblaciones, acontecimientos que se corresponderían a esto que hemos dado en llamar la catábasis asiática, en contraposición de la anábasis helena. Los sucesivos estratos raciales que se superponen al original neolítico, llegan casi a solaparlo por completo, ahogado por la superpoblación de un mar afroasiático ininterrumpido a lo largo de generaciones. Dicha corriente asiática no se circunscribe a la Antigüedad, y de hecho tal y como constatan los estudios de población, permanece en flujo constante hasta el advenimiento de las potencias del norte de Europa y el definitivo ocaso cultural, político y económico del Mediterráneo.
Hechos puntuales de la Antigüedad como la anábasis alejandrina, no interrumpieron el flujo, sino al contrario, tal y como hemos explicado, lo aceleraron y ampliaron, profundizándose en Asia el margen de población que se sumaba a la catábasis.
Gracias a las mencionadas rutas comerciales, el flujo mediterráneo llegó desde época temprana a las regiones más atlánticas y occidentales del Mediterráneo. Iberia, fue un punto de inflexión en este proceso. Su historia estaba determinada por los mismos eventos que arrastraron al resto de naciones de su entorno, las llamadas culturas usko-mediterráneas. En este sentido su destino era convertirse como el resto, como también buena parte de Italia, en una multicidad étnica, bajo la predominancia afroasiática. El hecho culminante se produjo no obstante en la Edad Media. Para entonces las culturas orientales ya se habían instalado de forma absoluta en todo el Mediterráneo oriental. El hecho de la invasión turca, no cambió sustancialmente la situación, más se trataría de una afianzamiento, así como la conversión de Santa Sofía, produjo cambios mínimos que fueron a recalcar dicho carácter aún más profusamente.

En Iberia o Hispania, la situación en la Edad Media, no se había afianzado todavía, pero se encontraba en una situación inicial acelerada, tal y como le ocurrió a Grecia en la Antigüedad. La invasión musulmana supuso un impasse, y un punto culminante en la catábasis asiática. Sin embargo las poblaciones afroasiáticas no eran ya tan numerosas, en la Edad Media, el Mediterráneo sufre una progresiva decadencia demográfica, que afecta especialmente a las regiones afroasiáticas. La población árabe capaz de suplir el déficit demográfico, también sufría el suyo propio, y además debía afianzarse en los nuevos territorios de conquista, que ya eran lo suficientemente extensos. Además a ellos se añade la enorme distancia habida entre Arabia y la regiones de Oriente Próximo, e Hispania. En el África occidental quedaba una escasa población autóctona, y otra militar de origen árabe, incapaz de constituir un núcleo de población en Marruecos, y mucho menos en Hispania. Los sefardíes sin embargo vinieron a sumarse a la catábasis, produciéndose la suma perfecta del mundo afroasiático en el cabeza de occidente.
Dicha suma, aún era insuficiente para afianzar el mundo oriental en Iberia, pero sí lo bastante capaz de sentar las bases para que su flujo permaneciera constante al pasar de los siglos.
En esta ocasión el flujo se interrumpe bruscamente, cuando se desarrolla el enfrentamiento entre los cristianos y los musulmanes. Lo que se entendía en aquel entonces como una guerra de religión, no era otra cosa que una verdadera guerra racial, disputada entre oriente y occidente, en su misma casa natal.
La definitiva victoria cristiana, sumada a escrupulosas leyes raciales, condensadas en los llamados estatutos de sangre, cortaron el flujo y secaron buena parte de los rescoldos habidos fruto de la invasión.

Las religiones como rasgo de identidad de las distintas psicologías raciales.

Dejando al margen del fenómeno religioso el aspecto metafísico, debemos considerar el mismo como consecuencia del elemento psicológico e intelectual de los pueblos. Son éstos los que han dado vida a las distintas religiones a lo largo de la historia. Las religiones antiguas, se formaron en pueblos remotos, que en un determinado momento generaron el fenómeno de forma espontánea, o bien lo adoptaron como propio de otros ambientes culturales asimilados. En este sentido se deben establecer diferencias y una clasificación primera en base a su formación. En primer término estarían aquellas que generan sus propias religiones, a partir de un desarrollo mitológico y creencias místicas, que forman parte del ambiente cultural, y que en última instancia son producto de un proceso intelectual cuya uniformidad y cohesión o coherencia denota un origen propio, cuyos elementos no han sido asimilados de otras culturas. En este sentido la aparición de contradicciones, incoherencias y ramas de un mismo concepto religioso, denota la conjunción de elementos distintos, y un origen poligenista, donde varios pueblos y culturas participan de un modo u otro en la formación de un mismo fenómeno religioso. Un ejemplo de esto, sería el cristianismo, cuyo origen se produjo en un contexto cultural y racial diverso, en donde participaron elementos helénicos, asiánicos y semíticos fundamentalmente. De estos tres grupos, fueron los asiánicos, los primeros en formar una religión propia, principalmente los sumerios, de los cuales podemos decir que no sólo eran distintos tanto cultural como intelectual y psicológicamente de los semitas, sino directamente opuestos, puesto que la irrupción de éstos en su sociedad, supuso la aniquilación de su civilización.

Los helenos que fueron la base cultural principal del cristianismo primitivo, formaron una religión propia, con influencias de su contexto antiguo mediterráneo, recibiendo aportaciones de otros elementos usko-mediterráneos, como los egipcios. Es por ello que dichas religiones helénicas, que también influenciaron de forma importante en la latina, conservaron una uniformidad psicológica y una coherencia en sus principios, fundamentación, origen, y estructura. En consecuencia, y mientras el helenismo perduró como cultura fuerte, el desarrollo religioso mantuvo dicha coherencia. En el cristianismo por contra, su poligenismo derivó en las incoherencias que tanto en origen como después tras la institucionalización del catolicismo fueron apareciendo, y que la dogmática y la teología trataron de corregir y uniformar, dejado eso sí las incoherencias esenciales propias del origen que no han podido ser resueltas.

En otro momento dado, cuando una religión se expande, asimila elementos culturales propios de aquellos pueblos que abarca, y por tanto las religiones extensas del mundo, vengan de un origen monogenista o no, acaban participando de dichos ambientes culturales e intelectuales, pudiendo en ocasiones desarrollarse incoherencias propias de las diferencias psicológicas de cada pueblo. El fenómeno religioso, tanto o más que los culturales, pueden darnos idea de cual es la psicología de cada pueblo, por ello las religiones antiguas, nos describen ese carácter de forma más clara, pues se desarrollaron en ambientes espontáneos y naturales, por tanto menos influenciables. Centraremos por tanto, el estudio en las religiones antiguas, tanto para establecer los tipos fundamentales, como para estudiar las distintas psicologías raciales que dieron origen a las mismas, estableciendo las diferencias y similitudes entre las mismas, para correlacionarlas con los grupos humanos.
Como hemos dicho, por su origen, existen religiones monogenistas, que son aquellas que surgen de un elemento cultural y racial propio, inalterado desde su origen hasta un desarrollo lo suficientemente maduro, para formar dicho elemento o fenómeno religioso, o que reciben aportaciones de entornos culturales semejantes. Estos fenómenos son los que interesan, pues son manifestaciones culturales más estrechamente relacionadas con los aspectos intelectuales más cercanos a la psicología de los pueblos.

La religión es fundamentalmente una elaboración intelectual que nos muestra la psicología de un clan, tribu, polis o nación, y cuyo análisis alcanza más profundidad y es más neto, limpio y aséptico, que otros como el lenguaje o el arte. Esa profundidad psicológica es la necesaria para indagar sobre los caracteres que diferencian a los pueblos de la Antigüedad, y por tanto sus aspectos intelectuales. Las diferencias sociales y culturales, son en última instancia consecuencia de esas diferencias psicológicas, que como hemos indicado en muchas ocasiones son la causa del deceso de las civilizaciones.
Existe una aspecto importante sobre el fenómeno religioso, y es aquel que distingue entre la historia mitológica que desarrolla el mismo, y la fundamentación y principios místicos en los que se basa, es decir el aspecto metafísico, filosófico y teleológico o finalístico. Ambos elementos nos llevan al análisis de mundos distintos y de concepciones sociológicas y culturales en muchas ocasiones contrapuestas.
Las religiones sumeria y sus ramas eberitas, la egipcia y la helénica-romana, guardan estrechas similitudes en ambos aspectos citados. Análogamente, este grupo que podemos calificar como usko-mediterráneo, también se relaciona por dichos aspectos con las ramas usko-atlánticas primitivas (ibérica, gálica y britónica). Desde el punto de vista mitológico, existe además una consabida conexión entre las culturas mediterráneas y las célticas, a través de relatos heroicos como los ya descritos en el Lebor Gabála Érenn y los numerosos sincretismos ya mencionados en referencia a la identidad de dioses y diosas entre las sociedades matriarcales y las civilizaciones del Mediterráneo. Esta identidad histórica y mítica, nos muestra una conexión cultural y religiosa, existente entre los mundos celta y mediterráneo en tiempos remotos, que progresivamente fue rompiéndose y alejándose hasta confrontarse definitivamente.

A pesar del contexto actual, el Mediterráneo fue origen de las grandes civilizaciones de la Antigüedad, y tuvo una relación con elementos raciales bien distintos a la actualidad. Como ya hemos indicado los egipcios, griegos y asiánicos (sumerios y hebreos), fueron en origen elementos relacionados cultural y racialmente, que conservaron importantes nexos, que fueron distanciándose con el tiempo, a tenor de su contexto histórico. Sin embargo los elementos que conformaron su psicología, plasmada en los relatos místicos y religiosos, así como teleológicos, se conservaron casi intactos a los largo de siglos.

Parece que esa unión psicológica alcanzó el sentimiento religioso de los escitas y de sus descendientes los protogermanos, y por tanto también a aquellos pueblos que se establecieron en la Península Ibérica en distintos momentos de la historia. Así por ejemplo pensaban los visigodos, suevos o vándalos, siendo en este sentido plenamente homogéneos a los conceptos existenciales básicos de los pueblos o razas occidentales de Europa, a pesar de haber permanecido durante siglos en el Ponto y en los márgenes orientales de la misma. Sólo encontramos un elemento discordante respecto al conjunto de tribus germánicas en Hispania, el de los alanos, pueblo más oriental de todas ellas, quizá por tanto más relacionado con la sangre de los pueblos túrquicos y mongoles, quienes poseían creencias chamánicas y posiblemente panteístas. Atax su rey, quiso casarse con Cindazunda, la hija del cristianizado rey suevo Hermerico, quien se negó al matrimonio debido a las creencias chamánicas del pueblo alano.
A pesar de que los elementos históricos, mitológicos y heroicos, que formaron parte de la historia de las religiones de la Antigüedad han desaparecido de la memoria de los pueblos, aún existen restos que recuerdan dicho pasado en la actualidad. Además encontramos los aspectos psicológicos y teleológicos observados en dichas religiones, que formaron parte del entorno usko-mediterráneo y usko-atlántico, conservados en las creencias de aquellos pueblos que se identifican con ese pasado. Es por esto que el cristianismo pudo desvincularse del judaísmo, e inundarse de elementos místicos de esa Antigüedad donde existía Zeus o Dieus-Piter, es decir Iu-Piter (Júpiter), uno o varios héroes o dioses encarnados, un linaje especial, una corte olímpica, la tríada celestial (trinidad sumeria, védica y purámica), el cuerpo como receptor de un mundo místico, la sangre como elemento sagrado, la muerte como viaje o tránsito hacia un estado superior, etc. Esto último que puede coincidir en principio con otros rasgos religiosos de un buen número de culturas distintas, y por tanto suponer un elemento de conexión, unidad y afinidad con otras razas, en un aspecto psicológico muy profundo, no es sin embargo tan homogéneo.

El tránsito o viaje que supone la muerte para las religiones citadas, no es el mismo que podemos estudiar en otros fenómenos religiosos que prometen una vida y mundo metafísico o espiritual y superior. En las culturas uskas, es un viaje sin retorno, donde el alma se dirige al mundo al que pertenece, sumándose eternamente al metaverso. En culturas asiáticas y precolombinas, la vida y la muerte son partes de un ciclo ininterrumpido, un viaje de ida y vuelta constante, pues el alma no se escapa de la tierra nunca, sino que se encarna en nuevos elementos. ligados inseparable y eternamente a la naturaleza. Este es el sentido y origen de las creencias asiáticas, donde en algunos casos directamente prescinden de concepciones divinas y teológicas, pues no tienen sentido alguno. El panteón de dioses mesoamericanos es fundamentalmente ctónico, incluso en una sociedad algo desarrollada como la Maya o Azteca, las divinidades telúricas y el chamanismo primitivo forman la esencia de su pensamiento y desarrollo místico. Para éstos la sangre no es un aspecto sagrado, como fuente de vida, continuidad y objeto de culto y preservación, sino como alimento de los dioses, sedientos de cuerpos humanos.

En sociedades asiáticas, profundamente etnocéntricas como la china, surgieron dos corrientes fundamentales. Éstas se correspondieron con dos mundos y formas de pensamiento enfrentadas. Una era la puramente filosófica (taoísmo, budismo, confucionismo), cuyas doctrinas son esencialmente modos de vida para alcanzar la perfección interior a través de una sintonía con el cosmos y la naturaleza. Esta corriente carece de dioses, sus héroes no alcanzan nunca la condición de dioses, las divinidades ctónicas y animistas, la eternidad, el espíritu y la veneración de los muertos y ancestros, son elementos meramente alegóricos. Queda pues esta rama como algo ateo, carente de dioses reales, de vida trascendente o mundos superiores, el universo es la totalidad y por tanto el único Dios.
Otra corriente, minoritaria y hoy casi inexistente, es la que desarrolló una postura más trascendental y teísta, influenciada fuertemente por el vedismo de las culturas de la India, cuyos elementos guardan relación con la religión sumeria y escita, es decir asiánica.

Esta rama más espiritual, es propiamente religiosa, y se fundió con la primera corriente ateísta telúrica, siendo asimilada por ésta, en una concepción nueva, más alegórica o mística, desarrollando una cosmogonía particular, que originó la religión tradicional china. Esta corriente generó una creencia en una especie de mundo celestial conformado por los ancestros, dirigido a otorgar la vida eterna, a través de la veneración de los muertos. En algunos casos se llegó más lejos, deificando a algunos héroes o personas destacadas. Sin embargo su sentido teísta y espiritual, fue transformándose y cambiando su contenido hacia una postura más metafórica. Finalmente dicha rama se extingue y queda relegada al mundo emblemático del folclore y las tradiciones, sin más contenido ni sentido que el de volver al mundo puramente filosófico y naturalista. En este contexto final las creencias chinas, sobre el mundo trascendente dejan de tener sentido (inmanencia contra trascendencia), puesto que el hombre debe alcanzar su propia eternidad mediante procesos introspectivos y reflexivos, sin necesidad de liberarse de la naturaleza, pues esta es entendida como elemento indispensable e inseparable del ser. En sentido opuesto entendemos el fenómeno religioso y filosófico occidental, cuya idea fundamental es trascender y liberarse del mundo terrenal, puesto que la vida se entiende como una pérdida de memoria reminiscente proveniente de un mundo superior de conocimiento metafísico. Algo similar ocurre en la India, de forma menos drástica, pero aún así se observa una viaje hacia la inmanencia de los elementos antes tenidos como trascendentes, y una representación cada vez más alegórica de dicha parte teísta o espiritual.

En las culturas africanas paganas, existe una semejanza con este pensamiento religioso, en el cual el hombre queda como mero elemento de la naturaleza, en una forma de suceso energético que vaga como movido por los elementos, empujado por el viento, en un ciclo vital o magara, que une a todas las cosas naturales en un sentido panteísta y naturalista.
En cuanto a las creencias mesoamericanas, podemos observar ciertas similitudes con las del Lejano Oriente, causa probable de su parentesco racial, y por tanto también de su cercanía psicológica. En este sentido se observan semejanzas más próximas a la rama teísta asiática, bajo un prisma esencialmente naturalista, panteísta y ctónico. Al igual que en otras concepciones primitivas del mundo y fenómeno religioso, en las americanas se observa una fuerte presencia chamanista, originada a través de ese primas o base inmanente del mundo naturalista o panteísta. En esta concepción, al igual que de manera menos intensa en las culturas del Lejano Oriente, se observa un elemento natural extintivo, muy presente en las culturas también primitivas africanas. Este elemento o naturaleza de la que ya hemos hablado se encuentra en aquellas creencias en dioses castigadores, sedientos de sangre, a lo que se debe aplacar en rituales psicópatas de miles de sacrificios humanos.

El temor a dioses naturales (lluvia, sequía, terremotos, plagas, etc.) , que dirigen su ira hacia la destrucción de estos pueblos, es la consecuencia de una naturaleza fuertemente extintiva, que se observa también en otros pueblos asiáticos, quizá de manera menos intensa y violenta. Se podría decir que el fenómeno religioso y psicología de los americanos precolombinos, fue básicamente asiática y panteísta, por cuanto la Naturaleza era la totalidad, como dueña y señora de todo, careciendo la muerte de importancia, por cuanto la inmanencia es el elemento que sustenta todo principio religioso. Se carecería de trascendencia y vida superior, siendo la muerte un camino de retorno o ciclo constante que busca la naturaleza para regresar de nuevo a la vida en formas diversas (¿animismo?). En este sentido las psicologías asiática y americana son del principio fundamental de que en la tierra se puede alcanzar la plenitud personal y por tanto la libertad, y que en un supuesto cielo, se verían atrapados o prisioneros en un limbo en espera del regreso y unión con la naturaleza.

Otro aspecto del que ya hemos hablado acerca de la religión mesoamericana es el que concierne a una contradicción en su pensamiento, en donde se mezclan diversos elementos, que como ya indicamos parecen partir de una base inmanente. Desde dicha base se reciben otros elementos teístas; unos naturales y panteístas, similares a las deidades asiáticas, y otros completamente distintos que no obedecen a esa unidad de pensamiento inicial. Teniendo en cuenta la unidad racial que se observa en los pueblos de todo el continente americano, y la cohesión que en cada uno de los niveles de civilización alcanzan sus pueblos, parece extraño que en el nivel más alto, conseguido por las civilizaciones mesoamericanas, se descubra este elemento discordante no visto en niveles inferiores, donde predomina una base panteísta, animística y chamanista. Este teísmo podría ser explicado por influencia de otros pueblos, mediante una concepción del fenómeno religioso multicultural en algún momento. Esa aportación, es indudable que no pudo llegar ni del entorno próximo, ni tampoco de otros niveles inferiores, entendiendo que la diferencia entre éstos es meramente circunstancial y no de tipo psicológico o racial.

Los distintos niveles de desarrollo de los pueblos indios hasta el descubrimiento español, son consecuencia de distintos entornos y circunstancias, pero no obedecen a distintas naturalezas humanas. Esto viene a enlazar con lo que ya se explicó anteriormente acerca de la historia de las culturas mesoamericanas y el teísmo conformado por héroes dioses de raza blanca que enseñaron la civilización a los indios, éstos añadirían este elemento mítico a su religión, estableciéndose un reducto extraño dentro de su concepción religiosa, pero de un recuerdo vivo y de importancia trascendental que se conservaría a lo largo de generaciones.

El dios Quetzalcóatl, regidor del Oeste (el Tezcatlipoca blanco) y su linaje de dioses (su raza), son divinidades extrañas, símbolos de la inteligencia y la sabiduría, provenientes de un legendario reino del Este, (Atlántida). Sin embargo la concepción de este dios como creador del universo, va mutando con el paso del tiempo a otra de tipo panteísta, quedando como dios solar, en conjunción con un ciclo naturalista e inmanente, propio de la psicología asiática. En cualquier caso el origen de este misticismo se encuentra en una concepción absolutamente opuesta a la que es propia de la naturaleza de los indios, que cambia y finalmente se desfigura con el paso del tiempo, quedando un mito alegórico, igual que en los conceptos asiáticos anteriormente analizados. En lo analizado respecto a la cultura china, observamos que esa concepción teísta y espiritual, provenía de fuentes védicas de la India, cuyo origen era esencialmente asiánico, por tanto quedaba claro cual era el origen de esa infiltración, en un contexto fuertemente etnocentrista y homogéneo, como era el Lejano Oriente. En Mesoamérica, estas concepciones no pudieron proceder más que de pueblos uskos, que en algún remoto tiempo llegaron a América desde Europa y su reino atlante.

Otros elementos que observamos en las culturas mesoamericanas son aquellos que ponen de manifiesto un carácter extintivo y autodestructivo, en el cual la vida no tiene valor ni trascendencia, y la concepción religiosa se soporta sobre un pilar de temor constante a la aniquilación, que por otra parte se entiende como un hecho inevitable que se trata de alargar, aplacando la ira de los dioses. En este sentido podemos mencionar los relatos y anales que pudieron describirse acerca de estas culturas y sus leyendas sobre eventos cataclísmicos y de extinción, donde la historia de estas importantes civilizaciones se fundamentaba en prepararse para la llegada del día de su fin. Entre tanto, sus creencias se basaban en aplacar la ira de los dioses telúricos y panteístas, (el sol, las tormentas, el fuego, etc.), mediante el sacrificio humano sistemático.

En la cultura atlántica, las deidades ctónicas célticas o iberoceltas, eran divinidades menores, supeditadas a la diosa madre creadora y a un olimpo de dioses celestiales, con elementos psicopompos, cuyo significado era el transporte y ascenso al mundo superior. Una diferencia importante entre estas dos posturas del pensamiento religioso es el chamanismo-druidismo, en cuanto a la formación de estados sociales considerados por su vinculación al mundo mágico o espiritual. En las culturas asiáticas y dentro de esta categoría también las culturas mongólico-indias de América, sitúan el chamanismo en el plano intrascendente de la brujería, aspecto que comparten con las antiguas religiones paganas de África. El chamán no es realmente un sacerdote, sino un brujo, cuya finalidad no es la instrucción y enseñanza e intermediación con la divinidad y sobre el misticismo y la vida superior al grupo o clan, es decir en última instancia la encarnación de lo místico y divino, sino al contrario la representación de la naturaleza y los súbditos mortales que de ella dependen ante la divinidad cuyo objetivo es destruirlos y cuyo fin ante ella es la del aplacamiento de su ira con el sacrificio humano, esto último en el caso de las culturas mesoamericanas, o la aniquilación de toda huella de espiritualidad teísta, contrapuesta a los principios naturalistas y telúricos, en el caso de las asiáticas.

El sacerdocio no existe ni en las culturas asiáticas ni en las mesoamericanas, y al igual que en las africanas se reduce al concepto de brujería-chamanismo. El paso siguiente del chamán o druida, es el del sacerdocio que se da en el Antiguo Egito, Sumeria, Iberia, Galia, Italia, etc. El druida de Iberia y las Galias, está más relacionado con el sentido sacerdotal, y con una naturaleza más trascendental o de intermediación, siendo un paso más al de la brujería o chamanismo. El paso al sacerdocio es una de las importantes diferencias que identifican a las culturas uskas, dentro del contexto de la psicología racial y de la historia de los fenómenos religiosos.

El sacerdocio por tanto se convierte en un sacramento, es decir juramento de unidad con la divinidad, que en culturas célticas e ibéricas también se relaciona con la devotio o voto sagrado del clan. Las distintas culturas uskas coinciden en elementos místicos y pseudotelúricos, que se relacionan con el mundo trascendente. Este sería el caso del psicopompos. Las diferentes ramas en que se dividió el grupo usko-mediterráneo, así como las culturas célticas e ibéricas, coinciden en elementos naturales que podría relacionarse con pensamientos panteístas, pero que nada tienen que ver. Los psicopompos son espíritus o divinidades inferiores, ángeles, encargados de guiar el alma hacia los cielos o el mundo superior trascendente. La simbología de las antiguas civilizaciones los ha representado como animales o criaturas aladas, por su significación de ascenso. Así en Egipto eran psicopompos las aves de Isis, en la cultura céltica británica los cuervos, o la lechuza y el buitre en los pueblos celtiberos de los arévacos, lusitanos y vacceos. De este símbolo alegórico es el origen de los ángeles y santos del cristianismo, de poca importancia o ausentes en otro tipo de fenómenos religiosos o mitológicos. Es por otro lado una muestra de distinto pensamiento religioso, por cuanto en contra de los psicopompos fundamentalmente alados, representado por las alegorías animalísticas o criaturas angélicas como el Hermes griego o Mercurio etrusco, los de culturas mesoamericanas eran animales terrestres como el jaguar y la serpiente, o vinculados con la caza y por tanto con la tierra como el águila. También en China el león, el mono y la tortuga, o incluso el dragón alado, eran animales sagrados cuyo significado era vincular al hombre con la tierra, cuyos elementos místicos tendrían que ver más con la superstición que con la alegoría de una naturaleza espiritual o el tránsito a la misma.

El fenómeno de las religiones es de trascendental importancia a la hora de analizar la psique de las razas y por tanto determinar qué efectos produce en su desarrollo humano. Hay religiones que definitivamente no sólo no han contribuido al surgimiento de civilización, sino que la han sumido aún más en el subdesarrollo. El enfoque que un determinado tipo de mentalidad le da a unas creencias místicas o religiosas es vital a la hora de conformar tipos distintos de sociedades. Es por ello que el fenómeno religioso es esencialmente un fenómeno racial, y no debe centrarse su estudio en el mero análisis histórico y cultural. Este hecho se ha puesto de manifiesto en numerosas ocasiones a lo largo de la historia. Uno de esos ejemplos lo encontramos en la historia de Hispania, al momento de formarse los reinos cristianos y el proceso de Reconquista. Durante el afianzamiento de los cristianos en las zonas de repoblamiento, surge un fenómeno inicial de convivencia, tal y como existió durante el Al-Andalus, en el cual se toleraba cierta libertad religiosa. Los judíos y moros podían vivir en sus comunidades con relativa paz y aplicando sus propias leyes. Incluso los judíos gozaron de una preeminencia política y económica afianzada ya en la Baja Edad Media, mediante la cual ocuparon puestos de relevancia en las cortes, el gobierno y la hacienda de los reinos cristianos. Sin embargo esta convivencia se rompió de forma abrupta y rápida. Las tensiones que surgieron de forma espontánea de la propia convivencia y roce entre estas tres razas-religiones, acabaría en las revueltas de 1391 originadas en Sevilla y extendidas a todas las ciudades hispánicas. Esta ruptura brutal de la convivencia, en contra de lo que se opina, no fue orquestada o dirigida por la clase política, el clero o la nobleza. Ni la Iglesia ni la corte, mostraron un interés inicial en dichas revueltas, entendidas más como una insurrección contra el orden político establecido que otra cosa. Los judíos eran administradores del tesoro público, recaudadores de impuestos y financieros. En algunos casos además de los puestos públicos relacionados con las finanzas y las leyes (contadores mayores, oidores, jueces, recaudadores), los judíos ocuparon puestos en las cortes cristianas, llegando a ser cancilleres y ministros. En ese momento, el poder era más un aliado del judaísmo.

Los acontecimientos que llevarían a la revuelta de 1391, fueron un goteo lento e incesante de tensiones profundas y antipatías crecientes no basadas en ningún prejuicio o desconocimiento. En este sentido se ha de reconocer que la convivencia de siglos entre estas razas las hacía más que conocedoras las unas de las otras, como para que nacieran prejuicios falsos y que los mismos pudieran ser tomados con serio fundamento. Al mismo tiempo el clima tampoco vino como ya hemos dicho de la corte o del poder político o religioso, ni tampoco de más lejos. Si bien es cierto que el antisemitismo afloraba por toda Europa, su influencia en los jóvenes reinos cristianos que estaban por desarrollarse, no fue determinante. No hubo clima antisemita que proviniera de origen distinto al del propio pueblo en donde se gestó y desarrolló. Fue la clase popular y campesina, menos formada, pero también más natural y espontánea, la única protagonista de dicho fenómeno antisemita. Por lo dicho puede tratarse dicha cuestión como algo natural, o consustancial al roce de los caracteres que forman razas distantes.

Las crónicas de la época que respecto a los acontecimientos de 1391, se tienen dejan claro que fue la mala convivencia, el carácter nocivo e intolerable que las comunidades sobre todo judías mostraron con las cristianas, las que motivaron el clima de extrema tensión y violencia que los produjo. La revuelta, se extendió por todos los reinos hasta convertirse en una problemática religiosa importante, que derivaría en conversiones masivas de judíos. Sin embargo como hemos dicho tal problema no era de base religiosa, por cuanto sabemos que las religiones convivieron en paz durante Al-Andalus, y aún bajo dominio cristiano durante un tiempo. El hecho que demuestra que el conflicto fue básicamente racial, es que tras la conversión judía, los hechos de 1391, se vuelven a repetir en 1449 y esta vez no contra judíos sino contra conversos, es decir judíos cristianos o judeoconversos. En este caso igual que en 1331, no fue la Iglesia, ni la corte o la nobleza (que en muchas ocasiones fue defensora del judío), quien dirigió u originó la revuelta, sino nuevamente la clase popular, y en esta ocasión contra cristianos nuevos, no contra judíos. Es decir el fenómeno religioso da paso a uno completamente distinto, que no nace sobre la base de creencias o culturas (los judíos conversos cambiaron sus nombre y apellidos por otros castellanos o hispánicos, y al mismo tiempo se fueron olvidando de su lengua sefardí). Los conversos se fueron hispanizando y aceptando la cultura y costumbres hispánicas, sin embargo esto no evito nuevas tensiones. Los conversos se dedicaban básicamente a las mismas profesiones que sus antepasados judíos, entre las que se encontraba la usura, la recaudación de impuestos, el tráfico ilegal, etc. Además con la conversión consiguieron aún mayores cotas de poder, pudiendo acceder con mayor facilidad a la corte real, a la administración e incluso a ocupar representación dentro de la nobleza y el alto clero (Iglesia Católica). Nuevamente en el caso de 1449, las crónicas reflejan que más que su carácter ambicioso, fue su mezquindad extrema, su crueldad para incluso las capas más indefensas de la sociedad como los niños, y su indiferencia absoluta, desapego y falta de empatía con las clases populares (una total desconexión psicológica entre ambas realidades), lo que propició una tensión inevitable que reflejó definitivamente que aquello más que una lucha religiosa era verdaderamente una batalla entre dos naciones, dos razas.

Tras estos episodios, se dejó claro que los fenómenos religiosos, son ante todo concepciones psicológicas elaboradas por la psique de un pueblo o raza, y que en ella muere. No existe la religión fuera de esa concepción psicológica o racial, por cuanto los conflictos que ha habido y sigue habiendo con un trasfondo religioso, son en realidad concepciones del mundo tendentes al choque y al conflicto irreconciliable. En los reinos de la naciente nación hispánica se pudo advertir estos conceptos, evidenciándose que no se trataba de combatir una religión, y ni si quiera una cultura, sino una nación o raza, concebida como una psicología de origen afroasiático, representada por las razas semita y africana, que tras la reconquista no pudieron ser asimiladas al resto de población hispánica. Este es un aspecto de gran interés sobre la visión psicológica de las razas. Se precisan elementos intelectuales verdaderamente sofisticados para reconocer esos aspectos psicológicos que identifican a una raza o nación extranjera, y que pueden ser causa de conflicto y estar íntimamente relacionados con la afección o desafección mutua entre distintos pueblos. Tampoco está en el origen de dichos sentimiento el que se considerara al musulmán una cultura inferior o un pueblo salvaje, inculto, etc. Los cristianos eran una población campesina, y los moros por contra procedían en buena medida de la medina y por tanto de un mundo más urbano y quizá también más culto. Normalmente una cultura inferior no repele a una superior, sino al contrario es asimilada, fomentada y despierta no sólo interés, sino admiración, tal y como muestran muchos ejemplos de la historia, como el protagonizado durante la romanización de Hispania y otras regiones europeas, o el de la propia helenización de Roma. No era por tanto lógico que una cultura entendida como superior o más formada en el tiempo, fuera repelida conjuntamente con su portador. También cabe destacar que el desarrollo cultural de Al-Andalus, fue producto en buena medida de la población hispánica mozárabe, lo que respondería a que la Península Ibérica, destacara notablemente respecto a las regiones africanas, que se mantuvieron en situación de considerable atraso. Sin embargo como hemos dicho, más que el elemento cultural o religioso, lo que provocaba rechazo era el portador de estos elementos, y en definitiva su psicología distinta.
Lo que une directamente a una nación no son los conceptos religiosos o culturales (existen países que hablan una misma lengua o practican la misma religión, y no tienen nada que ver), sino la afección psicológica, promovida por la unidad racial, es decir la psique. Esa afección íntima y psicológica, es la que en última instancia mantiene ligada a la nación portadora de la sangre racial, que genera, desarrolla y afianza los conceptos culturales, religiosos, políticos, etc, dándole unidad de relación a los mismos. En ese momento la nación va generando historia y por tanto también acontecimientos que pueden ser constructivos o destructivos (también autodestructivos). La diferencia entre unos y otros es que los primeros son naturales y propios, generados por la propia raza de forma natural y espontánea, y que por tanto afianza los conceptos nacionales o raciales. Los acontecimientos destructivos o autodestructivos, están relacionados con los aportes extranjeros fundamentalmente de otras razas o naciones, que desnaturalizan, por tanto destruyen la nación.
El proceso que acontece tras la reconquista es de enorme complejidad para una sociedad medieval con profundas necesidades. Las jóvenes naciones hispánicas, tuvieron que afrontar la situación vivida en Al-Andalus, y repetirla con al menos igual paz y orden social que la que les precedió. Esto inicialmente supuso asumir cierta tolerancia religiosa, y este hecho fue notorio sobre todo con respecto a las poblaciones sefardíes. A éstas a diferencia de la población musulmana, se las permitió residir intramuros, en determinados barrios (juderías), con su administración propia o aljamas. Además por su cierta formación pudieron acceder con facilidad a puestos relevantes en la política y la economía. Sin embargo la realidad vivida en Al-Andalus, no era la misma que concernía al desarrollo de las naciones hispánicas. Bajo el dominio musulmán, los cristianos o hispanos, se habían reducido muy considerablemente sobre todo a partir de la independencia del emirato, tónica afianzada durante los reinos de taifas (siglo XI). Además la situación no fue ni mucho menos tan pacífica como se cuenta. En el siglo XII, los conflictos son ya importantes entre las poblaciones hispánicas bajo el dominio musulmán, y otras comunidades provenientes de África y Arabia, fuertemente islamizadas como los almorávides, lo que condujo a la rebelión de 1121, y a los segundos reinos de taifas. Es por tanto que durante la mayor parte de la dominación musulmana de la península, no hubo un estado o reino unificado con un poder centralizado. Los esfuerzos de centralizar el poder, siempre a través de invasiones africanas, eran finalmente rechazados. Este hecho se unía a la división racial que existía en Al-Andalus, en donde cada raza se regía por su propio derecho y ocupaban espacios separados aunque convergieran en la medina para asuntos comunes. Esto quizá fomentó cierta apariencia de tolerancia y paz social, por cuanto cada raza tenía su propio espacio. Sin embargo ello tampoco pudo evitar constantes revueltas mozárabes, ocurridas en distintas ciudades, así como la emigración constante a los reinos cristianos a lo largo de toda la Baja Edad Media.
La situación dada a partir sobre todo de los terceros reinos de taifas, era para los reinos cristianos una progresión imparable, que fue asimilando tanto a poblaciones hispánicas como al resto.
En un principio los reinos cristianos sólo asumían población hispana, tanto la propia como la que emigraba de los reinos musulmanes, pero con el avance sobre los reinos de taifas, acogieron un numero cada vez mayor de elementos afroasiáticos. Originalmente los territorios conquistados a los musulmanes quedaban muy desolados o totalmente despoblados, sus habitantes no soportaban estar durante un prolongado periodo de tiempo en situación de guerra viva, sometidos a los rigores de un frente activo, sitios, etc. Con la llegada de la Alta Edad Media, van surgiendo comunidades cada vez más importantes de musulmanes y judíos en los territorios cristianos. Es esta situación es en la que se forman los reinos cristianos que darían origen a la nación hispánica. El desarrollo de los mismos se produce con total independencia y naturalidad, asumiendo principios religiosos y culturales propios, reconocidos en el pasado de la historia de su raza, la llamada raza cristiana.
La desafección psicológica entre las razas afroasiáticas y la raza hispánica es un hecho demostrable en la historia de su convivencia, esta vez de forma más notoria bajo dominio cristiano. A los cristianos les repele la convivencia con los moros, cuyo modo de vida, cultura y pensamiento, son los más opuestos a sí mismos, y son a los que primero desplazan fuera de las ciudades. Esto no se produce a consecuencia de que el moro encarne o represente el elemento enemigo o invasor, de hecho a pesar de la reconquista, las relaciones con los poderes musulmanes, y sobre todo con las dinastías mozárabes, fue más cordial que otra cosa. Por otro lado las naciones europeas y otras muchas relacionadas étnica o culturalmente, han estado en numerosas ocasiones en guerra, y ello no ha provocado una desafección o repelencia en las relaciones humanas entre dichos pueblos, puesto que dicho elemento es meramente circunstancial o histórico y no trasciende la psique racial. El problema surgido durante y tras la reconquista, se baso en la mera convivencia, en la profunda desafección psicológica de ambas razas, y no en el hecho de que en determinados momentos a lo largo del tiempo fueran enemigas.
Los judíos son el elemento continuísta en las estructuras y organización económica y política respecto al Al-Andalus, cuyo poder precedente les sirve para asentarse en los primitivos reinos cristianos, sin que ello conlleve inicialmente trauma o desafección alguna. Es por ello que a los judíos se les permite vivir dentro de la ciudad, no se considera a simple vista una psicología, cultura o pensamiento tan distinto al del cristiano, puesto que se adaptan a vivir en cualquier sistema cultural. Sin embargo esta apariencia termina pronto drásticamente. De nuevo, la desafección psicológica es la causa real de la tensión social. En fenómeno religioso no ha sido ni en la anterior ni en ésta ocasión motivo alguno de enfrentamientos. De hecho en el primer caso fueron muchos los hispanos los que durante el Al-Andalus se convirtieron al islam a pesar de poder seguir profesando la fe cristiana con cierta transigencia.
Finalmente los sucesos violentos como consecuencia de la convivencia con los judíos, e incluso con los moros extramuros, son inevitables y crecientes. De esas numerosas revueltas que acaban en matanzas, surgirá un nuevo derecho, el llamado estatuto de limpieza de sangre. Cuando una nación alcanza a establecer tal derecho, es cuando se funda o eleva a ley la constitución racial. Este hecho denota un alto nivel intelectual del pueblo que lo manifiesta, por que por un lado significa que ha alcanzado a conocer su verdadera identidad, por encima de consideraciones culturales, circunstanciales, históricas, religiosas, etc. y distinguirla de otras, es decir ha desarrollado un proceso de desafección. Por otro lado y como hemos indicado, una cultura inferior por norma nunca repele a otra superior, por cuanto la desafección acontece no sólo en el plano psicológico sino también en el grado intelectual. Por tanto y en suma cuando una raza repele a otra, es por norma superior intelectual y culturalmente. Es por ello por ejemplo que en la raza india, la hispánica despertó inicialmente interés y admiración durante la colonización de América, a pesar de ser objeto de conquista. De esto modo se puede afirmar que la elaboración de la constitución racial, así como la configuración de un derecho que no sólo distinguía a las naciones-razas habidas tras la reconquista, sino que también repelía a aquellas que eran de psicologías distintas, implicaba una superioridad cultural y un desarrollado nivel intelectual.

La nación, el pueblo o la raza que reconoce, distingue y positiviza una constitución racial, en una época remota, sin tener conocimientos científicos para ello, y advierte su psicología distinta, tomando en consecuencia un estatuto de limpieza de sangre, demuestra por lo dicho, ser una sociedad intelectualmente muy desarrollada, destinada a levantar la mayor civilización e imperio de su tiempo. Así por ejemplo lo mostró EEUU, en la mayor y más próspera época de su historia. Por contra, la que no advierte estas consideraciones o las rechaza, pagará más tarde o temprano el precio de su autodestrucción; así por ejemplo le ocurrió al Imperio Romano o a la civilización griega.

Las relaciones que el pensamiento religioso en cada una de sus manifestaciones ha tenido, nos desvela el grado de sintonía psicológica que los distintos tipos raciales posee. Es importante diferenciar este aspecto del puramente habido en las relaciones históricas de los pueblos y naciones. Muchos acontecimientos históricos han estado protagonizados por el fenómeno religioso, incluso con gran intensidad dentro de un mismo grupo de pensamiento. El fondo sin embargo de todo este devenir histórico, raramente trascendía a la propia naturaleza psicológica del fenómeno religioso, y cuando lo hacía era para reafirmarlo, no para destruirlo. En todos los casos imperaba una solo motivación, la política. Ejemplos de esto lo encontramos en el surgimiento de la Iglesia Anglicana y su reafirmación en el puritarismo o las doctrinas protestantes. En cada uno de estos sucesos, la naturaleza de los principios y valores fundamentados en la psicología racial, son no sólo incuestionables, sino reforzados y purificados. Son pues causas de ámbito político, las que acontecen en dichos sucesos, que no suponen un cambio de fe, principios o naturaleza. Incluso cuando la sociedad empieza a desarrollar un pensamiento agnóstico, estos principios se mantienen y consolidan, formando parte de la ética y la conciencia. Esto es así porque realmente nunca han dejado de pertenecer a dicho ámbito, pues es en la conciencia donde reside la naturaleza psicológica de las razas en cuanto a su pensamiento más reflexivo e introspectivo. Este fenómeno de sintonía psicológica, acontece por el principio de la sangre. Los mismos elementos han influido en la historia psicológica de las razas que han participado de los distintos fenómenos religiosos. Así por ejemplo también en la religión musulmana, se observa una gran cohesión y homogeneidad de su pensamiento y psicología, variando tan sólo aspectos formales y políticos, que lejos de distorsionar la esencia y naturaleza de sus principios, tienden a reafirmarlos.
Dicho lo cual cuando existe unidad o cohesión psicológica y por tanto racial, acontece una relación de sintonía y sincretismo entre las diversas manifestaciones culturales de ámbito religioso. Ejemplo de esto es la base de las principales religiones del Mediterráneo en la Antigüedad. Por el contrario, cuando acontece discordancia en el aspecto psicológico, sucede la desconexión del pensamiento religioso. Ejemplo de esto es la irrupción de los pueblos semitas y judíos en el Mediterráneo y el imposible sincretismo y sincronía de sus pensamientos con los del resto de culturas no semíticas. El imposible sincretismo no significa antipatía necesariamente. En ocasiones la falta de este elemento sucede a consecuencia de la carencia natural para desarrollar un determinado sentido intelectual, pudiendo ser inculcado y asimilado con posterioridad. No se trata de sentimientos encontrados o conflictivos, sino de desconocimiento por inaptitud natural, de determinado pensamiento psicológico. Ejemplo de esto son los pueblos de Extremo Oriente y los mongoles, así como en origen los de América. También pertenecen a este grupo los pueblos del África Negra, no tanto porque carezcan por completo del natural sentido psicológico que conlleva la generación y comprensión de determinados pensamientos como los religioso-filosóficos, sino porque su inteligencia no les permite su desarrollo, quedando en un estado primitivo. Ejemplo de esto vendrían a ser las creencias africanas chamánicas basadas en la brujería o las supersticiones, como las yorubas.
En estos últimos ejemplos es fácil que sucedan procesos de asimilación, puesto que unos casos o bien no son del todo capaces de generar sentimientos lo suficientemente desarrollados como para combatir intelectualmente otros contrarios, o bien directamente no existe capacidad natural alguna de generarlos. En consecuencia existen numerosos ejemplos de asimilación del fenómeno psicológico religioso, en distintos pueblos asiáticos y africanos, tanto en un sentido como en otro. Así por ejemplo una nación mongola como Kazakstán y el resto de pueblos de Asia Central, asumieron el islamismo, y de igual manera los filipinos o los indios americanos, hicieron lo mismo con la religión católica, con relativa facilidad. del mismo modo se les puede arrancar por completo cualquier sentimiento filosófico, religioso o trascendental asimilado que hubieran podido recibir, ejemplo de esto Corea del Norte o China.

Del mismo modo por dichas carencias se les puede arrancar por completo cualquier sentimiento filosófico, religioso o trascendental asimilado que hubieran podido recibir, ejemplo de esto Corea del Norte o China. No es sin embargo que lo hubieran desarrollado y se les prohíba, en realidad el fenómeno religioso allí es igual de intrascendente que donde existe gran permisividad religiosa como en Japón. Sencillamente no era ni necesario prohibirlo, siendo más que una ley, un símbolo de reafirmación natural, como una declaración de principios.

La salvedad que presenta Mesoamérica con respecto a los pueblos indios del norte de América, y los del sur, nos pone de manifiesto que pudo existir una naturaleza psicológica distinta que tuvo que proceder del entorno de las razas occidentales europeas, lo que debió ser el origen mismo del fenómeno religioso trascendente. Éste se tuvo que producir antes de la llegada de los españoles, siendo mucho más remota, pero sin duda de gran importancia. El paso del tiempo haría que su recuerdo menguara, el sentido trascendente y la concepción de un posible pensamiento filosófico se debilitara y desapareciera casi por completo, y tan sólo quedara la creencia mística en un reino u olimpo de dioses supremos, con un tímido sincretismo con los de las culturas usko-mediterráneas. Esto último por tanto debió constituir el único y último legado que quedo en Mesoamérica hasta la llegada de los españoles.

III Hiberia caucásica.

-El Cáucaso.

La cultura auriñaciense[21] y la influencia uskarita, llegó a Asia, desde Europa, propagándose a través de Anatolia y dirigiéndose finalmente a Israel y la meseta iraní. En este éxodo, los pueblos uskos se expandieron por Asia Central, y retomaron la ruta de regreso a Europa, esta vez a través no sólo de Asia Menor, sino del Póntico, fundado a su paso el reino de Escitia. Los historiadores griegos establecen el origen occidental de los iberos caucásicos. Dionisio Afro, de tiempos de Augusto, dice, los iberos españoles saliendo de los Pirineos, ocuparon el istmo entre el Ponto Euxino y el Mar Caspio, haciendo la guerra a los hyrcanos (imperio asqueménida). Igualmente Estrabón asegura que “los iberos occidentales pasaron a tierras más allá del Ponto y Cólquide, que es la región misma de la Iberia asiática” .

La entrada de esta cultura europea asentó varios pueblos uskos en Asia y el Cáucaso. Uno de éstos formo el legendario reino de Iberia, situado en lo que hoy es Georgia y Armenia. Estudios actuales genéticos de población han mostrado que frente a una casi ausencia del linaje R1b en el entorno caucásico, queda extrañamente un remanente étnico, una isla de gente de antepasados uskos, en lo que fue el reino caucásico de Iberia. Sus frecuencias actuales alcanzan un porcentaje en torno al cuarenta, algo similar a los actuales portugueses del sur.

Para entender la conexión entre las dos Iberias, habría que remontarse al origen más remoto, cuando el reino del Cáucaso formaba parte de la influencia del reino Escita. El historiador Fita Colomé, hace referencia a la Iberia georgiana como un posible y remoto origen de la Iberia europea y casi de todos los europeos occidentales:

“Refieren las crónicas georgianas, mandadas redactar y publicar por el rey Wagtang, que, después de la dispersión de las gentes, fue a poblar la Georgia o Iberia el gigantesco patriarca Togorma, hijo de Gomer y nieto de Jafet. Otros quieren que fuese Túbal, hijo de Jafet, quien pobló o colonizó la Iberia del Cáucaso, y que luego él o sus descendientes llegaron hasta la Iberia al Sur de los Pirineos, ya pasando primero a Irlanda, isla a quien dieron el nombre de Ibernia, y desde allí viniendo a España; ya viniendo a España directamente. Sobre estos nombres de Iberia e Ibernia, de Ebro y de iberos, dados a diversas comarcas, ríos y pueblos, se ponen varias etimologías. Ya los derivan de ibha, que en el idioma de los vedas vale tanto como familia, ya de avara, que en el mismo idioma significa occidente.”

En el momento de la cita, no se entendía bien por parte de los historiadores, que el origen de Europa pudiera estar en Iberia, y ni mucho menos se conocía la existencia de los antepasados homínidos de los europeos en dicho lugar. Es por ello que las conexiones lingüísticas, históricas, mitológicas y epigráficas que podían hallarse entre las iberias, tomando en consideración para ello la cultura vasca (como propiamente ibérica en vez de la hispánica o latina), se entendían tomando su origen de este a oeste. Por esta razón se ha tomando históricamente el Cáucaso como origen de la raza blanca o europea, también llamada caucásica.


[21]Cultura de Ciervos o Auriñaciense, cultura tecnológica glaciar paleolítica desarrollada en las regiones atlánticas de Europa hace 40.000 años por los iberos prehistóricos, durante la Würm, que supuso un avance respecto a la Perigordiense, y que se caracterizó por la gran expansión lítica por todo el continente uskario, así como el afianzamiento del pensamiento litúrgico ceremonial funerario y el arte escultórico y pictórico (primer arte humano conocido). Fue precedida por la Musteriense de origen neanderthal y la Perigordiense más reciente surgida del Homo Sapiens, siendo su foco de expansión la región occitana, tomando el nombre de la ciudad de Aurignac (pronunciado como oriñak en francés), nombre proveniente del vasco (euskeriano) Oreiñak, que significa ciervos, siendo uno de los elementos o materiales más usados el del asta de ciervo. Su desarrollo y expansión llegó hasta Asia, a través de Asia Menor. Esta cultura representa la esencia del origen del pueblo usko en estado más puro y primigenio, siendo sus principales y más antiguos focos los de Iberia, Francia, Bélgica e Islas Británicas.


Además de la genética, existe una conexión filológica euskaro-caucásica:

Concomitancias entre la lengua protovasca y los dialectos pónticos. Caucásico circasiano de noroeste: 8% Caucásico ávaro de noroeste: 6% Georgiano, caucásico meridional: 9%

Estas conexiones son igual de intensas en la lengua tibetana y en la burushaski de la India. Hay que tener en cuenta que aunque parezca poco, las coincidencias entre esas lenguas y el vasco, son las mayores que existen en el mundo entre una lengua occidental y una caucasoide.

De esta tierra montañosa, habla Isaías 49:11, cuando establece que la Casa de las Diez Tribus perdidas, se asentará en terreno montañoso, más al norte de Asiria, en el Cáucaso. En este tratado como veremos, se entiende el linaje de José, o de las Diez tribus perdidas (Casa de Israel o efraimitas), como el del pueblo eberita, es decir usko. De igual modo Oseas 11:10, relata que al rugir de Efraín, imitando al León de Judá, temblarán las tribus desde el Oeste (occidente europeo). Los antiguos iberos que formaron el estado caucásico de Iveria en el siglo V a.C., fueron el pueblo primigenio de los conocidos como gómeres, gimirri o cimerios (de los cuales descenderían los sakai) que afianzaron el origen de la cultura y lengua indoeuropea primigenia en Asia. Aún hoy pueblos ubicados en lo que se considera la antigua frontera caucásica del estado de Iveria, así como en menor intensidad en el antiguo Urartu (reino-cuidad usko-mediterráneo cuyo significado proviene del vasco y se traduce como entre agua o ríos), e incluso en otras regiones como la antigua Persia, Armenia y Azerbaiyán, se conserva un legado genético usko protagonizado por una frecuencia intensa del marcador R1 para ser una zona asiática. Tras el afianzamiento de esta cultura originada en los estados uskos situados entre el Póntico e Irán, los cimerios se expandieron a Ucrania, forjando el comienzo de lo que más tarde será la cultura boyarda y el estado de Rusia.

En las montañas del Cáucaso, se conservan inmutables por el paso de los milenios, como gigantes de piedra, varios miles de dólmenes megalíticos iberos, situados en las cercanías de Sochi, Touapse, Tzelentzchik y Nocorossiysk. Estos monumentos son exactos en cuanto a su forma y estructura a los que existen en la Península Ibérica, Islas Británicas o Francia. El megalitismo, manifestación cultural y racial, tan vinculada al pueblo celta como éste a su antepasado el pueblo usko, dan prueba de antiguos asentamientos de nuestros ancestros en regiones tan lejanas como Rusia, China o la India, cuando los escitas campaban por extensas estepas vacías, antes de la explosión demográfica de los asiáticos y eslavos. Los dólmenes son en definitiva la prueba primera y tangible de la existencia de los pueblos uskos, siendo éstos la antesala de los celtas.

Lo poco que queda del legado usko en la estepa rusa, lo encontramos en los pueblos que aún habitan los Urales (la frontera natural con Asia). Uno de ellos el de los Baskires o Bascos, recuerda bien, por su nombre, a qué linaje pertenecían sus antepasados. Los análisis genéticos realizados a dichas poblaciones revelan que los baskires de Perm, alcanzan casi el noventa por ciento de R1b, (el marcador genético usko, de origen escita que en general en Rusia no llega al diez por ciento).

El nombre de Rusia y su origen más remoto es curiosamente tan usko-mediterráneo como quizá el origen mismo de la Iberia caucásica. Es un hecho que el nombre de Rusia es de procedencia uska, pues se toma de los reyes de Urartu (el reino usko-mediterráneo de Irán). Así es conocido Rusa I, rey urartitano que fundó Rusakhinli. De esta forma con el nombre de Rus se conocerá al primer estado confederado y organizado de Rusia, el Rus de Kiev. También los moschi, asentados en el reino de Tubal, otro pueblo de la iberia caucásica, fue el que daría nombre al río y posterior ciudad moscovita. Los boyardos que forjaron el estado ucraniano Rus de Kiev, verdadero principio de Rusia, eran en un remoto origen un pueblo usko. El primer rey boyardo de los rusos Oleg I de Nóvgorod, pertenecía a un linaje que empezaba a ser tan extraño en los principados rusos en esa época, que solamente conservaba una reducida clase de la alta nobleza boyarda. De dicha casta se originarían los soberanos de Rusia, conocidos como zares, que en lengua ibera significa el sabio o señor, y se traduce en lengua vasca como el más antiguo. Prácticamente todos los soberanos de Rusia pertenecían o descendían de antiguo linaje usko, hecho que se acentuó con la dinastía Holstein-Gottorp-Romanov, que darían marcador R1b al último zar de Rusia Nicolás II. Es un hecho que en general toda la realeza europea incluyendo a la rusa, era de origen usko. Así los borbones, descendían del antiguo rey ibérico Baucio Capeto de los turdetanos. También obviamente la nobleza alemana de origen sajón, es decir la rama occidental de los germanos, era plenamente uska. Del pueblo usko de los cimerios se originó otro llamado sakae, es decir el pueblo sajón. Este término no se corresponde actualmente a la población geográfica sajona, sino a un grupo étnico, perteneciente en su origen a la rama ibero-atlántica del pueblo usko, que pobló Jutlandia y ulteriormente Britania en la época del Imperio Romano.  Este hecho tradicionalmente se identifica con un proceso de germanización, sin embargo dicha asimilación fue de tipo religioso y cultural, ya que genética y étnicamente los autóctonos habitantes de britania (britanos, pictos, etc.) y los sajones de procedencia continental, eran indistintos. Éstos últimos sufrieron en el continente una constante influencia soraba y eslava que afianzó la cultura germánica continental, siendo étnicamente alemanes occidentales, es decir uskos o usko-atlánticos. De esta forma fueron fácilmente asimilables a las poblaciones autóctonas de Britania y Normandía.

En Alemania a diferencia de lo que ocurre con España o la Península Ibérica, la frecuencia uskarita alemana se deja sentir con mayor intensidad en la región occidental (Westfalia, Renania, etc). En estas zonas la influencia sajona determinaría una parte importante del país (mitad oeste) como plenamente occidental y usko. En este sentido podríamos decir que Alemania se divide en alemanes europeos occidentales, es decir sajones uskos, y por otro lado fundamentalmente en la mitad nororiental sorabos o silesianos, es decir alemanes del este europeo o eslavo.

No se debe confundir el nombre de la región histórica alemana de Sajonia, con el pueblo étnico sajón, pues ambos hacen referencia a realidades distintas. Sajonia actualmente pertenece a un territorio alemán del este, poblado por eslavos occidentales (sorabos, prusianos y silesianos), y el pueblo sajón continental puede definirse como el autentico pueblo alemán por lo menos en origen, que se asentó en Dinamarca, Alemania occidental, Normandía, y finalmente Britania.

Otro aporte importante, viene de los símbolos dejados por las antiguas civilizaciones eberitas. Uno de ellos es la suástica (en sanscrito suerte), el símbolo de la infame esvástica criminal que dejó la iniquidad nazi. Hoy día símbolo de la vergüenza de Europa, y en su origen representación solar de carácter religioso y divino. La suástica tuvo su origen en Hiberia y sur de Francia durante el Paleolítico. Proviene de su forma original el lauburu (representación del Dios vasco Sugar). Las primeras encontradas y más antiguas datadas se hayan entre Glozel (Francia) y el río Ebro (España). En España este símbolo se muestra en los objetos rituales y sagrados como en altares, jarras ceremoniales o morillos, y en inscripciones en cascos o armaduras.

Dibujo de caballo celtíbero con la suástica ibérica.

Dibujo de caballo celtíbero con la suástica ibérica.

Su presencia en la civilización egipcia, mesopotámica, hindú y china, es tan abrupta que hace imposible que un símbolo tan específico pueda surgir espontáneamente, en distintos lugares con mismo significado y de forma arbitraria. La cronología de las suásticas, parte de Europa en el Paleolítico prehistórico, de ahí se traslada a Egipto y Mesopotamia con el mismo significado religioso, curiosamente en el inicio de la Edad del Bronce (4000 ac.), ya originada en Hiberia, y coincidiendo con la llegada de los utskos.

Vasija celtíbera con gran cruz suástica levógira o zurda

Vasija celtíbera con gran cruz suástica levógira o zurda

Posteriormente la religión hindú adoptó el significado religioso de las suásticas y lo aplicó al suyo propio.

El lauburu, fue ulteriormente adoptado por la religión oficial romana. Con la religión cristiana afianzada en Roma, el lábaro o lauburum, (un aspa (X) con la P en medio), formó parte de los estandartes imperiales a partir de Adriano. Ya en este contexto pierde su simbología solar, representando el monograma de Cristo o Crismón.

En el norte de la India, existió una Uskaria o Escitia, conocida como la República Sakia, que conformó una sociedad racial estamental, donde la raza de los sakias (escitas o sajones), descendientes del cielo y del sol, al igual que se describe en la mitología mesoamericana con la raza de Quetzalcóatl, elaboraron las primeras epopeyas de los héroes y dioses del olimpo del monte Meru, asentando los principios de una religión trascendental y metafísica.  El vedismo sagrado fue progresivamente sustituido por el carácter ateo y naturalista del pensamiento budista. En este cambio se produce el fin de la casta de los pueblos escitas y todo remoto origen con la sangre de los pueblos uskos.

Otro mítico pueblo de la India, que deja testimonio de la presencia de los uskos, es la conocida como tribu de los brigas (bhrigus), que fueron en su origen como ya hemos explicado, los iberos o protouskos, que en buena parte desarrollaron y expandieron la cultura del Bronce por Eurasia. Se tiene constancia de la presencia de los brigas de la India, hasta hace algo más de 4000 años. Se conoce que descendían de un rey briga, Bhrigu Kavi, y fueron los que trajeron el conocimiento de los metales, el bronce y el hierro. Brigu, fue el primer autor en escribir sobre la necesidad de preservar el sistema racista de castas hindú (Dharma), para mantener viva la raza de sus antepasados. El dharma defendido por Brigu, afirmaba que el matrimonio entre su raza y otros pueblos, e incluso tocar al miembro de otras razas inferiores, era un acto impuro y corrupto. Posteriormente se afianza la idea de la reencarnación, y con ella la posibilidad de transitar de razas inferiores a superiores, o viceversa, incluso de degenerar en animales. De esa forma los más valientes y sobresalientes, eran premiados después de la muerte, reencarnándose en una raza superior, mientras los de esta última, si durante su vida obraban en desacuerdo a lo esperado en esa superioridad, eran castigados con la reencarnación en seres inferiores. Si los de la raza inferior comprometían su vida a la mayor degeneración posible, su castigo era el de volver a la vida convertidos en animales.

Estos pueblos uskos (chandras) eran adoradores del fuego y formaron parte importante de la cultura védica, anterior al budismo, siendo también autores junto con otros pueblos de la casta uska, del texto más antiguo de la India, el Rig-Veda. Como el resto de pueblos uskos asentados en Asia, estaban relacionados con los escitas e indoescitas.

Además del tetraskel o suástica ibérica (lauburu), también existió un símbolo sagrado en inscripciones comunes a la península, en las regiones vascas, a lo largo de todo el Cantábrico, Galicia y también Andalucía, en la culturas prerromanas ibéricas de índole vasca o uska, así como en la Europa céltica y en regiones del Mediterráneo (tinacria), que fue el triskel o trescela. Este símbolo con tres brazos en espiral, en forma de triángulo o hélice, representaba el número sagrado tres, la triarquía de los dioses más importantes de las culturas atlánticas, y los tres elementos esenciales del Ser, el alma, cuerpo y espíritu. En esencia el triskel es el origen del pensamiento cristiano de un dios trino o la Santísima Trinidad.

jarra celtíbera arévaca con la típica suástica ibérica mirando a oeste.

jarra celtíbera arévaca con la típica suástica ibérica mirando a oeste.

La civilización Mesopotámica. Los sumerios o cimerios, al igual que el resto de los asiánicos, eran de estirpe eberita.  Fueron los que fundaron una red de ciudades estado, fruto de su primera civilización, a la sazón también de Asia, al modo griego y etrusco. Con un alto grado de aislamiento, surgió la ciudad-civilización de Ur, como de la nada puesto que no tenía parangón ni referente otro en toda Asia. La albocracia de Ur, se sitúa en el milenio V a.C, en la desembocadura del Éufrates (cuyo nombre proviene del río Ebro, y del patriarca Eber del pueblo eberita o ibero, descendiente de Noé; no confundir con Heber Finn, padre antepasado de los milesianos e hijo de Míl).

La importancia que el agua tenía en Ur, es evidente por su ubicación y sus restos, y muestra una civilización basada en el regadío. La misma palabra Ur en vasco, significa agua, de donde proviene el nombre atlante de esta protocivilización asiática, que es también lugar de nacimiento del patriarca Abraham.

La palabra Ur (agua) también ha servido para nombrar al pueblo ibero-celta de los urketanos, en la zonas meriodonales de España, cuya capital Urkesa es documentada por Ptolomeo. Esta amplia extensión de influencia de la cultura y las lenguas o dialectos protovascos en la Península Ibérica, dan también una muestra del origen común y estrecha relación cultural de estos pueblos uskos.

En el alto Éufrates, se encuentra la ciudad de Mari, de seis mil años de antigüedad. Dicho nombre se toma de la diosa ibérica Mari o Maddi. Curiosamente el origen del Egipto predinástico se ubicó en otra colonia eberita también llamada Maadi, que introdujo en el Nilo la metalurgia, arquitectura, etc. La palabra mari en el antiguo Egipto significaba amar, que en euskera es maite. Parece que el nombre de Mari que algunos faraones usaban como Ramsés Meriamón es decir Ramsés II, y que significa adorador de Amén o Amón, podría provenir de la mitología ibérica y de esta diosa del Amboto, como un símbolo femenino de la adoración divina. Parece que los uskos egipcios no olvidaron los nombres de sus dioses ibéricos, que constituyeron la parte más espiritual del vocabulario egipcio.

Otras importantes ciudades milenarias uskas, fundadas en el Cercano Oriente, que evidencian su significación con Iberia, fueron Ugarit (del vasco ugaritu), y Eridu (que significa pueblo o ciudad en vasco). Es sabido que en Iberia, había polis todavía más antiguas que las que podemos encontrar en Mesopotamia, como las dejadas por la civilización de Mastia.

En el reino caucásico de Iberia, poblado por iberos caucásicos, del mismo origen genético que los iberos ancestrales de la península Ibérica, y por tanto también relacionados con los escitas y asiánicos del Cercano Oriente, existía un río, que al igual que otros que dan testimonio del paso de los antiguos pueblos uskos, éste tiene el nombre de Aragón (Aragus), (según lo cita Estrabón en el Libro XI de Geografía), y debe el mismo a su relación estrecha con la propia denominación de dicha región española. Ambos nombres dan muestra de una remota lengua o un grupo relacionado u originado a partir de la misma (diasistema) hablado por estos iberos y uskos llegados al Cáucaso. Este dato también nos recuerda otros muchos ejemplos en la hidronimia mediterránea como el conocido como río Ebro (Ibero) de Tracia (actual río Martitsa de Bulgaria). El nombre de Aragón, proviene de la antigua lengua ibera-aquitana, donde el sonido -ur-, que significa agua, cambiaría en pueblos célticos, desarrollados en dicha región aragonesa (Celtiberia), en -ar-, al unirse a otros fonemas, al igual que en el sánscrito, o -tar- en otras ramas lingüísticas. Aragón era el nombre original de un río o una serie de ellos, que descendían de los Pirineos hacia esa región, pasando por Berdún y Pamplona, y que finalmente darían nombre a la misma, desde que se forma como condado en la Edad Media. Este nombre tendría un significado de río de montaña, o entre las montañas, trasladado en este caso a esta montañosa región de la Iberia Caucásica.

De la toponimia vasca, una de las más puras que existe, podemos analizar nombres como el de la ciudad de Bilbao (Biluao), cuya raíz -Bilb-, también se encuentra en la extinta ciudad de Bílbilis (Aragón), Bilbilum, Belvís, etc. La voz Bilb, también se encuentra en numerosos topónimos de Andalucía y otras partes de España. Del mismo modo se encuentra en Sumeria (Uskaria), teniendo ciudades como Bilba, Bilbina, Bilbe, Babel, Urbil, Bilbat (Dilbat), cuyo origen está estrechamente relacionado con esta raíz eberita, que significaría río. Aquéllos nombres de la antigua Mesopotamia, que pertenecieron a un remoto idioma protoibero o protousko, son el testimonio del paso del pueblo Uskario y su afianzamiento en el Éufrates al momento de aparecer la Escritura.

El pueblo sumerio fue conocido por sus vecinos por el nombre de sus dioses. Así, -sumerio- son la conjunción de los dioses iberos Sugar, (posiblemente el fundador o uno de los principales protagonistas del pacto de sangre atlante) y su consorte Mari -sus adoradores-. Mari es la virgen diosa ibérica de la que surgieron y que veneraban, la cual daría también nombre al Monte Maru, en la India. En otras partes de la cultura y la raza celta, como en Irlanda, Mari es conocida como Morrigu o Morrigan.

Se sabe que no existe relación alguna del sumerio con lenguas vivas o muertas, más que con las lenguas iberas, y que formaron conjuntamente con otras, el diasistema uskomediterráneo.

sumariaLlamados así por los acadios, aunque realmente conocidos como cimerios, los sumerios eberitas se situaron en un contexto tan extenso, como fue Oriente Medio, que pronto vieron la llegada de los llamados “cabezas negras”; un pueblo degenerado, de costumbres livianas y amorales, probablemente de origen africano, muy distantes del ejemplo humano y social de sus vecinos atlantes. Ya tocados por la semilla degenerada de este pueblo extranjero, se complica la situación de Ur, con el pueblo semita de los acadios y las tribus semitas de Arabia.

Antes de que se pudiera desarrollar y expandir, el imperio sumerio o cimerio fue perdiendo su identidad cultural, lingüística y étnica de forma progresiva y sangrante. Los acadios, les arrebataron su identidad y forjaron un estado, nacido por la fuerza de la avaricia y la sangre, cuyo fin era más que predecible.

El inicio de la decadencia sumeria, fueron las tribus nómadas semíticas que fueron asentándose en la cuenca mesosumeria. Esta gente fue recibida y asimilada por el pueblo sumerio, como forma rápida de civilizar a las tribus árabes y de aumentar la población que en esas zonas empezaba a ser escasa. El reducido número de pobladores y colonos uskos no podía sustentar el peso de un gran estado similar al egipcio, y como éste, requería un número importante de individuos. Durante los siguientes siglos, las tribus semitas fueron afianzándose en la zona central de Mesopotamia, instalándose como centro de poder en la ciudad de Kish. En este lugar los uskos ya eran clara minoría étnica, y los semitas consiguieron colonizar del mismo modo otras importantes ciudades limítrofes a lo largo del Éufrates. Con el norte cada vez más fuerte y numeroso, teniendo en cuenta que era nutrido por las tribus semitas procedentes de Arabia o Siria, y el sur uskarita, aislado y sin posibilidad ni contacto con más pueblos afines cultural o étnicamente, el rey acadio semita Sargón, venció en número y recursos en Uruk, la capital sumeria de Uskaria, en el año 2271 a.C. Este hecho y la deportación y exilio de buena parte de la población uska, imposibilitaría cualquier resurgimiento posterior de la civilización y cultura uskomediterránea. Para entonces la población que se fue formando en la antigua Uskaria sumeria, era ya muy similar a la de los actuales iraquíes. Fueron los propios pueblos semitas y fariseos los que por sus avaricias acabaron, mediante luchas intestinas con el estado acadio. Ante el vacío de poder, hubo algunos intentos de restaurar la civilización sumeria. Éstos se sucederían desde el 2100 a.C., en lo que fue un intento general de lograr un Renacimiento. Sin embargo la identidad étnica, cultural y ética del atlante, otrora ejemplo de civilización, estaban ya muy tocadas por la influencia acadia y probablemente africana. Ninguno de estos intentos, protagonizados por la oligarquía sumeria de origen usko, pudo rescatar a la fabulosa civilización del Éufrates, y finalmente la masa mestiza de linajes se impuso con el tiempo, para dejar sólo los restos de la antigua civilización exánime como único vestigio; el fin de la Uskaria. En medio de este proceso llamado la edad oscura acadia, se sucedió el conocido como Renacimiento Sumerio, durante la Tercera Dinastía de Ur. El imperio surgido sería mayor que el Acadio, pero ya debilitado en la cada vez más mestiza sangre de su pueblo. Para el año 2000 a.C, la civilización sumeria desapareció, siendo rescatada posteriormente en el período babilónico, donde finalmente se convertiría en la raza caída.

Al otro extremo del Mediterráneo, otra civilización, Tartessos, sufrió un proceso semejante, al penetrar la influencia oriental, y al momento de afianzarse lo suficiente. De este modo al caer sus aliados los griegos y la Mainaké, fortalecerse la metrópolis fenicia de Gádir, y extenderse el poder de Cartago, los tartessos fueron invadidos, quedando relegados de sus centros de poder político y económico, sus descendientes los turdetanos, siguieron padeciendo la destructiva influencia oriental, lo que al igual que en Sumeria, paralizó cualquier empeño de restauración cultural y política de pasado esplendor.

El conocido como poema épico de Gilgamesh, es el relato de un famoso héroe-rey llamado Izdubar, que en lengua uskomediterránea y también en euskera hace referencia a las montañas y las riveras. Izdubar de Uruk, fue un legendario gobernador de la  civilización de Sumer, protagonista de la primera epopeya, y por la misma y lo que de ella se escribió, fue un rey muy distinto a los acadios, de raza y estirpe distinta. Sería conocido por ser el que levantó las grandes murallas de la ciudad (amurallamiento doble; la interior de hasta diez metros de altura y cinco de anchura y con un complejo de mil torres). Al comienzo del poema se menciona la catástrofe diluviana de los atlantes, cuyo relato fue escrito y grabado en una estela o piedra sagrada, conectando el origen de ambos pueblos. En recuerdo al pacto de la sangre de los atlantes, Izdubar persiguió alcanzar el origen, es decir la eternidad. Posteriormente los acadios deformaron y adulteraron la vida e historia épica del héroe-villano. A diferencia de lo que ocurría en la creencia de los dioses acadios, Izdubar era un dios nacido hombre como el resto de deidades atlantes, que o bien nacieron o en algún momento se sabe que fueron hombres o mujeres. Una deidad que recuerda el poema épico, es la diosa Marte de la guerra Ishtar o Astarté, cuyo nombre proviene de la lengua usko-mediterránea, y se relaciona con la palabra martes, que en euskera es Astearte.

Existe un intenso acervo lingüístico vasco en la lengua sumeria. Es probable que en el origen de Sumeria, se hablara una lengua protovasca, idéntica a la hablada en Aquitania. Hay otros tantos términos cuyo significado varia, pero que guardan estrecha relación con el léxico ibérico y vasco.
Entre las palabras que se encuentra en el sumerio y en el vasco están: (-Ada- sumerio)(-Aita- en vasco) (significado padre), ; -Agar- -Agirre- (tierra); -Guru- -Garai- (elevación, altura); -Gur- -Gurpil- (rueda); -Guru- -Inguru- (rodear); -Igi- -Begi- (ojo); -Igisi- -Ikusi- (ver); -Suri- -Isuri- (verter, fluir); -Tirigal- -Txori- (ave); -Ala- -Aai- (expresión de júbilo); -Abar- -Abar- (rama); -Az- Hartz- (oso); -Ashki- -Muski, Ezkai- (planta vegetal, tomillo); -Bila- -Biloba- (heredero, hijo, descendiente, nieto); -Bir- -Birigarro (gorrión); -Egig- -Eki- (canto, terraplén); -Eren- -aran- (cedro, ciruelo); -Esh- -Etxe- (santuario, casa); -Esig- -Esi- (muro); -Gaz- -Gatz- (Polvo, sal); -Gir- -Gar- (luz potente, llama); -Gis- -Gizon- (Hombre); -Gud- -Gudu- (guerra); -Gun- -Gune- (región, lugar); -Isim- -Seme- (hijo); -Gala- -Gela- (habitación); -Kar- -Ekarri- (tomar, llevar); -Kus- -Kexu- (preocupado); -Mamu- -Mamu- (sueño, fantasma); -Mur- -Muru- (canto, colina); -Mush- -Musker- (reptil, serpiente); -Mush-dagur- -Musker- (lagarto); -Sadur- -Sador- (hondonada, hueco); -Sahar- -Zakar- (tierra, escoria); -Sahir- -Sare- (red); -Sakar- -Sagar- (fruto, manzana); -Sal- -Asal- (poco profundo, estrecho); -Sar- -Sartu- (entrar); -Sedur- -Zeden- (capullo, oruga); -Sisa- -Susen- (recta); -Sug- -Sagu- (pequeño animal, ratón); -Suhus- -Suster- (raíces); -Ud- -Uda- (sol, soleado, verano); -Ur- -Ur- (inundar, agua); – Uru/iri- -Herri, uri- (pueblo, ciudad); -Us- -Uso- (Ganso, paloma); -Usar- -Auso- (barrio).

El diluvio universal, protagonizado por la estirpe usko-sumeria de Noé, conocido como Ziusudra (último rey de Uskaria antes del diluvio, hace aproximadamente 5000 años), es explicado en la historia de la civilización mesopotámica, como la consecuencia del descontento de los dioses ante la creación de una raza de cabezas negras, que había aumentado y contaminado la sangre de su raza, el pueblo de Uskaria. El profesor Federico Lara Peinado, interpreta el diluvio sumerio como una metáfora sobre una invasión extranjera masiva destructora. Del mismo modo la versión diluviana védica del pueblo usko de Sakia en la India, explica como los dioses se vieron en la necesidad de purificar a la raza humana de sus descendientes, destruyendo al resto, y conservando sólo a aquéllos puros que hubieran conservado la ley racial “dharma”. El dharma, tiene el significado original de poseer y conservar la virtud de la raza. En torno a este concepto se formó en la India el sistema de castas, que en origen estuvo protagonizado por el pueblo de Sakia, y mantuvo el pacto o juramento de la sangre. El mito sumerio del diluvio, deja constancia de la intención primera de los dioses de salvar a la humanidad que procede de ellos mismos, (dioses raciales en bruto), mediante un gran exterminio que protegiera su raza. El relato prosigue con la determinación por parte de los dioses de que los hombres cumplieran con el pacto de sangre (conocido también como juramento atlante), siendo su incumplimiento consecuencia del castigo definitivo que conllevaría la aniquilación total de la humanidad. El pueblo de los sakias, al igual que el de los brigas de la India, fueron los descendientes de aquéllos iberos que levantaron los dólmenes y megalitos hindúes, de estilo mesa, típico de la franja atlántica europea, en distintas partes como en Marayoor, Karnataka, Andhra Padresh, etc., y que dejaron el legado de su cultura y el recuerdo mitológico de su historia.

Similitud entre el arte tarteso-atlántico ibero, y relieves mesopotámicos.

Similitud entre el arte tarteso-atlántico ibero, y relieves mesopotámicos.

El vehículo que inició y expandió el hecho religioso en el centro y sur de Asia, fue el lenguaje. De ellos el sánscrito es la lengua espiritual por excelencia, como el latín lo es a la Iglesia romana. De la conexión del sánscrito con el castellano, quedan más que evidentes pruebas y similitudes. Son numerosas las evidencias, por ejemplo:

Añil-nīla, Azulejo-azulejo, costo-kusthah, dinero-dinara-, toro-tara, dios-deiwos, alma-atman, laca-laksha, limón-limú, madre-mitri, padre-pitri, naranja-naranga, rojo-róhita, serpientesarpa, sopasupa, dar (verbo)-da, brillante-bahril, calendario-kāla, burbuja-budbudah, ponche-pancha, existe- asti, suerte-suasti.

Otra muestra de semejanza entre los pueblos usko-mediterráneos lo da esta efigie del pueblo etrusco.

Otra muestra de semejanza entre los pueblos usko-mediterráneos lo da esta efigie del pueblo etrusco.

Las coincidencias son tan numerosas y claras, que aportan un evidente testimonio de la conexión habida con el castellano. Si la comparación se hace con las antiguas lenguas ibéricas, la relación se confirma inexorablemente. En ese mismo entorno sumerio, encontramos ciudades fundadas por eberitas, como Ur (nombre vasco que significa agua), Zabala o Zabalam (cuyo significado también se encuentra en la lengua vasca y es el de ciudad ancha o amplia) o la ciudad de Mari (llamada así por la diosa protovasca), también Ugarit, Sun, Eridu, provienen de lengua uskomediterránea. Las civilizaciones sumeria y asiánicas, egipcia, griega, cretense, etrusca y tartéside, son las ramas del tronco usko-mediterráneo, del cual procede la civilización occidental actual. Están probadas las conexiones culturales, lingüísticas y genéticas entre estos pueblos uskomediterráneos de la Antigüedad, desde Occidente hasta la India.

Otro importante dato en referencia al Cáucaso lo aporta el haplogrupo H, originado a partir del HVH, el cual se estima que se originó en la Península Ibérica, que está ligado a los occidentales, y que se extendió hasta Asia, a través del Póntico. De esta región y de los pueblos escitas atlantes, surge el mito del origen milesiano. Del origen de Irlanda o Hibernia (La pequeña Hibera insular), isla de los cántabros (kantaures), descendientes de los milesianos, deja testimonio la epopeya celta.

La raza blanca “caucásica”.

Se entiende la realidad racial, como una concepción biológica por encima de las consideraciones culturales y etnológicas, por tanto se define como una red compleja de elementos unidos por el origen y la permanencia dentro de unos parámetros de identidad. Dichos parámetros confieren un estado de permanencia o estabilidad biológica, que promueve procesos evolutivos o formativos en el desarrollo de caracteres específicos que formaran los elementos etnológicos y culturales. Una de las características esenciales de la raza uska es su fuerza creadora, y por tanto también lo es la complejidad y diversidad de sus concepciones etnológicas y culturales. Es por ello una de sus consecuencias el que el continente europeo sea una región tan compleja y diversa culturalmente, en contra de la uniformidad que presentan otras regiones inmensamente pobladas del mundo tanto en el carácter como en los conceptos culturales, siendo ello considerablemente significativo en las culturas asiáticas.
Las distintas concepciones culturales prerromanas, están relacionadas no sólo etnológica y culturalmente sino racialmente. Los iberos en su concepción original, serían pues los astepasados del mundo cultural céltico y en términos raciales indistintos a los pueblos celtas. En los extremos culturales y raciales de la Península, se desarrollaron culturas influenciadas por el contexto mediterráneo, pero en general, y sobre todo en el levante, se circunscribieron a determinados elementos linguísticos o artísticos, pero no raciales, por cuanto estos pueblos conservaron intactas sus instituciones matriarcales y sus sistemas religiosos. El matriarcado ibero intacto hasta la romanización es la prueba de que antes de Roma, debido a la escasa incidencia púnica, Iberia permaneció en términos generales exenta de dominación extranjera e intacta cultural y racialmente, tanto como los iberos de Britania. Por otra parte la abrupta historia de los pueblos prerromanos, y su remoto origen, dan como resultado una larga trayectoria lo suficientemente extensa como para haber albergado y desarrollado concepciones culturales diversas a lo largo de su extensión territorial, lo cual evidentemente caracteriza a estos pueblos y a esta raza madre dotada de la fuerza que confiere la genialidad creativa por encima de cualesquiera otras realidades del mundo.
Tanto por la antigua como por la moderna ciencia, se ha entendido que la cultura occidental era el epicentro de lo que se conocía racialmente como caucásico o blanco. En este concepto y hasta el siglo XIX se incluía grupos étnicos tan dispares como los norteafricanos, semitas, mediterráneos y nórdicos o germanos. Blanco por tanto era aquel que no era ni negro ni amarillo o asiático. A partir del siglo XIX, la fuerte discriminación o persecución de los judíos en Europa, empezaba a remitir. Este hecho se produjo fundamentalmente por el abrupto ascenso social que dichos individuos alcanzaron sobre todo en la Europa del Norte y Central. La familia Rothschild y otras muchas familias askenazis, promovieron su ascenso en base al control financiero internacional. De esta manera se sabe que financiaron a ambos bandos de las guerras napoleónicas y otras muchas que vinieron después tanto dentro como fuera de Europa. Por contra otro grupo, el de los judíos sefardíes expulsados de España o Portugal, centraron su ascenso social en el aspecto cultural, contribuyendo en Europa, con su legado o puntos de vista innovadores en el pensamiento tradicional, en varios campos del Saber. Así lo hicieron los filósofos Spinoza o da Costa, revelando a pesar de todo, su verdadera naturaleza semita, extranjera de origen, y en consecuencia su pensamiento esencialmente panteísta, y contrario a la filosofía occidental.

En el siglo XIX, surgen nuevas corrientes, tras la desaparición de la mayor parte de los sistemas discriminatorios basados en el aspecto religioso contra los judíos. Ahora se pretende una distinción o discriminación de tipo racial, cosa hasta entonces no concebida pues se entendía que el semita tanto como el norteafricano eran de raza blanca, en consecuencia compartían el mismo origen que los europeos occidentales. Los antropólogos decimonónicos, conciben la idea de una nueva categoría racial, un nuevo tipo, el ario o indoeuropeo, como fórmula de distinguir al europeo blanco del resto de pueblos blancos del Mediterráneo. Dentro de tal categoría aún más se restringe el concepto de blanco, haciéndolo más escrupuloso, del cual ni si quiera los europeos del sur pueden formar parte. En ese contexto surge el concepto de raza aria como nórdica. Todos suponían que dicha raza provenía de la India o de Irán que significa literalmente tierra de los arios. En esta última región se pueden encontrar algunos descendientes de esos arios que llegaron a Europa Central y Escandinavia, pero su número tanto allí como Europa es tan residual que prácticamente no hay un grupo ario distinguible en el mundo.

El haplogrupo paterno de dichos arios podía ser el I, que curiosamente es hermano del haplogrupo J que es el propio de los pueblos semitas. En consecuencia tanto unos como otros en origen sí que provenían de una raza común. Sin duda estos grupos arios tan residuales no han podido contribuir ni dejar un legado cultural ni genético en Occidente. Otro posible origen de los arios podría  ser el haplogrupo R1a, emparentado con el R1b, que se encuentra presente de forma intensa en Irán y gran parte de centro y norte de Europa. Dicho lo cual, atendiendo a la antropología moderna y las pruebas genéticas, lo más acertado es atribuir al antiguo pueblo de los arios la consideración de ser una rama o familia de los pueblos uskos, del llamado clado ancestral, es decir aquéllos que se asentaron en Uskaria, durante las primeras colonias mesopotámicas, y después en Israel, llegando al norte del mar Negro y fundando Escitia, extendiéndose hasta la India. De todos modos, sea como fuere, el protagonista de Occidente es sin duda el haplogrupo R1b.

En el posterior desarrollo de los estudios antropológicos a comienzos del siglo XX acerca del origen de la raza blanca y por tanto de la esencia genética europea, los antropólogos entendieron y repararon en que existían demasiadas razas conviviendo en Europa incluso antes de la recién bautizada como raza indoeuropea o aria. Por este motivo decidieron desvincularla de Europa, buscando otros orígenes más recónditos, encontrando vínculos con Irán, la India, el Cáucaso o algunos mitológicos como Hiperbórea. De este modo la supuesta raza aria, es europea de adopción, pues se pretende marcar espacio y diferencias con esas otras viejas razas que pueblan los extremos de Europa, encontrando su cuna en alguna tierra exótica donde no quedaran restos o presencia viva de la raza aria. Cosa bien distinta acontece con la raza que ahora se estudia, pues el pueblo usko no se puede desvincular o estudiar al margen de Europa, donde nace y crece. Es por tanto la raza uska, aun conviviendo con otras razas de Europa, el paradigma de la raza europea.

Con lo expuesto hasta ahora, debemos remitirnos al concepto genotípico de raza, entendiéndola como etnia; es decir aquellos que pertenecen a una familia o linaje de comunes antepasados, y que en el caso de los europeos occidentales (tradicionalmente raza blanca), son los descendientes directos del cromañón.

Otro antropólogo decimonónico Giuseppe Sergi, fue uno de los primeros en identificar a la raza mediterránea como raza ibera, en adelante así llamada por el resto de tratadistas. Sin embargo fue realmente el primero en destacar la identidad atlántica del pueblo ibero, asentado en la Península Ibérica, Francia e Inglaterra, remarcando la idea de que no desciende ni de la raza africana, ni de la blanca, sino que es básica y esencialmente atlántico original.

La raza nórdica europea puede resumirse (a excepción de los eslavos o fineses) como un subtipo descendiente de la atlante ibera, con una despigmentación más intensa fruto de las condiciones climáticas que persistieron en el norte de Europa, tras la glaciación.

La raza mediterránea fue una categoría racial definida como subgrupo o rama de la raza blanca o aria (indoeuropea). Los estudios antropológicos albergaron en sus análisis y disciplinas esta categoría, de forma más intensa y extensa que otras ramas como la alpina o incluso la nórdica. La riqueza de su historia, su extensión y la complejidad de su cultura y manifestaciones artísticas han dado multitud de enigmas a la antropología. El modelo de estudio más reciente lo tenemos de las primeras décadas después de la Segunda Guerra Mundial. En los años 70 y 60, el estudio racial y la idea de la poligenia empiezan a ser disciplinas incómodas y obsoletas. La imposibilidad de modificar un estudio racial en base a la moda política más acorde con el cosmopolitismo y la globalización, es decir la dificultad y evidentemente el absurdo que suponía transformar la antropología raciológica en una materia que busque más los rasgos comunes que las diferencias, hizo que la misma desapareciera directamente, sufriendo a su vez, una intensa campaña política (que no científica), de desacreditación. Los estudios más recientes que podemos analizar que son herederos, continuadores y en parte modifican y corrigen la antropología clásica, provienen de esas primeras décadas de la segunda mitad del siglo XX, ya completamente libres de prejuicios. En el libro “The origin of the races” del paleontólogo Carlenton Coon, publicado en los años 60, describe lo que hasta entonces se conocía como raza mediterránea, de la cual participarían los restos humanos de los primeros pobladores de inglaterra, Iberia, Italia, Grecia, Egipto y Mesopotamia. El craneo de estos pueblos era el tipo mesocefálico (índice 75,6) característico del cromañón o atlanto-ibérico, y encontrando en la islas Cícladas, en Grecia (de forma bastante uniforme, desde el Neolítico y hasta el periodo helenístico), donde emergió una civilización de los metales que adoraba a la diosa madre. Este índice coincide con la media que se encuentra en la mayoría de españoles, y en la Antigüedad se extendía más allá de las Cícladas, hasta Asia Menor, donde se alzó la civilización jónica. En consecuencia la antropología, muestra uniformidad, durante una etapa de la civilización griega, a ambos lados del Egeo, una misma raza por tanto identificada con el clasicismo y canon griego. Igualmente se establece el mismo paralelismo entre los sumerios y los primeros ingleses. En la antropología de mediados de siglo, se llegaba a presumir que la única diferencia entre estos tipos que habitaban Inglaterra, y que aún se encuentran en el promedio racial inglés, y los antiguos sumerios, pudiera ser el tono de piel, pues en cuanto al esqueleto y su índice cefálico se podía decir que pertenecían a un mismo pueblo con mismo origen. La forma de la cara y el cráneo de los pobladores sumerios de hace cinco mil años, son exactamente iguales a los ingleses o españoles promedio. También se llegaba a decir que la raza o rama nórdica de la raza blanca, era tan solo, una fase de pigmento de la raza mediterránea original. Igualmente esta tipología denominada como mediterránea (mesocéfala), se encuentra en el Neolítico egipcio y de forma bastante importante hasta el siglo XVII a.C.

La serie de Ticuso, muestra cráneos de catorce hombres y siete mujeres, similares a otros yacimientos y al tipo al que pertenece el linaje de Ramsés II, que evidencia una estrecha relación con el índice y estructura del promedio español. Los restos humanos que se preservan de la civilización egipcia, muestra una indudable conexión entre las primeras poblaciones instaladas en el valle superior del Nilo, en tiempos predinásticos, así como los primeros pobladores del Delta, con la que se denominaba raza mediterránea, común en las regiones atlánticas de Europa. Igualmente se concluye un evidente relación con los denominados pueblos asiánicos y especialmente con los sumerios. Este pueblo mesocéfalo, se hallaba rodeado por los pueblos asiáticos braquicéfalos, entre los cuales destacaban los semitas (razas braquicéfalas del desierto), cuyo desarrollo fue inversamente proporcional a la desaparición de los primeros pobladores uskos y mesocéfalos de Mesopotamia. Estos braquicéfalos nómadas del desierto no se asentaron en colonias, o afianzaron polis que propiciaran el desarrollo de una cultura propia, sino que se fueron infiltrando de forma sibilina en las florecientes ciudades mesopotámicas. Al contacto con los sumerios, entendieron los semitas el concepto de asentamiento, cultura y civilización. La explosión demográfica de los braquicéfalos del desierto coincide con el progresivo afianzamiento de éstos en las colonias asiánicas o uskas y egipcias.

Esta categoría llamada por su extensión en la Antigüedad como mediterránea, fue evolucionando en las regiones más orientales a afroasiática. La rama occidental u original, quedó circunscrita a las regiones occidentales europeas o de ámbito ibero. A esta rama última dedicamos este tratado, y por no poder identificarla con más mediterráneo que el que baña sus propias costas, denominamos con el nombre que se dieron sus remotos antepasados, es decir uskos (los puros).

Frecuencias aproximadas del HR1b en Europa.

Frecuencias aproximadas del HR1b en Europa.

El linaje R1b junto con el H maternal, es en buena medida el definidor del concepto de etnia blanca occidental. El HR1b, es intenso y definitorio de todos los pueblos usko-atlánticos. Podemos definir la ausencia del HR1b-H, como ausencia de etnicidad blanca, salvo caso de personas descendientes de un antepasado común no usco, que a lo largo de siglos, de convivencia y roce con los uskos genuinos, han adquirido de forma constante y considerable, la mayor parte de la identidad genética y somática del linaje occidental.

Estando presente en Europa, Asia, África, y Oceanía, el R1b es el haplogrupo más extenso de la tierra. Sin embargo su concentración fuera de Europa es escasa y se circunscribe a los viejos focos de antiguas civilizaciones. Dicha región es remanente y origen de la etnicidad blanca. Su frecuencia más baja se encuentra en los extremos de occidente (Alemania oriental, y sur de Portugal), que van del cuarenta al cincuenta por cien de frecuencia cromosomática y a partir de ahí va descendiendo. Podríamos decir que el HR1b, se encuadra en las antiguas fronteras del Imperio Romano de Occidente, único digno de llamarse romano. Es imposible pues, descartar el HR1b del concepto de etnicidad blanca. Luego el elemento HR1b, se convierte de este modo en definitorio del origen racial blanco. La etnia blanca occidental no puede existir sin el HR1b del que parte, su ausencia y baja frecuencia en las poblaciones, determina la inexistencia de dicha etnia.

Definimos como occidentales en sentido étnico a aquellos pueblos en los cuales se encuentra la familia de subtipos o halotipos del HR1b paterno y H materno, endémicos o frecuentes en la Europa occidental, de donde es originaria, en una frecuencia superior al cincuenta por ciento. Por tanto en los que más y mejor se conservan los caracteres somáticos y genéticos de los europeos originales, y negativamente, a los que su frecuencia sea inferior, excluyendo el RxR1 subsahariano, ajeno a Europa. Un índice superior al cincuenta por ciento, denota en las naciones europeas, que por lo menos en un remoto origen debieron ser plenamente uskas.

Cuando aquí tratamos el concepto Occidental, no se hace en base a los elementos que han construido la historia reciente de la sociedad moderna, desde puntos de vista socioeconómicos y políticos, sino como un fenómeno básica y esencialmente racial; del mismo modo que la cultura china es particularmente un hecho histórico asociado a la raza amarilla. Dentro de ese punto de vista racial, se incluirían otros aspectos de tipo filosófico, espiritual y cultural que distinguen Occidente como a la última gran civilización de la humanidad.

La genealogía y nuestro apellido, perteneciente a nuestro más remoto antepasado paterno, nos puede descubrir o dar idea de cuál es nuestro origen y su relación con una raza ancestral. Por lo general los apellidos castellanos, astúricos, galaicos y evidentemente los catalanes, navarros y vascos, dan prueba de un aporte intenso de la sangre uska, a menos que en muy determinados casos, el apellido castellanizado, denote o se refiera a otro lugar de origen,  no europeo. Existen apellidos muy antiguos, de procedencia prerromana que dejan clara una intensa huella uskarita, como el ancestral Belusko o Velasco, de origen navarro, tan remoto casi como la propia lengua vasca, y que usaron los primeros señores de Pamplona. Así Belusko (en algunas lenguas prerromanas Belaiskom) también conocido como Waskon, fue el conquistador y señor de Pamplona que expulsó a Mutarrif, tomando sus descendientes el nombre de Velasco, apellido que orgullosa y curiosamente corre por mi sangre pues lo heredó mi abuela materna de su madre. En otras naciones uskas, existen apellidos que denotan su origen ibérico. Tal es el caso de Astor, apellido de origen francés y catalán, que significa astur, es decir que procede de este pueblo o región ibérica, y que desde antiguo se extendió por Inglaterra, no confundir con el alemán “Astor” de procedencia asquenazi.

La ruptura de la continuidad de la sangre uska por línea paterna, es irreversible. Se harían necesarios siglos para reconstruirla, pues un sólo eslabón de la cadena masculina de sangre, rompe su continuidad, perdiéndose por tanto la identidad biológica uska y una importante consistencia genética original (toda la que pudiera corresponder a la línea patrienal directa). Imaginemos el tiempo, quizá milenios, que serían necesarios para recomponer el daño sufrido en las últimas décadas por el fenómeno de la inmigración.

Hay que entender, que la no pertenencia al R1b (de forma directa), no excluye definitivamente, la pertenencia al pueblo usko, pues es posible conservar, buena parte de los caracteres y autosomas de dicho linaje sin pertenecer a dicho haplogrupo, eso sí, siempre y cuando la persona pertenezca originariamente, tanto él como sus antepasados, a los grupos o regiones (países), donde la frecuencia del R1b, sea superior siempre al 50 por cien. Los antepasados no uskos tienen que ser lo suficientemente remotos como para facilitar un paso considerable de genes autosomas en las sucesivas generaciones. Uskarizar un origen extranjero sólo es posible en un periodo considerable y donde abunde la línea genealógica indirecta patrienal de los linajes típicamente uskarios.

La caída del mundo latino influyó en la mentalidad, la política y la cultura europea moderna, hasta concebir dos polos casi opuestos dentro del mismo continente. El punto de inflexión en la separación de las dos caras de una misma Europa, vino de la mano de la Revolución Industrial y la caída de las viejas potencias coloniales que pone fin al capítulo de las grandes civilizaciones del Mediterráneo. Sin embargo el origen de la decadencia del mundo mediterráneo viene de una época muy anterior. Tres son los grandes imperios que ven nacer las costas del Mediterráneo. Egipto, remonta su origen al pueblo usko, de donde se formará la primera albocracia de la historia, el primer imperio verdaderamente eberita, hasta la dinastía kushita, que iniciará el periodo de un estado afroasiático, hasta la dominación helena y romana (cuya influencia no pudo resucitar a la albocracia uska originaria, recluida definitivamente en estado original en su propia cuna, en el occidente atlántico, comenzando también lentamente a deprimirse en el Mediterráneo oriental, en el seno de las potencias helena y posteriormente romana). Con la caída del Imperio heleno, y posteriormente con el Imperio Romano de Occidente el mundo mediterráneo se queda casi vacío, a consecuencia de haberse perdido buena parte de la sangre uska asentada desde hace milenios entre Egipto y el Éufrates. Para el siglo V, Grecia ya casi había dejado de ser un país europeo, acercando su sangre, su destino y su historia al mundo asiático, que en esencia representó el carácter del Imperio Bizantino. En esa misma época la Ciudad Eterna, había dejado atrás para siempre su capitalidad del mundo, cerrando así el capítulo final de su historia, pues nada que viniera después pudo jamás ni compararse. El mundo Mediterráneo se equiparó al bárbaro del norte, y no porque éste se desarrollara rápidamente, sino al contrario porque el mundo latino se colapso tras ser asiatizado. Con el comienzo de la Edad Media, habrá que esperar varios siglos, hasta concebir de nuevo un mundo civilizado, equiparable a lo que antes existía. En la fase culminante de la gestación de ese mundo, se asiste en Europa a la resucitación del Mediterráneo, que vuelve a ser el centro de la cultura, el arte y la filosofía. A partir del siglo XIII, y sobre todo del XIV, vuelve a renacer el genio griego en personajes como Tomás de Aquino, Guillermo de Ockham o Erasmo de Rótterdam. Ese genio no se interrumpió y pudo sentar las bases del Renacimiento europeo, y por consiguiente del desarrollo de la nueva civilización occidental en todo su esplendor. Al mismo tiempo que renacía el fenómeno cultural, filosófico y artístico europeo, también se desarrollaría el nuevo imperio que iría a encarnar la nueva civilización. Ésta pudo expandirse mundialmente a través de los imperios hispánicos de España y Portugal. De nuevo el Mediterráneo, o al menos una parte del mismo, volvía a ser la cabeza del mundo tras mil años. Mientras el Mediterráneo oriental, se pudría en el olvido y la decadencia del Imperio Bizantino, el occidental se expandía planetariamente fundando una nueva era y civilización para la humanidad, descubriendo y conquistando el globo terráqueo. Este imperio hispánico o universal, es el que encarna la última gran civilización del Mediterráneo.

Por ser tenido como hijo del caído Imperio Romano, el hispánico fue también considerado parte del mundo latino. Su lengua, su raza, su cultura y carácter le hacían ser digno heredero de su padre romano. Sin embargo la caída, cuatrocientos años después de España y Portugal, y su fin como potencias hegemónicas del mundo, cerró también el capítulo final, ya no de la historia relevante de ambas naciones, sino de todo el Mediterráneo, cuyas costas nunca más se verían como protagonistas de la historia mundial. El mundo latino sufre ahora una nueva decadencia. Esta vez el bárbaro del norte ya no vive como un salvaje, sino que ahora forma la cabeza económica, cultural y política del mundo. El hijo del romano, ha caído varias veces en los abismos más profundos, pero esta vez la Europa del norte actúa como el nuevo león que asegura su manada matando al viejo y agonizante. En este momento el mundo latino ya es un mundo decadente, símbolo del desastre y la ruina. Sin embargo su caída, a diferencia de la época del Imperio Romano, no implica el desplome de la civilización occidental. Mas bien al contrario ésto supone un acicate para el desarrollo de las nuevas potencias que protagonizarán el escenario internacional. Si la caída del Imperio Romano, dejó el relevo al decadente y asiático Imperio Bizantino, que nada pudo hacer por evitar el hundimiento de toda la civilización levantada siglos atrás, el hundimiento de los imperios hispánicos generó un relevo pero esta vez dirigido fundamentalmente a manos de naciones uskas (EEUU, Reino Unido, Francia y en menos medida Alemania). Con este cambio, el proceso de la civilización no se interrumpió, adquiriendo la nueva civilización vida propia por vez primera, al margen de los imperio o estados. El que un Imperio cayera por grande que fuera, ahora no suponía el hundimiento de toda la civilización en pleno. Cuando la raza mengua en unas partes y superpuebla otras, las naciones irán cambiando el epicentro de poder. Con el paso de los siglos España, al igual que pasó con Escitia, fue quedando en lo que respecta a población como un pequeño país, grande en territorio, pero con un número de habitantes no mucho mayor al de los Países Bajos. Mientras Inglaterra, Francia o los Países Bajos se superpoblaban, manteniendo la guerra alejada de sus fronteras, España o Portugal tenían que combatir contra el mundo entero que se les venía encima. Sin embargo un pequeño país en población como era y sigue siendo España, pudo mantener un imperio mundial durante varios siglos, lo suficiente como para hacer su huella imborrable. Si no hubiera sido por esta etapa de la historia universal, España no hubiera tenido una consideración para el mundo distinta a la irrelevancia que pudieran tener ahora países como Argentina, Polonia, etc..

La identificación del mundo latino con España, como hija del romano, y a su vez madre del latinoamericano, cumpliendo esa máxima latina de ser nación madre de naciones, fortaleció la imagen de decadencia de un país impotente ante la imposible pretensión de querer seguir siendo el amo del mundo. La decadencia del latino, lo fue entonces también de lo Mediterráneo, que además se presuponía indistinto en cuanto a misma raza se refiere. La raza por tanto mediterránea o latina, se presuponía tener un aporte significativo de sangre africana pues parte de este continente participaba de la misma. A esto se unió la ciencia o estudio histórico de las civilizaciones, que la Europa del norte se esforzó en adaptar al supremacismo racial nórdico. De este modo creíble se decía que incluso los logros del latino o mediterráneo antiguo (romano y griego) y hasta del egipcio, eran fruto de la irrupción por conquista de las razas nórdicas o arias, siendo de esa supuesta sangre los grandes genios o protagonistas de las civilizaciones antiguas.

Todo esto ahora parecen creencias paganas, mitología, pero durante etapas importantes de la historia occidental fueron tomadas como verdadera ciencia. Incluso en esa época el latino o mediterráneo era una raza todavía más extensa, pues abarcó a Latinoamérica. El decadente latinoamericano, era digno sucesor de su padre el hispano, no porque hubiera levantado otro imperio como el romano o el español, sino porque era la viva imagen de la decadencia, su representación más fiel, el resultado del ocaso de un imperio invadido por bárbaros.

El imperio español no fue invadido por bárbaros pero sí dejo una humanidad decadente, el mundo latino. En una misma consideración se tuvo al español, hispano, romano, latino, griego, africano del norte, fenicio o semita, etc. Algunos autores trataron el Imperio renacentista español, como un renacimiento del Imperio latino romano, habiéndose formado con la sangre más romana, la de los descendientes directos de los romanos conquistadores que formaron las legiones en los primeros años, en la conquista de Hispania, durante la República, y por tanto la sangre más pura y auténticamente romana. Ese carácter latino y renacentista que imprimió el desarrollo y expansión del Imperio Español, fomentaría también la idea de un mundo racial y una cultura propiamente mediterránea. El conquistador español de América, que por sus retratos parece una versión quizá más rubia o nórdica que el conquistador romano, se identificaría con el genio militar de Roma, del que se consideraba descendiente directo.

Con todo lo expuesto hasta ahora, entendemos que el español medio, y por supuesto el pueblo original de cual se formaron los pueblos uskos de Iberia, sólo tienen que ver con el romano original (etrusco), el griego original (pelasgo) y si acaso con la albocracia egipcia, y nada o muy poco con el latinoamericano, el griego actual, el turco, el egipcio, marroquí, etc.

La raza uska europea se divide en dos ramas, una la usko-atlántica (clado norte), representada por las Islas Británicas, y que abunda también en otras poblaciones originarias del Benelux, Dinamarca, noreste de Francia y regiones occidentales de Alemania, cuyo rastro se va perdiendo en la aproximación con Rusia. Los tipos representativos de la rama norte son el haplo R1b U106 y R1b U198. La Rama sur o usko-mediterránea, desde Iberia se proyecta fundamentalmente hacia Francia e Italia, y en un origen remoto también a Grecia, estando formada esencialmente por los haplos R1b S116 y R1b U152. Existió una tercera rama, ahora casi inexistente, pero importante hasta por lo menos el siglo I. Su extinción vino por el mestizaje de los restos reducidos que quedaron de los pueblos de origen escita con las razas asiáticas. Esta rama usko-escita o clado oriental, también llamado clado ancestral, al que pertenecieron las civilizaciones asiánicas, además abarcó a los pueblos sumerios originales y por tanto a una parte importante de los hebreos de raza ibera, y también a los gálatas y frigios. El tipo representativo de los antiguos usko-escitas es el haplo R1b L23 y R1b M269.

Jesucristo mismo perteneció a la conocida como rama ancestral, por ser antes que las propias raza y ramas de su linaje. Cristo tuvo que pertenecer a la estirpe más antigua de su raza, por tanto el clado o rama del que surgió fue el ancestral u oriental, al que en origen también pertenecieron los sumerios y por tanto los israelitas.

Las tres ramas de la gran raza uska, se originaron en Iberia, de donde partieron y fueron a colonizar Irlanda, el Nilo y Mesopotamia. De ellas sólo las dos primeras se conservaron en buen estado de integridad racial hasta la actualidad, en Europa occidental. La tercera es tan residual y está en grado de mezcla tal, que puede decirse que ha desaparecido por completo. En Europa, hasta hace dos milenios, el clado ancestral poblaría amplias zonas de los Balcanes, el norte y sur del Danubio, y el norte del mar Negro.

La desfasada descripción de una raza blanca partida en tres ramas, la mediterránea, alpina y nórdica, es un error histórico y antropológico desde el punto de vista genotípico o racial. Sólo existen dos ramas de la raza occidental europea, el clado norte y el clado sur, siendo una tercera extinguida o agotada por procesos históricos fuera del continente europeo. El resto de pueblos y etnias que habitan Europa, son un resultado mestizo más o menos originado tras la presión masiva de los pueblos urálicos, mongólicos y túrquicos sobre el este y centro europeo a partir sobre todo del primer milenio, que desplazó o extinguió a las ramas orientales célticas uskas.

Dentro de la misma categoría de raza blanca, históricamente se incluía a los denominados semitas. Los semitas eran una definición difusa y errónea, al igual que la raza blanca o sus categorías. El término apareció por primera vez en el siglo XVIII, para adscribir al judío a una categoría racial distinta y separada de consideraciones religiosas. La raza de los judíos debía estar emparentada con el resto de razas del desierto de donde provenían. De esta forma los semitas agrupaban a buena parte de los pueblos de Arabia, a los fenicios y a los norteafricanos (como una extensión de los árabes). La raza mediterránea europea se configuraría como un paso intermedio entre esta raza semita y las razas del norte de Europa. Los semitas por tanto eran pueblos cuyo origen era no europeo, sino afroasiático. Probablemente consideraban los antropólogos de hace un siglo a los semitas como una mezcla de pueblos asiáticos, africanos e indoeuropeos o asiánicos. Esta categoría o subgrupo tratado como dentro de la raza blanca, era un error, como también considerar a los pueblos de Europa una misma gran familia racial. Hoy día si consideráramos a los semitas como un mismo grupo racial, y no sólo religioso o cultural, deberíamos agrupar a los árabes (semitas propiamente, o raza del desierto) y a los norteafricanos (de grupo étnico distinto), dentro de la misma familia racial. Sin embargo hoy podemos saber, que este gran grupo o familia, no es real desde el punto de vista genético. Los norteafricanos pertenecen a una familia genética distinta a los árabes, a pesar de la influencia que ambos pueblos han ejercido mutuamente entre sí.

La antropología clásica dividía Oriente Medio entre dos grandes grupos históricos. Por un lado los semitas, de origen árabe, y por otro los asiánicos. Estos últimos se extinguieron a consecuencia de las migraciones y el mestizaje con los pueblos del desierto (los semitas). En un principio se desconocía el origen de los asiánicos, considerándolos como una categoría propia, diferenciada de las razas asiáticas o africanas, pero de procedencia incierta. Hoy día su origen está esclarecido, pues a través de los estudios genéticos, en la actualidad, se ha descubierto una categoría propia y hasta hace poco desconocida, que no se originó a partir de ninguna otra. Esa categoría de raza o etnia, es la que nació en la Península Ibérica, que tras la glaciación se extendió por el continente euroasiático, y a la que por el presente tratado conocemos como uskara o uska. Los asiánicos (sumerios, hititas, hurritas, etc.), formaban parte de la gran familia que originó el pueblo o raza uska original.

Glaciación de Würm máxima, y reductos peninsulares de Europa donde se asentaron los linajes de occidente (R1b) y del centro y este (R2b e I).

Glaciación de Würm máxima, y reductos peninsulares de Europa donde se asentaron los linajes de occidente (R1b) y del centro y este (R1a e I).

Las Tribus.

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Las Diez tribus perdidas y los descendientes de Eber, (los eberitas o iberos).

En los Altos del Golán, se encuentra el llamado Gilgal Refaim, el Stonehenge de Israel, la huella visible del Megalítico que los uskos dejaron, como signo de la fundación del antiguo reino de las Diez Tribus. Este símbolo atlante, despreciado por la arqueología y la paleontología occidental, desconocido por encontrarse en la asquerosa y abrupta marea de religiones habidas en su entorno, es el templo donde se erigió la piedra de Scone, del pacto de sangre de la Casa de Israel. Alrededor de este monumento megalito cuya forma recuerda al plano de la capital de la Atlántida, se encuentran otros cientos de dólmenes, pertenecientes a estilos distintos correspondientes a las diferentes tribus, y levantados por los uskos que fundaron Israel y Galilea. Estos megalitos, por su estilo, forma y estructura, fueron erigidos por el mismo pueblo que levantó los dólmenes de la península ibérica.

La región del Golán, ubicada en el corazón del antiguo reino usko de Israel, es el centro no sólo del mismo, sino de la creación de la Galilea. Desde sus colinas se divisa esta tierra, último vestigio de los uskos gálatas o galileos. Llevan los Altos del Golán el nombre del ya mentado rey de Osku, y patriarca ibero de los celtas goidélicos, Golam (exterminador), también conocido como Míl Espáine.

De ese pueblo paleoibérico, surgirán los pueblos israelitas, los hititas y las dinastías y civilización egipcia. Los hititas, antes de que llegaran los gálatas, formaron el primer imperio usko de Asia Menor, En la época de mayor expansión de este pueblo, convivieron tres imperios, el egipcio, babilónico e hitita. La cultura hitita, al igual que la hurrita, es considerada como parte de las lenguas usko-meditarráneas, y por tanto relacionada también con el vasco. No eran los antepasados de los turcos, sino uskos o usko-mediterráneos. La historia antigua de Turquía, parecía haberla destinado a convertirse en una de las naciones uskas del Mediterráneo. Al oeste de Anatolia se encontraban las colonias de los griegos antiguos, que en buena medida eran uskos, como sus antepasados los pelasgos, al centro y sur, los hititas y después los gálatas, y al este los iberos. Sin embargo el aumento y presión de los pueblos asiáticos túrquicos y semitas, acabó, como ocurrió con Uskaria (Sumeria), asemejando a las poblaciones de Asia Menor, con las de Arabia. Dicho proceso ocurrió con mayor intensidad durante el Imperio Bizantino, acelerándose con el Otomano.

Los hititas fueron un pueblo influyente cuya presencia e impronta llegó hasta Grecia. Los antepasados de frigios e hititas, ambos pueblos uskos, llegaron a Creta y a Grecia, desarrollando la era neolítica, IV milenio a.C, y asentando lo que sería la civilización minoica. La misma raza pelásgica, se afianza en Grecia, llegada desde Occidente, formando para el II milenio, la koiné del Egeo, e iniciándose el período helándico y la edad de los metales. En este momento Grecia, goza de estabilidad y paz, así mismo mantiene su aislamiento de la influencia oriental, pues en ese tiempo los uskos fundan y mantienen fuertes sus estados en Oriente Próximo. Tal situación, es el terreno fértil para que germine la civilización. Así se desarrollará la micénica y la ateniense, formada por los descendientes de estos pueblos pelásgicos y uskos.

Los descendientes directos de Abraham (cuyo nombre significa rey de los iberos), nacido en la ciudad sumeria y usko-mediterránea de Ur, son, según la Biblia, los que formaron el Reino Unido de Israel, compuesto originariamente por las Doce Tribus. Las mismas procedían del antiguo Imperio Sumerio (Uskaria), formado por antiguas tribus ibéricas o usko-mediterráneas. Antes de Abraham, su antepasado, el patriarca ibero Eber, fundó la que fue en su origen ciudad uska de Ur Salem o Uruskalem (en lenguas usko-mediterráneas cuyo significado que quiere decir ciudad de la que emana la fuente de agua), es decir Jerusalén, conocida desde la antigüedad por el gran manantial del Gihón, que permitió su poblamiento y expansión. 

Depués de la desaparición de Uskaria, hace más de 4000 años, tras la invasión acadia, los últimos uskos se dirigieron a Samaria (Cisjordania), Galilea y Galatia, donde serían conocidos como samaritanos y gálatas. El reino de Israel, seria conocido en la antigüedad como reino de Samaria, recordando su nombre el de su patria  de origen, Sumeria. La capital originaria también se llamo Samaria (Sumeria). La estirpe real que gobernó las Tribus de Judá perteneció en origen a la sangre uska de Abraham. Sin embargo su pueblo, muy próximo a África y Arabia, y por tanto a la influencia de los semitas acadios, no mostrando actitud combativa o de rechazo a dicha influencia, bien porque los de la estirpe de Abraham sólo eran la casta u oligarquía, o bien porque pronto sufrieron un mestizaje intenso y abrasivo, que acabó por identificarlos más con esa familia de pueblos afroasiáticos, se asemejaría rápidamente a los habitantes que hoy podemos encontrar en Palestina. De hecho, los rabinos no reconocen la misma identidad étnica a los miembros de las tribus del norte, es decir a las Diez Tribus de Israel, que son los más puros e íntegros descendientes de Uskaria, que a las Tribus de Judá.

Con el cautiverio de Nínive y tras la división del Reino, se produjo una creciente influencia también en el Norte, es decir en el Reino de las Diez Tribus. Sin embargo en esta ocasión los acontecimientos llevaron a la definitiva destrucción de dichas tribus. Los mismos que acabaron con Uskaria, ahora acabarían con el reino usko de Israel. Sin embargo los mismos descendientes de Nabucodonosor, son ahora los que se apropian del término israelita y se creen herederos de dicho reino. Es decir, el invasor y destructor semita, se hace con el nombre y el legado de aquel pueblo legendario al que aniquiló.

El hecho de que las tribus del sur o Tribus de Judá, no fueran combativas y se mostraran sumisas, unido a una asimilación étnica y cultural cada vez más intensa a la identidad semítica de los invasores, hizo que dichas tribus pudieran seguir existiendo un tiempo más. Sin embargo no tardaron mucho en correr la misma suerte, siendo gran número de pobladores de Judá, dispersados por Babilonia. Los posteriores intentos de restablecer el reino de Israel, permitiendo el retorno de poblaciones israelitas o judías de partes de Mesopotamia, Arabia, etc. no lograrían más que contribuir a identificar más aún al enemigo o invasor semita con el destruido pueblo eberita de origen usko. Se confundió entonces al israelita con las poblaciones que quedaron en las Tribus de Judá (mestizas, semitizadas y arabizadas). Por tanto para restituir el reino histórico de Israel, hubo tanto en la antigüedad como en tiempo reciente, intentos por traer a dichas poblaciones que durante un período pudieron dispersarse por Babilonia u otras zonas de Arabia, por entender que eran aquéllas en origen las que formaron el pueblo hebreo. Así en época anterior al Imperio Romano, se pretendió, con una actitud más permisiva hacia los judíos, casi indistintos étnica y culturalmente al resto de pueblos que por entonces dominaban lo que en tiempos fue Mesopotamia, traer de regreso a las poblaciones judías de Judá, exiliadas. El resultado de todo este proceso histórico, fue el intento logrado de acabar con el pueblo y gentes que pudieran hacerse fuertes y representar una amenaza en el futuro (es decir los uskos), dejando al resto de pueblos sumisos e indistintos. Tras el mismo aconteció también un cambio filosófico, religioso y cultural drástico que daría origen al judaísmo, que ahora es identificado como israelismo.

El reino de Judá se mantuvo con poca población, sin grandes centros urbanos, pues la mayor parte se encontraba en el reino norteño de Israel. Judá era un reino tribal de aldeas montañosas, una zona de paso intermedia entre varios estados afroasiáticos. En un principio, al igual que los reinos circundantes a la Casa de Israel, como el hitita, amonita o moabita, el de Judá fue formándose por medio de las aldeas fundadas por los descendientes uskarios del viejo Imperio Sumerio, tras el cautiverio acadio de Uskaria. Dicho territorio albergó la ciudad uska de Hebrón (ciudad de los iberos). A diferencia del sur y a causa de su mayor densidad y posición, las tribus del norte eran más desarrolladas, cultas y civilizadas, siendo el comienzo de lo se supone es el camino hacia un gran imperio.

Los arameos, formaban parte de las migraciones de los pueblos del desierto (razas semíticas), y se asentaron en regiones que fueron siendo deshabitadas por los uskos de Sumeria. Así repoblaron la ciudad de Osku (que al igual que la ciudad urartiana de Uzku o Uskaya, recordaba con su nombre al legendario país de Osku, patria ibérica originaria de los uskos), a la que llamaron Dim-Oshku (Damasco). Antes de los arameos, y del resto de la influencia de los pueblos semitas, organizados ulteriormente en estados o imperios semíticos (Acadio, Asirio, Persa), las regiones colindantes al Reino de Israel, formaban una serie de polis y estados originariamente fundados por culturas usko-mediterráneas.

Todos estos pueblos (hurritas y ugaritas) fueron conocidos por los egipcios y los acadios como habiru, es decir iberos. También los fenicios o púnicos situados al noroeste del Reino de Israel, en origen se formaron por tribus uskas, que fundaron ciudades como Ugarit y cuya cultura se sitúa en el ámbito de las lenguas usko-mediterráneas. Los protofenicios o ugaritas, no eran semitas sino uskos (asiánicos), siendo su rey conocido como Ibiranu (rey ibero o príncipe de los iberos).

Al igual que el resto del reino de Israel, el púnico o fenicio también sufriría la invasión y colonización de los semitas del desierto. La expansión púnica llegaría hasta el Mediterráneo occidental, fundado Cartago (ciudad cuyo nombre contenía la palabra -kart- que significa ciudad en lengua escita), cuya aristocracia era probablemente tan uska como la egipcia. De la misma surgirían los bárquidas que invadieron buena parte del Imperio Romano. Finalmente el mestizaje intenso con los semitas, convierte a los pueblos de Israel y Fenicia, en parte de los mismos, borrando casi por completo toda huella racial uska.

Los filisteos, instalados más al sur, al oeste de Israel, en el litoral mediterráneo y en algunas zonas de Canaán, también fueron en su origen uskos o pelasgos, venidos de los asentamientos del Egeo. Nuevamente ocurre que una sociedad con rasgos matriarcales, se semitiza volviéndose patriarcal, cambiando con ello su cultura y religión.

Las bases místicas e históricas en las que se asienta la Torá, el libro o ley sagrada de los judíos, son en parte las leyendas de la tradición sumeria, conteniendo numerosos capítulos de la misma como el Génesis, el Gran Diluvio, la historia de Jonás, la separación de las aguas, etc. No hay nada que no se pueda encontrar en la mitología sumeria, sin ella la Torá se queda vacía, al igual que la farsa de la historia de los judíos. Toda la religión judía es un intento logrado de falsificar la historia y su origen, del cual sólo se puede obtener una idea, la de la usurpación y el cinismo. Habla el judaísmo de padecer la persecución, y el ser el éxodo invocado por el pueblo judío como la dramática consecuencia del mismo. Sin embargo la historia demuestra que fue el propio pueblo semita el que deportó o en su caso exterminó a los pueblos asiánicos (uskos), forzándolos al éxodo y al cautiverio, para finalmente borrar hasta el último de sus rastros, historia, religión, sus creencias y tradiciones, su naturaleza y origen, para apropiárselo, mitificarlo y adulterarlo, construyendo con ello el judaísmo semita. Algo parecido a este proceso sucedió cuando el imperio semítico acadio invadió Uskaria, intentando usurpar su cultura y su imborrable historia, deportando y aniquilando al pueblo original.

Hoy podemos determinar la procedencia e identidad genotípica exacta del linaje de la Casa de Israel, y en consecuencia de Jesucristo. La evidencia es tan clara, que algunos antropólogos y genetistas, establecen el origen del haplogrupo R1, en Oriente Medio. Concretamente establecerían el linaje R1b europeo, en lo que sería en tiempos el reino hebreo de la Casa de Israel, o de las Diez Tribus. Esta teoría vendría a explicar que algunos tipos o halotipos de dicho haplogrupo, estén presentes en zonas extensas de Asia central, y en los grandes focos de la civilización babilónica y persa (meseta iraní). Otras evidencias apuntan a que este haplogrupo, vendría de la propia Europa, a través de Asia Menor. A favor de esta teoría, está el foco de la cultura auriñaciense, siendo una evidencia más de la extensión del ibero sapien o protocelta eberita, sobre el continente asiático. Por tanto la variedad de subtipos o halotipos de la familia R1b que existen en Asia, vendrían de la variedad y extensión misma en la que se desarrollaron, y fruto de largas emigraciones transcontinentales, fundamentalmente de origen neolítico. La diversidad y amplitud asiática favorecerían una evolución heterogénea a diferencia de lo ocurrido en Hiberia. Las distintas casas de Israel se corresponderían con cada uno de los subtipos (etnias) de R1b existentes. La diáspora de las Diez Tribus de la Casa de Israel, darían como resultado la gran dispersión de etnias o pueblos descendientes de aquellas tribus originarias de Galilea y Uskaria.

Descubierto el rastro dejado por las Diez Tribus, hasta su asentamiento final en Europa Occidental.

En cualquier caso, ambas posturas determinan que inexorablemente la Casa de Israel, y por tanto también la Josefina, pertenecieron al linaje R1b, convirtiendo a este haplogrupo, en el distintivo de la sangre Real. Ello es así, contraviniendo lo entendido tradicionalmente como linaje judío de Jesucristo, ya que David, probablemente tampoco fuera judío, y desde luego no lo fue de haber sido el antepasado de Jesús, cosa que por otra parte él mismo jamás dio a entender.  De todas formas, y como ya se dijo es bastante probable que las casas reinantes en Judá, fueran de origen usko, e incluso que una parte no despreciable de la población conservara sustancialmente la sangre ibera (el remanente), como sin duda fue el caso de los primeros seguidores mesiánicos de Jesús y evidentemente el de los apóstoles.

La desaparición o más bien diseminación asiática de las tribus, queda plasmada en el mapa genético de Asia. La presencia genotípica del HR1b, es anecdótica en la mayoría de los casos de los pueblos y naciones asiáticas, pero lo suficientemente significativa para determinar que la dispersión de la Casa de Israel, además de un hecho bíblico, fue un acontecimiento histórico conectado con una realidad racial distinta a la aceptada comúnmente.

El término judío hace referencia al pueblo de la Casa de Judá (que en origen no fue semita), y además de un grupo humano y religioso, es también una conjunción o yuxtaposición de linajes afroasiáticos. Si alguna vez fue puro, el linaje de los semitas pronto tomó costumbre de mezclarse con otras razas, y desde casi su expansión demográfica empezaron a ser un pueblo mestizo. Casi ningún grupo humano o religioso, mahometano o judío, conserva una intensidad que supere el cincuenta por ciento del linaje J (el origen de los semitas). Sus intensidades en torno al cuarenta por ciento, comparten en los mismos pueblos judíos y mahometanos implicación con otros linajes asiáticos y africanos, y en menor medida occidentales. Esto supone, una gran mezcla somática de genes afro-asiáticos.

En consecuencia la realidad étnica judía, es hoy día prácticamente inexistente. Es decir no existe un grupo lo suficientemente cohesionado étnicamente para considerarlo como judío, descendiente de la Casa de Judá. El resultado es la ausencia de identidad étnica y la agrupación del concepto judío y mahometano, en la consideración religiosa que hoy entendemos. Los judíos pues, son un grupo mestizo, en el cual se funden los linajes asiáticos y africanos, con la aportación de cierta intensidad del HJ, último vestigio de la Casa de Judá. Casi ningún pueblo semita conserva un aporte apreciable de Sangre Real, circunscrita al linaje usko (r1b), salvo el caso sefardí (judíos hispanizados).

El concepto Israelí, se refiere al nombre que toma como propio, el farisáico y mestizo judío, establecido en el actual estado Israelí. Impropios son ambos nombres; primeramente israelí, por hacer mención al nombre del pueblo bíblico israelita (es decir el perteneciente a la Casa de Israel y no a la de Judá); y el de estado Israelí o Israel por hacer mención al nombre dado para el reino de Jerusalén perteneciente a los israelitas y por tanto al linaje de Sangre Real.

Hebreos son los descendientes, según la Biblia, de Eber, descendiente de Noé y epónimo de los eberitas (no confundir con el también eberita, llamado Eber Finn, hijo de Míl o Miles, el ibero atlante que fundó Irlanda y Escocia). Es pues el pueblo ibri o iber, tal y como lo nombra la Biblia, o eberita (ibero), el auténtico linaje de la Casa de Israel, el único que porta Sangre Real, y por tanto legítimado para usar los nombres bíblicos de israelita e Israel, así como el nombre que le dio la Biblia, ibri (hebreo).

El nombre del texto sagrado Biblia, proviene del griego, quien a su vez lo trae de la ciudad ibera de Bílbilis en la Hispania Citerior, situada en el cerro de Bámbolan en el entorno del río Ebro (de los hebreos o eberitas) y cuyos últimos pobladores fueron la tribu celtíbera de los lusones.

La ciudad donde se ubica el nacimiento histórico de Jesús, también remonta el origen de su nombre a tierras iberas. La ciudad de BELÉN, que daría luz a un dios, proviene del dios ibero-celta Beleno, que era la deidad de la luz, por tanto dicha ciudad significaría el lugar sagrado del alumbramiento de un dios usko.

Los eberitas, son los descendientes de la especie humana del homo Atlanticus, del cual surgiría el linaje de Dios.

Ruta de la Casa de Israel y el linaje R1b

Ruta de la Casa de Israel y el linaje R1b

Los términos hebreo (eberita o ibero) e israelita, hacen referencia al linaje de la Casa de Israel (misma que de Jesucristo), que son los únicos portadores de la Sangre Real, la que se originó de la raza uska, y que actualmente se asienta en Europa occidental. Los hebreos, son los antepasados de los iberos, asentados en el río Ibaiber o Ebro (río Hebreo), y son los descendientes directos de Eber (patriarca de los israelitas). El foco humano y genotípico del río Ebro, establece la mayor frecuencia del haplogrupo H3 Y H2 del mundo, y una de las más altas frecuencias de Hr1b. Esto demuestra que este río significó un edén para la población hebrea o celta europea occidental, y con mayor intensidad durante la prehistoria.  Los términos hebreo, israelita (no confundir con israelí) y celta se refieren a una misma realidad étnica y genotípica.

Siguiendo la senda trazada por el Hr1b en sus rutas asiática y europea, se puede descubrir cuáles fueron los destinos trazados por el pueblo de Israel.

Al dar por terminado el gobierno de los jueces de las Casas israelitas, las mismas fueron ocupadas por reinos a cuya cabeza se establecieron los descendientes de los legendarios antiguos reyes de Iberia, tras la conocida como sequedad de España, en tiempos del rey Abides. Así sabemos que por ejemplo Manases o Manasseh y por su común relación también Efraím, fueron gobernadas por reyes de estirpe eberita de origen egipcio, tan uskos en su linaje como lo era el rey Tut. También el patriarca Labán, fue de estirpe uskara, naciendo en la ciudad uskomediterránea de Padam Arám (Mesopotamia), y fue el antepasado de la mayor parte de las casas reinantes de las tribus de Israel. Por último se debe recordar que la ciudad ibera de Ur, en Mesopotamia, situada cerca de Uruk, fue donde nació Abraham, el considerado más remoto patriarca israelita, a partir del Diluvio. Fue éste quien selló el pacto racial, por el cual ser levantaría el primer templo del reino de Israel.

En la mitología ibérica, el rey ibero Eber, hijo de Míl Espáine (héroe escita fundador de Irlanda y Escocia), descendiente también de la realeza uska de Egipto, tomó su nombre del que según la Biblia fue padre de los eberitas o pueblo iber es decir de los hebreos o uskos. Este patriarca antepasado de Abraham, fue esposo de Azurad, lo cual convertía a Heber o Eber, en yerno de Nemrod. Este último rey fue fundador mítico de la Mesopotamia uska (Uskaria) o Sumeria. Nemrod, al igual que su yerno Heber, eran descendientes directos de Noé, e igualmente antepasados de Jesucristo. Con las sucesivas oleadas acadias y la conquista definitiva siria a manos de Asurbanipal, los últimos uskos de Mesopotamia fueron deportados a Galilea, Samaria, etc. (Esdras 4, 9-10).

Una cuestión compleja sería la de definir dónde y cuándo acabaría lo hitita y usko, y donde empezaría lo semítico en el reino de Israel. La división del reino unido de Israel acontece tras un hecho ignorado y desapercibido por la tradición judía. Los judíos argumentan una cuestión tributaria en la determinación del rechazo del hijo de Salomón. Otra cuestión es la de que este rey fue el primero de Israel que toma como esposa a una extranjera Naamah, del reino semita de Amón (los amonitas eran considerados por la Biblia antagónicos de los israelitas). Por tanto Roboam sería el primer descendiente de la estirpe de David de origen mestizo. El pacto de Abraham sobre la sangre de Israel se había roto. Es muy probable sin embargo que se estuvieran cometiendo dichas injurias de forma intensa y extensa en el territorio de Judá tiempo antes. El que la realeza también lo hiciera suponía un hecho trascendental, pues el mantener la sangre dentro de un pacto sagrado, era por bien de conseguir el advenimiento del mesías de sangre pura. Luego las tribus norteñas, que siguieron llamándose reino de la raza de Israel, nombraron a Jeroboam como rey, que aunque no era descendiente de David, era de linaje puro, hijo de Nabat y Serúa (que en vasco significa cielo).

En el reino de Judá, quedó tras el cautiverio de Babilonia (siglos después de la aniquilación asiria del Reino norteño de Israel), un remanente del pueblo hebreo, las familias normalmente campesinas y más humildes. La aristocracia, los sacerdotes, y las personas influyentes que dirigieron el reino, fueron deportadas a Babilonia, donde su sangre se mezcló con la raza semita. Es por tanto un hecho que afectaría a una oligarquía religiosa y política. Allí es donde empezó a nacer el judaísmo tal y como lo conocemos hoy.

En el siglo VI a.C el rey Ciro el Grande, conquista el Imperio Babilónico, y permite a los descendientes de los deportados volver a Judá, siendo para su regreso casi indistintos a los pueblos semitas (árabes).

El pueblo llano, los artesanos, campesinos, etc. aún conservaban la sangre eberita de sus antepasados, es lo que en términos bíblicos se conoce como el remanente de Israel. Es por ello Jesucristo un israelita de procedencia humilde, hijo de un carpintero, cuya familia no sufrió la deportación. Aún así llegaron a Belén de Galilea, probablemente junto a otras familias hebreas. Belén fue fundada por sus antepasados uskos, los verdaderos hebreos. Su familia no sufrió mestizaje alguno, y permanecieron alejados de la influencia semítica, por entonces afianzada en la ciudad de Jerusalén, en donde para la época de Jesús, la oligarquía religiosa y política (semita) se hallaba fuertemente afianzada.

Jesús, todo bondad, nació entre las hienas, su destino estaba escrito. Cuando entra al llamado Templo de Jerusalén (el mercado judío), no echa a los mercaderes, echa a los judíos (falsos hebreos que se constituyen en la oligarquía religiosa y por tanto en poder del sacerdocio) de los cuales como dice el evangelio, no se fiaba porque conocía muy bien. Jesús, se rodeó de los apóstoles, algunos de ellos familiares suyos, otros pertenecientes a familias hebreas de campesinos, pescadores y gente del pueblo que como él permanecieron limpias de la sangre judía. También los primeros seguidores de Jesús, los llamados primeros cristianos, fueron miembros del pueblo llano y no judíos. Estos últimos dominaron la vida cultural, política y religiosa a través del Sanedrín, durante la dominación romana.

El porqué la oligarquía egipcia uska, durante siglos, siendo minoría étnica, logró conservar, mediante sus leyes sagradas la pureza de su sangre, y los hebreos deportados, que también fueron la casta dirigente en Judá, no pudieron mantener la integridad de su raza, está básicamente en que los últimos dejaron de ser el poder religioso y político durante su cautiverio. Mientras los uskos egipcios mantuvieron su estatus hasta el final de sus días en el Imperio del Nilo, y por tanto su propia constitución racial, los eberitas tras perder su libertad se vieron sometidos al poder semita. Habiéndose hecho cautivos de ese poder, su independencia y libertad desaparecieron, no pudiendo conservar las antiguas leyes matriarcales de la raza, bajo un poder semítico patriarcal. Al regreso del cautiverio los hebreos ya contaminados de la sangre deicida, siguieron sometidos bajo poder extranjero, en donde se afianzó con mayor fuerza la influencia semítica, ahora ya judía. Para ese momento la extensión de la raza del desierto había ahogado a los antiguos pueblos asiánicos (uskos), reduciendo su sangre a la anécdota, en casi la totalidad del Cercano Oriente. En las regiones septentrionales, los túrquicos y mongoles harían lo mismo con los escitas. La conservación de una constitución racial depende inexorablemente del mantenimiento del estatus de poder sobre las demás razas de un mismo Estado, única manera por tanto de preservar la sangre original del poder.

En ese punto qué diferencia podría haber entre los judíos habitantes de Judá y Babilonia, y los árabes (o entre los mercaderes de Judá y los mercaderes del desierto). La respuesta se haya en el origen de la disputa legendaria que mantienen ambos pueblos por su supuesta supremacía religiosa. Racialmente ambos son indistintos, tanto los semitas como los árabes son la misma cosa, siendo los últimos más puros que los segundos. En sentido religioso los árabes conservaban antes de Mahoma, las religiones politeístas originales de los pueblos semíticos (ídolos). A pesar de ello, el continuo contacto de los árabes con las regiones del judaísmo, hicieron llegar los dogmas religiosos del mismo (creencias sumerias adulteradas con falsas leyendas judías). Por ello muchos árabes empiezan a simpatizar con el judaísmo de base sumeria, empezando por vez primera una creencia monoteísta. En este momento empiezan a fraguarse las dos religiones que dominaran el mundo semita, llegando por entonces y durante un tiempo a formar una misma religión protojudía, que agrupó tanto a los judíos como a los árabes, cuya raza era la misma. El Sanedrín continuó considerándose el centro religioso del Cercano Oriente, y en varias ocasiones demostró su intención de no renunciar a su posición, considerándose a sí mismo el legado original de la tradición abrahámica (sumeria), es decir el auténtico pueblo de Dios. Sin embargo para ser considerado verdadero o único pueblo de Dios, debían distinguirse del resto de sus hermanos, atribuyéndose un origen propio y diferente del resto de tribus del desierto. Para ello se apropiaron de la tradición sumeria, y el resto del trabajo se lo dejarían sus hermanos árabes. Éstos siguieron su camino de la mano de su líder Mahoma, quien se erigió en Sanedrín de su propio pueblo, fundado otra rama del judaísmo, el mahometismo o religión musulmana. A partir de ese momento la historia determinaría la existencia de dos religiones (falsas), y de dos pueblos de supuestos orígenes y nacionalidades distintas (dos sanedrines, uno en Jerusalén, destruido y desaparecido durante siglos, y otro en la Meca).

Las distintas versiones que se observan en el Evangelio acerca del nacimiento de Jesús, vienen a poner de manifiesto cuales fueron las circunstancias de un alumbramiento aislado, discreto, en un entorno rural, rodeado de pastores, lejano del centro del judaísmo semítico, y del Templo de Jerusalén. No se ponen de acuerdo sobre los motivos, y aparecen hechos históricos legendarios, imposibles y definitivamente inmersos en el entronque con el misticismo del entorno judío. Todas esas leyendas tratan de justificar unos hechos reales, y son aquellos que rodean al nacimiento del ungido, en un entorno paupérrimo, indigno y aislado, que más que repeler la riqueza, quisiera aislarse, poniendo distancia con el centro del judaísmo semítico, que era la viva encarnación de todo ese fastuoso y podrido mundo oriental. Las riquezas eran el símbolo y característica del semitismo en aquel tiempo, representando al mundo oriental, cuya naturaleza era la antítesis de todo aquello elementalmente cristiano. El mesías nació en el mundo más opuesto al judaísmo semítico, rodeado de todo aquello que lo aislaba de su influencia, en donde no habían templos, ni rabinos ni fariseos. Es por tanto Cristo, el ejemplo de su propia esencia y pureza desde el nacimiento. A pesar de los intentos de entroncar al cristianismo con el judaísmo, no existe en su origen más que autenticidad, la cual se acentúa en su desarrollo y desenlace. Por tanto no es el cristianismo una rama del judaísmo, carente este último en absoluto de autenticidad. El judaísmo a diferencia del cristianismo, no se origina desde una naturaleza auténtica, es generado en base al mestizaje y usa elementos legendarios de otros pueblos, los cuales interpreta sutilmente hasta formar con ellos elementos moralísticos, que no pertenecen a su propia naturaleza. Esto último es lo que vendría a generar el estado de confusión en los comienzos del cristianismo. Al mismo tiempo esos aspectos morales son los que se dirigirán a reorientar la psicología de la naturaleza oriental, encarnada en el semitismo. Por esto último, aparecen las normas morales, conformadas casi como un código de conducta, mandamientos, órdenes (esto último en el caso del mahometismo). La carga imperativa se introduce en todos los relatos legendarios que en otro tiempo formaron parte del misticismo sumerio.
En esencia el judaísmo viene a ser un repertorio de leyendas de otros pueblos, sumerios y orientales, al que se superpone un carácter moralista imperativo, cuya finalidad era amortiguar la influencia oriental. En este último se incluían aspectos pueriles y sentimentalistas, como el premio o el castigo, así como el miedo, la pena o el decoro.
Sin estos últimos elementos, las leyendas que forman el misticismo judío, no hubieran sido algo muy distinto a las creencias mitológicas. De hecho si no llega a ser por el cristianismo, el judaísmo, no hubiera sido sino mera mitología.

Esus, el dios atlante y principal deidad celta. Dios carpinterio, trinitario y creador del universo. También fue conocido por los griegos como Zeus, y por egipcios como Horus

Esus, el dios atlante y principal deidad celta. Dios carpintero, trinitario y creador del universo. También fue conocido por los griegos como Zeus, y por egipcios como Horus

El cristianismo, que es en buena parte la base filosófica y cultural del patrimonio de Occidente, posee un fondo y naturaleza que no tiene su origen en las razas semíticas. Esus o Iesus fue el dios de los celtas, cuyo símbolo era una cruz, cuya profesión era la de carpintero y cuyo sincretismo fue Jesucristo, que exactamente igual que éste fue conocido por ser adorado en altares erigidos en su nombre mediante el ritual de la liturgia. Dios fue el gran colonizador de su pueblo y de su propia raza, fundadora de civilización, pues un mesías tiene por finalidad esa misión salvadora y colonizadora. Cristo eligió a sus discípulos de entre los galos uskos de Galilea, su país de origen, no contando ni con palestinos, judíos, o judíos romanizados. Es comprensible que Cristo entendiera como discípulos a semejantes, y por tanto a seres capaces de alcanzar o incluso haber llegado en otro tiempo a la condición de dioses, pues los discípulos de un dios sólo así alcanzan la maestría. Uno de esos discípulos fue el Apóstol Santiago que vino a Iberia, tras el día de Pentecostés, entrando por Cartagonova (Cartagena-España), arribando al barrio de Santa Lucia (tierra de nacimiento de quien escribe) desde Tierra Santa.

El Apóstol, atravesó la Hispania romana, de una punta a la otra, llegando a tierra de los brigas (milesianos), en Galicia, predicando su palabra y su nombre, al pueblo de los eberitas o iberos; bien conocido por ellos desde los tiempos más remotos. Apodado por Jesucristo, como el boanergues, que quiere decir hijo del trueno, al que también llamaba como el más puro de su estirpe, Santiago el Mayor, era la misma deidad protoibérica conocida como Netón (que en ibero significa el de mayor pureza), el dios del rayo. Nació en Galilea, y como gálata o galo, era de estirpe uska y celta, y así lo dio a entender la mayor deidad, el metadios Esus, quien lo llamaría como el más puro de su linaje. Su leyenda guerrera y protectora de los íberos y milesianos, siguió presente en numerosos momentos de la Historia, cuando por ejemplo creyeron verlo sobre un caballo blanco, blandiendo una espada resplandeciente como el rayo, en Clavijo y otras batallas de la Reconquista; así como en la colonización de América. Éste es sin duda el mismo dios del trueno ibérico Netón, también conocido por los irlandeses (milesianos) como Net. Este Dios ibérico, fue adorado en la Europa ancestral y dio origen a la liturgia druídica, a las ceremonias del Nemeton, y el nombre de varias ciudades ibéricas como la de Nemetobriga, capital del pueblo celtíbero de los tiburos. Los etruscos también adoraban a Net o Netón, y lo llamaban Nethuns, como dios de las fuentes y del agua.

La mayor parte de tradiciones y liturgia católica proceden de la cultura celta. Una de estas costumbres es la celebrada del 31 de octubre al 1 de noviembre, conocida como de Todos los Santos. Su origen se encuentra en al año nuevo celta, –Samhain-, en lengua gaélica, que suponía el fin de la temporada estival o de cosechas y la entrada del solsticio de invierno. De esta celebración forma parte el personaje mitológico del Coco, conocido por asustar a los niños pequeños que no cogían el sueño. Este ser, común en la cultura celta de la Península Ibérica, se representaba con una calabaza agujereada, simbolizando sus ojos y nariz. Esto se hacía pues era costumbre que entrado el otoño los niños vaciaran las calabazas, horadándolas con tres agujeros (ojos y boca) para darles expresión. Del parecido de la calabaza agujereada del Coco con el cascarón de tres agujeros del fruto de la cocotera, viene el nombre que le puso Vasco de Gama a dicho fruto.

Jesucristo, no tuvo descendencia, evitando dejar su semilla para que fuera rota con la mezcla de los judíos, manteniendo su linaje puro de principio a fin. No fue su obra una revelación, sino un intento de purificar las creencias de su pueblo falseadas por los judíos. Éstos amenazados en su posición dominante, instaron el juicio de Dios, y su ejecución pública. Todas las versiones dadas del mismo atribuyen la responsabilidad al pueblo judío y sus hijos a quienes se les dio a elegir y prefirieron salvar la vida del asesino Barrabás a la de Jesús. La responsabilidad de Roma sobre el deicidio, varía, siendo asignada por las escrituras a Pilatos, desde una cooperación, hasta una exculpación total de la muerte de Cristo. Sin embargo la autoría de los judíos es en todos los casos un hecho innegable.

Si bien el judío es la mezcla por excelencia de linajes, y un punto de unión entre Oriente y Occidente, donde predomina más lo primero, si queremos observar esto mismo en estado puro, lo tendremos en Arabia. Mirando la cara de los príncipes actuales de los Emiratos Árabes, se puede observar la faz del judío semita casi puro, la raza del desierto que condenó y asesinó a Jesús.

La estela de Merenptah, realiza una descripción simbólica del estado en que quedó el Reino de Israel, tras los cautiverios y deportaciones.

Los príncipes están postrados, diciendo: ¡clemencia!

Ninguno alza su cabeza a lo largo de los Nueve Arcos.

Libia está desolada, Hatti está pacificada,

Canaán está despojada de todo lo que tenía malo,

Ascalón está deportada, Gezer está tomada,

Yanoam parece como si no hubiese existido jamás,

Ysyriar (Israel) está derribado y yermo, no tiene semilla.

Siria se ha convertido en una viuda para Egipto.

¡Todas las tierras están unidas, están pacificadas!

Describe el jeroglífico un Israel derribado yermo y sin semilla. No es como se entiende una expresión literal por haberse quedado el reino vacío y sin semillas (cereales). Esta interpretación burda, debe ser corregida pues es sorprendente que es la aceptada comúnmente. La semilla a la que se refiere es la propia sangre vieja. La paz eterna es simbolizada como la muerte de los pueblos.

Durante el primer milenio antes de Cristo, se produce una explosión demográfica de las razas árabes, es decir semíticas, ya aclaramos antes dicho concepto en el cual la llamada raza judía no es más que un mestizaje racial derivado del pueblo árabe. Las razas nómadas del desierto se han desplazado a los focos de antiguas grandes civilizaciones, repoblando viejas ciudades, apropiándose del legado y la cultura dejadas por sus antiguos habitantes. Esos pueblos (asiánicos) vencidos, capturados y deportados, que ya no pueden frenar el avance de los bárbaros del desierto, ni tampoco su propia extinción, un hecho casi consumado, perdiendo toda noción de su origen matriarcal y étnico, por tanto su memoria racial. Los árabes judíos, se asientan ahora en tierras fértiles donde hay abundancia de acuíferos y tierra cultivable, lugar idóneo para abandonar su natural nomadismo y aumentar su población, dejando atrás su patria natal, donde crecían como la mala hierba y la hiena del desierto, que como ahora se nutre de la carroña putrefacta. En Canaán, donde en tiempos remotos se asentaban uskos hititas y hugaritas, ahora se van sumando poblaciones extranjeras cada vez más numerosas, procedentes de los antiguos imperios caídos, donde ya vienen en gran número. No vienen dispersos en caravanas para mercadear, sino a poblar y asentarse en torno al Levante mediterráneo, las riveras del río Jordán, mar Muerto, el mar de Galilea, la franja de Dor, Arados, etc. Ya no existen grandes imperios con los que comerciar, durante milenios la influencia y el poder de Egipto contuvieron a los pueblos semitas en el desierto, en donde entraron en contacto con la civilización sumeria. Con un Egipto cada vez más centrado en sus fronteras, debilitado y vulnerable, bajo el poder cushita y persa, y con la convulsión y escasa estabilidad que ofrecía Oriente Próximo, los semitas asentados en Canaán, el centro del comercio mundial (comunicado con Egipto, Mesopotamia, Persia, y el Mediterráneo), encontraron el lugar más apropiado para explotar sus aptitudes mercantiles. Con tal situación, el Mediterráneo se mostraba en calma, con cierta estabilidad, un gran vacío de poder, y florecientes culturas nacientes; un mundo por tanto idóneo para la actividad comercial, que fue el motor de expansión que favoreció a los semitas fenicios su propagación por dicho mar.

Los fenicios adoraban a dioses sumerios, es decir uskos, como Dagón o Dagan, padre de los dioses, o al dios del viento Hadad, nombre acadio del dios uskario Isku (dios usko-sumerio), también veneraban a dioses egipcios, y pusieron su propia impronta mística añadiendo dioses de la prostitución como Paam, o aquellos a los que se ofrecen sacrificios de niños como Moloch.

Con el comercio fue como establecieron nuevos asentamientos marítimos a lo largo del Mediterráneo, en Grecia, Turquía, Italia, Libia, España, etc., formando una gran talasocracia. La presencia semítica en todo el Mediterráneo es ya un hecho evidente. Nunca poseyeron cultura propia destacable, sino que se dedicaron a apropiarse del legado cultural y artístico egipcio, griego, etrusco, tartésico, etc., con el cual favorecieron el interés de su actividad comercial.

El Éxodo, es una de las partes de la Torá, que aunque adulterada y manipulada, es en esencia una leyenda completamente semita, proveniente del imperio acadio. Este último como ya se ha explicado fue el verdugo de Uskaria, y en buena parte la consecuencia de las migraciones masivas hacia el Mediterráneo de la raza del desierto. También se ha explicado como buena parte de la Torá son textos manipulados de leyendas sumerias, es decir el origen de la vida espiritual y religiosa de Uskaria. Ejemplos de esto como ya se dijo son el Génesis (en donde la tradición semítica de demonizar a la mujer, hacen que primero se considere como diabla y después directamente se borre del Pentateuco toda noción de Lilit, la primera mujer de Adán). También el relato del gran diluvio universal era de origen sumerio, que Lara Peinado interpreta como una gran invasión racial destructora; por tanto una mezcla o interpretación de esto último con la metáfora de las catástrofes propias del contexto antiguo.

Los sumerios, cuya sociedad es originalmente matriarcal, son el origen del Génesis bíblico, pero con sustanciales cambios que muestran la diferencia y el paso de una cultura occidental y pura (etnócrata) a otra mestiza y semítica (patriarcal). El relato sumerio del Génesis explica como una diosa -Ki- y no un dios, es quien crea a partir del costillar de Enki a la diosa Nin-ti. Los semitas cambian el género y transforman en pecadoras y diablas a las mujeres que participaron del relato original de la Creación (Las matriarcas).

En el libro Mesopotamia, del profesor Lara Peinado, se interpreta el Diluvio original, es decir la leyenda gestada en la tradición sumeria o usko-mediterránea, en los términos de invasión de extranjeros, formulada bajo la leyenda de una catástrofe natural, propias de aquel tiempo y una de las grandes preocupaciones de las civilizaciones antiguas. Se podría añadir que el gran diluvio es igualmente una metáfora acerca del paso social del matriarcado (la humanidad primigenia, la fuente de la creación y la fertilidad) al patriarcado.

La texto sumerio dice así:

-Ziusudra, de pie a su lado, escuchó.

«Mantente cerca de la muralla, a mi izquierda…;

Cerca de la muralla, yo te diré una palabra, escucha mi palabra;

Presta oído a mis instrucciones:

Por nuestro…, un Diluvio va a inundar los centros del culto

Para destruir la simiente del género humano…

Tal es la decisión, el decreto de la asamblea de los dioses.

Por orden de An y de Enlil…,

Su realeza, su ley, le será puesto término.»

Todas las tempestades, de una violencia extraordinaria,

se desencadenaron al mismo tiempo.

En un mismo instante, el Diluvio invadió los centros del culto.

Cuando, durante siete días y siete noches,

El Diluvio hubo barrido la tierra,

Y el enorme navío hubo sido bamboleado

por las tempestades, sobre las aguas,

Utu salió, el que dispensa la luz

al cielo y a la tierra.

Ziusudra abrió entonces una ventana de su navío enorme,

y Utu, el Héroe, hizo penetrar sus rayos

dentro del gigantesco navío.

Ziusudra, el rey,

Se prosternó entonces ante Utu;

El rey le inmoló un buey y sacrificó un carnero-.

El Éxodo, es diferente, por su significación, naturaleza y consecuencias para la vida espiritual, histórica, cultural y religiosa del semitismo. En sí sienta las bases no sólo de una nueva concepción religiosa (la mosaica), sino el hecho fundacional de un pueblo (el judío), separadamente del resto de semitas. De igual forma dicho relato semita, implica la definitiva configuración del elemento patriarcal (Moisés), como referente y autoridad familiar y religiosa.

Lo que entiende la Torá y consecuentemente el Antiguo Testamento, como esclavitud o rapto egipcio de los israelitas, no está basado en más fuente histórica que el hecho del sometimiento y posterior expulsión del pueblo Hicso.

Así explica el historiador judío Flavio Josefo: “Durante el reinado de Tutimeos, la ira de Dios se abatió sobre nosotros; y de una extraña manera, desde las regiones hacia el Este una raza desconocida de invasores se puso en marcha contra nuestro país, seguro de la victoria. Habiendo derrotado a los regidores del país, quemaron despiadadamente nuestras ciudades. Finalmente eligieron como rey a uno de ellos, de nombre Salitis, el cual situó su capital en Menfis, exigiendo tributos al Alto y Bajo Egipto…”.

Los hicsos, fueron un pueblo guerrero permanente y por tanto también relativamente semitizado o mestizo, aunque del mismo origen que los pueblos hititas y ugaritas, es decir antiguos pobladores usko-mediterráneos. Al igual que los fenicios y el resto de poblaciones de Canaán, sufrirían un lento e irreversible mestizaje con la raza del desierto ya en su propia tierra de origen, en Asia, tras el debilitamiento y definitiva caída de Sumeria. Cuando entran en Egipto, los hicsos, ya probablemente semitas en gran parte, encuentran un imperio multiétnico gobernado por una albocracia, donde ya habitaban extensas zonas al este del Nilo, pueblos racialmente árabes. La impureza racial y semitización de los hicsos se reforzó al entrar en contacto con estos últimos pueblos semíticos, originados en sucesivas oleadas migratorias que se harían imparables antes y durante la invasión de éstos. Durante un siglo los hicsos invaden y dominan el norte del imperio egipcio. Su predominio militar se debió a que su ejército conocía la tecnología militar sumeria y acadia (potencias enfrentadas y militarmente avanzadas), a través de ellas conocerían la forja de metales para la guerra, las hachas, picas, mallas, etc. y también los carros. Egipto, por su parte no poseía caballería y usaba ejércitos puntuales o mercenarios. También se sabe que los hicsos al llegar al imperio egipcio ya acusaban elementos propios del carácter y la cultura semítica; eran por ejemplo florecientes mercaderes como también lo serían los fenicios, los judíos y como evidentemente también lo fueron los mercaderes del desierto, en donde en buena parte se originaron estas razas semitizadas.

En el siglo XVI a.C. los faraones y reinas de Egipto, logran expulsar a los hicsos, tras un siglo de dominación, concluyendo su definitiva retirada del Sinaí al comienzo del Imperio Nuevo. Para entonces más que guerreros los hicsos eran mercaderes, un pueblo más semita que otra cosa, que durante el siglo de permanencia y después de su expulsión fue receptor de sucesivas y constantes oleadas migratorias del desierto de Arabia. Durante este proceso fueron perdiendo su condición y naturaleza de pueblos usko-mediterráneos, al igual que los fenicios o sumerios, convirtiéndola en semita. Este es el pueblo final, al que alude el relato bíblico del Éxodo. Los faraones no quisieron que ocurriera con Egipto lo mismo que a Uskaria, Fenicia o a Hatti, tras sufrir las oleadas e invasiones semíticas (es decir el gran diluvio sumerio). Por ello no sólo organizaron la reconquista y expulsión (fenómeno que se repite a lo largo de la historia que enfrenta a uskos y semitas), sino que se adentraron en Asia, para contener dichas migraciones y evitar el colapso egipcio, que ya presentaba síntomas evidentes de debilitamiento y empobrecimiento cultural y espiritual. Sería Tutmosis III, (cuyo semblante es el más céltico y menos semita o africano de los faraones), el llamado faraón del éxodo, quien lograría consolidar la expansión del Imperio Egipcio, desde el Sinaí hasta el Alto Éufrates.

No existe ni está documentado por fuente alguna de la época ninguna derrota de los egipcios a manos del expulsado pueblo protojudío (considerado como levita), y ni mucho menos la serie de conquistas que relata la Biblia en el Antiguo Testamento de ese mismo pueblo germinal judío sobre territorios de dominio egipcio.

Los himnos de los salmos, que contiene el Tanaj, escritos o trascritos con posterioridad al cautiverio, vienen a ser en esencia una copia de los himnos babilónicos. Toda la historia que se relata en la Torá y en la Biblia (Antiguo Testamento), en lo referente a la leyenda mosaica, es una invención semita, con la intención de unificar religiosa y políticamente a las tribus semitizadas asentadas en Egipto y el Sinaí, posteriormente expulsadas por Egipto, que darían origen al pueblo judío. Moisés ni existió, ni evidentemente escribió el Génesis o el Levítico, ya que obviamente nadie puede narrar su propia muerte. Todo lo que sobre Moisés se escribió, se hizo muchos siglos después de su falsa existencia, no constantándose por tanto escritos egipcios coetáneos o cercanos en el tiempo en que se produjo el mito bíblico que mencionen al dicho personaje. Su nombre ni si quiera proviene del hebreo, sino del egipcio, significándose sobre el falso mito de las aguas.

La propia vida de Moisés nacido circa 1200 a.C. es un invento, pues este personaje nunca existió en el contexto y tiempo que se describe en los textos mosaicos; es decir de haber existido toda referencia que se tiene de su vida es una mera leyenda que añade mitología acadia. Es en parte un relato semita, que cuenta la vida del rey acadio Sargón, nacido circa 2300 a.C., es decir mil años antes:

“Yo soy Sargón, el rey poderoso, el rey de Acad (fundada por Sargón). Mi madre fue gran sacerdotisa y no conocí a mi padre, Laibuum. Los hermanos de mi padre (los semitas) amaban las colinas (Amurru). Mi ciudad es Azupiranu, en las riberas del Éufrates. Mi madre, gran sacerdotisa, me concibió y me alumbró en secreto. Me puso en un cesto de juncos y selló con pez sus aberturas. Me puso en el río, que no se alzó contra mí. El río me llevó hasta Akki, el escanciador del agua. Akki, el escanciador del agua, me sacó cuando hundía su cubo en el río. Akki, el escanciador de agua, me adoptó como hijo suyo y me crió. Akki, el escanciador de agua, me designó su jardinero. Mientras era jardinero, Ishtar me otorgó su amor (A Ishtar, la Inanna sumeria, le placen los jardineros, como señala el Poema de Gilgamesh VI 64). Y ejercí la realeza durante cincuenta y seis años. Goberné y regí al pueblo de los cabezas negras. Con hachas de bronce conquisté poderosas montañas, subí a las sierras superiores, crucé las sierras inferiores hasta el Líbano y el Tauro, incluida Mari, por el Norte; el Elam, por el Sur. Por tres veces recorrí los países de más allá del Mar Chipre, Golfo Pérsico. Mi mano conquistó Dilmun (el Edén sumerio). Subí hasta Der, la Magna, y la conquisté. Destruí Kazallu, al Oeste de Kish. Cualquier rey que me suceda, si quiere estar en parangón conmigo, que dirija sus pasos por donde yo encaminé los míos. Que gobierne al pueblo de los cabezas negras, que conquiste poderosas montañas con hachas de bronce, que suba a las sierras superiores, que cruce las sierras inferiores, que recorra por tres veces los países de más allá del Mar, que su mano conquiste Dilmun, que suba hasta Der, la Magna, y la conquiste”.

De su nacimiento las tablillas dicen lo siguiente:

“Mi madre era una gran sacerdotisa. A mi padre no lo conocí. Los hermanos de mi padre acampaban en la montaña. Mi ciudad es Azupi Ranu, que está situada a las orillas del Eúfrates. Mi madre, la gran sacerdotisa, me concibió y me trajo al mundo en secreto. Me depositó en una cesta de juncos, cuyas rendijas tapó con betún. Me arrojó al río sin que yo pudiese salir de la cesta. El río me arrastró, me llevó hasta la casa de Aqqi, el aguador. Aqqi, el aguador, sumergiendo su cubo me sacó del agua. Aqqi, el aguador, me adoptó como hijo y me crió. Aqqi, el aguador, me enseñó su oficio de jardinero. Cuando era jardinero la diosa Istar se enamoró de mí, y así fue como ejercí la realeza durante setenta años”.

El relato mosáico:

“Un hombre de la casa de Leví casó con una mujer de su tribu. Concibió la mujer y dio a luz a un hijo. Y viendo que era hermoso lo tuvo escondido durante tres meses. Pero no pudiendo ocultarlo por más tiempo, tomó un cestillo de papiro, lo calafateó con betún y pez, metió en él al niño y lo puso entre los juncos, a la orilla del río. Entre tanto, la hermana del niño se apostó a lo lejos para ver lo que pasaba. Bajó la hija de Faraón a bañarse en el río y, mientras sus doncellas paseaban por la orilla, divisó el cestillo entre los juncos y envió a una criada para que se lo trajese. Al abrirlo, vio que era un niño que lloraba. Se compadeció de él y exclamó: Es un niño hebreo. Entonces dijo la hermana a la hija de Faraón: À Quieres que vaya y busque entre las hebreas una que sirva para nodriza del niño? Ve, le contestó la hija de Faraón. Fue, pues, la joven y llamó a la madre del niño. Y la hija de Faraón le dijo: Toma este niño y críamelo, que yo te pagaré. Tomó la mujer al niño y lo crió. El niño creció y ella lo llevó entonces ante la hija de Faraón, que lo trató como a un hijo y lo llamó Moisés, diciendo: De las aguas lo he sacado”.

Tanto Sargón como Moisés son dados a luz en secreto, colocados en una cesta de juncos, sellada con betún y dejados en el río. Son ambos encontrados y sacados de la cesta, siendo adoptados. Posteriormente son conquistadores líderes espirituales y reyes patriarcas de su pueblo.

El Éxodo de cuatrocientos cuarenta y cuatro años descrito por Moisés se basa en el realizado por el pueblo de Gaedel desde Egipto hasta España. Este éxodo lo llevaron a cabo los milesianos, descendientes del ibero Breogán, antepasado de los goidélicos. Se sabe que llegaron a Escitia, y que en un determinado momento tuvieron que marchar de este reino hasta Egipto. En este lugar se asentaron y unieron con la oligarquía egipcia, cuyos antepasados eran también iberos o célticos.

Goidel (Miles en España) en el terror de las plagas de Egipto y después de la invasión de los etíopes, decidió exiliarse con su pueblo y regresar a su patria de origen en Iberia, trayendo consigo la piedra de Jacob. La historia auténtica del Éxodo protagonizado por la odisea de los gaelicos de Iberia, se relata en el Lebor Gabála, un texto de la Edad Media, que toma leyendas y relatos irlandeses y escoceses normalmente orales de miles de años de antigüedad. Los mitos y leyendas de la antigua Sumeria y del origen de los auténticos pueblos hebreos está tan contaminada y adulterada con las manos del judaísmo y el semitismo, que las ha hecho suyas, que es imposible rescatar ni el más mínimo relato original, más que los que se han analizado en los propios restos sumerios. La vida de Abraham, y su linaje, con seguridad no se conoce, tan sólo sabemos del mito de un patriarca, uno de los posibles fundadores del Reino de Israel, cuyo nombre y origen recuerda a pesar de la obra del judaísmo, su remota procedencia ibera y uskara. Probablemente encontremos en la mitología celta, y en el relato del Lebor Gabála o de las invasiones de Irlanda, en donde probablemente encontremos que el llamado Miles o Golam, vendría a ser la historia mitificada y al mismo tiempo probablemente más realista que tenemos hoy sobre la vida del patriarca Abraham, y la historia final del retorno de los hebreos en su tierra de origen el Atlántico atlante.

El Pacto abrahámico que menciona Moisés, es tomado del ritual usko del héros, cuya procedencia es ibérica. El mismo se hacía con el sacrificio del carnero macho (al que se añaden otros animales según la tradición bíblica), y que se desangra en un ritual doméstico al dios padre o progenitor (Dis Pater). El acto del sacrificio se hacía en el propio hogar en un altar, con elementos sagrados como la falcata o cuchillo, elementos ornamentales y simbólicos como los morillos y un agujero donde se vertía la sangre. Algunos morillos ornamentales con la cabeza de carnero eran típicos en culturas célticas e ibéricas y aparecen incluso en la cultura babilónica (la cabeza del carnero de oro) y egipcia.

La autoría de dicho acto ritual se atribuye al propio Abraham, pero era una tradición afianzada en Sumeria desde su propio origen, por lo que era anterior a la mención de dicho patriarca. Este ritual del sacrificio del macho, relatado en el Antiguo Testamento, era común en las culturas celtas e iberas occidentales, por tanto sus pueblos, (galos, iberoceltas, irlandeses, ligures, etruscos, etc.), la llevaban practicando desde tiempos remotos en honor al héros oikistés, es decir el fundador del pueblo o antecesor. Este antepasado era un ser semidivino encargado de la protección del pueblo, formado por su descendencia, para con el tiempo ser trascendido a Dios padre. Las culturas usko-mediterráneas, desde Grecia hasta la India, también practicaron este ritual desde el tiempo de la Edad del Hierro, por colonias uskas. En Grecia, el voto o ritual sagrado al oikistés, es una tradición que remonta su origen al pueblo pelasgo y helenio, ofreciéndose el sacrifico al fundador de la estirpe o etnia. Este primer fundador o antepasado era representado con el fuego del hogar, que simbolizaba la realeza del mismo. Eran por tanto dos los elementos rituales, la sangre (elemento sacramental o símbolo racial) y el fuego (la majestad o símbolo del nacimiento). En Roma, sus héros oikistés o antepasados fundadores (Rómulo y Remo), nacían del fuego, al igual que el dios etrusco Mars, o el dios Agni, en el ritual del Rigveda en la India. Es el pacto Abrahámico una leyenda creada por el judaísmo y sacada de la tradición del ritual del héros antepasado o fundador, bajo la fórmula de juramento sagrado de protección. Más concretamente vendría a ser un antiguo mito sumerio surgido en el momento de la decadencia, cuando Uskaria iba siendo devorada por pueblos extranjeros (hecho mitificado en el gran diluvio sumerio) en el cual el héros creador de la estirpe es considerado un dios verdadero, convertido en divinidad protectora de la etnia, de la cuál advendría la profecía mesiánica de la reencarnación terrenal del dios fundador, vuelto a nacer de la sangre de su pueblo (el remanente).

La escasa mención que los historiadores de la Antigüedad, y más concretamente de los griegos, (pueblo más próximo al mundo asiático), hacen en relación a los judíos, contribuyeron a hacer posible su reinvención. Todo lo que sobre el judaísmo se ha escrito en la Antigüedad, queda libre de discrepancias o contradicciones, como la narrativa de una novela, escrito por un sólo autor, sin ni siquiera comentarios al margen o al pie, sin opiniones, descripciones o testimonios reales sobre los hechos. Ningún testimonio, ningún historiador foráneo de la Antigüedad que mencione la historia inventada de este pueblo. Los historiadores de la Antigüedad que han tratado el origen de los pueblos más conocidos y remotos de la historia, han entrado en constante contradicción y disensiones. Esto ha pasado con todas las más grandes y conocidas civilizaciones, ocurre en Egipto, Grecia Roma, etc. No ocurre esto con los profetas judíos, pues esto no es historia, sino profecía, carecen de historia y se basan en leyendas de otros. Parece sin embargo que pudieran tener el pudor, o por lo menos carecer de la desfachatez necesaria para llamarlo historia, no tienen el más mínimo, y aún tienen más, la llaman Sagradas Escrituras. Lo que no es historia es fábula, y por mito se entiende aquello que aún no careciendo de verdad, suple el desconocimiento de lo incierto con elementos fabulosos, creados, inventados o tomados de la leyenda. Sin embargo hay un modo de convertir el falso mito en historia inventada, y es trayendo el testimonio del mismo dios, convirtiendo lo falso en sagrado, y por tanto en creíble, sustentando en definitiva todo ello en la fuerza de la fe y el convencimiento.

Muchas de las tradiciones, mitos y leyendas sumerias tomadas por el judaísmo sobre su origen, historia y religión, también aparecen en la memoria de los pueblos ibéricos prerromanos. Así por ejemplo el Génesis, el Gran Diluvio o los dioses que acabarán formando parte del cristianismo, como el dios protoeuropeo Dieus, o Zeus para los griegos.

Llegados a este punto del análisis, sería de interés intentar aclarar donde empieza a gestarse el cambio y la transformación de lo asiánico a lo semita y por tanto el paso del israelismo al judaísmo, y ulteriormente concretar cuál fue y en qué se tradujo el contenido de dicho proceso. Ya hemos visto el punto de partida y las consecuencias irreversibles que para la historia tuvieron dos hechos de vital importancia, uno es la caída de Sumeria, y el consecuente cautiverio posterior de la población israelita, y en segundo lugar las sucesivas olas afroasiáticas que colmaron al Egipto faraónico. Otro hecho transcendental lo sería el advenimiento del Imperio de Alejandro Magno, que en contra de servir de freno o alejar definitivamente la presión asiática sobre el Mediterráneo y Europa, sirvió de acicate, como posteriormente haría también el Imperio Romano o el Bizantino (este último plenamente oriental). Como ya apuntara Apión y otros autores, los judíos no tienen más historia que la inventada en Egipto por un grupo de leprosos expulsados del Nilo occidental.
Todos los autores coinciden en que no eran autóctonos, y ni mucho menos el pueblo más antiguo en habitar las regiones que poblaron al norte de Arabia. El contenido de dicho proceso ya lo hemos apuntado cuando hicimos referencia a los mitos, leyendas e historia del pueblos sumerio, en las cuales se basaron los judíos para inventarse la suya propia, elevándola al mismo tiempo a la categoría de historia sagrada del pueblo elegido por Dios. Buscando el momento en el cual el proceso fue notablemente visible e irreversible, nos encontramos con un autor en la historia del judaísmo, Flavio Josefo. En su obra Contra Apión, nos da muestras de ser el único autor del judaísmo antiguo en no utilizar el lenguaje bíblico y profético, intentando analizar al modo griego, la historia desde un punto de vista docto y analítico. Sin embargo pronto se descubre su intención real, cuando menciona al resto de historiadores griegos para poner en duda la validez de sus tratados, resaltando sus contradicciones y disensiones.

Otro dato es el interés del autor en resaltar la autenticidad de los judíos resaltando el mucho interés de los sacerdotes en autorizar matrimonios de demostrada pureza racial. Tal lista de sumos sacerdotes ni siquiera existe, aunque se sabe que existieron en Sumeria, y en este caso el matrimonio se observaba en los mismos términos de pureza de sangre. Esta tradición se extendió a Israel, y concretamente se sabe que la siguieron los jueces o sacerdotes de las tribus. No son estos los sacerdotes a los que se refiere el sabio judío, sino a los fundadores del judaísmo, dándose aquí uno de los primeros testimonios escritos de la confusión entre el israelismo asiánico con el semitismo judío. En ese momento el faraón de Egipto, y los tratadistas griegos no los llaman pueblo sino secta, el término pueblo judío, lo acuña el autor para referirse a un grupo étnico, asociando los términos historia, raza y religión, en un solo concepto, el judaísmo. Definitivamente esos sacerdotes a los que se refiere Josefo, son la aristocracia sacerdotal, que forzada al exilio y semitizada, regresa sin ninguna intención de perder la más mínima cota de poder que ostentaron sus antepasados. Sin embargo estos descendientes, distaban un largo abismo de sangre extranjera entre ellos y sus antepasados asiánicos. Se rinde finalmente el autor a la evidencia palpable de dejarse descubrir, cuando vuelve sistemáticamente a acudir a los llamados textos sagrados, sabiendo la dificultad de acompañar su obra de otra cosa que no sea la mística judía. No existen ejemplos de Josefo, en la cultura griega, egipcia o romana, ni unos ni otros contienen autores, que haciendo inútiles intentos de apartarse del misticismo, circunscriben el fin último de sus obras en base a justificar su propia historia y origen, en definitiva probar su existencia real, haciendo crítica de los grandes historiadores de la Antigüedad.

Ni griegos, egipcios, etruscos, etc, han tenido que justificar nada de cuanto ha regido su propia existencia como pueblo, por cuanto no ha habido quienes la pongan en cuestión. La era de Jesucristo, es el punto de no retorno, y en esencia el momento culminante de la desaparición de los hebreos originales o asiánicos, es decir uskos, de las regiones del levante y de Jonia, de forma permanente. El verdadero e importante mensaje que nuestro Evangelio no clarificó, como testimonio de vida sobre la figura de Jesucristo, en la época del fariseismo y del semitismo, es en esencia -no soy judío, mi raza no es la del pueblo del desierto-. El punto de partida por tanto de este proceso, culminado en Judá, es la destrucción del Templo de Jerusalem y el del consiguiente cautiverio. A partir de entonces y hasta el advenimiento del Señor, quedarán reductos o remanentes aislados de pequeñas familias ancestrales hebreas o uskas, que inevitablemente unirán su destino al de sus antiguos parientes los sumerios de Uskaria.

Un dato poco conocido es el que ha demostrado la invención del alfabeto hebreo, habiéndosele intentando, de forma bastante tosca, relacionarlo con el cananeo o con el arameo. No existen y nunca existieron diasistemas o familias hebreas, el cananeo y el arameo no forman parte ni dieron origen al hebreo moderno como lenguas protohebreas, tal y como el usko-mediterráneo o aquitano, dio origen a las lenguas célticas o a la etrusca. Si hemos de encontrar el primer escrito en hebreo, este es el mito falsario del Antiguo Testamento. El hebreo por tanto es una construcción artificial y reciente, carente de origen y que proviene de la nada más absoluta, construido mil años después de Jesucristo, partiendo del idioma arameo. El Tárgum o interpretación de la Biblia, se llevo a cabo del arameo imperial original al hebreo moderno, siendo en ese momento cuando se gesta definitivamente la construcción histórica del judaísmo-místico. Fue el hebreo un invento que tomó su base de la mezcla de las lenguas fenicias, cananeo y arameo, mil años después de Cristo, dejando como primer testimonio de su aparición la Biblia medieval. En esa época surgen dos estilos influenciados por las lenguas locales en donde se asentaron las comunidades judías más importantes de Europa. No fue por tanto el hebreo una lengua semítica original.
Una variante fue la sefardí (España y Portugal), y la otra la askenazi, en los países de Europa central, mezclándose con lenguas germánicas y eslavas. A este idioma inventado se le puso el nombre de hebreo, sellando el origen del Reino de Israel con la fabula mezclada del misticismo semítico.

El trascendentalismo judío nace del mismo desierto de Asia, donde nace su raza, caracterizado por la mentalidad asiática zoroástrica, en la cual se cree en la resurrección y vuelta de los muertos a la tierra, tras la venida del Saosyant. La dogmática judía posterior parece matizar y dar mayor espiritualidad al judaísmo, adoptando elementos propiamente mediterráneos, fundamentalmente egipcios. Con esta aportación el judaísmo empieza a creer en algo que ni conocía ni sabía explicar, el alma y un mundo superior (adapta el libro de los muertos). Uno de los autores más representativos de esta dogmática espiritualista judía heterodoxa es el sefardí Maimónides.

Todo lo expuesto debería bastar para echar al fuego la Biblia, sin duda el mayor fraude de la historia. Curiosamente el propio nombre de la Biblia, texto sagrado del pueblo eberita o hebreo (ibri, según la Biblia, es decir ibero), proviene de la ciudad celtibera de Bílbilis, situada en el río Jalón, afluente del Ebro (río de los eberitas), y que fue asimilada por el griego, a través de la palabra biblía de origen usko-mediterráneo. Dicha ciudad de Bílbilis, se enclava próxima al monte Caunus (blanco) el más alto y sagrado de los montes idubedas (Montes Doca), cuyo nombre proviene de los veintisiete reyes de Iberia descendientes de Tubal.

El esfuerzo filosófico, teológico e histórico necesario para reinterpretar los textos falseados del Antiguo Testamento, así como El Evangelio, es tan inmenso, que casi leer la Biblia confunde más que otra cosa y sólo habiendo conocido la verdad histórica y religiosa en la que se asienta el verdadero pueblo hebreo, cobra verdadero sentido dicha lectura desde un punto de vista histórico.

El proceso de falsedad histórica que el protojudaísmo perpetró, consistió no sólo en la suplantación del pueblo al que habían contaminado con su sangre hasta el punto de hacerlo indistinguible con el de la raza del desierto, sino en adaptar y formar su propia versión de acontecimientos, relatos históricos, mitológicos y religiosos de los pueblos asiánicos o usko-mediterráneos.

Este hecho ha provocado no sólo el fraude y la distorsión del pasado y el origen de aquellos pueblos que no dejaron testimonio vivo de su cultura y naturaleza, sino un acontecimiento de profundas consecuencias en el devenir de la historia de Occidente, ya que es la única cultura que no tiene religión propia. Esta es la consecuencia de que exista en el cristianismo la teología, la filosofía, la dogmática, la apología cristiana o incluso las confesiones protestantes, en contra de lo que ocurre con las religiones abrahámicas. Occidente ha tenido que reconfigurar una religión semitizada inundada de elementos asiáticos, puesto que sus religiones le fueron arrebatadas, e inculcar en ella los valores y principios de la mentalidad occidental.

Un importante autor que conoció la historia hebrea, de distintas fuentes de las judaítas, fue Pablo de Tarso, cuya vida tuvo en origen similitud con la de Ignacio de Loyola, quien a sí mismo se describía siempre como hebreo, no como judío, y que es además el que mejor ilustra conceptos antes descritos. Teólogos e historiadores le consideraban judío, con las consecuencias religiosas, culturales y raciales que de ello derivan. Sin embargo nunca habló una lengua semita, y tampoco nació en el reino de Judá. Así se expresa San Pablo en Corintios_ “19 Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número. 20 Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley; 21 a los que están sin ley, como si yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo), para ganar a los que están sin ley”.
Se considera el apóstol un no judío cuyo acercamiento al mundo judío mostraba la intención de conseguir de éstos un apoyo en el corazón de Jerusalén a la causa cristiana, o por lo menos de una parte importante, afianzándose así a las comunidades hebreas de otras partes y dotando al cristianismo de un centro de poder en la capital del reino; cosa que finalmente no se produjo, y que vino a confirmar la predicción de Jesús sobre la instauración definitiva de su Iglesia en Roma y no en Jerusalén. A partir de la Conferencia Apostólica del 50 d.C. se asume la imposibilidad de obrar en el mundo y la mentalidad asiática de los judíos, determinándose sobre todo a instancia de Pablo, un cambio tanto en la forma como en el contenido dogmático y litúrgico, así como un giro hacia los esfuerzos envangélicos centrado hacia los gentiles.

Parece que Pablo de Tarso debió conocer o haber sido instruido acerca de su origen y su sangre, a pesar de vivir inmerso en el contexto del principio de la gran mentira judía y la falsificación de un pueblo. De sus relatos nos llega la preocupación y especial interés que la cuestión racial y acerca de la superviviencia de su pueblo vierte el autor, sobre el Nuevo Testamento.
La consideración de la ruptura de un remoto pacto, a través del cual surge la mezcla del semita con el hebreo y por consiguiente la contaminación del juramento sagrado de la sangre:
Gálatas 4 (22-23)
“Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos; uno de la esclava, el otro de la libre.”
“Pero el de la esclava nació según la carne; mas el de la libre, por la promesa.”
El ejemplo revela el mismo origen del judaísmo como entidad nueva originada a consecuencia de la unión de sangres, de la mezcla, y consagra como un pacto o promesa, constatando ese elemento sacramental, en la descendencia gestada en la unión de semejantes, es decir libres, elementos de la misma raza.
Aunque considerado Pablo como Benjamita, su familia procedía de Giscala (Galilea), y por tanto es probable que tuviera también antepasados galileos, es decir gálicos o célticos, como el resto de apóstoles. En cualquier caso es muy probable que Pablo de Tarso, fuera un descendiente de los hebreos de las Diez Tribus o Casa de Israel, por lo tanto de aquellos pueblos que fueron dispersados por Escitia, Galacia, Asiria etc. llamados ibri, es decir iberos. En definitiva es indudable, que a pesar de ser llamado y educado por judíos, y que se hable en términos de conversión, aludiendo a su fe judía precedente, su sangre era fundamentalmente hebrea, por cuanto su familia no tuvo relación con Judá, por entonces fuertemente semitizada, ni con los fariseos.
En Pablo, se observa una fuerte contradicción, por un lado vive en el contexto de la instauración del Sanedrín y el afianzamiento de los judíos como institución religiosa y cultural, y por otro desata el mayor cisma de la religión abrahámica. El judaísmo, aún temprano como fenómeno cultural, empieza a consolidarse como entidad propia, fundamentalmente a través de las sagradas escrituras. Pablo se considera hebreo, y al igual que el resto de comunidades hebreas que aún se preservan, no entiende lo que es un semita, su carácter, cultura, lengua y pensamiento no es judío, sin embargo al igual que otros de su tiempo, incluyendo a los Apóstoles, ve en el pueblo judío, el único referente vivo de su remota nación de la que sus antepasados fueron expulsados. Es decir el judío, era más semita que otra cosa, pero existieron comunidades hebreas aún preservadas en zonas más alejadas del antiguo Israel y Judá. Además de las comunidades gálatas, existieron zonas rurales habitadas fundamentalmente por hebreos, no fariseos o semitas.
Fariseo es la denominación del pueblo hebreo tras su retorno del cautiverio, por tanto de aquellos que fueron semitizados en su sangre, su cultura y sus costumbres, y las trajeron consigo a Judá. En este lugar, dichas comunidades fariseas, no es que perdieran su semitización, sino que la agudizaron de forma considerable, pues a esta región no sólo venían los antiguos descendientes de hebreos, sino comunidades densas de semitas de todos los rincones de Arabia y Egipto. Estas últimas habían ido adquiriendo y desarrollando creencias míticas de antiguos pueblos, fundamentalmente sumerios, que eran racial y culturalmente parientes de los hebreos, quienes además tomaron numerosos elementos religiosos de éstos. Sin embargo modificaron y adulteraron todos estos mitos ancestrales y reinventaron su historia, para así ocupar el poder legítimo dejado por aquellos pueblos de Israel, cuya existencia ya era abruptamente minoritaria. El fariseo, se encontraría en lo que vendría a ser el punto sin retorno en el cual acabaría lo hebreo y el comenzaría lo judío.

De los fariseos protojudíos nació pronto el judío del Sanedrín, el cuál se designó como etnarca del supuesto pueblo hebreo, vuelto del cautiverio, restaurándose con ello el reino desaparecido de Sedecías. Estos supuestos etnarcas y sumos pontífices del pueblo judío, centraron y consolidaron el poder en torno al Sanedrín, declarando la guerra a toda secta judía que contraviniese su dogma, incluyendo a los fariseos o judíos viejos. Los etnarcas judíos se distinguieron por tener una fama tan despreciable como la de los peores tiranos y seres humanos de la historia, caso más destacado el de Aristóbulo. Al igual que Mahoma hizo al expandir su religión con sangre y cuchillo por toda Arabia, hicieron los reyes de los judíos, con los de su propio pueblo y alrrededores, hasta consolidar una fe y un poder lo más uniforme y centrado posible.

La sagrada ley de la raza del desierto, que era la raza original semita, prohibía a su pueblo sembrar trigo, plantar vegetales o levantar casas, murallas, etc., con el fin de mantener su naturaleza nómada y trashumante. Esta ley primera fue siendo olvidada conforme las distintas ramas del desierto se fueron asentando en pueblos y ciudades de otros pueblos con los cuales comerciaban. Los nabateos, por ejemplo, antes de establecer unas polis comerciales, bajo la supremacía de Petra, se fundamentaban en esa ley nómada que les impedía formar ciudades y fortificaciones, manteniéndose en una constante marcha.
Decíamos que la contradicción de pensamiento era profundo y cada vez mayor en la sociedad en la que vivieron los apóstoles. Pablo de Tarso, fue el ejemplo más destacable, ya que fue semitizado culturalmente, se acercó de buen grado al judaísmo, en el que fue instruido, vivió la sociedad de un Jerusalén, que fue tierra de sus ancestros, pero fue gradualmente aceptando su conversión hacia otro pensamiento totalmente diferente del judío, cuya culminación se encuentra en el Concilio de Jerusalén. Este hecho es de trascendental importancia, por cuanto supone no sólo la consumación de una conversión, sino directamente la apostasía de la fe y la forma de pensar judía. En definitiva una declaración de independencia y de total oposición a la que muchos entendieron como su fe y cultura patria. A pesar de la confusión que la historia hizo por medio de usurpaciones y manipulaciones místicas trasladó al corazón de los hebreos asiánicos, lo cierto es que tanto Pablo de Tarso como el resto de su pueblo, seguía considerándose hebreo, por encima de todo, y le resultada extraño el judaísmo, más en lo cultural que en lo religioso, pero aún así lo suficiente como para desatar el cisma abrahámico.

En un pasaje de Mateo, el de la mujer cananea, se nos muestra cómo Jesús en propia persona responde ante la extranjera que él no es sino enviado a las ovejas de la Casa de Israel.
“21 Saliendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón.
22 Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella región clamaba, diciéndole: !!Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio.
23 Pero Jesús no le respondió palabra. Entonces acercándose sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces tras nosotros.
24 El respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.”

En el aspecto cultural el cisma provocado por los hebreos asiánicos más que la desvinculación del fenómeno judío, en cuanto aspectos culturales se refiere, supuso por un lado el total desprecio de la nueva religión cristiana por todo aquello que se estaba desarrollando en Jerusalén, y por otro, el apego inseparable del nuevo cristianismo por la cultura occidental, representada en el mundo griego y romano. Esto llevó al fenómeno cristiano a vincularse definitivamente por la cultura occidental, en vez de seguir como una corriente más del semitismo judío.

Otra cuestión es determinar la influencia de Cristo, su propia naturaleza, y cuál fue en esencia su verdadera declaración. En primer término, la influencia de la personalidad de Jesús en los apóstoles y otras comunidades de su tiempo, no fue determinante, aunque si trascendental y poderosa, en el planteamiento de lo que vendría a ser un cisma dentro del judaísmo. En esta época se confunden los términos hebreo y judío, uno y otro son considerados lo mismo, y el último prevalece sobre la política, religión y cultura, atribuyéndose la cátedra y magisterio del mundo hebreo, sobre la base del Sanedrín. Sin embargo, como ya explicamos este magisterio no es hebreo, su raza es judía, es decir una mezcla de pueblos semitas, hebreos asiánicos e indios. Con el transcurrir del tiempo fueron más lo primero que lo segundo, por lo que en consecuencia también acabó el semita siendo sinónimo de hebreo y judío.

Las familias hebreas, que se encontraban en regiones fuertemente influidas por la cultura y el mundo heleno, fundamentalmente en Anatolia, no conservaron su cultura original, pero tampoco fueron semitizadas, sino que asumieron la cultura y el idioma griego. Este hecho hizo que la comunidad hebrea de Galatia y otras zonas del mismo entorno, fueran helenizadas y preservadas del semitismo, por tanto su cultura y mentalidad supuso una frontera con respecto al judaísmo. Mientras el Sanedrín conquista el corazón de Jerusalén y se consagra como el legítimo poder religioso y cultural, el resto de las dispersas familias helenizadas, que no fueron semitizadas, pudieron durante algún tiempo caer en el convencimiento de que el judaísmo era la esencia y origen mismo del mundo hebreo. Sin embargo estos pueblos bajo el arraigo helénico, pudieron tener acceso a los anales más antiguo e importantes del mundo antiguo, precisamente por esa proximidad a la cultura griega y luego romana. Esto pudo formar un pensamiento de unidad en torno a las familias hebreas asiánicas, en la medida de considerarse una nación o pueblo diferenciado del judaísmo fariseo, a pesar de sus comunes elementos históricos. En algún momento dado, los hebreos tuvieron que darse cuenta, por muy borrada que estuviera en su memoria y en su historia, la cuestión de que el pensamiento y naturaleza, que por un lado les acercaba tanto al mundo griego, era bien distinta a la que se concebía en la nueva Judá, y que les distanciaba del mismo de manera insalvable.
Otras familias hebreas, fundamentalmente en el zonas esencialmente rurales del antiguo reino de Israel y Galilea, conservaron buena parte de la cultura y legado ancestral de sus antepasados, formando un nexo permanente con las poblaciones gálatas. Estos hebreos de Israel, hablaban un idioma que se originó en base al alfabeto fenicio, que en origen estaba fuertemente relacionado con el ibérico, al igual que el etrusco y el céltico, y formaba parte de las lenguas usko-mediterráneas. Igualmente el hebreo y arameo, se formaron a partir de las lenguas uskas de la antigua Fenicia, y de los pueblos ugaríticos y hurritas. La semitización de esta lengua y su extensión a otras regiones fuera de Israel, pudieron borrar su origen filológico y clasificación familiar original. En ese mundo cultural, fue donde nació y creció Jesucrito, fuertemente influenciado, al igual que el resto de los apóstoles, por la cultura gálata.
Este hecho es de gran importancia para entender el origen mismo del cristianismo, y sobre el mismo hacernos la pregunta de que importancia tuvo la figura de Cristo en dicho fenómeno religioso y cultural. Hay que entender primero al cristianismo no como un mero acontecimiento o pensamiento religioso, sino que por sus formas y consecuencias se puede determinar que también se desarrolló en multitud de aspectos de ámbito cultural y social, de importancia trascendental. Sobre la responsabilidad de Cristo en los acontecimiento que iniciaron la ruptura definitiva de los asiánicos (hebreos), con el Sanedrín y el judaísmo, se puede decir que aunque fue de importancia vital, en cuanto al desencadenamiento y sucesión de acontecimientos, lo cierto es que no fue determinante, en lo referente a los cambios sociales y en la forma de pensar de las comunidades hebreas, que al margen de los dictados del Sanedrín se empezaban a dejar sentir dentro y fuera de Judea. Este hecho se observa, al encontrar en las autoridades religiosas judías, una creciente preocupación por estas comunidades rurales, estrechamente relacionadas con Galatia, y con el ambiente cultural griego, antes incluso de la época de Cristo. La figura de éste, produjo un importante aceleramiento de los acontecimientos que se sucederían a lo largo de su corta vida, dando origen al cristianismo que en las comunidades hebreas asiánicas, encontró una más que permeable comunidad de prosélitos. Por otro lado tanto Pablo de Tarso, como otros discípulos del cristianismo primitivo, centraron sus esfuerzos proselitistas en los gentiles, y no en los que en teoría eran sus connacionales, los judíos. Esto ocurrió no sólo porque en los primeros se hallara una mayor aceptación y similitud de pensamientos, sino porque en ellos se encontró una unión preestablecida en el terreno cultural, y una semejanza en cuanto al fondo ideológico y filosófico, más estrechamente vinculado a la mentalidad helénica. Este último aspecto concibe no sólo una conexión fruto de las relaciones históricas, sino algo mucho más íntimo, que afecta a las ideas y el pensamiento, en definitiva al modo de ver el mundo, las creencias y la sociedad, que muestra por tanto una unión entre hebreos y gentiles sobre la base de la sangre o la raza. De ello se concluye que el cristianismo, se origina por una actitud combativa contra el otro elemento que se imponía sobre lo que quedada de la mentalidad y los modos de entender el mundo en las últimas comunidades hebreas, es decir el judaísmo semítico. Una lucha por tanto en definitiva ente Oriente y Occidente.

Una pregunta que nadie se ha hecho, y que llegados a este punto podría suscitarse, es si realmente hubiera surgido el cristianismo como fenómeno religioso y cultural, aún si haber existido Cristo. Partiendo de la importancia obvia que para los principios filosóficos y religiosos de Occidente, supuso la fuerte figura personal e histórica de Jesús, lo cierto es que una parte importante de los mismos ya los vemos plasmados en la cuna de la filosofía occidental, en el clasicismo griego. La mentalidad filosófica con la que nace el cristianismo no parte del propio Jesucristo, sino que proviene de la dialéctica y otros principios de filosofía platónica, estoica, del derecho natural, del antropocentrismo, los elementos del civismo y humanismo helénico como la paideía, la ética helenística-romana, la areté aristotélica, la mayéutica socrática, y otros elementos místicos propios del mundo griego, como son la concepción del alma y el espíritu (eternidad). Igualmente se basa en la visión ascendente mística y olímpica (corte celestial u Olimpo) de las religiones y divinidades griegas, en cuanto a la revelación de un mundo superior y celestial, y un proceso ascensional (también similar al del misticismo egipcio). Cobra importancia la forma de prosélito que adopta el cristianismo en la figura de Jesús, que llama discípulos a sus apóstoles, al modo griego, como ocurría en la “Akademía”, con los seguidores de las principales corrientes filosóficas griegas. Por otro lado el cristianismo pende de otros elementos de clara influencia judeo-semítica u oriental, por ser un aspecto como antes se apuntó, en el cual pudieron verse reflejados los hebreos asiánicos, sobre la cuestión de buscar el referente perdido de su propio pueblo en la cultura judía. Esta influencia podía verse en aspectos más de tipo mítico, en cuanto a aceptar el Antiguo Testamento, o conceptos de bien y mal, premio o castigo, etc. Sin embargo al mismo tiempo que se aceptaban determinados elementos de la concepción mística judía, se concebía en el seno del cristianismo una aptitud crítica o de clara oposición, ejemplo de aceptar el AT, para posteriormente oponerse a la Torá (ley mosaica), el Tanaj o la Mishná.
No es sólo posible, sino que bastante seguro que el cristianismo, como fondo ideológico, hubiera surgido, por cuanto sus pilares y principios esenciales ya existían, aún de no haber nacido su fundador. El cisma ideológico, religioso y cultural, en muchos aspectos ya era un hecho antes de Jesucristo, en la diversas comunidades hebreas no semitizadas, donde como ya explicamos existían diferencias de pensamiento y psicología entre los dos elementos raciales (hebreos o eberitas y judíos o semitas), que conducirían también a dos concepciones filosóficas y teológicas opuestas, en orden a su distinta naturaleza. siendo bastante acertado pensar que en algún momento hubiera culminado una separación entre ambas concepciones con o sin mediación de Cristo. También es bastante seguro, por otro lado, que de no haber sido crucificado Jesús, y haberse permitido una mayor labor catequista, a través de una vida longeva, el cristianismo se hubiera desarrollado de forma mucho más intensa, acelerándose la evolución de su pensamiento, hasta romper por completo los lazos habidos con el judaísmo. Pablo de Tarso fue, en este sentido, el apóstol que más parecido tiene con Jesús, por cuanto desarrolló una labor más radical de desconexión con el mundo judío, al que conocía muy bien, frente a otros como San Pedro, que defendían un acercamiento o retorno a sus principios.

El cristianismo es en esencia un intenso intento de revitalización del espiritualismo y misticismo helénico, siendo el apostolado una especie de Olimpo bajo la soberanía del Dieus-Piter o Zeus, con la corte olímpica del Dodekatheon, es decir los doce apóstoles. Este símbolo numérico relacionado con un monte olímpico de doce divinidades, nació en la Jonia helénica, y por tanto en un contexto muy cercano al de las culturas gálatas y del Cercano Oriente.
En Tracia, región poblada antiguamente por pueblos uskos, emparentados con los célticos y griegos, es donde surge y se afianza el moderno concepto del alma inmortal y vida trascendental igualitaria, de una forma más relacionada con el concepto egipcio de viaje al más allá y eternidad del Ser, cuyo desarrollo religioso vendrá de la mano del pensamiento órfico, con la dicotomía entre alma no terrena o física y perteneciente a un mundo ajeno y superior, y cuerpo (Khat) como receptáculo o habitáculo temporal de la misma. Los tracios que tuvieron su influencia también en la cultura y religión egipcia, son también la mayor fuente de inspiración del misticismo primitivo cristiano. La creencia en la resurrección de Cristo es un sincretismo o asimilación del pensamiento religioso de la cultura traciana, en donde su Dios Salmoxis, que fue al igual que Jesús, predicador e instructor de su religión, formando asimismo a sus discípulos, creando el primer apostolado de una vida trascendental, fue también protagonista del mito de la resurrección, puesto que resucitó ante sus discípulos después de su muerte para dar prueba de la verdad de sus enseñanzas, en el siglo VIII a.C. La propia división cristiana del Ser, en espíritu (o alma del alma), cuerpo y alma, proviene también del pensamiento místico griego basado en la metempsicosis.

Habla Pablo sobre el remanente de Israel, mencionando el conocido pacto, cuyo significado no es otro que el de la sangre y la raza. Cuestiona el relato la actitud del rey Jezabel, en lo que es una desaprobación sobre su matrimonio con la mujer extranjera, cuyo hecho supone como en el resto de su pueblo, una violación del pacto de la sangre. Hace con ello Pablo una semejanza con el presente de su pueblo, cayendo en la situación real en la que se descubre a sí mismo como hebreo y no como judío o fariseo, considerándose en este texto la idea de que en Pablo nace con claridad el pensamiento de que su raza es distinta a la judía, que los hebreos por tanto no son la realidad en la que se han convertido, al transformar sus costumbres y su misma naturaleza, antes, y sobre todo, durante y después de su cautiverio. Menciona a ese remanente como escogido por gracia, cuyo significado y símbolo ya explicamos anteriormente como referido a la sangre, puesto que nadie es hijo de Dios por devoción, sino por la gracia de la sangre, es decir de su raza.

Carta de Pablo a los romanos:

“11 Por lo tanto, pregunto: ¿Acaso rechazó Dios a su pueblo? ¡De ninguna manera! Yo mismo soy israelita, descendiente de Abraham, de la tribu de Benjamín. 2 Dios no rechazó a su pueblo, al que de antemano conoció. ¿No saben lo que relata la Escritura en cuanto a Elías? Acusó a Israel delante de Dios: 3 «Señor, han matado a tus profetas y han derribado tus altares. Yo soy el único que ha quedado con vida, ¡y ahora quieren matarme a mí también!» 4 ¿Y qué le contestó la voz divina? «He apartado para mí siete mil hombres, los que no se han arrodillado ante Baal -(o Belcebú, dios originario de los semitas)-.» 5 Así también hay en la actualidad un remanente escogido por gracia. 6 Y si es por gracia, ya no es por obras; porque en tal caso la gracia ya no sería gracia.
7 ¿Qué concluiremos? Pues que Israel no consiguió lo que tanto deseaba, pero sí lo consiguieron los elegidos. Los demás fueron endurecidos, 8 como está escrito:

«Dios les dio un espíritu insensible,
ojos con los que no pueden ver
y oídos con los que no pueden oír,
hasta el día de hoy.»
9 Y David dice:

«Que sus banquetes se les conviertan en red y en trampa,
en tropezadero y en castigo.
10 Que se les nublen los ojos para que no vean,
y se encorven sus espaldas para siempre.»
11 Ahora pregunto: ¿Acaso tropezaron para no volver a levantarse? ¡De ninguna manera! Más bien, gracias a su transgresión ha venido la salvación a los gentiles, para que Israel sienta celos. 12 Pero si su transgresión ha enriquecido al mundo, es decir, si su fracaso ha enriquecido a los gentiles, ¡cuánto mayor será la riqueza que su plena restauración producirá!
13 Me dirijo ahora a ustedes, los gentiles. Como apóstol que soy de ustedes, le hago honor a mi ministerio, 14 pues quisiera ver si de algún modo despierto los celos de mi propio pueblo, para así salvar a algunos de ellos. 15 Pues si el haberlos rechazado dio como resultado la reconciliación entre Dios y el mundo, ¿no será su restitución una vuelta a la vida? 16 Si se consagra la parte de la masa que se ofrece como primicias, también se consagra toda la masa; si la raíz es santa, también lo son las ramas.
17 Ahora bien, es verdad que algunas de las ramas han sido desgajadas, y que tú, siendo de olivo silvestre, has sido injertado entre las otras ramas. Ahora participas de la savia nutritiva de la raíz del olivo. 18 Sin embargo, no te vayas a creer mejor que las ramas originales. Y si te jactas de ello, ten en cuenta que no eres tú quien nutre a la raíz, sino que es la raíz la que te nutre a ti. 19 Tal vez dirás: «Desgajaron unas ramas para que yo fuera injertado.» 20 De acuerdo. Pero ellas fueron desgajadas por su falta de fe, y tú por la fe te mantienes firme. Así que no seas arrogante sino temeroso; 21 porque si Dios no tuvo miramientos con las ramas originales, tampoco los tendrá contigo.
22 Por tanto, considera la bondad y la severidad de Dios: severidad hacia los que cayeron y bondad hacia ti. Pero si no te mantienes en su bondad, tú también serás desgajado. 23 Y si ellos dejan de ser incrédulos, serán injertados, porque Dios tiene poder para injertarlos de nuevo. 24 Después de todo, si tú fuiste cortado de un olivo silvestre, al que por naturaleza pertenecías, y contra tu condición natural fuiste injertado en un olivo cultivado, ¡con cuánta mayor facilidad las ramas naturales de ese olivo serán injertadas de nuevo en él!”.

También da muestras San Juan de este hecho, cuando deja a los judíos al margen del redil de Cristo:
“24 Y le rodearon los judíos y le dijeron: ¿Hasta cuándo nos turbarás el alma? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente. 25 Jesús les respondió: Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí; 26 pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. 27 Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen,..,”.

De lo que nos queda acerca de lo que pudo ser el pensamiento de aquellos que fomentaron y afianzaron un cisma dentro del judaísmo, podemos extraer una idea de separación y consideración de mundos y culturas diferentes, no sólo en el aspecto religioso, y de algunos de los que fueron sus principales protagonistas, la consideración de saberse como un pueblo y raza distinta, inmersa en una cada vez más tensa y violenta relación. En el Antiguo Testamento, se menciona el remanente como simiente original, es decir raza o linaje ancestral de los hebreos, descendientes de Abraham, perteneciente al pueblo sumerio, es decir usko-asiánico. Este linaje es al que alude en multitud de ocasiones las sagradas escrituras, y que en modo alguno puede referirse al pueblo judío, por cuanto éste, como ya hemos indicado no está conformado por una etnia pura, sino al contrario, por una amalgama de pueblos afroasiáticos y en alguna medida una minoría o rastro de elementos usko-mediterráneos, que sólo pudieron formar parte de la misma, formando el elemento original al que en su depauperación fueron añadiéndose sucesivas capas semíticas, que sustituyeron al dicho tronco fundamental, punto en el cual se dio forma al judío fariseo; algo semejante a la composición mestiza de linajes en que se convirtió la población griega, cuyo aspecto actual se acerca bastante al de las comunidades judías del Mediterráneo. Es decir el pueblo judío no es original, ni una etnia antigua, preservada del tiempo desde Abraham, sino una formación relativamente reciente de etnias con predominio de las razas del desierto, por lo que aquello a lo se refieren las Sagradas Escrituras, acerca de los descendientes de Abraham y pertenecientes al linaje de David, como simiente original, no concierne a dicho pueblo, unido por las costumbres y creencias religiosas.

Babilonia, causante de la diáspora, el cautiverio y los males del pueblo hebreo, que los judíos tanto predicaban que fue borrada de la faz de la tierra por las plagas que en venganza el dios Jehová lanzó sobre esta, se perpetuó en la sangre judía, la cual se contaminó de ella al regreso del cautiverio.

 

La Biblia uska (Antiguo Testamento)

Buena parte de los relatos bíblicos encuentran su origen en la cultura uskomediterránea de Sumer, donde Uruk y Ur fueron las fuentes de los mismos.

Desde el cautiverio de Babilonia, muchos uskos deportados, miembros de la antigua realeza israelí, buena parte de ellos mestizos semitizados, mantuvieron sin embargo el recuerdo de sus leyes y del pacto de sangre abrahámico. Esdras fue uno de ellos, y aquí aún refleja ese recuerdo de mantener la pureza de la sangre de aquel pueblo del cual descendían sus antepasados, y que reinaron por siglos en Uskaria, Israel, Egipto, Escitia y Hatti. En un intento de conservar lo poco que de puro y auténtico quedaba de la sangre uska, el escriba relata lo que pudo ser en tiempos una ley sagrada basada en el pacto racial o de sangre. Este dicho pacto solamente pudo nacer en el seno de un pueblo rodeado de sangre extraña, en un entorno racialmente hostil, y que por tanto pusiera a su pueblo en una situación comprometida o incluso extintiva. Esa ley racial nunca pudo hacer referencia al pueblo judío por tanto que él mismo se hallaba rodeado de elementos racialmente semitas y en consecuencia indistintos, que evidentemente no ponían en peligro su propia consistencia. Sólo el verdadero pueblo hebreo formado por los denominados asiánicos, es decir usko-mediterráneos eran la etnia en claro detrimento, y los único que en un determinado momento verdaderamente desaparecieron en grandes éxodos migratorios y deportaciones. También encontramos reseñas de este pacto en Deuteronomio, donde se advierte de la aniquilación del mestizaje y el cautiverio. Cuenta el profeta la circunstancia de su tiempo y la tragedia que para su raza y el verdadero pueblo hebreo supuso el cautiverio de Babilonia.

EXÉGESIS.

Esdras Capítulo 9

9:1 Una vez terminado todo esto, se me presentaron los jefes para decirme: «El pueblo de Israel, los sacerdotes y los levitas no se han separado de la gente del país, que practica cosas abominables: los cananeos, los hititas, los perizitas, los jebuseos, los amonitas, los moabitas, los egipcios y los amorreos. 9:2 Al contrario, se casaron y casaron a sus hijos con mujeres de esos pueblos, y así la raza santa se ha mezclado con la gente del país. ¡Los jefes y los magistrados fueron los primeros en participar de esta traición!».

Refiere este capítulo, a la destrucción racial de la que Biblia nombra como raza santa, por medio de la traición y del pecado del mestizaje con la  raza de los extranjeros y semitas.

9:7 Desde los días de nuestros padres hasta hoy, nos hemos hecho muy culpables, y a causa de nuestras iniquidades, nosotros, nuestros reyes y nuestros sacerdotes, fuimos entregados a los reyes extranjeros, a la espada, al cautiverio, al saqueo y a la vergüenza, como nos sucede en el día de hoy. 9:8 Pero ahora, hace muy poco tiempo, el Señor, nuestro Dios, nos ha concedido la gracia de dejarnos un resto de sobrevivientes y de darnos un refugio en su Lugar santo. Así nuestro Dios ha iluminado nuestros ojos y nos ha dado un respiro en medio de nuestra esclavitud.9:9 Porque nosotros estamos sometidos; pero nuestro Dios no nos ha abandonado en medio de la servidumbre. El nos obtuvo el favor de los reyes de Persia, para animarnos a levantar la Casa de nuestro Dios y restaurar sus ruinas, y ara darnos una muralla en Judá y en Jerusalén.

Refiere estos párrafos a los supervivientes, (el remanente) de la raza de Israel, que sobrevivió a los saqueos, al cautiverio, y la expugnación de reyes extranjeros. Ese remanente vivo (agua viva) o reserva genética mágica, de donde surgirá el linaje de Jesucristo. Habla del muro levantado por Dios entre Judá y Jerusalén que impide contacto de ambas razas, pues el mestizaje se entiende como algo corroyente y traidor.

9:10 Y ahora, Dios nuestro, ¿qué más podemos decir? Porque hemos abandonado tus mandamientos, 9:11 los que nos habías dado por medio de tus servidores los profetas, diciendo: «La tierra en la que entrarán para tomar posesión de ella es una tierra manchada por gente del país, por las abominaciones con que la han llenado de un extremo al otro a causa de su impureza.

Es evidente como la Biblia pone el énfasis del origen de los males de la humanidad en su degradación étnica y la impureza de la sangre de la raza santa.

9:12 Por eso, no entreguen sus hijas a los hijos de ellos ni casen a sus hijos con las hijas de esa gente. No busquen nunca su paz ni su bienestar. Así ustedes llegarán a ser fuertes, comerán los mejores frutos de la tierra, y la dejarán en herencia a sus hijos para siempre». 9:13 Después de todo lo que nos ha sucedido por nuestras malas acciones y nuestra gran culpa –aunque tú, Dios nuestro, no has tenido en cuenta todo el alcance de nuestra iniquidad y nos has dejado estos sobrevivientes – 9:14 ¿cómo es posible que volvamos a violar tus mandamientos y a emparentarnos con esta gente abominable? ¿No te irritarías hasta destruirnos, sin dejar ni un resto con vida? 9:15 Señor, Dios de Israel, porque tú eres justo, hemos sobrevivido como un resto. ¡Aquí estamos en tu presencia con nuestras culpas, a pesar de que en estas condiciones nadie puede comparecer delante de ti».

De nuevo recalca el mismo capítulo el castigo que conlleva la pérdida de identidad y pureza étnica, desoyendo al profeta Amos y al profeta Oseas, y avocándose a la degradación del reino de Jeroboam.

Lo que quedó de la Casa de Israel (el resto o remanente), permaneció para engendrar puro a Essus (Jesucristo). Mantuvo Dios a las familias suficientes para aislar puro el linaje del carisma josefino trinitario. Habla de sí mismo Jesús, cuando dice que no es judío sino agua viva, refiriéndose al remanente de agua viva de Israel.

Léase a continuación de forma atenta el siguiente pasaje, pues en él se habla de la promesa de no dar las hijas propias al extranjero ni tomar las extranjeras para los hijos de la Casa de Israel. Es Dios quien manda mantener la Casa libre de impuros o no gentiles. Por ello manda a su pueblo el perpetuar a la Raza Santa y no a otra u otros linajes.

Nehemías Capítulos 9 a 13

El día veinticuatro de aquel mismo mes, se congregaron los israelitas para ayunar, vestidos de sayal y la cabeza cubierta de polvo.

La raza de Israel se separó de todos los extranjeros; y puestos en pie, confesaron sus pecados y las culpas de sus padres.

Promesa -A no dar nuestras hijas a las gentes del país ni tomar sus hijas para nuestros hijos.

Si las gentes del país traen, en día de sábado, mercancías o cualquier otra clase de comestibles para vender, nada les compraremos en día de sábado ni en día sagrado. En el año séptimo abandonaremos el producto de la tierra y todas las deudas.

¿No pecó en esto Salomón, rey de Israel? Entre tantas naciones no había un rey semejante a él; era amado de su Dios; Dios le había hecho rey de todo Israel. Y también a él le hicieron pecar las mujeres extranjeras.

¿Se tendrá que oír de vosotros que cometéis el mismo gran crimen de rebelaros contra nuestro Dios casándoos con mujeres extranjeras?”

 

Uno de los hijos de Yoyadá, hijo del sumo sacerdote Elyasib, era yerno de Samballat el joronita. Yo le eché de mi lado.

¡Acuérdate de estas gentes, Dios mío, por haber mancillado el sacerdocio y la alianza de los sacerdotes y levitas!

Los purifiqué, pues, de todo lo extranjero. Y establecí, para los sacerdotes y levitas, reglamentos que determinaran la tarea de cada uno,

y lo mismo para las ofrendas de leña a plazos fijos y para las primicias. ¡Acuérdate de mí, Dios mío, para mi bien!

En Isaías, vemos como los pueblos no reconocerán ni serán reconocidos como los eberitas, los genuinos hijos de la Casa de Israel.

Isaías 20

»Aunque te arrasaron y te dejaron en ruinas, y tu tierra quedó asolada, ahora serás demasiado pequeña para tus habitantes, y lejos quedarán los que te devoraban. 20 Los hijos que dabas por perdidos todavía te dirán al oído: “Este lugar es demasiado pequeño para mí; hazme lugar para poder vivir.” 21 Y te pondrás a pensar: “¿Quién me engendró estos hijos? Yo no tenía hijos, era estéril, desterrada y rechazada; pero a éstos, ¿quién los ha criado? Me había quedado sola, pero éstos, ¿de dónde han salido?” » 22 Así dice el Señor omnipotente: «Hacia las naciones alzaré mi mano, hacia los pueblos levantaré mi estandarte. Ellos traerán a tus hijos en sus brazos, y cargarán a tus hijas en sus hombros. 23 Los reyes te adoptarán como hijo, y sus reinas serán tus nodrizas. Se postrarán ante ti rostro en tierra, y lamerán el polvo que tú pises. Sabrás entonces que yo soy el Señor, y que no quedarán avergonzados los que en mí confían.»

       La indemnidad de María.

Mari o Maddi, en su morada del Amboto. Generalmente se presenta con cuerpo y rostro de mujer, elegantemente vestida (generalmente de verde), pudiendo aparecer también en forma híbrida de árbol y de mujer con patas de cabra y garras de ave rapaz, o como una mujer de fuego, un arcoíris inflamado o un caballo que arrastra las nubes. En su forma de mujer aparece con abundante cabellera rubia que peina, al sol, con un peine de oro.

Kristos, uno de los nombres por el que se conoce a Jesús, fue Dios de Tharsis (colonia milesiana). Así sería llamado Jesucristo el dios gálata de los israelitas.

Existe por todo lo dicho el hecho probable de que los nombres de María y Jesús, quedaran en la cultura gálata y sumeria, recordando a los viejos dioses uskos, que bien eran conocidos por los sumerios, quienes le dieron el nombre de Mari a una ciudad.

Los símbolos celtas de cruces y estelas, son igual de impresionantemente fieles a los cristianos. A esta simbología se añade la estrella de ocho puntas, que es el símbolo del sol de Tartessos[22] (también de origen milesiano), y que se corresponde fielmente con el símbolo originario de la Casa de Israel.

El dogma que en el cristianismo bebe de la tradición uska, es el de la Trinidad. Uno de sus símbolos es el trisquel o trescela (triskel) , que en la cultura ibera y céltica simbolizaba la tríada de dioses más importantes del Olimpo atlántico, así como el alma, cuerpo y espíritu (triskillán), en equilibrio. Este símbolo cultural usko, formado por un origen y tres piernas en espiral, en forma de hélice triangular, fue usado como un elemento del pensamiento espiritual inspirado fuertemente en el número tres. De esta forma una de sus espirales o ciclos simbolizaba el cuerpo (la sangre), la segunda, representaba la hipóstasis del pensamiento, las ideas y el alma, y la tercera el espíritu. Junto con la cruz o tetraskel, es uno de los símbolos más comunes a todos los pueblos iberos de la cultura peninsular prerromana, extendiéndose su presencia por la Europa céltica y el Mediterráneo (trinacria). Este pensamiento religioso y místico, influyó en la interpretación y desarrollo dogmático del Dios cristiano occidental. De esta forma nace la creencia sagrada un solo Dios trino, con tres elementos o hipóstasis, el Padre (alma y conocimiento superior) el Hijo (el Cuerpo y la Sangre), y el Espíritu, es decir la divinidad o naturaleza divina propiamente.

Otro de los elementos místicos más recurrentes en la mitología de aquellas culturas que tuvieron un pasado usko, o que en algún remoto tiempo y lugar fueron gobernadas por dicho pueblo, es el del retorno de los dioses, que perdieron su antiguo reino (véase el caso ya comentado del Quetzalcoatl), para restaurar y vengar su nombre. Recordando el mito maya la Parusía, se reitera en esta leyenda mística del retorno humano de Dios. Para dicho encuentro, debería de conservarse el remanente, como ocurrió antes del año cero, el cual pudiera encarnar y traer de nuevo a la vida terrena al dios hombre, en cuerpo y alma. Para ello, dicho cuerpo y alma han de poder unirse y congeniarse, encontrándose en el remanente étnico original. Por tanto y al igual que ocurrió con el reducto usko de Galilea, debiera cumplirse la profecía bíblica antes de la extinción completa de la raza de Cristo en estado de pureza, pues tras su aniquilación ningún dios podría encarnarse en la tierra, volviéndose finalmente ésta parte inerte del cosmos por las leyes naturales y universales.

Si hoy se diera el segundo advenimiento, sería casi imposible que Jesús volviera a nacer en su patria de origen, donde ya no queda casi rastro alguno de su raza en la población autóctona. La globalización harían que el alumbramiento pudiera llevarse a cabo casi en cualquier parte del mundo, sin embargo las probabilidades nos harían aproximarnos a los pueblos primitivos de Europa occidental, y más concretamente a las regiones atlánticas, lejos de ciudades o metrópolis cosmopolitas, donde todavía sí hay familias puras racialmente que descienden directamente de los antepasados eberitas de Jesús, es decir del linaje real, y por cuyas venas sólo corre sangre verdaderamente uska.

Representación de la Diosa vasca Mari o Mariuena, la auténtica virgen María ibérica. Obsérvese la semejanza con las advocaciones marianas. Entre los símbolos de su estirpe se observa en la esquina derecha superior el lauburu de Sugar.

Representación de la Diosa vasca Mari o Mariuena, la auténtica virgen María ibérica. Obsérvese la semejanza con las advocaciones marianas. Entre los símbolos de su estirpe se observa en la esquina derecha superior el lauburu de Sugar.

El dogma católico en el se asienta la figura de la Virgen, como madre de Dios, es el de la Purísima. Esto a diferencia del dogma de la virginidad, implica que María estaría fuera del Pecado Original, es decir que Jesús necesariamente debía ser concebido en un vientre sin pecado, no sólo carnal, sino original, mediante la Gracia de Dios. El catolicismo interpreta la figura de la Virgen, elemento sagrado propio de una religión racialmente matriarcal, con el elemento espiritual del alma, como si hubiera almas que al nacer son impuras. Sólo la sangre contiene impurezas, y sólo una sangre pura hace a un ser puro. El Pecado, ni siendo original, puede transmitirse a ninguna generación, como al hijo de un asesino tampoco se puede responsabilizar del crimen de su padre. Aunque no se explica se entendería que el Pecado original, no fuera ascendente, pues ello implicaría que Dios mismo, sería pecador, por haber creado al hombre. Lo que evidentemente sí se hereda y por tanto queda sujeto a la condición de puro o impuro es el linaje santo. Todo el catolicismo se basa en la intromisión del elemento patriarcal semítico en una religión de base sumeria y uskarita esencialmente matriarcal y profundamente racial, de ahí que sus dogmas contravengan la naturaleza espiritual y que sus contradicciones e incoherencias, que son insalvables desde cualquier punto de vista de la lógica, sean la consecuencia del enfrentamiento entre estas dos concepciones humanas y religiosas. Esas incoherencias insalvables, se explican por medio de la Gracia y el Misterio divino, como algo que para los hombres viene a ser inalcanzable de comprender por medios lógicos.


[22]Tartessos, nombrada en la Biblia como Tharshis, fue considerada por la Grecia Clásica, la primera civilización o protocivilización de Occidente, cuyo origen se remonta hace más de 7000 años. Parece que pudo surgir en las riveras del río Odiel y el río Tinto, y en un comienzo abarcar el territorio suroriental de Andalucía. Sin embargo parece que pudieron expandirse por el Levante, fundar colonias en el Mar Menor, y llegar incluso al delta del Ebro. Fueron los precursores y difusores de la cultura celta en Europa, así como herederos y continuadores de la egipcia. Estrabón y otros autores identifican a esta civilización con la Atlántida de Platón, y habla de leyes y escritos de más de 6000 años de antigüedad.

De esa forma es más que probable que la Virgen fuera pecadora (como el resto de seres humanos), no por el pecado original (intransmisible), sino como el resto de mortales, por su condición humana, antes durante y después del alumbramiento de Jesús, y que de no haberlo sido sería como consecuencia de sus propios actos, salvándose motu propio de dicho pecado y condena.

San juan: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros”.

Sin embargo María, como madre de Dios, debe necesariamente que ser pura y virgen, como también los fueron las diosas sumerias, iberas, celtas, etc. Inanna, diosa sumeria, al igual que Mari o Modron, que fueron diosas atlánticas, eran divinidades propias de naturalezas y culturas matriarcales.

“Engendrado de una virgen santa sin germen ni corrupción, tomó carneArístides apologeta.

La idea de la sagrada concepción o nacimiento virginal, podría venir, y es lo más quizá lo más acertado, de una tradición mitológica propia de los pueblos y divinidades usko-mediterráneas. En la Grecia antigua por ejemplo, existían una abundante serie de divinidades en cuya concepción sólo había intervenido un ser, frecuentemente femenino, sin intervención masculina o sin mediación de acto carnal. Así por ejemplo fueron generados los dioses olímpicos Ares y Hefesto, de su madre la diosa Hera, también el homónimo etrusco-romano de Ares, el dios de la guerra Marte, la diosa Atenea, hija exclusiva de Zeus, etc.

La doctrina equivocada posterior habla de una perpetua virginidad de María, centrándose en su pureza como condición estrictamente sexual. Aún sabiendo que ello es científicamente posible, es decir sabemos que mediante técnicas de fecundación artificial es posible engendrar sin actividad sexual, dicha forma no es sobre natura sino anti natura, y se utiliza en casos en los que se necesita omitir el acto sexual, o seleccionar al embrión. Partiendo de la idea de que es posible que Dios se clonara a sí mismo e implantara dicha forma en María, no tendría esto sentido con la idea de conservar intacto el linaje de la Casa de José. Si conservó pura su raza fue para nacer con el necesario cálculo genético de sus antepasados, vueltos a la vida biológica en Israel. Dios fue creado y engendrado de forma natural, pues como humano existió con todas las consecuencias biológicas y genéticas, de un linaje único y perfecto. De lo contrario la omisión del acto sexual sólo hubiera tenido como justificación desechar la sangre y estirpe de José, por impropia o impura, quizá también la de María, implantando la forma o embrión de Dios en ella, y por tanto utilizando solo su vientre y cuerpo como incubadora humana.

La única forma de engendrar de nuevo a Dios es en un linaje puro cien por cien de padre y madre. Sería algo parecido a la reencarnación biológica, pero distinta del renacimiento budista. Mientras Jesucristo sólo puede ser de una raza, Buda puede existir en cualquiera, pues al igual que en el maniqueísmo, el cuerpo no puede ser puro (la pureza en estos casos pertenece al alma o karma). Entendemos que Dios sólo pudo ser puro pues fue antes que la humanidad y de sus linajes; Por tanto sólo perteneció a uno puro e indemne como el diamante. Esto explica que conservara a los hombres y mujeres más puros de Israel para poder engendrarse en su propia forma.

De esto podemos extraer que la evolución del pueblo de Dios, la raza uska, sólo llega a su máximo desarrollo cuanto mas pura se encuentre. Sus cambios sólo pueden degradarla cuando se consagra al mestizaje, pues sólo puede elevarse de forma espiritual y no biológica o genéticamente. De una raza pura advendrá la Parusía y nacerá de nuevo Jesús en la tierra, que para volver en vida y al mundo biológico debe engendrarse de nuevo un ser puro en grado máximo como el diamante. La energía vital de Dios, el Ak o Aj, según los egipcios, sólo puede canalizarse a través del cuerpo puro de la raza eberita, siendo el linaje el camino para su unión hipostática.

Siendo así, el carácter virginal a perpetuidad de María, no puede ser otro que el que refleja su sangre indemne. Virgen perpetua, sin surco, sin mancha e inmaculada, de principio a fin y eternamente, lo es al margen de la connotación sexual, sólo importando el aspecto o sentido étnico, que es el que en definitiva consagra la Biblia y los testimonios más antiguos. También lo sería su hermana Salomé, madre de varios apóstoles, y el resto de progenitores de la corte de Jesús.

En los credos greco-romanos más remotos se habla de la indemnidad de la Virgen “nació de María virgen por obra del Espíritu Santo”. El E.S., o Ciencia de Dios que protegió a la Casa de José de mujeres y hombres extranjeros para poder conservar indemne y casto al linaje santo, del cual saldría María de sangre inmaculada.

El autor Ignacio de Antioquía (mártir asesinado en el 110, contemporáneo de Juan evangelista), dio a conocer  a los cristianos de Esmirna que Jesús es “hijo de Dios según la voluntad y poder de Dios, nacido verdaderamente de una mujer de sangre virgen”.

Por ejemplo, Ireneo de Lyón (discípulo de San Policarpo de Esmirna, que lo fue de Juan Evangelista, muerto en torno al 200, autor que hace de entronque con los apóstoles), compara el nacimiento de Cristo de su madre María con la formación de Adán del suelo virgen (Purus pure puram aperiens vulvam: el Puro [Verbo Puro] con pureza abrió el seno puro. De nuevo la pureza virginal sin consecuencia o connotación sexual de ningún tipo. Se refiere al producto de un linaje fino y puro, una mujer de naturaleza virgen, no horadada, y pura, que engendró y dio a luz al más limpio de los hombres.

En el idioma de la Casa de David, se entendían los nietos, sobrinos, primos, como hermanos, no existía concepto distinto que los identificara o distinguiera. Todos descendían de un único padre primigenio, el fundador del linaje josefino (R1b). Todo el clan del Reino de Israel descendía del primer hombre que surgió de la naturaleza de la Creación, indemne y casto en su sangre, de una pureza extrema como el diamante.

En el Reino de los castos, se asumía como valor la protección del linaje santo, aun cuando en algunos casos por su honradez, otros linajes ayudaban y protegían a Israel de sus enemigos (Asiria).

Bendita sea entre las mujeres Jael, Mujer de Heber Cineo; Sobre las mujeres bendita sea en la tienda. El pidió agua, y dióle ella leche; En tazón de nobles le presentó manteca. Su mano tendió á la estaca, Y su diestra al mazo de trabajadores; Y majó á Sísara, hirió su cabeza, Llagó y atravesó sus sienes. Cayó encorvado entre sus pies, quedó tendido: Entre sus pies cayó encorvado; Donde encorvó, allí cayó muerto. (Jueces 5:24 NVI)

A Yael la podemos comparar con Rajab (Rahab), ambas extranjeras (lo más seguro en el caso de Yael) arriesgaron sus vidas por contribuir a la victoria de los que no eran de su propio pueblo, ayudando a los israelitas a quienes en ambos casos era evidente que el Eterno había otorgado la victoria sobre sus enemigos.

La dogmática patriarcal semítica, que ha dominado las religiones abrahámicas y evidentemente también a la cristiana, es lo que ha impedido que la Virgen evolucionara a la consideración de diosa. Esencialmente el cristianismo fue de naturaleza matriarcal en origen, puesto que la relevancia e influencia de María en la Sagrada Familia, revela esa estructura social propia del matriarcado céltico. El semitismo influyó también en el cristianismo, pues los textos sagrados del evangelio fueron escritos, en gran parte por semitas, siglos después de los hechos bíblicos que relatan. Este hecho refuerza el carácter patriarcal que influyó fuertemente al catolicismo y que aún hoy perdura. Es sin embargo incuestionable el papel relevante y creciente que la figura de la Virgen tiene en aquellos países cristianos que se formaron en base a matriarcados, como es el caso de España o Irlanda. En este caso, es destacable el papel de España en la defensa de dicha dogmática mariana, algo que reconoció la Santa Sede, otorgando en el siglo XIX el privilegio o distinción a los sacerdotes españoles de vestir casulla celeste el día de la Purísima.

Buena parte de la dogmática católica ha favorecido e impulsado el papel de la Virgen a la divinidad matriarcal, denotando ese carácter no olvidado de la pureza ancestral en la que se basaba dicha estructura social y religiosa. La sociedad sumeria, base de la religión abrahámica original, era también matriarcal por su naturaleza y origen, debido principalmente a que tanto la sociedad como el fenómeno religioso sumerio partían de la matriarca creadora de vida, como fuente de inspiración, también divina.

La Atlántida de Platón.

Un siglo y medio después del gran diluvio universal, Tubal (quinto hijo de Jafet), nieto de Noé (denominado en la lengua de los íberos como Jano, dios cuyo símbolo era un arca), recibió Iberia (europea), con la misión de establecerse allí y poblarla. En Tubala o Tubalia, en honor a su nombre, (antiguo nombre de Tudela, Navarra) estableció su capital. En este lugar floreció la civilización caldea, un pueblo adelantado a su tiempo que descubrió los secretos de la astronomía, el calendario, la música, la medicina, el arte, la escritura, matemáticas, etc. Hijo de Tubal fue Ibero. Éste fundó la ciudad de Ibera (en la orilla del Ebro). De su nombre viene el de Fontibre (fuente de los ibri, el pueblo hebreo tal y como lo denominó la Biblia). De éste a su vez desciende Idubeda (del cual viene el nombre de los antiguos montes idubedas y de ahí los montes de Úbeda). De Idubeda desciende su hijo Brigo, fundador del pueblo brigante (brígadas y milesianos). Sus pasos, se dejaron sentir en las Islas británicas (donde fueron conocidos como britones, que fueron el tronco común occidental de los pueblos escocés, galés, irlandés e inglés). En Asia Menor, se estableció otra facción brigantina, cuyos pobladores fueron conocidos como los brigios, fundadores de la ciudad de Troya, de los cuales descendieron los frigios, que bautizaron el río más importante de su reino con el nombre de Uskaria (Skarya). En Francia, los brigas fueron guiados por su jefe Var, y fundaron Varobriga (Saint-Laurent du Var), y así llamaron al río Var en la Costa Azul francesa. En este contexto encontramos el germen naciente de la civilización protocelta. De estos primeros pobladores galos, partieron las enseñanzas del trabajo de los metales, (Edad del Bronce y posterior Edad del Hierro) las armas de metal (cuyo origen se encontraría en las alabardas iberas halladas en los monumentos megalíticos irlandeses y en Creta). Su incursión en Europa y Europa Central, abriría el camino a la cultura de Hallstatt[23], originada en un importante foco celta (actualmente gran residuo genético de R1b transalpino), que ulteriormente afianzaría la cultura del Hierro[24] en la Europa uskariana. De Tubal también desciende la princesa ibera Pyrenne que dio nombre a los montes donde se refugió del monstruo Gerionte y finalmente pereció.


[23]Cultura de Hallstatt, supuso en el Bronce final, la paulatina sustitución del bronce por el hierro en la fabricación de armas y utensilios, precediendo a La Tène o Edad del Hierro II. Perteneció y fue continuación de la cultura de los Campos de Urnas, que desde Iberia hasta Alemania y los Balcanes, extendió el rito de la cremación y entierro de urnas funerarias con estelas u otras inscripciones identificativas. En Iberia uno de los ejemplos que ha dejado la cultura de Hallstatt, se encuentra en el yacimiento celtíbero de la necrópolis de las Madrigueras, en la provincia de Cuenca (Castilla La Mancha).

[24]Cultura del Hierro, alcanzó su cenit en La Tène, o Hierro II, que abarcó la segunda mitad del primer milenio antes de Cristo, y que se extendió por la Europa uskariana, es decir Iberia, Francia, Inglaterra, oeste de Alemania, y otros focos balcánicos, danubianos y al noroeste de Anatolia, que fueron rutas seguidas en varias ocasiones por los pueblos de la Europa atlántica en su expansión. Básicamente supone la paulatina sustitución de las cerámicas, hueso, bronce y otros materiales, en la fabricación de objetos, por el hierro. Estos cambios se dejan sentir sobre todo en la explotación agrícola, donde se introducen cambios tales como la fabricación en hierro de la azada, la reja o la guadaña, mejorando el arado y recolección del campo. Supuso también la urbanización del mundo rural, y levantamiento de asentamientos fortificados.


Casi quinientos años después del gran Diluvio, encontramos al rey Tago, conocido con el nombre bíblico de Tagorma, cuyo significado es el de fundador de nuevas ciudades. Dicho rey, estableció el centro de su reinado en el entorno del río Tajo (llamado antiguamente Tago en su honor). Como antes hiciera Brigo, su directo descendiente Tago, emprendió nuevas incursiones orientales en África y Europa. Los tagodas, enraizaron en los Balcanes, el Caspio y norte de África. En Iberia surgieron con el tiempo los turdetanos, de su antiguo antepasado Tubal. Éstos fueron para su tiempo un avanzado pueblo, con altos conocimientos en astronomía y geometría (similares al antiguo Egipto), los romanos dejaron constancia de ese desarrollo cultural digno de los sucesores de los tartesios atlánticos, así dice Estrabón, en Geografía, “los turdetanos son los más cultos de los iberos, tienen un alfabeto y con él han escrito anales en prosa y en verso, así como leyes rimadas de una antigüedad de 6000 años, según cuentan los otros pueblos de Iberia utilizan también la escritura, pero ellos no han unificado los signos; en efecto, su lengua áun no se ha unificado y cada pueblo tiene la suya propia”, también Polibio, afirmaba que Turdetania, era una civilización altamente urbanizada, con más de doscientas ciudades, entre ellas Hispalis, nombre dado en honor de Hispalo o Hispán (cuyos descendientes fueron los pobladores de Irlanda y antepasados de todos los celtas).

Del avance de los pueblos prerromanos da testimonio la expedición de Heracles a Iberia. El robo de las vacas y bueyes de Gerión y las manzanas de Oro del jardín de las Hespérides, son la poética explicación de lo que los chinos y japoneses han estado haciendo durante décadas con la tecnología y ciencia de Occidente (a la sazón del mundo). Ese es el mismo interés y fascinación que tenía el mundo antiguo por la sabiduría y técnicas atlantes, como el desarrollo agrícola (mutaciones biológicas y técnicas de cultivo), ganadero, industrial, metalúrgico, etc. Las manzanas del Árbol de la Ciencia del Paraíso, son aquí simbolizadas por las manzanas de Oro de la Hespéride (España), cuna de los dioses para los antiguos.

Más de quinientos años después de Noé, aparece descrito por los griegos, el atlante Gerión, nieto de Océano y Poseidón, que fue señor de las tierras asoladas por la bruma de Occidente a orillas del gran Océano.  Su huella en la Hespéride, dio nombre al río Garona y a la misma ciudad de Gerona. Al retorno de Osiris, el ejército de éste se enfrentó al de Gerión, venciéndolo en el territorio cercano a Tarifa, siendo posteriormente su cadáver trasladado al estrecho donde se le inhumaría (uno de los rituales más comunes de los eberitas, etruscos y celtas, es decir utskos). Uno de los hijos de Gerión, fue Gargoris, rey de un pueblo tartéside, quien inventó la apicultura. De las relaciones incestuosas de Gargoris con su hija, nacería Habis, quien fue abandonado en el bosque y amamantado por ciervos. Al encontrarlo de nuevo, y ante la sorpresa de su supervivencia, Gargoris lo reconoce por las marcas de nacimiento y nombra su sucesor.

Más tarde los hijos de Gerión, lo matarían en venganza a Osiris. Nacería Horus (otro Dios ibero, presente en la religión griega y egipcia), hijo de Osiris, quien volvería a la Hespéride y acabaría con el linaje de los geriontes. Posteriormente nacería Morago también conocido por el nombre de Norax (antiguo Rey de Tartessos, descrito en las fuentes clásicas), hijo de Eriteia, a su vez hija de Gerión, en cuyas expediciones por el Mediterráneo usko, fundaron la ciudad Cerdeña de Nora. Cuando Horus, descendiente de Osiris, se enteró del asesinato de su padre, levantó un ejército de un pueblo o país escita, conocido con el nombre de espalos, de donde procedería el soldado Miles o Míl Espaine, cuyo hijo fue otro legendario rey de Iberia, Hispan o Hispalo (autores como Julián del Castillo, apuntan a que Hispan, sería el nombre o palabra que hace referencia a uno de los descendientes de Hispalo). Ambos reyes iberos fueron hijo y nieto respectivo de Hércules. A Hispan se le conocen prodigios como la construcción de faros, puertos, canales, e incluso acueductos. Su hijo fue Evenor o Heber, (del cual viene el nombre de los eberitas o iberos).

El Lebor Gabála Érenn, la mayor compilación de la historia antigua de Irlanda, habla de Míl o Golam (Hispalo), de su procedencia y la de su linaje.

Breogan fundó la Ciudad de Brigantia, (que hoy es A Coruña) y el faro conocido como la “Torre de Hércules”. Breogan tuvo 10 hijos, uno de ellos, Bile, le dio un nieto que se llamó Golam y que fue educado en las ciencias, las artes y en la guerra. Cuando creció tuvo la idea de dirigirse a la tierra de sus antepasados y partió hacia Escitia, donde reinaba por entonces Reffloir. El rey lo recibió muy bien y le dio a su hija Seng por esposa.

Golam y Seng tuvieron dos hijos, Eremon y Eber Donn.

Golam se hizo muy popular, tanto que despertó la envidia del rey, a tal punto que Reffloir terminó retándolo a duelo. Por supuesto, golam lo venció y partió con todos los suyos, llevándose a sus hijos con el.

Navegó por toda la costa de Asia y Afrecha hasta que llegó a la desembocadura del Nilo. Y se quedó en Egipto. Aquí también fue calurosamente recibido por el faraón, quien también le entregó a su hija por esposa.

Golam se quedo ocho años en Egipto y tuvo con su nueva esposa una pareja de gemelos. Decidió regresar a su verdadera tierra a Brigantia, con todos los suyos.

Cuando llegó se encontró con una Brigantia desierta. Breogan había muerto y las tribus sometidas se habían rebelado. Golam, entonces, reunió a los supervivientes refugiados en los bosques y las montañas y los atacó, reiniciando así la reconquista. Resultó, como su abuelo Breogan, vencedor en todas las batallas, lo que le valió el nombre de Mile o Miled, guerrero exterminador o vencedor.

Y gobernó durante bastantes años, hasta que una enfermedad lo mató.

Las tribus volvieron a sus habituales hostilidades, lo cual obligó a sus hijos a estar en defensa permanente de su territorio.

Entonces Ith, otro hijo de Breogan, experto y muy preparado en conocimientos de todo tipo, una noche de noviembre, vislumbró desde el faro una lejana isla y hasta ella embarcó junto a algunos hombres.

Esa isla era Irlanda, que por aquel entonces se llamaba Inis Ealga y estaba habitada por los Tuatha Dé Danann. Ya alejados de la gloria pasada, guerreaban entre ellos. En la fortaleza de Ailech, Ith encontró a tres reyes disputándose el territorio de un cuarto que había muerto.

Ith, más comedido de lo que debiera, les instó a que depusiesen las armas y que disfrutasen la vida en aquella tierra en que vivían, tan fértil y con buen clima. Y como no hay asunto comedido que salga bien, los reyes creyeron entender en sus palabras un deseo de conquista, por lo que le tendieron una emboscada cuando regresaba a su barco y lo mataron.

Los Hijos de Mil decidieron tomar este crimen como una declaración de guerra y se dispusieron a invadir la isla.

A la primavera siguiente partieron de Brigantia 5 barcos con 40 jefes guerreros, sus mujeres y servidumbre, entre ellos Amergin, hijo de Golam. Al llegar, un 1 de mayo, día decimoséptimo de la luna, los Tuatha de Danann se asombraron y trataron de llegar a una tregua para que sus druidas pudieran actuar. Amergin determinó que se alejarían con sus barcos a una distancia de nueve olas (en la Galicia actual aún se conservan rituales relacionados con nueve olas) y después atacarían.

Entonces actuaron los druidas de los Tuatha de Danann, que provocaron una tormenta druídica (mágica) que logró dispersar la flota mar adentro. Amergin logró parar la tempestad invocando al espíritu de la tierra de Irlanda, con quien ya había entrado en comunicación anteriormente. Todos se salvaron excepto Donn y los de su barco, el cual naufragó tras jurar aquel que mataría a todos los habitantes de la isla. Los Tuatha de Danann serían derrotados en Sliabh Mis y en Tailtiu, pasando los supervivientes a vivir en el sidhe, o sea, bajo las colinas de Irlanda. Por su parte, los hijos de Mil quedaron gobernados por los hermanos Eremon y Eber Finn, que no lograron ponerse de acuerdo ya que Amergin determinó que reinara primero el mayor y luego el menor; pero no lo aceptó Eber Finn. Se dividieronla isla, quedando el norte para el primero y el sur para el segundo. Y esta invasión sería la última, ya que no hubo ni plagas ni otros ponderantes, por lo que aquellos Hijos de Mil procedentes de España, más exactamente de Brigantia, serían los antecesores de los Irlandeses actuales.

Atlas o Atlante el Estrellero (hijo de Hispan), fue quien fundara tras las columnas de Hércules, en el piélago atlántico, la mayor civilización de la Antigüedad, de la que surgiría después, el reino celta de Tartessos. Otro gobernante atlante fue el ibero Gadiro (hermano de Atlas), y gobernante de las gadeiras (Bahía de Cádiz, situada en el conocido como mar de Hesperia). El séquito de Atlas, lo conformaban los ausetanos, pueblo ibero-italiano, establecido en Ausa. Arrebató Atlas, el reinado de la Hespéride (Atlántida o Tartéside) a su hermano Hesper. Éste último se refugiaría en Italia, tras ser vencido, y desde allí, planeó con sus apoyos retomar el trono desposeído. Al enterarse el Estrellero, se adelanta y reúne a sus ejércitos. Sin embargo la muerte sobrevenida de Hesper, deja a Atlas, como soberano absoluto. De esta manera, pudo Atlas, casar a una de sus hijas Electra, con Corinto, Rey de Toscana (Etruria). De esta unión surgiría la antigua aristocracia etrusca, de la cual descenderán los linajes patricios romanos (la gens Iulia) y en consecuencia la Roma clásica.

La segunda hija del ibero Atlas, fue Roma, quien heredaría de su padre la ciudad de Albula, poblada en su mayoría por los eberitas que acompañaron a éste. Dicha princesa ibero-atlante, mandó cimentar en el Monte Palatino, cerca del río Tíber, un nuevo enclave de ciudadela que llevaría su nombre y se convertiría en la capital del mayor Imperio de la Antigüedad. El hermano menor Morgete, heredó el resto de los territorios italianos de su padre, del cual toman el nombre los morgetes. Otro de los descendientes de Atlante, fue Sicoro, del cual toma el nombre el río Segre, que divide Cataluña y Aragón. De éste es hijo Sicano, y de este mismo Sicileo, de cuyo nombre proviene la isla de Sicilia. A ella llegó el descendiente de Atlas, con un gigantesco ejército, donde reinó en tiempo final de la Edad del Bronce, durante el diluvio de Deucalión y Pirra, y las plagas del faraón de Egipto. Hay quien apunta que el mismo Deucalión fue el personaje bíblico de Noé, pues al igual que éste, él también construyó un arca por mandato de Zeus (dios), antes de un gran diluvio universal. Del rey Sicileo desciende Luso, quien reinó y dio nombre a Lusitania (Portugal y Galicia). Le sucedió a él Siculo, rey que pasó a la isla de Sicilia, y por cuyo nombre se conoce a los siculos (sicilianos). A él le sucede Testa, fundador de Contestania 1410 a.C, y de él desciende Tritón, siendo en su tiempo iniciada buena parte de la colonización griega, originada en la isla de Zacinto. Fueron estos griegos y sus descendientes los que erigirían el famoso templo de Diana, en Denia, Diniu o Dianium (Alicante). De este rey es hijo Romo, quien dio el nombre a la ciudad de Valencia, que originalmente se llamaría Roma. Tras la invasión romana, los romanos le quitarían este nombre, por ser el mismo que su capital, y le darían el de Valentia Edetanorum. De Romo, desciende el rey de Hispania o Hesperia llamado Palatuo, que gobernó en el año 1305 a.C. Dicho rey da nombre al río Palancia (en la región de Valencia), y se le atribuye la fundación de la ciudad de Palencia, en la ribera del Carrión. Licinio Lacos, derrotó a éste a los diez años de su reinado, en la batalla del Moncayo, debido a la ventaja de poseer minas de hierro con el que acorazó a su ejército. Sin embargo fue depuesto por su manera tiránica de gobernar, recuperando Palatuo su reino, y huyendo Licinio a Italia, siendo perseguido y finalmente ajusticiado por Hércules. Este periodo de disputa en el reino de Hispania abarcó poco más de medio siglo. Hijo  de Palatuo fue Erythreo,  que reinó 68 años, de quien toma nombre la isla de Erithrea (Cádiz), en la mar de Portugal (Plinio y Pomponio Mela), y el mar Erithreo. Le sucedió Gargoris o Gargaris, llamado Melicola, que quiere decir melero (por ser éste quien enseñó la granjería de la miel) como rey de España, en tiempos de la destrucción de Troya, cuando vinieron numerosos griegos a la Hesperia (Hispania). Al igual que su padre reinaría cerca de setenta años. Teucro funda Salamina y Cartagena (España), Amphiloco la ciudad de Orense/Ourense, Tydides (padre) y Diomedes, la de Tuy (Bajo Miño, Galicia); Ulysses, funda Lisboa (Vlyssyppo), y Menesteo, rey de Atenas, hijo de Peteo, fundaría el Puerto de Menesteo (Santa María). Tras la desaparición de los jueces de las Casas de Israel, fueron los descendientes de las casas reales de Iberia (considerados por los griegos como la sangre de los dioses), los que gobernaron las tribus israelitas (Levi, Ephraim, Dan, Manasés, etc.).

El pueblo Atlante aparece por primera vez después del Gran Diluvio universal, es decir el hundimiento de toda o parte de la Atlántida bajo un cataclismo oceánico. El linaje de Noe se afianza en Iberia, siendo éste el antepasado de los puros iberos, los atlantes y directos descendientes del cromañón. Podemos decir que la catástrofe de la Atlántida, es el mismo relato que acontece con la catástrofe del Diluvio recogida en el Génesis, y en la epopeya sumeria del usko Izdubar, hoy conocido como Gilgamesh, en la cultura de la civilización ibero-mesopotámica de Ur. Tras estos procesos recuperaron las tierras atlantes en las costas de los mares occidentales, en donde se reagruparon y se hicieron con el magisterio de la piedra, primera muestra de su poder. En dicha cultura lítica es donde se fragua el pacto de la sangre, mediante el cual el pueblo eberita y sus hijos atlantes conservan un poder y status distinto al de simples humanos. Contravenir este pacto o piedra de Venus supone acabar con lo eterno y sabio de este pueblo, y romper con el vínculo del origen mismo del concilio de los dioses uskos y su retorno, (por tanto con toda huella de divinidad). El camino de los dioses hombres al Olimpo se sellaría si el pacto se rompe, pues las consecuencias del mismo serían irreversibles. Este pacto-contrato es aquél que trata Rousseau, (sustituyendo la esencia racial por el contractualismo de orden civil) como origen del Estado y la paz social. La devotio ibérica simbolizó aquel juramento (voto) dado a la diosa Pyrene de proteger la sangre propia y vengar su injuria, no queriendo los pueblos de Iberia perpetuarse o ser perpetuados nunca bajo el riesgo de ser tocados con sangre extranjera. De este modo Numantia y Sagunto desaparecen llevando a sus últimos términos el juramento de sangre. En referencia a estos hechos destaca lo dejado por las fuentes antiguas, así Estrabón deja patente la fascinación de los iberos por la indepencia, dice el autor – “Los Iberos igualan en fuerzas a las fie-
ras, y animales también su crueldad y ciega saña. En la guerra de los Roma-
nos contra los Cántabros, banse visto entre estos madres dar muerte á sus hijos
antes que dejarlos caer en manos de los enemigos; un niño empuña una espada
por mandato de su padre y mata á sus hermanos y parientes encadenados; una
muger da muerte á cuantos estaban prisioneros con ella, y un hombre se precipita en una hoguera antes que rendirse á los deseos de sus vencedores que
se hablan embriagado en un banquete Como muestra del obstinado furor
de los Cántabros, cítase el hecho de que algunos prisioneros condenados á ser
puestos en cruz, no cesaron de entonar cantos de guerra aun en medio de su
suplicio”.

Algo de esto parece que ocurrió con la Atlántida, y tal y como se describe en los relatos de Platón, la prosperidad se mantuvo intacta hasta que quedó agotada en buena medida la parte divina que refulgía en los atlantes primitivos, ante el predominio de lo humano, a costa del mestizaje con los simples mortales. Platón habla que la bella y poderosa raza atlántica se fue debilitando y apagando en su parte divina, porque se mezcló demasiadas veces, desobedeciendo las leyes divinas, (que no son otras que un juramento racial) tal y como se relata en el Critias, en menos de una página, dando como consecuencia la caída del imperio de la Atlántida. El relato también cuenta como sólo unos pocos comprendieron el error cometido, entendiendo que se estaba perdiendo lo más importante que se puede poseer (el más precioso de todos los bienes). Relata el autor que durante varias generaciones y tanto en cuanto se conservó en ellas la naturaleza del dios a que debían su origen, la raza atlante obedeció las leyes divinas (pacto de sangre), que habían recibido y respetaron el principio divino que era común a todos. El voto divino, en el cual se funda la naturaleza mágica y sobrenatural del mundo atlántico e ibérico, fue el origen del cual emanaron las llamadas leyes particulares. Éstas últimas se atribuían a cada uno de los reyes atlantes, y en ellas se contenían pactos y juramentos en lo relativo a no hacerse la guerra, prestarse apoyo recíproco (devotio atlántica), y más específicamente para impedir que alguno pudiera arrojar a alguna de las razas reales (clanes originales atlantes de Iberia) de sus Estados, y para promover el mando supremo de la raza de Atlas.

En el Dilálogo de Timeo, Platón nombra a esa raza atlante de dioses uskos que se afianzó en Iberia (la Atlántida), así como más allá del Estrecho de las Columnas de Hércules, nombrando expresamente a Egipto y Etruria como lugares y regiones de influencia atlante. El nombre dado al océano Atlántico, viene de la denominación hecha por los narradores griegos y latinos del golfo Atlántico o mar de Hesperia (Golfo de Cádiz), y el pueblo atlante que habitaba sus costas.

Platón describe como dioses “engendrados”, al pueblo original atlante, es decir el directamente originado por y de dios, (como la misma cosa y sustancia). Por tanto impregnados de la divinidad que la pureza de sus cuerpos perfectos y bellos cobija. También habla el Timeo, en el origen remoto de la Creación, cuando apareció por vez primera la raza original, de las tres razas que están por venir, es decir las razas originales engendradoras de la negra, la amarilla y la semítica. Menciona en esta parte de la obra algo que puede remontarnos al citado voto de sangre, no sólo como el origen del Estado y la sociedad, sino más bien como un mandamiento sagrado, es decir la Ley regia máxima, o la Ley de Dios primera. Habla en esta parte del diálogo de los hijos de los dioses, del linaje de Dios, y de la indisolubilidad del mismo, (es decir la integridad última y sagrada de la raza de las montañas, la raza uska o hebrea, que da prueba física de la existencia de una raza cósmica). En dicho Diálogo al igual que en el Génesis, se deja claro que el Ser original, no era mujer, ni tampoco de la raza negra, semita o amarilla. El terreno abrupto y fundamentalmente montañoso de Iberia, protegió durante milenios a la raza uska, concentrada en su interior, de la influencia extranjera marítima.

El griego jónico Heródoto de Halicarnaso, padre de la historiografía, hablaba de una raza atlante, antes incluso que Platón, que habitaba la parte más occidental del mundo, que dio nombre al Atlas y al mar que se extiende más allá de las columnas de Hércules. En aquella parte del África no existía por entonces más razas que las iberas. Las lenguas protoiberas y el euskera dejaron elementos lingüísticos tanto en el bereber como en las antiguas lenguas de los habitantes de la Islas Canarias. También parece el historiador advertir el comienzo de lo que pareciera ser la mezcla de los que llama atlantes con las razas semitas tanto en África como en Asia, hablando textualmente de los mitad atlantes mitad camitas o nómadas (semíticos), que empezaban a crecer y asentarse a lo largo de la costa de África y Asia.

Rufo Festo Avieno, autor de Ora Marítima (s. IV d.C), que contiene una de las fuentes latinas más antiguas existentes acerca de Hibera, describía así a los habitantes atlantes de las costas ibéricas y británicas:

-“Aquí se encuentra una raza de gran vigor, de talante altanero, y de una habilidad eficiente, imbuidos todos de una inquietud constante por el comercio. Y surcan con sus pataches, aventurándose a largas distancias, una mar agitada por los notos y el abismo de un océano, preñado de endriagos. De hecho, no saben ensamblar sus quillas a base de madera de pino y tampoco, según es usual, alabean sus faluchos con madera de abeto, sino que, algo realmente sorprendente, ajustan sus bajeles con pieles entrelazadas y a menudo atraviesan el extenso mar salado en estos cueros.

Por otra parte, desde aquí hasta la Isla Sagrada una nave tiene un trayecto de dos soles. Esta isla despliega en medio de las olas un amplio territorio y la habita a lo largo y ancho la raza de los hiernos (Hibernia). Cercana, de nuevo, se extiende la isla de los albiones (Inglaterra). Y los tartesios acostumbraban también a comerciar hasta los confines de las Estrímnides”.-

También este autor refiere a la hidrografía y orografía de la capital atlante, tal y como la definió Platón, con sus tres tramos o cauces (anillos) rodeando la isla o ciudadela, así como el estrecho y sus dimensiones reales.

“-Pero el río Tarteso (llamado posteriormente como Betis por los romanos), fluyendo desde el lago Ligustino, a campo traviesa, envuelve una isla de pleno con el curso de sus aguas. No corre adelante por un cauce único, ni es uno solo en surcar el territorio que se le ofrece al paso, pues, de hecho, por la zona en que rompe la luz del alba, se echa a las campiñas por tres cauces; en dos ocasiones, y también por dos tramos, baña el sector meridional de la ciudad.

Por su parte, el monte Argentario se recorta sobre la laguna; así llamado en la Antigüedad a causa de su belleza, pues sus laderas brillan por la abundancia de estaño y, visto de lejos irradia más luminosidad aún a los aires, cuando el sol hiere con fuego las alturas de sus cumbres. Este mismo río, además, arrastra en sus aguas raeduras de estaño pesado y transporta este preciado mineral a la vera de las murallas. A partir de aquí una extensa región se aleja de la llanura de aguas saladas, tierra adentro; la raza de los etmaneos la habita. Y después, por otro lado, hasta los labrantíos de los cempsos, se extienden los ileates sobre tierras fértiles; si bien las zonas marítimas las controlan los cilbicenos.

A la ciudadela de Geronte y al cabo del santuario, como hemos explicado antes, los separa la salada mar por medio; y entre altos acantilados se recorta una ensenada. Junto al segundo macizo desemboca un río caudaloso. Luego se yergue el monte de los tartesios, cubierto de bosques.
Enseguida se encuentra la isla Eritía, de extensas campiñas, y en tiempos pasados, bajo jurisdicción púnica; de hecho, fueron colonos de la antigua Cartago los primeros en asentarse en ella. Un estrecho separa Eritía de la ciudadela del continente en tan sólo cinco estadios.
Por donde se da el ocaso del día, hay una isla consagrada a Venus del Mar, y en la misma un templo de Venus, una ermita en roca viva y un oráculo”-. En este último lugar sagrado el autor nos indica donde se consagra el pacto de sangre y Piedra de Venus de la Atlántida que se detallará más adelante.

La confrontación científica entre lo descrito por el filósofo griego, acerca de esa fabulosa civilización perdida, y la sofisticada Tartéside, arroja según Schulten, más de veinte coincidencias. La situación actual da más evidencias que las encontradas por el alemán, algo imposible de no existir una conexión insalvable desde el punto de vista geográfico, antropológico y genético. 

En época de Platón, no se conocían ni remotamente las dimensiones de África o Asia. Hablaba Platón de una inmensa isla de tamaño continental. Para la época de Platón, Asia o África, eran pequeñas regiones próximas al Mediterráneo. Y éste era el único océano que conocían los helenos, y con ellos todo el mundo civilizado.

Hay un concepto erróneo de que la Atlántida era una isla ”mayor que Libia y Asia juntas”. Los textos originales dicen que la isla era mayor que Libia y Asia, o que existió al mismo tiempo, cuando las extensiones de ambas regiones continentales eran de mayor tamaño, y esto encaja perfectamente con la cronología asignada para el fin de la Atlántida y con la alteración del paisaje de las plataformas continentales y regiones costeras después de varios procesos catastróficos. Las dimensiones reales se corresponderían con un tamaño aproximado a la actual región andaluza.

La palabra “isla” se refería simplemente a la región de la costa del sur de España, destruida por una inundación entre el 800 y 500 a.C. La capital atlante y sus famosos anillos se encontrarían en lo que sería el parque de Doñana. Se identifica la extensa llanura y las altas montañas descritas por Platón, con la región Bética, que se extiende hasta el Atlántico (entre las columnas de Hércules y las cuencas que llegan hasta el río Odiel). No era por tanto la Atlántida una isla, sino sólo su capital Atlantis (ciudad anillada rodeada de agua), siendo el resto península.

El patrón de ciudades, símbolos y estelas ibéricas de formas circulares, encajan con la descripción anillar de la Atlántida. El círculo para los atlantes y sus descendientes ibéricos, es lo que para el griego el triángulo y las formas rectas (muestra de ello han dejado los pueblos protocélticos de la Península Ibérica en sus asentamientos y la forma circular de sus casas, castros, edificaciones y fortificaciones, como el de Baroña, Borneiro, Santa Tecla, etc. en Galicia o Terroso da Póvoa en el norte de Portugal, pertenecientes a la cultura atlántica castreña).

El descubrimiento de estructuras y canales no artificiales bajo las aguas pantanosas del coto, enmarcan el definitivo emplazamiento de la capital. Las cerámicas del Carambolo, muestran el mapa, los anillos y la acrópolis de la Atlántida.

Atendiendo a lo descrito por el geógrafo Estrabón, el paisaje del Sacro Promontorio (desde la cordillera Penibética hasta el estrecho de Gibraltar), supuesto centro donde se ubicaría la capital atlante, correspondería al conjunto de canales navegables que al subir de las mareas podría formar una gran isla o conjunto de ellas, favorable a la ubicación de una gran urbe naval, donde ríos y canales se funden y retroalimentan mutuamente, pudiendo circunvalar y territorio extenso, similar al que ocuparía Atlantis:

“Sobre la costa marítima toda la región es campestre, y la mayor parte de lo que se contiene entre el Sacro Promontorio y las Columnas. Se hallan allí en muchos sitios cavidades entre el mar y la tierra con medianos valles semejantes a la madre o cauces de un río, que se extiende muchos estadios; cuando vienen las crecientes,, los llena el mar de modo que se puede navegar por ellos tan bien o mejor que en los ríos; porque se parecen a estos sin ningún impedimento, y sucede el flujo y reflujo como en el mar. Estos aumentos o crecientes en unas partes son mayores que en otras; porque el mar vuelve sacudiendo, reducida su grande anchura a un estrecho pasaje que hay entre España y Mauritania, y sube por donde la tierra lo permite. De estas cavidades unas se vacían, cuando el mar vuelve a extraer las aguas a otras jamás las desampara, y algunas tienen islas dentro de sí. Tales son las crecientes entre el Sacro Promontorio y las Columnas, que tienen aquí aumento con más vehemencia que en otro sitio; extraer mucha utilidad a los que trafican por el mar; pues hace más y mayores derramamientos, navegables casi siempre hasta ocho estadios, de tal suerte, que pueden andar por tierra y transportar mercaderías; también tienen alguna molestia porque las navegaciones en los ríos, que resisten con fuerza al flujo de ellos por la vehemencia de la inundación, presentan no pequeño peligro a los que navegan arriba y abajo. Verdaderamente, los reflujos del mar en estas efusiones son dañosos pues incitan por la misma razón que el flujo, y por su celeridad no pocas veces dejan en seco las naves, y el ganado que antes del flujo había pasado a las islas puestas junto al río. Esto unas veces lo cubre la avenida, otras lo deja, y es en vano querer pasar por fuerza. Cuentan que los bueyes habiendo observado esto, y que el paso del mar se cubría, pasaron al continente. Los hombres, pues, conocida la naturaleza de los lugares, y viendo que estos esparcimientos podían suplir la falta de ríos, fundaron domicilios y ciudades en aquel paraje, como son junto a ellos Asta, Nebrisa, Onoba, Sonoba, Menoba y otras muchas. Sirven de auxilio en algunos lugares ciertas fosas, porque en muchas partes se lleva desde aquí allá mercaderías, tanto para los habitantes como para los extraños. Del mismo modo aprovechan también, por lo común, la concurrencia en las inundaciones; estas son impedidas por los istmos, que dividen la madre del río, haciéndole transitable; así se puede navegar desde los ríos hasta sus estuarios y al contrario.”

Como ya se comentó antes, Osku, la tierra primigenia de los uskos, del cual quedan hoy los campos de urnas ibéricos, debió ser un país en el cual abundaban los hielos, situado en un largo valle entre glaciares, la progresión hacia un clima más benigno, el aumento de temperaturas y el deshielo, trajeron consigo una elevación del nivel del mar, y por tanto se dieron las condiciones necesarias para la formación geográfica de la isla de Atlantis y el  desarrollo de sus numerosos y profundos canales. Osku, por tanto fue un país anterior a la Atlántida, y a cualquier otro.

Las condiciones climáticas descritas, muestran una Atlántida soleada “huph’ hêliôi”, que coincide con el clima del litoral andaluz, y conecta con la civilización de Tartessos, o civilización del sol, representada  por la estrella de ocho puntas que lo simboliza. También, los conquistadores españoles, fueron identificados por los mexicas, como la raza de hombres-dioses hijos del sol, provenientes del país de Aztlán, es decir los atlantes, más allá del océano.

Platón en la historia de la Atlántida o Atlantis, cuenta que los atlantes conocían la escritura. Estrabón por su parte afirma que los pueblos Turdetanos -descendientes directos de los Tartessios-, conservaban anales históricos y leyes escritas en una gramática que se remontaba a más de 6000 años antes de su tiempo. La arqueología académica aún no acepta que esto haya sido cierto, piensan que es una mera invención de Estrabón. Sin embargo, en Iberia han aparecido muchos testimonios de inscripciones grabadas o pintadas en cuevas, dólmenes, y en diversos objetos de hueso y cerámica cuyas fechas se remontan a más de 4000 años antes de Cristo (6000 años BP), aunque algunos hallazgos reportados por Watelman Fein, Georgeos Díaz-Montexano y Jorge María Ribero-Meneses, muestran evidencias claras del uso de caracteres de escritura lineal alfabética más antiguas aún, en un claro contexto paleolítico.

Díaz Montexano ha identificado los caracteres de una inscripción en hueso prehistórico descubierta a principios del siglo XIX en la Coruña, Galicia, España (La inscripción aparece reportada en “Michel Bouvier, Paris, Cat. L’Art de l’Ècriture, 2003”), con una clara secuencia Ibero-Tartéssica, escrita a la manera tartéside, – que es la más antigua usada en Iberia –, (o sea, de derecha a izquierda), y los datos son muy reveladores, pues al parecer podría estar haciendo mención a la Atlántida y a Tartessos. La inscripción se puede transliterar como: “ATaL TaRTo”.

Como comenta Díaz-Montexano: “…es imposible negar que esta palabra (ATal) se parece demasiado a la raíz que aparece en el nombre de Atlantis, que es una forma adjetival de Atlas, mientras que Tarte se ajusta a la raíz reconstruida por los especialistas españoles sobre el antiguo nombre de Tartessos, que sería Tarte-, pues el sufijo –ssos es de origen egeo o griego, y se añadía con el valor de región, comarca, ciudad o país, como en -Knossos. La terminación en vocal -e podría corresponder a alguna desinencia.

También incluso recordemos como del epónimo atlante, proviene el nombre de catalán o Cataluña (c-atalant-e/ C-atalania). Lo mismo cabe decir del nombre Andalucía, conocido por los mozárabes, como Al-Andalus (Atlandus o Atlantidu).

Es muy difícil pensar que esto solamente sea una mera casualidad. Esta inscripción, por una parte, confirma la antigüedad de las escrituras Ibero-Tartéssicas (según Estrabón y Platón), y por otra, parece confirmar la identificación de Atlantis o “pais de Atlas” con Iberia, como afirma Platón al decir que una región de Atlantis se llamaba Gadeira (Cádiz, España) y que en esta misma región se hallaban las Columnas de Hércules (ubicadas siempre por las fuentes clásicas en el mismo contexto geográfico del mar de la Hesperia). En cualquier caso, estamos ante la primera y única evidencia epigráfica hallada en el mundo, con una inscripción que se aproxima bastante a los nombres de Atlas y Tartessos, y que tiene más de 6000 años de antigüedad”.

Díaz-Montexano piensa, que el empate temporal con la civilización de Vinca puede ser superado perfectamente, pues en Iberia existen claros testimonios de uso de signos de escritura lineal ordenados de manera gramatical en objetos y cuevas del Paleolítico, y hasta la fecha nadie ha reportado algo similar en el Este de Europa.

La vieja teoría del alemán Fein de que en Iberia había surgido la escritura, podría ser confirmada. Atlantis, se sitúa, frente o contra el monte Atlantis, es decir en frente del Atlas, situado en Marruecos, en el mismo meridiano que Doñana.

El elemento sagrado del toro descrito en el Timeo y Critias de Platón, y su sacrificio en los templos atlantes que se hacía al Dios Poseidón, conectan con la tradición taurina arraigada por milenios en la Península Ibérica, y que aún hoy permanece en el mismo contexto geográfico atlante-ibérico. 

Contrariamente a lo que se piensa la tauromaquia proviene de la Edad de Bronce y no de Roma. En Roma jamás existió como tal la tauromaquia, sino algo parecido a una captura del uro (ya extinto) que se hacían en el circo romano. Distinta era la tauromaquia peninsular, tan arraigada sobre todo en Andalucía (Tartessos). y de origen neolítico.

Es el Toro sagrado junto con la estrella de ocho puntas, el símbolo también del reino de Tartessos, sucesor de Ataltarte (la Atlantia o Atlántida), y es también el símbolo de la estrella de Venus (Hespero), símbolo de la Hesperia o Hespéride, es decir Iberia.

El legendario oricalco del Critias, al que Platón describe como el metal más caro que recubre la Isla Divina, sus edificios y templos, (cuyo significado etimolígico es el de cobre de montaña), era una clase de oro tarteso (una especie de bronce atípico) que se extraía de los Sistemas Béticos y circulaba a lo largo del arco mediterráneo que va desde Onuba hasta Mastia. Un metal autóctono de Iberia, ahora extinto y muy preciado en la Antigüedad.

En Atlantis surgió una especie humana autóctona, de origen indígena y endémico. Los primeros seres humanos de Atlantis no vinieron de ninguna otra parte del mundo sino que eran oriundos de la misma isla o península atlántica. Dónde si no en Iberia, y del pueblo usko, ha podido surgir la raza atlante. De la “Nhsos”  (la palabra griega que utiliza Platón y significa península) más atlántica que existe, y de la etnia más autóctona (la primera humanidad situada en Altamira, cuyos restos rupestres y humanos son los antiguos del mundo). No existe pueblo ni más atlántico ni más endémico que el usko ibérico. No hay país más atlántico y mediterráneo a la vez, que Hiberia. Es imposible identificar en el mundo un marcador genético más localizado e identificado con el Atlántico y el Mediterráneo que el r1b. Si hablamos de raza atlante o atlántica es imposible al margen del Hr1b. Por otro lado, la imposible formación de tal concentración racial, en condiciones ajenas al propio engendramiento endémico de una raza, descendiente directa del cromañón ibérico (no importada de ningún sitio). La pura raza eberita, que permaneció concentrada y aislada en su remanente glaciar, durante Würm, dio origen a la Atlántida. Sólo de esta raza es posible engendrar al atlante, salvo que se considere una teoría sobrenatural o extraterrestre, y aún en este caso sería por todo lo dicho muy difícil descartar a la Península Ibérica.

A lo largo de la historia, la antropología ha tratado de aportar luz, sobre esta civilización perdida, tratando de confrontar los relatos fabulosos con la realidad aproximada de diversos lugares en el entorno cultural helénico. Siendo así, se hablaba de los antiguos minoicos, los pueblos de Crimea en el Mar Negro, el entorno del Mar Egeo, las Cícladas, El Sinaí o Asia Menor. En todos y cada uno de ellos la presencia del Hr1b, era intensa en la antigüedad, el doble o triple de la actual.

Por tanto, y como hemos visto la evidencia nos lleva a Iberia como contexto en el que surge la Atlántida, pero si hubiéramos, por falta de pruebas descritas anteriormente, concebido otro de los contextos señalados, el entorno étnico y genético hubiera seguido siendo el mismo. En todos estos lugares surgieron grandes civilizaciones capaces de competir en señorío y niveles sociales con la misma Atlántida de Platón. En todos ellos se repite la misma naturaleza y sustancia eberita y el Hr1b, como elemento básico y protagonista.

Se debe señalar además, que la desaparición física de la Atlántida, no trajo consigo la destrucción biológica y étnica de las manos que la trajeron al mundo. Es decir los atlantes y sus descendientes o parientes, siguieron existiendo tras su desenlace. De ello nos da testimonio la civilización de Tartessos, que no viene a ser más que una sucesión de la misma Atlántida, y por tanto de su propia reconstrucción. Como su antecesora, fue el culmen de la civilización occidental y centro del mundo conocido. Ello ocurre siempre que la sustancia biológica persiste y no desaparece junto a las ruinas de sus antiguos hospedadores. Así, del mismo tronco celtibero y atlante eran los túrdulos, turdetanos, celtici o célticos y tartessos, que continuaron en el reino tartésico y después en el Atlantidu (at-alandus) en árabe Al-Ándalus, el nombre con el que conocieron a los sucesores de la Atlántida.

Otros procesos sufrieron las civilizaciones griega, egipcia o romana. Ambas, muestran una unidad cronológica, y trazan una línea de sucesión. Cuando una cae, la otra se levanta y así sucesivamente. Cuando Egipto decae, Grecia se erige, y lo mismo le ocurre a Roma tras la caída de la Acrópolis ateniense. La civilización sólo se levanta sobre terreno fértil y próspero que favorece las condiciones para ello. Coinciden sus épocas de apogeo con las de abundancia de sangre uska en sus oligarquías y castas, y sus años de declive con la situación inversa. El hecho evidente es que la pérdida de dicha frecuencia es irrecuperable e irreversible, siendo la consecuencia de que Grecia no volviera jamás a ver la civilización de la Acrópolis sobre su suelo, ni Egipto a maravillar al mundo con su tecnología, arquitectura, medicina, astrología, etc. Sólo Roma, la que mayor frecuencia conservó de R1b, tuvo momentos de explosión, gracias a saber conservar y desarrollar la sabiduría del IR, emergiendo fenómenos artísticos filosóficos y tecnológicos como el Renacimiento, surgido en el norte etrusco y usko-mediterráneo de Italia.

Tartessos fue en su tiempo la mayor civilización de Occidente, además de presentar signos evidentes de sociedad moderna a camino de un gran imperio. Evidenció una temprana muestra de expansión y colonización (primera muestra de gran civilización o primer imperio) que le llevó a descubrir regiones tan lejanas por entonces como Angola, sur de África, o Eritrea.

También sabemos que el etnónimo y gentilicio -Tar- o -Thar-, que contiene Tartessos o Tharsis, es de origen protovasco o protoibérico, estando también relacionado con las lenguas célticas y galaicas, y siendo común en Iberia, también lo fue en regiones como Aquitania, donde habitaba el antiguo pueblo usko de los tarbelos, dejando ciudades que contenían dicha partícula como Tar-usko o Tar-usci, es decir Tarascón, o también el pueblo de Tarbes.


Las Edades iberas.

Crítica

El proceso natural de la evolución humana acontece mediante la selección natural, y por tanto, también a partir de la desaparición del resto de homínidos, que tras su extinción dejaron paso a la especie superior, acabando con ellos, la naturaleza primitiva y extintiva. La aniquilación de esas especies fue necesaria para la superviviencia de una superior. Sin embargo dicho acontecimiento no es del todo tan simple, abarca sucesos de enorme complejidad que llegan a nuestros días. Este fenómeno implica que en determinados momentos de la evolución las especies mantienen un hilo ancestral, en el cual se puede dar una convergencia reproductiva, mediante la existencia o más bien pervivencia de una remota conexión genética de dichos elementos. Ese largo proceso es el momento que precede a la separación definitiva de las razas y su transformación en especies distintas. Puede que dicho suceso se alargue a través de generaciones que conservan o arrastran esa primitiva conexión reproductiva con otros elementos o especies distintas, es decir desconectadas en la mayor parte de sus caracteres. En la generación de la especie humana la exogamia fue además de un proceso complejo, también prolongado, manteniéndose la atávica conexión reproductiva con elementos distantes en buena parte de sus caracteres. Dicha conexión se arrastraba desde el más remoto antepasado homínido, y su pervivencia tiene que ver con los procesos intensos de selección natural. En los homínidos la separación o desconexión total acontecería definitivamente con la aparición de las primeras especies basales de primates y simios. Las distintas razas primitivas homínidas conjuntamente con el Homo Sapiens, conservaron la remota conexión reproductiva que produjo la supervivencia de razas homínidas y su extensión planetaria. Sin dicho carácter hubiera sido imposible tal dispersión y poblamiento mundial. Esa conexión primigenia, no rota en el proceso final de las especies, es decir cuando empezaron a desarrollarse los primeros elementos basales y primates, hizo que distintos elementos homínidos no pertenecientes al género sapiens, lograran perpetuarse a lo largo de generaciones. Que no aconteciera en efecto el proceso definitivo de desconexión de estos elementos, es a consecuencia de que de que estos homínidos se mezclaran en la antesala de la generación de las especies basales, que permanecieron aisladas y por tanto más desconectadas reproductivamente del resto. Es decir la exogamia se produjo entre aquellos homínidos, algunos de los cuales serían los más directos antepasados de los primates. En tal caso el proceso natural de extinción de aquellas especies que albergaban fuertemente el elemento extintivo, no desaparecieron, conectándose con la raza sapiens y haciendo pervivir los caracteres extintivos. De este evento se originan las razas humanas, en la antesala de la generación de los primeros primates, quienes no recibieron el influjo genético del sapiens, y que permanecieron más aislados. Este aislamiento permitió que dichas especies no compitieran con el sapiens, y por tanto no fueran aniquiladas.

Estos sucesos en los que intervino una constante exogamia racial en regiones de África y Asia, hicieron aparecer a las razas de estos continentes, y por tanto también la conformación de distintos linajes.
Fue de forma considerable en la región del Africa Negra, donde la raza negra conservó la naturaleza extintiva con la mayor intensidad que cualquier otra raza. Dicha naturaleza deviene de las primitivas razas homínidas, de las cuales aquellas ramas que no recibieron el aporte exogámico de los homínidos sapiens, se desconectarían definitivamente de las razas humanoides y degenerarían en los simios.

Cuando en algunos artículos acerca de los descubrimientos de la sierra de Atapuerca, leo que en distintas zonas sedimentales se encuentran restos de utensilios o herramientas de cuando los primeros humanos llegaron, yo me pregunto de dónde vinieron. Si consideramos humano al Sapiens sapiens, es evidente, que no vino de ningún sitio, más que de la Península. Con el Homo Sapiens, u hombre de cromañón, pudieran existir más dudas, aún así no debiera generarlas, pues los directos antepasados de éste, cuyos restos descansan en la Gran Dolina y en la Sima de los Huesos, son endémicos de Europa y de la Península Ibérica. Estos antepasados, poseen caracteres que los diferencian tanto de homínidos africanos como asiáticos. Por tanto si considerásemos al Homo Atecessor ser humano (al poseer sentido trascendental de la vida), también este era europeo endémico. Incluso algo que parece hasta redundante, antepasado del Antecessor (antepasados bis), se ha encontrado cercano a dicho yacimiento, en la Sima del Elefante, remontando la presencia de homínidos en la Península Ibérica a más de 1,3 millones de años. En este último caso parece ser que la consideración de ser humano sería algo más que exagerada, pues estaríamos ante un ser casi animal. En tal caso me parece arcaico y absurdo mantener las tesis de que el hombre europeo tiene un origen distinto a Europa, tanto como mantener la de que los homínidos proceden de monos o primates.

El antepasado del linaje occidental, el Homo Antecessor[25], en distintas partes, España, Italia o Reino Unido, da pruebas de inteligencia humana y sentimiento religioso y espiritual, por tanto de humanidad. Este hecho aparece aquí por vez primera, y está estrechamente ligado al de la representación de la realidad perceptiva del entorno, y por tanto con el origen del arte. Ambos, arte y religión, son hechos inseparables y coetáneamente necesarios. Conjuntamente dan comienzo al fenómeno que inicia el camino hacia la civilización, del cual surgen otros como el lenguaje o la escritura. Estos hechos no son exclusivos del Homo Antecessor, y se remontan a 2 millones de años, a una especie distinta de homínido, separada de las clases africanas o asiáticas. Dicha especie está aún por clasificar y la llamaremos como Gran Antecessor, el antepasado del Homo Antecessor. Este antepasado europeo de más de un millón de años fue descubierto en la Sima del Elefante, a doscientos metros de la Gran Dolina (Burgos, España), y muestra el arranque de la especie europea atlante, que acabará extendiéndose por los cinco continentes en un periplo millonario. La moderna dispersión de la misma, que ha dejado sus restos genéticos por multitud de regiones y pueblos, es la respuesta a que el mundo haya desarrollado avances sociales y humanos, elevando en general las condiciones de vida.


[25]Homo Antecessor, fue descubierto en la Sima del Elefante, en el yacimiento de Atapuerca en Burgos (España), y desde entonces, sus mayores y más antiguos restos siguen reposando allí. Por sus caracteres morfológicos puede definirse como una especie separada y distinta de todas cuantas se han encontrado en el resto de Europa, África o Asia. Si bien su datación es de un millón de años, restos más recientes constatan la presencia de un antepasado directo del Antecessor que alcanzan entre 1,5 y 2 millones de años. Su anatomía ya presentaba signos de modernidad, como la zona subnasal (que el Antecessor suavizó más que las personas de raza negra actual). En general el Homo Antecessor muestra una línea morfológica con su descendiente directo el Homo sapiens o Cromañón (morfología craneal, mandibular y dental, estructura ósea, etc.). Por su antigüedad el Antecessor, sólo puede descender de sí mismo, acabando para siempre con cualquier conjetura sobre el remoto origen simiesco del ser humano, por lo menos occidental. Hasta no hace mucho, había quien pensaba que podríamos haber descendido de los monos, especies menos evolucionadas, y por tanto en principio más primitivas. Sin embargo, ningún fósil o resto de mono o simio se ha encontrado tan remoto como los resto de homínidos. El resto de especies homínidas que pudieron convivir con este patriarca de la raza occidental, como el Homo Heidelbergensis, eran descendientes suyos, ya que anterior al Antecessor o separadamente de éste, no había en el mundo nada parecido o distinto al resto de mamíferos irracionales.


Tras los deshielos y posterior dispersión por Eurasia y África nororiental, surgen las antiguas civilizaciones (Mesopotamia, Tartessos, Egipto, Etruria, Creta, Palestina, Grecia, Roma), que cimentarán la Segunda Era de la civilización atlante. Vendrán, siguiendo a ésta, otras como las eras modernas (de los Descubrimientos y la de los grandes inventores, que darán origen a la sociedad moderna o gran civilización occidental).

Las teorías y planteamientos, que expresan un origen alóctono, presumiblemente asiático del linaje atlante ibérico (R1b), se basan en la diversidad de halotipos del marcador R del cromosoma Y, así como la existencia del metagrupo P, del cual se entiende que desciende el R. Esa teoría se completa con que el cromañón, no pudo ser el padre fundador del haplogrupo R1b. Por tanto el primer sapiens, que albergó la Península Ibérica, fue probablemente de halogrupo I (algo difícil de entender, partiendo de la base que los únicos restos dejados en Hiberia por el HI son los residuos germánicos, eslavos o balcánicos y escandinavos de la Edad Media). En consecuencia, hay quien apunta a que el cromañón endémico de Hiberia, fundaría el linaje J (semítico), que sí está presente en Hiberia y en Francia (tierras del cromañón), aunque muy residual en comparación con las zonas del Mediterráneo Oriental, donde además se encuentra el metagrupo IJ, que dio origen a ambos (I y J). Partiendo de estas premisas, nos encontraríamos en la misma situación plateada con el Hr1b, y por lo tanto el problema tampoco estaría resuelto. Es decir una especie endémica originaria de Hiberia (el homo Antecessor de casi un millón de años), que originó a un cromañón, que supuestamente fundaría un linaje (el HJ) o (HI), cuyas mayores frecuencias, tanto como su metagrupo (IJ) (es decir su linaje común que les dio origen), se encuentra en Asia y no en Europa occidental. La teoría se intenta salvar, con la suposición de que el Hr1b, entraría en el Neolítico europeo occidental, y presumiblemente encontraría una casi desértica Europa, necesaria para su indemnidad genética (que incluiría una Península Ibérica deshabitada, a pesar de haber albergado al Antecessor de un millón de años y las mayores poblaciones de cromañón y neandertal de la prehistoria). Ello incluso, a pesar de que está sobradamente demostrada la presencia cromañona en Europa hace cuarenta mil años y por tanto desde antes del Neolítico.

Lo más plausible, según esta teoría, sería pues pensar que las poblaciones refugiadas en Hiberia (único refugio glaciar occidental), abandonaron ésta casi por completo, para abrigarse al cobijo del norte de Europa y Escandinavia, (algo bastante absurdo) para dar origen al haplogrupo I, que sin embargo es más presente en los Balcanes, otro de los grandes refugios glaciares (siendo comprensible que esta población de clado I, se refugiase allí, en tiempos donde en Iberia se concentraron los del R1b). Lo cierto a día de hoy, es que los únicos restos del HI, que se encuentran en la Península Ibérica, se deben, con toda probabilidad al aporte dejado por la emigración de los teutones, junto con los cimbrios y ambrones (pueblos escandinavos o germanos fuertemente celtificados que básicamente pertenecían mayoritariamente al haplogrupo R1b, con fuerte influencia del haplogrupo I) a Hispania, en el año 106 a.C., a las invasiones bárbaras del siglo V también por parte de grupos nórdicos o germánicos, y a las incursiones vikingas de la Edad Media. Descartamos la consideración de que el cromañón pudiera fundar el haplogrupo J, pues encuentra las mismas dificultades que las que se atribuyen para descartar al haplogrupo R1b. Es decir no se entiende que se diga que el R1b se originó en Asia por hallarse allí el metagrupo fundador (P y R) y la mayor heterogeneidad de los subgrupos descendientes (Subtipos de R), y que el Haplogrupo J se originó a partir de este cromañón endémico, puesto que plantea la misma dificultad antes descrita. El metagrupo del J y sus subclados en mayor número también se encuentran en Asia, por tanto no hay diferencia o elementos que descarten a uno por el otro.

Llegados a este punto nos encontraríamos con una especie endémica, (el padre fundador de la especie humana) es decir el Homo Antecesor de más de un millón de años y que, siguiendo los planteamientos anteriormente descritos, no puede haber dejado rastro alguno, ni él ni sus descendientes en la propia tierra que le vio nacer. Añadiendo a esto que en Hiberia se dieron condiciones favorables para la subsistencia, incluso durante los hielos cuaternarios. Es decir que aunque el hombre se originó en el transcurso de Hiberia a Asia, según otros no ha dejado presencia en el punto de origen, siendo su huella genética sustituida casi por completo. A pesar incluso de que el hombre claramente se estableció y permaneció en Hiberia en distintas etapas (Paleolítico, Neolítico, Megalítico), dejando huella de su presencia en cada una de ellas (es decir existiendo un vínculo y continuidad de su presencia, sin que pudiera haber movimientos importantes ni catástrofes espectaculares en el contexto ibérico). Existe una demostrada conexión y vínculo entre el ADN ancestral de todas las eras, antes, durante y después de las glaciaciones.

A ello habría que añadir la cuestión irresuelta en lo referente al halotipo R1bs116, que se encuentra por buena parte de Eurasia, y sus frecuencias más altas, se hallan en la Península Ibérica y el Cáucaso.

Nos podemos plantear dos cuestiones para resolver el problema. Una sería que los hielos cuaternarios, actuaron como barrera glaciar de la primera población humana mundial originada del Homo Antecessor, y la segunda como se plantea por muchos, que la glaciación generó que la Península Ibérica se llenara y actuara como refugio de una población alóctona. La segunda sigue sin resolver la cuestión del Homo Antecessor (padre del ser humano). Lo más sencillo sería una combinación de ambas. En ella encontraríamos a una población homogénea y occidental que originada en Hiberia, encontraría en su tierra de origen el refugio para aguantar la glaciación.

Lo más plausible, es pensar que la humanidad ibérica, durante los intervalos o ciclos glaciares, buscaría progresivamente refugios más al sur (teniendo en cuenta que el clima ibérico sería parecido al de Centroeuropa actualmente). Por ello el sapiens ibérico, pasaría hacia África sin dificultad (teniendo en cuenta que ambos continentes estarían unidos por la bajada general de las aguas oceánicas) y bordearía la costa mediterránea, pasando a Asia. Otro grupo pasaría a través de África occidental hacia el sur (región del Chad), dando origen a las tribus africanas de los Fulani y Ouldeme.

La cuestión de los metagrupos y subgrupos, se resuelve teniendo en cuenta la heterogeneidad que permite Asia. Un contexto tan extenso, permitiría la amplitud de subgrupos, facilitando la fundación de halotipos diversos. Por lo mismo, se conservarían mejor los metagrupos que en la propia Hiberia, (donde la homogenización y compactación demográfica, favorecería la evolución y desarrollo concentrado de la población). Es decir un desarrollo más rápido y concentrado de la población, haría que el linaje fundador del halogrupo R1b, es decir el HR, pasara en grupo y de una vez a éste, siendo posible que no dejara más rastro que el dejado por los fósiles.

La teoría que describe un origen asiático, confunde el contexto geográfico con el cronológico. El déficit de evolución y el cambio contextual diferenciado (evolución dispar), originó en Asia una mayor presencia de metagrupos y amplitud o diversidad de los subgrupos, distinta de la Europa occidental. Todo ello añadiendo la incuestionable existencia del directo antepasado del Ser Humano en Hiberia desde hace más de un millón de años.

Otro aporte lo da el índice cefálico de los cromañones, que coincide exactamente con la media española y que se encuentra en torno a 76, con una preponderancia de la mesocefalia o semidolicocefalia (homo atlanticus). Diferentes son los pueblos de preponderancia tanto del haplogrupo I como del J, claramente braquicéfalos.

No es dable pensar que en las zonas cántabra y navarra, donde más intensamente floreció el cromañón y sus restos más evidentes se hayan presentes desde cuarenta, hasta hace escasos diez mil años (Neolítico), no dejara prácticamente ningún rastro o huella genética esta especie humana, si como algunos aseguran perteneciera a los linajes o haplogrupos J o I. Vascos o navarros apenas tienen un aporte de estos linajes, y con esto es imposible pensar en otra ascendencia ignota al propio cromañón ibero-atlántico y su linaje R1b.

Por último es interesante reseñar el dato que da la cultura Auriñaciense, relacionada con el Hr1b, datada entre el treinta mil y veinte mil aC., y que esta más que probado que llegó a Turquía desde Europa y no desde la meseta iraní.


Primera Edad: La Gestación. Prólogo.

La Historia de los eberitas atlantes y su singladura se remonta a un millón de años, desde el inicio del primer hecho religioso de la especie humana y de las representaciones artísticas. Ya el Homo Antecessor reflejó un sentimiento religioso y artístico de la primera humanidad.

Los uskos atlánticos o mediterráneos, han sido ingenieros, inventores, descubridores, científicos, marinos, exploradores y médicos, que han edificado nuestro mundo occidental. Desde que nos levantamos por la mañana, vamos al trabajo, cogemos el coche o el metro, consultamos Internet por el teléfono móvil, encendemos el ordenador en el trabajo, vamos al cine, leemos un libro (tanto impreso como en soporte digital), vemos un programa de televisión o nos duchamos al llegar a casa, todas y cada una de nuestras actividades las hacemos gracias a la obra de grandes inventores o prohombres occidentales cuyos inventos o descubrimientos han hecho posible inmensos beneficios para la humanidad.

El hecho ya de poder describir una cronología de la propia estirpe de Europa, con el alto detalle y precisión que nos dan los elementos con los que contamos hoy día, desde su mismo albor hasta hoy, es casi milagroso. La abundancia de restos y su buena inalterabilidad dejados en todo tiempo, ha ayudado a comprender el lugar de su concepción y posterior desarrollo.

La historia del pueblo eberita se define por etapas a lo largo de una historia de un millón de años, desde el Homo Antecessor ibérico, al linaje del pueblo usko. Su origen coincide con el de la humanidad protoeuropea, es decir con los primeros hombres en poblar Europa, por tanto la única raza vernácula de Occidente.

Esta primera etapa la conocemos como de gestación o primera hibridación, en donde se dan las circunstancias para el aislamiento y conformación biológica y genética del eberita primitivo.

Así encontramos hace cuarenta mil años, a una especie de ser humano genuina y endémicamente europeo, de estatura elevada (1.80, aunque posteriormente matizado con el entronque cada vez más intenso con los neandertales) y amplia capacidad craneal, heredada de la fusión neandertálica (que otorgó a la especie atlántica el vigor híbrido). Este sapiens ibérico neandertálico, es el origen del hombre y su civilización. La localización se circunscribe a Hiberia (Península Ibérica), el refugio de la última glaciación, en este período que llamaremos de Gestación o hibridación. En este entorno se encontró el sapiens con los últimos neandertales del mundo, localizados en Hiberia. Tras ello se iniciaría la expansión por África y Asia.

En la gestación se formó la materia humana de la que se compone el marcador genético genuino y común de Occidente. El Homo Antecesor pasó al estado humano en Europa y su linaje de naturaleza híbrida, permaneció puro en Hiberia, conservándose durante la última glaciación. Los sapiens arcaicos encontrados en Asia o África, no son ni pueden compararse con el genuino cromañón ibérico, evolucionado, desarrollado y engendrado en Europa. Esto significa que en Hibera ya existían los elementos biológicos necesarios para la gestación del sapiens genuinamente europeo. El salto del Antecesor ibérico al cromañón, dio origen al hombre europeo endémico. Es decir el cromañón o sapiens ibérico, no descendió de la misma raza o linaje que el africano o el asiático. Es probable que de no existir el período glaciar de aislamiento y concentración, posiblemente la población de Europa occidental, no sería distinta a las razas mestizas de mediterráneos de Oriente Próximo o África oriental. Geográficamente la Península Ibérica estaba destinada a ser la cuna de Europa.

Entonces si no vinieron de África o de Asia, cuál es el origen de nuestra especie, de dónde vinieron los antepasados de los primeros seres homínidos; la respuesta está en el oceáno. Los antepasados de las especies homínidas que poblaron la península Ibérica y Europa occidental tuvieron que venir del Atlántico, y por tanto fueron anfibios, antes que seres terrestres.

Antecessor / Ergaster

Incluir al Homo Antecessor ibérico (a la izquierda) como una subespecie de homo Ergaster, es sencillamente ridículo. Son muchas y más que evidentes las diferencias. El Antecessor muestra mayores avances morfológicos, dentadura más cercana al hombre actual, mayor tamaño craneal (1000 cc, del H. Antecessor, frente a los 800 cc del Ergaster), mayor altura, facciones, cejas y aspecto humano, etc. A la vista, el primero parece, aunque primitivo, un ser humano, y el segundo, más bien, el descendiente de un chimpancé o un aberrante bestia de la naturaleza. El Antecessor ibérico, se ha alejado intelectual y morfológicamente de sus parientes bípedos, y en general de la condición de animal, ya es Ser Humano.

Igual de absurda resulta la inclusión del Antecessor (a la izquierda), endémicamente ibérico, en la especie heilderberguensis (a la derecha) de aspecto simiesco. Por último el elemento diferenciador de la especie humana, es sin duda la conciencia espiritual y religiosa que el Antecessor sí poseía a diferencia de sus alejados parientes homínidos.

La clave para la distinción europea como especie humana endémica o generada exclusiva y separadamente del resto de especies humanas, se encuentra en el Homo Antecessor ibérico de casi un millón de años, padre del cromañón y el neandertal. En un principio fue tenido erróneamente como una especie más de Homo erectus/Homo ergaster, Homo heidelberg u Homo cepranensis, es decir sin prioridad alguna nomenclatural. Algunos de sus restos incluso han sido asignados erróneamente a la clase de heilderberguensis. Sin embargo cuánto mas se ha ido conociendo al Antecessor, más han sido las singularidades y desarrollo evolutivo mostrado con respecto al resto de homínidos. Todas estas comparaciones dan como resultado concluyente una obvia relación, pero también caracteres singulares tanto físicos como psíquicos. Es decir si bien estas especies homínidas están relacionadas por sus comunes caracteres, las diferencias habidas dan como resultado la existencia de tipos o especímenes distintos (las razas primitivas).

El antepasado ibérico del Homo Antecessor, tenía más de persona que de mono, y al contrario, en el resto del mundo y en la misma época sólo podemos encontrar éstos últimos. Mientras hace más de un millón de años, el antepasado del Antecessor, cazaba con lanzas, enterraba a sus muertos con actos ceremoniales, o pintaba en sus cavernas; en el resto del mundo sólo podríamos encontrar monstruosos monos o aberraciones de la naturaleza. El Antecesor es sólo y únicamente ibérico, como lo es el cromañón y el linaje R1b. Este padre y antepasado de la especie o raza atlante, ya presentaba a diferencia del resto de sus homólogos africanos y asiáticos una avanzada morfología semejante a la del Sapiens, además de una conciencia religiosa y espiritual, incomprensible e inasumible por sus parientes bípedos, incluso sus facciones y marcas óseas y faciales eran próximas al hombre actual. Otros elementos como la dentadura confirman nuevamente la separación y mayor evolución del Antecesor frente a sus homólogos asiático y africano. Era una especie de homínido distinta a la del Homo Erectus, más avanzada y con una capacidad craneal cercana a los 1.000 centímetros cúbicos. Un avance genético que actuó de puente hacia la raza humana moderna. Los pobladores de Atapuerca (Burgos) corresponderían al denominado Homo Antecessor, un eslabón intermedio entre el Homo Erectus y las dos especies que, a partir del Pleistoceno Medio, se expandieron por Asia y Europa, el Homo Neandertalensis y el Homo Sapiens.

Comparación final, entre el supuesto rostro del Señor (humano perfecto y entero), y el del Homo Antecessor ibero. Es evidente el acercamiento físico y espiritual de ambas especies, la humana del linaje santo y la de su directo antepasado.

 

El clima del Antecessor fue el que acogió las últimas glaciaciones. En el Paleolítico y durante la cultura Auriñaciense (en vasco oreinak “cultura de los ciervos”), se vivió en la cuarta glaciación, llamada Würm, tras la de Riss. En ella Fenoscandia abarcó a las Islas Británicas y norte de Francia, bajando el Ártico hasta el paralelo galo. En la Península Ibérica, el clima era similar al de Rusia actualmente, Cantabria vendría a ser como Escocia y al norte de los Pirineos el permafrost dominaba el paisaje casi desértico. La fauna europea y con ella los homínidos, se fueron refugiando paulatinamente y durante estas cuatro glaciaciones, en Hiberia. Osos, lobos, caballos, bisontes, renos, mamuts eran los animales que convivieron con el sapiens glaciar ibérico. La importancia vital de los hielos cuaternarios para la gestación de la nueva especie humana, se manifestó por dos de sus consecuencias. Por un lado las condiciones para una selección natural y aislamiento de elemento alóctono contaminante. Por otro, en dicha etapa se va alcanzando el asentamiento y concentración definitivo de las poblaciones en el entorno de sus núcleos respectivos.

Con la gestación del cromañón, sucesor del Antecesor, se forma una cultura más evolucionada. Estos primitivos atlantes, vivían al aire libre, o en cabañas y cuevas en las estaciones y zonas más frías. Seguramente fueron grupos nómadas que ocupaban alternativamente zonas de caza. La gran abundancia de yacimientos indica, por otra parte, un aumento exponencial de la población, unido a una dieta más diversificada y nutritiva, que incluía la pesca, la recolección de frutos y marisqueo.

Esta etapa fue básica para la configuración y desarrollo del hombre atlante. Se inicia así su paulatina despigmentación para hacerlo más apto a las condiciones glaciares, a la vez que su cuerpo se yergue y hace más robusto.

El origen ibérico de la cultura Musteriense, dejó caracteres avanzados en comparación con lo que se correspondería a una especie homínida prehistórica y aislada. Chimeneas, casas con calefacción, lámparas de aceite, ahumado de alimentos, marcas de contabilidad de la caza o el arte y cultura esquemática, fueron unos de los avances de esta raza. Por muchas razones el cromañón era sólo primitivo en sus medios, pues su inteligencia era superior a la de muchas personas actuales.

No es de extrañar que encontremos en la Cueva de Nerja situada en la localidad de Maro, (Málaga), unas pinturas de focas que son la primera obra de arte conocida de la historia de la humanidad, con 42.000 años de antigüedad.

En el aspecto social, encontramos neandertales con taras físicas de edad avanzada que sin duda habían recibido asistencia social o solidaridad de sus semejantes, algo esto último impensable para especies coetáneas de homínidos salvajes.

Es en esta época de máximos hielos cuaternarios, donde la situación de Europa era insostenible para la vida, tan sólo en los reductos ibéricos, balcánico o turco, se dieron condiciones plausibles para la misma. En Hiberia, plagada de montes, se daba una situación climática semejante a las tierras altas de Escocia, con abundantes glaciares de circo.

Con la lenta y paulatina mejora de las condiciones climáticas, alternada en pequeños ciclos, la cultura empezó a trasladarse al entorno de los Pirineos, en la progresión del hombre hacia el continente europeo y al Mediterráneo. De esta forma encontramos la última huella cultural dejada por nuestros antepasados neandertales, en la Chatelperroniense[26] , localizada en los entornos cantábricos, catalanes y mediterráneo, llegando a pasar los Pirineos. En esta etapa final, ubicada en el Paleolítico superior, nos hallaríamos poco antes de entrar en la prehistoria europea y en la que llamo la edad de las repoblaciones.


[26]Chatelperroniense, cronocultura paleolítica que supuso el desarrollo o evolución de la cultura glaciar Musteriense de origen neanderthal, hace más de 30.000 años. En general en esta cronocultura, la industria lítica se ha depurado bastante (modo técnico 4). El clima se ha moderado ligeramente, siendo un poco más templado, aunque glaciar, esto llevo al aumento de la vegetación y el follaje de manera intensa, y también al incremento de una fauna diversa y de gran tamaño (mamut, reno, rinoceronte lanudo, etc.). Esto trajo consigo también otra importante industria doméstica, la mobiliaria, con la aparición por vez primera de muebles fabricados con madera, marfil, huesos, etc. muy abundantes en esta época. También se utilizaron estos materiales en la construcción de cabañas, poblados y asentamientos, que fue el comienzo por tanto de la ciudadanía y gentilidad. El centro u origen de esta cultura fue la región atlanto-pirenaica del suroeste de Francia y norte de Iberia.


Segunda Edad: La repoblación.

En su camino hacia Egipto hace miles de años, el eberita, fundó Libia, nombre tomado de la capital de los berones, asentados al noroeste del río Ebro. De allí, pasaron al Nilo, y fundaron la civilización egipcia. Cuando los atlantes cruzaron el Sinaí y se asentaron en Asia, fundaron la Casa de Israel. Así los eberitas o hiberos atlantes se dispersaron por Escitia y Asia, diseminando su sangre por todo el continente.

Los primeros pasos se dan hace cuarenta mil años, durante los ciclos finales de los hielos cuaternarios, y se corresponderían con el Paleolítico superior y la absorción definitiva de los últimos neandertales y la cultura Musteriense. Comienza esta fase hace treinta y ocho mil años, con el inicio de la cultura Auriñaciense (Oreinak en vasco, cultura de los ciervos).

Las primeras manifestaciones culturales avanzadas, esto es, paleolíticas (piedra antigua), neolíticas y megalíticas (piedra moderna), se originan en el entorno cántabro.

Varios estudios antropológicos y genéticos confirman lo siguiente. En primer lugar las averiguaciones realizadas por estudios norteamericanos (Scientific American), descubrieron en 2003, que las tres cuartas partes de la población europea proceden de la región cántabro-pirenaica. Anteriormente en 2001, estudios británicos confirman lo dicho respecto a galeses, escoceses e irlandeses.

Esta repoblación del continente fue continuada a partir de los ciclos finales de los hielos cuaternarios, hace entre cuarenta mil y quince mil años.

Las fechas radiocarbónicas obtenidas de los yacimientos españoles de Reclau Viver, La Abreda, el Arbi Romaní, El Pendo y la Cueva del Castillo, nos corroboran el origen autóctono del período auriñaciense para la Península Ibérica, obteniéndose una datación de cuarenta mil años, es decir contemporánea a la Musteriense. Esta cultura protoauriñaciense hibérica, se extendió rápidamente a partir de esa fecha a lo largo de Europa, llegando a Bohemia (Rep. Checa) hace treinta y ocho mil años.

El movimiento de la Edad de los Metales se produjo fundamentalmente en el ámbito europeo de norte a sur, y estuvo a cargo de los germanos, representados por el H R1b1b2a1a1-U106. Su haplogrupo ancestro inmediato es el R1b1b2a1a-M412, que tiene su epicentro en la Península Ibérica. Este es un fenómeno de fundamental importancia en el desarrollo de la cultura postglaciar.

La cultura Solutrense, no sólo fue un fenómeno de expansión europeo, sino que afectó al continente americano, hace alrededor de veinte mil años. Los datos obtenidos de la cultura de Clovis confirman la conexión, habida entre los restos solutrenses ibéricos y ésta. Este hecho convertiría al continente norteamericano en el otro foco de refugio occidental de las poblaciones protoeuropeas. Los eberitas seguirían la senda de los hielos, bordeándolos, en una época donde se podría trazar una línea continua desde las tierras emergentes del mar Celta, por entonces convertido en la costa atlántica, que bajó su nivel debido a los hielos. En parte también esta franja estaba repleta de hielos que facilitaban el tránsito medio a pie medio en barco. Por entonces los primitivos eberitas, tenían una tecnología de navegación equiparable a los actuales nativos del Círculo Polar. También se apoya esta teoría en las corrientes atlánticas favorables al paso de las barcas ibéricas a través de los hielos oceánicos. Su tránsito de navegación debió ser superior a un mes. Los colonizadores harían su viaje en barcas construidas en parte por pieles de animales.

Otra aportación más que argüir a esta teoría la encontramos en la lengua Quechua, en donde observamos más de cien usos gramaticales procedentes de la lengua vasca, por ejemplo en el infinitivo formado por el sonido “TU”. La palabra usko en quechua significa príncipe o de sangre real, y de ella se formó el nombre dado a ciudad de Cusco o Cuzco, la ciudad de los príncipes, en honor a los antiguos inkarris.

Da una descripción de la impronta dejada por el entorno cántabro-pirenaico el profesor Pericot (“sobre el arte rupestre cantábrico”) que dice: “Por rara fortuna, la primera revelación del arte prehistórico cuaternario ha sido y continua siendo la más portentosa, ni en belleza ni en antigüedad nada ha podido desbancar al arte cantábrico. Con Altamira la pintura alcanzó una cima que no puede ser ya superada, sino sólo ampliada con temas y maneras distintas. Ella representa siempre la madurez genial de un arte primitivo, pero ya perfecto y constituye la prueba más decisiva de que quienes la pintaron poseían una mentalidad semejante a la nuestra, una inteligencia extraordinaria; en una palabra, la chispa divina que hace al hombre un ser que escapa a las ataduras de la materia”.

En el mismo contexto ibérico se han encontrado las primeras inscripciones de letras parecidas a una A, de la historia de la humanidad, de una datación de entre cuarenta y cincuenta mil años.

En época muy temprana, probablemente hace más de cuarenta mil años, se inició ya el repoblamiento transpirenaico, por lo menos el de Occitania, entre Dordoña y el Ródano, donde la presencia ibera o protoibera es abrupta y muy remota.

Historia de las Islas Hébridas

No sólo es fácil establecer la relación de la Península Ibérica y las Islas Británicas, sino imposible hoy día, hacer mención de la protohistoria de las Islas, al margen de sus primeros pobladores, los galaicos, y su patria de origen, Iberia.

Los brigantes eran según los autores clásicos el pueblo más numeroso de Inglaterra, siendo originarios de la Península Ibérica. llegaron desde la ciudad de Brigantia en Galicia, en donde se hallaba una elevada torre levantada por el rey Breogán, desde donde se podían ver las costas de Irlanda. Se situaban en las zonar meridionales (en una extensión que abarcaba buena parte de Inglaterra desde Humber a Tyne, extendiéndose a ambos mares), dsarrollando ciudades y castros importantes, uno de los cuales era su capital Eborakum. Esas primeras polis o colonias brigantes formaron una federación de estados. Por su número los brigantes son la base genética de los ingleses modernos. Mientras los pueblos usko-celtas del sur y este eran más industriales, los brigantes se dedicaban fundamentalmente al pastoreo y las cerámicas. Su sociedad como ya hemos repetido era de origen céltico, pues provenían de Brigantia, es decir Galicia, y por tanto descendían de protoceltas ibéricos o galaicos. El matriarcado ibero se extendió a las islas, siendo los brigantes un pueblo matriarcal que adoraba a la diosa Brigantia y se regía por reinas guerreras como Cartimandua. Con la ocupación romana fueron muchos los brigantes que emigraron más allá de la muralla de Adriano, hacia Escocia e Irlanda, en el primer siglo después de Cristo.

A partir de lo que hemos conocido como los ciclos finales de la última glaciación, se va asentando la nueva civilización megalítica y con ella una nueva cultura étnica. Al grupo de pueblos filoétnicos (pertenecientes al Hr1b) al que pertenece esta nueva cultura europea, se le conoce como celtas. Esta zona de repoblamiento junto con la región atlántica y occitana de Francia, son las de cultura celta más temprana por su proximidad a Hiberia. Dichas zonas son las que conservaron más pura su cultura céltica.

La importante cultura de Hallstatt, muy posterior al máximo glacial, transición entre la Edad del Bronce y la del Hierro, cuyo mayor foco se encontró en el sur de Alemania, fue consecuencia del afianzamiento ibérico y del haplogrupo R1b. Los pueblos que fielmente representaron esta cultura céltica fueron llamados germanos, y pertenecían indiscutiblemente al haplogrupo R1b1b2a1a1-U106, que fue descendiente directo del H R1b1b2a1a-M412, endémico de Hiberia.

La raza uskaria es el tronco común que enlaza a todos los europeos como miembros y descendientes de un linaje original.

Cuenta la mitología celta como la etnia cántabra de los oisin y los milesianos, colonizaron el archipiélago británico. Diversos estudios genéticos han corroborado un nexo de sangre entre Iberia y las Islas Británicas.

Otras leyendas irlandesas hablan de la colonización de los descendientes de Noé. Sería Noela o Noegla, nieta de Noé, quien fundara en Galicia (Hiberia), la ciudad de Noia (A Coruña). Según la misma mitología irlandesa, la configuración final étnica y cultural de Hibernia (Irlanda), se produciría antes de la Era cristiana, y fue de la mano de los pueblos iberos de los oisin y los milesianos. Éstos se originaron en Iberia, igual que los pelasgos, asentándose posteriormente en el reino de Escitia, de donde partirían a Egipto en donde gobernaban sus parientes, una casta egipcia real (faraónica), (lo que curiosamente también confirma el estudio de ADN de numerosos faraones y princesas egipcias, entre ellos Tutancamón)

Fue el gaedíl Brath, descendiente también de Noé quien tuvo como a hijo a Breogán, fundador definitivo de Brigantia capital de los brigantes gallegos (A Coruña).

Los descendientes de Breogan, fueron Ith y Bile, éste último padre de Míl (Golamh). Éste llega al reino escita que fundaron sus remotos parientes (los uskcitas), y al regreso a su patria (Osku o Iberia), llega a otro legendario reino, el de Egipto, también fundado por sus antepasados,  y se casa con una princesa egipcia, de su misma casta o raza, (los príncipes y princesas egipcias sólo se casaban con miembros de su misma etnia que no era la misma de los africanos). A su regreso a Hiberia, Míl afianza el reino brigante, y desde las costas de Hiberia su tío Ith, desde la torre de Breogán, descubre la tierra de Hibernia.

Estos milesianos o gaediles, bíblicamente representarían a la tribu de Gad (Casa de Israel), y en Hibernia (Irlanda), encontrarían a la tribu homónima también israelita de los danneses (Dan o Dannan), antepasados de los propios daneses, étnicamente iguales a los primeros, quienes serían derrotados.

La mitología viene acompañada de las lenguas gaélicas irlandesas pertenecientes al grupo lingüístico al que pertenecían los astures y cántabros, y a diferencia del grupo bretón o córnico.

Con la conquista de Hibernia, y los descendientes de Míl, se iniciaría el segundo ciclo mitológico, denominado el Círculo del Ulster.

Estudios de ADN, sobre una población de diez mil británicos, concluyen que hace siete mil años, arribaron a Inglaterra y al resto de islas británicas varias oleadas de poblaciones endémicas de la Península Ibérica. Lo que se encontraron estos uskos, fueron unos escasos miles de individuos dispersos, que fueron absorbidos por el contingente demográfico ibero. Tomando como referencia el cromosoma Y en el estudio poblacional, el tronco común era incuestionablemente de procedencia ibérica, es decir el conocido haplogrupo R1b, o linaje uskaro. Otros marcadores encontrados, fueron los normandos y daneses, éstos últimos de manera residual. En este sentido la mitología irlandesa hablaba del clan de los Dannan o Dan (daneses), descendientes de la Casa de Israel, presentes incluso antes de la llegada de los iberos.

La romanización de las islas se produjo tiempo después de la ibérica, y fue considerablemente menos intensa. Este hecho fue necesario para conservar y prolongar la vida del celtismo hasta bien entrada la Edad Media, pudiendo llegar anales y escritos de leyendas, historia y mitología céltica hasta nuestros días. La profunda latinización de España, la han apartado de la cultura céltica preexistente, de la cual fue madre, pareciendo una nación latina, mediterránea y consecuentemente también mestiza y decadente como Grecia o Italia.

La clasificación de clanes y por criterio de importancia se establece tal y como se relata en “La sangre de las Islas” del siguiente modo:

  1. Oisin: cuerpo o tronco indígena británico de origen ibero, por el cual se identifica el grupo étnico y el parental, es decir el inmediato tronco al que pertenece dicha rama. Su afianzamiento definitivo se produciría hace en torno siete mil años.
  2. Wo-dam: La Casa de Israel de Dan. Estos descendientes bíblicos del pueblo de Israel, son el segundo grupo en importancia, y en este caso ya residual respecto al primero. Dichos pueblos no eran distintos étnicamente al tronco común ibero celta. Es decir también pertenecían al haplogrupo R1b, pues ya hace más de treinta mil años, los primeros eberitas en sucesivas oleadas fueron repoblando el oeste y centro de Europa, y desde ahí en adelante, durante y después de los últimos ciclos cuaternarios. Hoy día, de los centroeuropeos y germánicos del norte, los que mayor frecuencia de R1b alcanzan son los daneses.
  3. Sigurd: los pobladores escandinavos, vikingos y fundamentalmente noruegos con un aporte todavía importante de Hr1b, superior al cuarenta por ciento. Es la tercera rama, cuyo mayor aporte se encuentra en Escocia.
  4. Eshu y Roman, de origen probablemente africano y provenientes de las legiones romanas, su aporte es absolutamente residual y sin importancia en las Islas Británicas.

Siguiendo la repoblación continental, nos encontramos con una realidad semejante a la descrita en las Islas Británicas, en Francia. Concretamente en Bretaña, una región celta pura, que alcanza frecuencias del Hr1b, del ochenta por ciento, semejantes a las de Gales en Inglaterra. En el resto de Francia, las frecuencias no son, en ningún caso, inferiores al cincuenta por ciento. Si en España, como se pudo observar en lo que definimos como triangulación ibérica, el Hr1b presentaba una escala de frecuencias que iba de este (la mayor) a oeste (de menor intensidad), en Francia ocurre lo contrario. Cuanto más nos acercamos a la costa atlántica y a la Península Ibérica, mayor es la frecuencia de Hr1b. La diferencia entre el oeste y el este varia en treinta puntos porcentuales (siendo los extremos de ochenta a cincuenta). La media francesa, superior al sesenta por ciento, siendo de las más altas del continente, no supera a la española (sin contar con Portugal), siendo España, el país de mayor frecuencia del haplogrupo R1b de la Europa continental con un setenta por ciento y picos superiores al noventa.

Frecuencias aproximadas del Haplogrupo R1b en Italia. Obsérvese como las más altas se encuentran al norte, en las regiones ocupadas por los pueblos iberoligures y etruscos. También se observa la coincidencia de las mayores frecuencias del HR1b, con los mayores focos renacentistas (Milán, Florencia, Bolonia, etc.).

-Los dioses.

En el mismo contexto temporal, se encuentra otra ruta migratoria ibérica que atravesó los Alpes, y dio origen al asentamiento de varios pueblos uskos en Italia y a la Roma clásica.

Los etruscos, se afianzaron en época del Bronce, coincidiendo con la expansión de los uskos germanos de la cultura de Hallstatt (pertenecientes al R1b1b2a1a1-U106, que fue descendiente directo del H R1b1b2a1a-M412, endémico de Hiberia). Ellos junto con poblaciones megalíticas previamente circunscritas al norte de los Apeninos y en la zona de asentamiento iberoligur, conformaron un importante núcleo celtibérico, que abarcaba desde Suiza hasta el Tirreno. La civilización etrusca, semejante a la de sus parientes celtíberos, los tartesios, fue el referente que aglutinó el material cultural, tecnológico y genético necesario para levantar el Imperio Romano y la civilización latina. Esto se ajusta al mapa genético de las poblaciones autóctonas de la región noroccidental de Italia y norte de Toscana, (ubicación de la civilización etrusca), en donde se encuentran las frecuencias más altas del Hr1b.

La tradición etrusca de identificar por los tres nombres (praenomen, nomen y cognomen) fue seguida por sus descendientes los patricios romanos durante la Roma clásica.

La civilización etrusca sucumbió de forma similar al legado egipcio. Un entorno genético hostil, asfixiando progresivamente a una gens oligarca, influenciada por su tiempo y por su espacio típicamente mediterráneo y asiático, contribuyó a la extinción misma de dicha casta. Sin embargo a diferencia de lo que ocurriera con el Egipto faraónico, en donde extinta la raza de los faraones y su corte eberita, lo único que quedó fue un rastro de ciudades y monumentos vacíos , en Italia, la desaparición de su oligarquía, no trajo consigo el fin de la civilización. Ello a consecuencia de que a diferencia de Egipto, en la antigua Etruria, el sustrato genético ibérico se afianzó desde hacía más de diez mil años. Ese sustrato aún queda y refleja un importante núcleo de Hr1b en el norte de Italia que va desde el cincuenta al ochenta por ciento.

En mi opinión y por los resultados históricos y genéticos que sobre la República Italiana se tienen, el proceso decimonónico de unificación fue un hecho artificioso y antinatural que juntó pueblos del norte y del sur (dos continentes en un mismo país) distintos con caracteres también distintos, que nunca debieron unirse como misma nación.

En Grecia, ocurrió como en Etruria. Sobre sustrato ibérico preexistente Neolítico, aunque bastante más escaso, se añadió el aporte de pueblos etruscos y pelásgicos iberos, como los tirrenos, que afianzaron el carácter ibérico de la Grecia clásica.

A estos pueblos posteriormente se unirían los helenios o helenos, descritos por Herodoto, como más puros en su cultura que los propios pelasgos. Según Herodoto, los atenienses, eran de origen pelasgo (ibérico), y a dicha población de base, se sumaría dicho pueblo. Los helenos que llegaron a Tesalia, probablemente por mar, remontan su origen a los celtas oestrimios de Galicia (España) (de los cuales también descienden los ligures), y por tanto su cultura y lengua formaba parte junto, con la pelásgica de un mismo origen de base usko céltica. Este pueblo viajante, originado a partir de una tribu céltica gallega, llegado al corazón de Grecia, como era lógico, era escaso, sobre todo en comparación con los pelasgos. Los helenios fueron un pueblo precelta de origen ibérico, asentado en Galicia, que formaba parte de los llamados pueblos galaicos. Los helenios son los probables antepasados de los helenos griegos, y son mencionados por Estrabón y Plinio, en cuyos escritos se atribuye la fundación de Helenia (nombre con el que se conocía a Pontevedra) y de Vicus Heleni (Vigo). La lengua hablada en origen por los antiguos griegos, así como por los helenios de Galicia y los pelasgos, está estrechamente relacionada con el grupo de lenguas usko-mediterráneas.

Los pelasgos, al igual que los helenios, tendrían un mismo origen atlántico, probablemente también galaico. Ello se deduce de la obra de Estrabón, Geografía, en donde al océano Atlántico, más concretamente lo que sería el mar de los oestrimios, lo nombra como Atlántikón Pélasgos o Megálon Pelasgos, es decir el océano pelásgico.

Tal y como ocurriera con Egipto, en Grecia, esta antigua sociedad se estratificó formando un sistema oligárquico estamental de patricios (politai) y plebeyos. En el mismo, la etnia y casta eberita, desarrolló y sustentó la civilización y albocracia griega, en clara conexión con la itálica por su común origen étnico. A esto podemos añadir lo que las fuentes clásicas refieren respecto al origen de los primeros reyes y dioses griegos. La epopeya cuenta como en el extremo occidental de África, sobre las costas del Océano, se encontraban los primeros pueblos (atlanto-iberos) adoradores de Zeus, Atlas, Atenea y Poseidón, antes de que fueran adorados por los propios griegos. Según Hesíodo la diosa Atenea, nació en el extremo occidental al sur de Iberia. Aquellos dioses pelásgicos occidentales, no fueron otros que sus primeros reyes, según el poeta homérico, que llegaron por el mar a la costa griega, como nos cuenta la fábula de Afrodita, con el fin de civilizar e instruir a esos pueblos autóctonos griegos. Estos reyes (Poseidón, Zeus, Cronos, Atlas, Atenea, Urano, etc.), forjaron un imperio desde la Hesperia (España), hasta Egipto e Hiperbórea, antes de la caída de las Hespérides y de la apertura del estrecho.

El título de los antiguos reyes griegos, micénicos y cretenses era el de banakos, mismo que el de los antiguos reyes de Pamplona, encontrándose este término en la mayor parte de las culturas uskomediterráneas y en la cultura dravídica de la India. De hecho los pelasgos o beluskos, de origen uskomediterráneo, fueron los más remotos pobladores de Grecia, extendiéndose posteriormente por la India y Persia. Una de las ciudades que deja testimonio de la presencia uska en los remotos pobladores de Grecia, está en la ciudad de Squillace, Escilacio o Skylition, (antigua colonia griega)cuya ráiz -sky- proviene de ese legendario y olvidado pueblo del país de Uskaria.

El resultado actual del pueblo griego mestizo y orientalizado, sólo ha dejado un aporte escaso de linaje usko (reflejo del pasado glorioso), al que pertenecieron los grandes genios de la Antigüedad Clásica. Ello es en parte la respuesta a porqué no ha surgido un nuevo Sócrates, Platón, Mileto o Euclídes, en el país de la Acrópolis. Sin embargo ese ímpetu y fuerza vital, del gran genio eberita, vuelve  a la vida en otras épocas y lugares en donde sí halla nuevas fuentes vivas de sangre uska, como ocurrió en  Milán o Florencia durante el Renacimiento, o en los siglos XVII y XVIII en Inglaterra y Francia, y otras partes de Europa, donde surgieron los nuevos prodigios griegos, ahora con distintos nombres y nacionalidades, como Voltaire, Rousseu, Descartes, Franklin, Montesquieu, Newton, etc.

Las crónicas de Dionisio de Halicarnaso, hablan que doscientos años antes de la guerra de Troya, unos griegos de Zante, desembarcaron en las costas situadas entre Valencia y Castellón, fundando la ciudad de Sagunto (Zacinto). Éstos fueron rápidamente adoptados por los eberitas, de los que se decía eran sus parientes. Eran descendientes de Zante, hijo de Dárdanos, de origen ibero, pues su madre Electra, era hija de Atlas (rey mítico de Iberia).

En el Antiguo Testamento, los iberos (el pueblo iber o ibri), descienden de Javán, hijo de Jafet, y son entroncados con los proto-griegos pre-helénicos, conocidos como los pelasgos. El Génesis los nombra como los dodanianos, al ser descendientes de Dodanim (hijo de Javán),

El texto nos muestra como estos pueblos de origen eberita, iniciaron sucesivas olas migratorias en dirección a Occidente, regresando a lugar de donde eran oriundos sus antepasados los atlantes.

De la ciencia y conocimientos atlantes, formaron los tartésides, una compilación de los mismos, a través de escritos y poemas, que contenían el saber filosófico, social, legislativo, astronómico, musical, científico, moral, etc., de sus antepasados. Con el tiempo los descendientes turdetanos, recogieron estos anales y los conservaron. Su datación como se deduce de los relatos de la Antigüedad era de más de ocho mil años, teniendo ya seis mil en el siglo primero.  Son muchas las fuentes de la Antigüedad, como las grecoromanas, que dan muestra de la existencia de dichos anales atlantes. Habla de ellos Jenofonte (86-175 filósofo, e historiador) discípulo de Epicteto. Las fuentes clásicas, hablan de los atlantes eberitas que poblaron y colonizaron Europa y el Mediterráneo. En el clasicismo greco-romano, se llamaba a los habitantes del sudoeste de Europa y antiguos pobladores del noroeste africano como atlantes. Hablaban los griegos de su legendario jardín de las Hespérides (España), como el paraíso terrestre griego, situado en el antiguo istmo, que unió Iberia con África. En la misma tierra, se hallaba el templo de Poseidón, hundido bajo las aguas oceánicas, tras terribles temblores, como dice Diodoro de Sicilia, al romperse los diques del Océano.

Del fabuloso pueblo atlante, quedan hoy los innumerables topónimos y nombres a ambos lados del estrecho. El más claro es el de la más alta de las montañas de Marruecos, el Atlas. También el de la propia Andalucía, conocida por los árabes como Al-Andalus, (At-landu o At-Alande), es decir la región atlande. También los dolmens, en las regiones atlánticas de Iberia como Portugal, son conocidos con el nombre de antas, en recuerdo del gigante atlante Anteo. Dicho ser, vivió en la isla de Irasa, atravesando el curso oceánico del estrecho de Gibraltar, y fundando Tingis (Tánger), levantando un templo en honor a Poseidón.

Sin embargo tal y como sucediera con el Egipto eberita o faraónico, no dejó la Grecia clásica un sustrato étnico necesario para la continuidad clásica y por tanto de toda huella de civilización posterior. Así los reyes de raza atlante, sin continuidad y alejados ya de la realidad griega, pasaron a la mitología, para ser mitificados y deificados (como se hiciera en la civilización ibero-egipcia), pasando a ser un mitificado reflejo del pasado y origen de la civilización clásica.

La cultura no es sólo un valor adquirido, sino que forma parte y es consecuencia de la naturaleza y el carácter que forjan la psicología racial de los pueblos.

las culturas mas antiguas y por tanto mas libres de influencia, son aquellas que de forma más clara y nítida muestran los rasgos constitutivos de su sociedad.

En lo referente a los tipos de cultura, existen elementos que determinan la naturaleza socio-cultural en la que se forman y gestan las sociedades o grupos humanos. Así existen fenómenos culturales propios, de adquisición, de naturalización y de destrucción.

Uno de los elementos etnológicos y culturales que permiten la distinción entre los tipos sociales es el del fenómeno religioso y místico. La primera diferencia se establece entre las sociedades místicas sobrenaturales, y las telúricas o naturalistas.

Al tipo de sociedad cultural propio, pertenecen las sociedades esencialmente matriarcales. En ellas los dioses tienen falso carácter ctónico o telúrico, con una particularidad importante, y es la del lugar en donde habitan o moran, junto a lugares sagrados, en montañas, arroyos, cerros, etc., es decir en la tierra donde vive su pueblo. Por tanto son deidades esencialmente protectoras. Estos dioses no pueden ascender al mundo superior o místico o alejarse a un olimpo, pues permanecen unidos a su pueblo, en la tierra, vigilantes de su integridad; es decir el dios protector. No es por tanto el caso de seres naturales conocedores de algún misterio místico como en el caso del budismo, sino sobrenaturales, unidos no a la naturaleza terrena, sino al pueblo que desciende o ha sido creado por ellos. Esta tipología suele darse en sociedades matriarcales, es decir exentas de invasiones o elementos extraños a su propia naturaleza etnológica, y por tanto grupos raciales donde el patriarca invasor no ha penetrado. No son dioses satánicos o castigadores, tampoco didactas, no es su función enseñar nada, sino proteger al clan, es decir mantener la naturaleza de las cosas tal y como están. Ese también es el caso del dios ibero-celta Bariako o Baraeco, protector de los pueblos, de las ciudades y de las murallas, o Tullonio, divinidad encargada de la protección del hogar y de la familia, también los gemelos Dibus y Deabus, etc.. Su esencia verdadera es la de conservar el estado ideal de la sociedad y de la gens. Es por tanto un fenómeno místico completo y desarrollado, en el cual la sacralidad se mantiene unida inseparablemente al clan. Esta religión está completa y es absoluta, por lo que no necesita de elementos extraños naturales o sobrenaturales que vengan a completarla o santificarla, todo lo sagrado se encuentra dentro y no fuera. No espera la llegada de Dioses lejanos o inmersos en un viaje místico, ni tampoco basan su fundamento en el dios “dominus”, como esclavos del ser superior; no esperan la salvación individual (todo el clan es uno), o la reencarnación de su alma. Los dioses de estas sociedades de tipo céltico o uskaro son hombres o divinidades humanas generadoras y creadoras de los pueblos, progenitores y creadores de su raza, por tanto unidos al lazo de sangre del clan; dioses progenitores, o una divinidad familiar organizada en torno a un linaje (elemento común en la mitología sumeria, griega, vasca, ibero-céltica, etc.). Ejemplo del dios progenitor o antepasado de la gens o clan es el Dis Pater (antepasado de los galos), o Teutates (Teleno), generador o padre de la estirpe racial de los celtas (antecesor de los hombres y protector o guardián, también conocido como dios del pueblo). En el caso sumerio algunos de sus primeros dioses eran enteramente humanos y mortales que alcanzaron posteriormente la condición divina.

Los orígenes de los dioses progenitores en las culturas y civilizaciones uskaras podría venir de la liturgia del héros oikistés o fundador del pueblo y genio civilizador. Esta tradición religiosa pelásgica que heredaron los griegos antiguos, remonta sus orígenes a Iberia, fundamentalmente en las regiones de los Campos de Urnas (el centro o corazón del remoto Osku), y se extiende por buena parte de la Europa céltica, hasta Centroeuropa, durante la Edad de Hierro. Dicha liturgia también está relacionada con la tradición druídica de la que probablemente es legataria. El culto sagrado del héros ibérico o celta, (coincidente con el griego y también relacionado con el sumerio y egipcio), se practicaba en los pueblos prerromanos, y se basaba en el sacrificio de un carnero (macho de color negro), en un altar en el centro de una circumbalatio, con ofrenda de perfumes, cuya práctica era más intensa y probablemente también más antigua en las áreas de los Campos de Urnas. En el mismo se hacía la consagración y reverencia del clan a su progenitor o antepasado fundador, convertido en héroe, destinado finalmente a trascender a la consideración divina. Era por tanto un acto sagrado de reafirmación de la gens o gentilidad como miembros de un mismo origen, unidos por los lazos familiares de sangre o estirpe, destinado fundamentalmente a pedir protección al héros contra los elementos extraños que pudieran alterarla. En Grecia este ritual se ofrecía entre otros dioses al Apolo Kárneios y a Hermes. En su viaje al Hades, Ulises sacrifica a un carnero negro para calmar al espíritu de Tiresias. El acto en sí consistía en un ritual y lavado que se practicaba sobre el macho para finalmente ser sacrificado con la falcata sagrada, practicándose todo ello en el propio hogar, preparado con un hoyo para verter la sangre. En otros la sangre se vertía en el río, y tanto en un caso como en el otro la intención era que la misma llegara al antepasado o rey progenitor de la gentilidad, quien con el tiempo pasaría de ser el héroe al dios padre y protector (Dis Pater). Después del acto ritual, la carne era degustada en el hogar por los descendientes de dicho héros (la sangre y la carne son aquí símbolos que anticipaban lo que finalmente se convertiría en la liturgia cristiana de la transustanciación). Terminado el mismo la piel se usaba como ritual de la premonición onírica, durmiéndose el sacerdote o sacerdotisa sobre ella. En esencia el mismo ritual se practicaba por las áreas célticas de Europa, así como en las antiguas culturas usko-mediterráneas (Egipto, Grecia, Sumeria), y alcanzó a la India, en donde llegaron a formar colonias los pueblos uskos de los brigas y celto-escitas o sakias.

Estas sociedades también adoran divinidades del juramento o promesa, encargadas de velar por las instituciones familiares, militares, los pactos , etc. Ello explica la sacralidad con la que se trataban juramentos tales como la devotio, pacto evidentemente relacionado con la protección sagrada del clan.

Otro tipo de dioses de estas sociedades son las de tipo potenciador del elemento racial o fecundador, es decir, divinidades que se reproducen y transfieren el poder mágico de la fecundidad (razón por la cual la maternidad es un elemento sagrado), siendo esto mismo una de las causas por las cuales existen también diosas a las que fecundar (elemento distinguible de las sociedades matriarcales originales). Ejemplos de éstos hay muchos sobre todo en los pueblos y culturas prerromanas de las Islas Británicas y España, en este último caso destacan el dios Sugar o Maiu, y su esposa la diosa Mari, también el dios de la fertilidad Acheloó, la diosa ibero-celta Navia, que da el nombre a un río de Galicia, etc..

La tipología de dioses varía cuando nos encontramos en zonas ibéricas en donde se hallaron vestigios de pueblos célticos provenientes de regiones centroeuropeas o de pueblos en contacto con otras potencias del Mediterráneo, más influenciados por un contexto belicista, en donde la divinidad ha de proteger al pueblo mediante la consagración de la guerra. De esta forma se conoce la figura del dios bélico Netón (Net en Irlanda), originado en regiones celto-germánicas del mediodía peninsular (Oretania germánica) o tartésicas.

Otro aspecto que refleja la mitología en las sociedades usko-mediterráneas y célticas, es aquel que pone de manifiesto el que el genio o sabiduría, así como el origen de la civilización no proceden de fuera, sino de la cultura propia. Esto último se explica en la creencia mística sumeria de los “mei” o en los anales tartésicos, origen de la civilización, es decir la representación del legado que los dioses progenitores han dado a su pueblo para organizar la sociedad civilizada.

Son también notables las divinidades amazonas y guerreras en las sociedades atlánticas de origen matriarcal, o diosas creadoras y matriarcas como ocurre en el caso egipcio de Nut. Así se conoce el nombre de la diosa celta Scatha o Epona, diosa amazona de los caballos y de la fertilidad.

También se entiende que aquellos pueblos matriarcales que por no proceder de nadie más que de sí mismos, sólo conocen su propio talento y no el extranjero, encuentren únicamente en su propia sangre el origen y principio de toda civilización. Sin embargo existen pueblos que se mantuvieron aislados y etnológicamente íntegros, pero cuya mitología explica un origen alóctono del conocimiento y la civilización. Este sería el caso de los aztecas, incas o mayas. En este caso Quetzalcoatl, es el ejemplo de dios extranjero y didacta, cuyas enseñanzas son el legado religioso y cultural del pueblo.

Uno de los rasgos más destacables sobre el carácter de la cultura y el arte desarrollado por la sociedad originaria matriarcal (la matria), es el recato o decoro, que lejos de ser un mandato religioso o pertenecer a la moralidad espiritual, se asienta en el colectivo de la gens o clan a través del carácter o naturaleza propia sobre la irrelevancia social o cultural del sexo fuera del contexto íntimo, relegándose al plano estrictamente privado, concibiéndose en este estado de sociedad lo que se conoce como la vida privada e íntima. Un ejemplo de esto se tendría al comparar las pinturas rupestres o esculturas dejadas desde el Neolítico hasta el arte prerromano del Occidente céltico, con las antiguas culturas afroasiáticas y semíticas, en donde el erotismo explícito se muestra de forma grotesca sin finalidad estilística o cultural alguna, signo de la inmadurez intelectual y social. También dan muestra de este último signo aquellas sociedades como la sumeria o la etrusca, que en algún momento sufrieron el influjo de pueblos orientales. La ausencia total del sexo explícito en el arte y la cultura del mundo céltico y uskaro propio de los antiguos pueblos de Europa occidental, marcan también una diferencia etnológica entre el estado de pureza original de unos, y el estado bajo creciente influjo extranjero de otros.

Este rasgo de la “Matria”, define también el tipo social, inexistente en las sociedades formadas por patriarcados. En los matriarcados no existe la poligamia femenina, ni se concibe otra familia que no sea la matriarcal. La poligamia, es por tanto un fenómeno que afecta a las sociedades más estrictamente patriarcales. Ejemplo de ello son los pueblos semíticos constituidos por la sociedad patriarcal o mestiza (cultura creadora del mito de la Eva que coopera con la serpiente para tentar al hombre a cometer el pecado original, o la figura maligna de Lilit, la primera mujer de Adán antes que Eva), en donde lo que se defiende es una cultura y religión que determina la posición dominante familiar y social del dueño o padre de familia. Esto resumidamente supone la defensa de una concreta estructura social, basada en la creencia de un arquetipo. Los valores de libertad e igualdad, propios del estatus matriarcal, aplicados a una sociedad clánica y sacramental, es decir etnocentrista, ahora se aplican a una sociedad “tipo”, una vez que con el mito del pecado original se desacredita la sacralidad del matriarcado. Esta tipología social asume valores sagrados antes aplicados al grupo o etnia , que ahora forman parte del contenido humanista, y se universalizan, sin abandonar la naturaleza individualista del arquetipo social, que como ya se ha explicado es de procedencia semítica o patriarcal. Este principio individualista no pertenece a la naturaleza matriarcal de los remotos pueblos de Occidente, y aunque se haya afianzado en la sociedad occidental, sin embargo, es visto todavía como algo negativo, relacionado con el egoísmo, la envidia, insolidaridad, crueldad, el mercadeo, la usura, etc.; todo lo contrario que promocionaba Jesucristo en los Apóstoles (amor, comunidad, fraternidad, solidaridad, matriarcado). Es por tanto el patriarcado el arquetipo individualista por antonomasia, en donde se fragua y asienta la mentalidad mestiza de los pueblos afroasiáticos. Los patriarcas y su familia no protegen su clan sagrado (la matria, es decir la raza), sino una concreta posición social (la patria), que degenera en el ente universal (la cosmocracia).

La cultura naturalizada es aquella que asume como propios los elementos culturales de otra civilización del mismo tronco o asimilable a su carácter y naturaleza. En el caso de la romanización hispana, el latino romano, formó una sociedad patriarcal de origen matriarcal o etrusca, por medio de la asimilación de elementos no naturales, extranjeros y de tipo orientalizante. La esencia cultural, lingüística y espiritual del romano, al momento de invadir la Península Ibérica, aún era etnológica y racialmente uskara, en buena medida. Roma aún pertenecía y se regía por manos etruscas, sus senadores y patricios todavía se consideraban miembros de la gens, y las legiones no sufrieron todavía el colapso de razas que estaba por venir de todas partes del Mediterráneo a la caída de Fenicia y Cartago. La invasión romana produjo un intercambio cultural que en consecuencia asimiló a la parte débil conquistada al invasor militar, que traía una cultura con elementos extranjeros de tipo patriarcal, a los que evidentemente se sumó el carácter que imprime la milicia, que vino a reforzar este último elemento. Por tanto es un hecho el que en momentos expansivos y militaristas una civilización adquiere elementos patriarcales generados de forma espontánea.

El resultado de dicho proceso fue la pérdida de pureza e integridad original de la cultura matriarcal, sin embargo la base étnica permaneció prácticamente inalterable. La asimilación cultural, no supuso la muerte de los dos elementos que la formaron (el latino y el ibero-celta), sino el nacimiento de una nueva cultura naturalizada y revitalizada (más purificada en su elemento étnico desde el punto de vista de Roma, y menos íntegra en el etnológico desde el punto de vista ibérico). La cultura o la civilización por tanto siguen vivas y revitalizadas, pues en ellas sigue brotando el genio universal que hizo nacer la literatura, el arte, la ciencia, etc.. En este caso la cultura de adquisición sería aquella que se asimila por su dominio militar (de tipo patriarcal) o intelectual.

El último caso es el de la cultura destructiva, único en el que la cultura no es cultura. Los fenómenos de asimilación no desarrollan ni revitalizan nada, la civilización muere, al ser corroída tanto en forma como en contenido. Estos procesos o fenómeno de aniquilación de una cultura se han dado a lo largo de la historia en numerosos ejemplos. Uno de éstos sería el caso de la Grecia clásica, originada por un sustrato religioso, espiritual y cultural occidental, pero abrasada por las oleadas del desierto de Arabia y África.

El elemento que altera la relación del pueblo y su cultura, puede intervenir en los mismos de formas distintas y dependiendo de la intensidad conseguir la destrucción irreversible de la cultura. Esto viene a ser lo que llamamos cultura muerta. Las culturas muertas presentan una historia similar. La relación del pueblo y su cultura no sólo se rompe, sino que el elemento extraño altera y transforma el aspecto racial. Una vez esto ocurre, el aspecto etnológico, es decir cultural, sufre un proceso de adaptación o asimilación que consuma la muerte de la civilización. El esplendor de la cultura se pierde, deja de brillar, el genio nunca continua ni se perpetúa en la nueva sociedad. Dicha realidad va agotando los hitos y la magia alcanzada en los momentos cumbres de la civilización muerta.

Hay una diferencia esencial entre las culturas místicas y trascendentes y aquellas culturas que conocemos como intrascendentes, supersticiosas o alucinatorias. Las primeras son aquellas que elaboran un dogmatismo o filosofía trascendental, en la cual se entrelaza la razón, la lógica, el cosmos, la naturaleza, y una dimensión o camino metafísico, conformándose entidades sobrenaturales que conocemos como alma y espíritu. En esta dimensión del pensamiento el hombre es el centro y protagonista del ciclo y nexo de unión entre el mundo y el cielo. La vida en estas culturas es un mero tránsito o estadio del alma caída o atrapada. Algunas civilizaciones trascendentes elaboraron incluso un itinerario hacia la divinidad como destino último del hombre, este sería el caso de la sumeria o la egipcia, que lo plasmó en el Libro de los Muertos. El itinerario sería un ascenso al Olimpo liberador de las almas puras. Este espiritualismo es el arquetipo de la civilización usko-mediterránea.
Del otro lado se encuentras las panteístas, telúricas y supersticiosas de tipo afroasiático. Además de las creencias budistas, hinduístas, taoísmo, etc., que no se pueden considerar religiones ni pensamiento filosófico, se encuentran dentro de la concepción asiático-panteísta, las civilizaciones precolombinas de Mesoamérica. Éstas al igual que el resto de las del mundo asiático son esencialmente panteístas y su trascendencia se basa en la existencia de mundos inferiores (inframundos), donde la vida es el inicio de un descenso al abismo, en medio de una violenta orgía de asesinatos masivos para alimentar a sus sanguinarios dioses bestias, sedientos de sangre. En este pensamiento asiático el hombre es un elemento más de la naturaleza diosa, convertida en una gran psicópata de la que es su esclavo.

Con el análisis racional y lógico del universo, sus leyes y del mundo increado o metafísico, de la filosofía clásica griega, se remarca el carácter del pensamiento y religiosidad occidental, completamente apartado de las concepciones orientales o africano-supersticiosas. No sólo suponía la elaboración detallada y profunda de una reflexión espiritual trascendental como en Egipto, Sumeria o la Grecia, antes del surgimiento de la filosofía occidental, sino de la propia comprensión racional de la naturaleza, sin revelaciones ni profecías, sólo desde aspectos lógicos. Se trataba de analizar la naturaleza, pero no desde concepciones orientales panteístas, como en el pensamiento asiático y mesoamericano, o desde creencias populares supersticiosas africanas premahometanas, ni si quiera usando la ciencia, sino meramente el intelecto. En ese momento el Hombre por vez primera es entendido racionalmente como algo extraño a la naturaleza, perteneciente de forma lógica a un Olimpo superior, única fuente y origen de conocimiento en el vacío universo.

Este pensamiento creador y transformador en el que el hombre es el centro y la fuente infinita y universal de sabiduría, es el que permitió el desarrollo no sólo de grandes civilizaciones, sino de la tecnología, la ciencia, el avance industrial y todo el modo de vida occidental. Con inteligencia bruta no basta, hace falta genio racional, transformador y creativo. La inteligencia de los orientales no habría cambiado su mundo de no ser por el influjo cultural occidental. Hubieran permanecido aislados y atrasados como en la época de los emperadores. Cientos de millones de seres intrascendentes, incapaces de llamar mínimamente la atención, ni mucho menos de crear nada que altere su modo de vida o que ejerza dominio alguno sobre la naturaleza. Una inteligencia en definitiva vacía e insustancial. En nada cambio su historia China, desde la prehistoria hasta el siglo XX, tan sólo una infinita sucesión de emperadores; sin personajes históricos de importancia, sin inventos, sin descubrimientos, sin avances, sin cambios estéticos, arquitectónicos o artísticos, sin nada. Poseían riquezas, minas, materias primas, la pólvora, y no hicieron nada. Sin los últimos sesenta años, China ni si quiera sería mencionada en el presente tratado.

Esta es la diferencia esencial del carácter y la mentalidad de Occidente, y su inteligencia trascendental y creativa.

Existen también tipos de civilizaciones o sinecismos que se formaron en base a estructuras demográficas y raciales. En este sentido hablaríamos esencialmente de dos tipos fundamentales que se han desarrollado a lo largo de la historia. Ya en la historia antigua se observan estos modos o formas de estructuras demográficas y políticas que pueden ayudar al análisis de su evolución histórica. Uno de estos ejemplos influyó en la República de Platón, y configuró las realidades y relaciones vividas entre los pueblos colonizadores y los pueblos autóctonos. Dichas relaciones configuraron buena parte de la historia de las primeras civilizaciones humanas como la egipcia, sumeria o griega. Estas pertenecerían durante un tiempo cercano a su gestación y apogeo a un tipo de civilización apadrinada por una casta distinta al resto de la población que en origen o tras sucesivas oleadas migratorias se fue configurando como mayoritaria, sin que ello supusiera un detrimento del poder de la primera, y más en algunos casos supuso realmente una estratificación social o más bien feudalización racial, que fomentó un acaparamiento del poder cada vez mayor en la casta o raza gobernante. En Egipto la transformación demográfica se inició tras el sinecismo de las primeras polis, anteriormente colonias de pueblos iberos, que fueron siendo repobladas por las poblaciones venidas de Asia y del Alto Nilo. Esta transformación del primer sinecismo egipcio configuró una nueva estructura y organización social que culminó con un sistema de castas, o más bien una realeza de sangre frente a un conjunto cada vez mayor de razas afroasiáticas. Esta estructuración social no es en sí misma el origen de las desigualdades o la feudalización social, sino la consecuencia de una realidad multiétnica cuyos elementos se configuran en estratos o estamentos, cada uno de los cuales se rigen por constituciones raciales diferenciadas. Esta situación se dio durante algún momento en todas las grandes civilizaciones del Mediterráneo. Las castas por tanto serían razas organizadas en base a una pirámide racial, símbolo representado en las imponentes construcciones de la civilización egipcia. La mística de los egipcios manifestada a través del Libro de los Muertos, nos da a entender un deseo de escapar del mundo y alcanzar un supermundo donde unirse a sus semejantes. El concepto de divinidad era tal que el hijo del faraón llamado a ser un verdadero dios, debía nacer en el seno de su casta racial, pues la estirpe era lo único que aseguraba su majestad y naturaleza divina, es decir la conservación la sangre atlante de sus antepasados que fundaron su mundo, pero que debían proceder del mundo superior. Era esa por tanto la naturaleza de la genialidad de la que hablaba Platón, el oro con el que se gestaban los seres de la raza atlante.
La civilización queda así apadrinada por una casta o raza productora del genio civilizador, que parece que brota considerablemente en situaciones adversas, o que resalta más notablemente en el contexto racial en el que se levantaron las culturas antiguas. En Grecia se advirtió en un momento de su historia (que básicamente termina con la formación del Imperio Bizantino, donde la historia que sigue ya no es propiamente la de Grecia, sino la de otra nación afroasiática), un verdadera explosión de genialidad concentrada en una situación o contexto complejo, cual fue el de las abrasivas oleadas demográficas asiáticas, que no pudieron ser contenidas ni si quiera tras la victoria de las guerras médicas. En ese momento surge la concepción y el pensamiento filosófico occidental, como si urgiera en ese momento que el genio brotase de forma intensa, poco antes de avecinarse la transformación irreversible de la cultura y el mundo griego. Parece que la cultura griega clásica surge de la naturaleza del genio llamado a aflorar de forma intensa y acelerada como sabedor de su pronto y dramático destino. En otros momentos de la civilización occidental se ha dado esa aceleración de genialidad, también coincidiendo en contextos complejos similares. Las civilizaciones que han sido apadrinadas en su origen o desarrollo muestran en algún momento ese cenit de cultura máxima donde el genio cada vez más concentrado y aislado deja testimonio de su fuerza y grandeza, poco antes de extinguirse para siempre, dando por finalizado no sólo todo rastro humano de la raza depositaria del mismo, sino también de la civilización creada.

De esa realidad que ya se empieza a observar en el pensamiento griego durante el contexto histórico vivido en Grecia en las guerras médicas, es desde donde se observa en Grecia el final de una estructura social que previamente estuvo encabezada, al igual que en el Egipto Antiguo, por una oligarquía racial patricia, conformada por los ciudadanos depositarios de los asuntos políticos y propietarios únicos de la tierra, y tras éstos por los metekos o extranjeros (fundamentalmente comerciantes y gentes venidas de más allá del mar Egeo) y los esclavos. Igual que en la República Romana, en Grecia se establecieron constituciones raciales que diferenciaban al extranjero “meteco” de aquella raza padrina de la civilización. Estos metecos eran libres, aunque sin potestad ni derechos políticos o propiedades sobre la tierra. Sin embargo esa libertad condujo pronto a un proceso de naturalización de los metecos en la nación griega, confundiéndose como ha ocurrido a lo largo de la historia la raza extranjera con la raza autóctona, entroncándose los metecos de origen asiático y semita con las razas uskarias griegas. A los metecos cada vez más numerosos, había que sumar los esclavos, buena parte de ellos de origen africano, que llegaron durante un largo período de tiempo a representar más de las tres cuartas partes de la población. En el censo de Demetrio de Falero de la región del Ática, de un total de 430.000, tan sólo 20.000 eran ciudadanos, y el resto independientemente de su categoría como libre o esclavo, pertenecían racialmente a una misma clase, la de extranjero. En este contexto es de donde surge el pensamiento que influyó en la República de Platón, en el momento en que las razas de las polis griegas empezaron a mezclarse y a diluir la raza original cada vez más ínfima.
Así dice el filósofo griego en la República:
“Vosotros, ciudadanos del Estado, sois todos hermanos. Pero la divinidad, cuando os moldeó, puso oro en la mezcla con la que se generaron aquellos capacitados para gobernar, siendo de tal forma del más alto valor; plata en los auxiliares; hierro y bronce en los campesinos y demás artesanos». Y si alguien, a pesar de todo, desafiara el orden establecido los jueces lo condenarán a muerte.”
Aquellos que el filósofo establece como clase gobernante son los ciudadanos que ostentaban el poder político de la polis, y tal y como define la divinidad puso oro en su creación. Algo parecido es a lo que llama mezcla de oro, con el linaje de sangre y el icor sagrado que se entendía como propio de la raza divina de dioses de la que descendían remotamente los primeros fundadores de las polis griegas. Los campesinos comerciantes, artesanos, etc. son aquellos que Platón describe como seres y razas de una sustancia y naturaleza distinta, y que en la estructura social de la polis correspondía con los metecos y esclavos. La insistencia y preocupación sobre la cuestión matrimonial y reproductiva acerca de la polis o república que hace Platón en su obra, en cuanto a la necesidad de proveer de elementos que sustenten la civilización como organización y entidad, viene a poner de manifiesto este aspecto de la preocupación de una parte destacable de la sociedad helena acerca de una realidad ya muy avanzada sobre lo realmente exigua que era la verdadera población griega respecto del resto de habitantes, casi en un punto de verdadera extinción sobre la masa afroasiática de esclavos y extranjeros. Este aspecto también vendría a reflejar lo profundamente lesionada y deteriorada que se encontraban ya en tiempos de Platón las constituciones raciales de las polis. Existen pues civilizaciones basadas en la estructura social que en algún momento se desarrolla en su seno, siendo así que unos civilizan al resto, otros enseñan la civilizacion, y por último el eslabón final destinado a ser espectador.
Esta clasificación determinaría además la existencia de otro tipo que vendría a ser el ejemplificado por las culturas mesoamericanas, aquella que llamamos civilización en origen apadrinada y que extinguida por completo la raza padrina, conservó algunos elementos dejados por la misma, pero en estado salvaje y bárbaro, es decir incivilizado.

Tercera Edad: La colonización.

La colonización es un acontecimiento natural en el desarrollo de los pueblos uskos, de hecho sucede no sólo al momento de erigirse en civilización, sino que es una seña importante que distingue a estas culturas de otros signos naturales del hombre tales como el nomadismo. Ambos acontecimientos la colonización y el nomadismo son distintos, no tanto por la circunstancia o el tiempo, sino por su naturaleza misma. Mientras el nomadismo es un atavismo cuya finalidad es esencialmente la supervivencia, al igual que la migración de los animales, y que originada en las humanidades primitivas, sobrevive incluso en la actualidad, la colonización es un acontecimiento cuyos fines son esencialmente la exploración y el descubrimiento. La raza del Paleolítico Y del Neolítico, basó su cultura y modo de vida en el sedentarismo y la pasión por la tierra propia, en donde erigieron testigos gigantes en piedra de su presencia. El megalitismo es el mayor exponente y testigo imborrable de la titularidad de la tierra de un pueblo, y el principio del fenómeno del asentamiento estable y la población permanente de una tierra que será ancestral, y representará un punto de conexión físico y espiritual con la raza que la habita. La colonización no se circunscribe a un acontecimiento de la historia reciente, es un hecho que se desarrolló en diversas etapas a lo largo de la historia del megalitismo, y cuyo objeto y fin no fue esencialmente la necesidad migratoria o el empuje de otros pueblos, sino el carácter activo, vital y enérgico de formar colonias, es decir no meros desplazamientos itinerantes, sino verdaderos nuevos asentamientos y países, todo un movimiento complejo cuya consecuencia es el levantamiento de la civilización.

Durante el Paleolítico los primeros atlantes colonizan África, siendo la primera presencia humana en pisar la tierra del Atlas. En dirección al Mediterráneo oriental, fundaron Libia (nombre tomado de la capital de los Berones iberos), y llegaron a Egipto, donde se asentaron a orillas del Nilo por miles de años, siendo la primera y única civilización organizada y avanzada de África. De la existencia de esta misma ruta tenemos constancia mediante las propias fuentes, así los sacerdotes egipcios de Sais, describen la emigración de un grupo de atlantes, que huyeron de su país, a consecuencia de las inundaciones y erupciones volcánicas, y fueron dirigidos por la diosa Nut (conocida por los griegos como Atenea).

Separadamente un grupo continental, conocido como los dacios, ya afianzado durante la cultura Megalítica, se asentó en los Cárpatos y siguiendo el Danubio, llegó al Bósforo. Éste sería el responsable de una colonización prolongada a lo largo del período megalítico de Asia Menor y el Mediterráneo oriental, dando origen a los frigios (brigas ibéricos) y a los gálatas. Otro grupo se internaría en Ucrania, bordeando la rivera del Mar Negro, y llegando al Póntico, fundarían el imperio Escita y los reinos del Cáucaso.

Esta fase temprana de colonización asiática, daría inicio a un fase madura en la cual el pueblo usko llegaría en su ramificación hasta Oriente Medio (Foco y origen de las civilizaciones asiáticas), y en una segunda hasta la India, en el Bajo Megalítico. De la presencia eberita en Oriente Medio da prueba, además de la civilización mesopotámica y la huella genética del Hr1b, el mismo nombre del río Éufrates, río del pueblo ibri o íbero.

Los restos eberitas en Pakistán y la India, son notables cuando observamos los numerosos dólmenes, dejados por el ancestral pueblo atlante y que llegan casi hasta el Índico. Otro ejemplo de su legado, se encuentra en las epopeyas y religión hindú. Sus dioses, al igual que los atlantes y usko-mediterráneos, eran héroes humanos o divinidades  encarnadas, tómese como ejemplo el Ramayana.

Dan testimonio los hindúes, quienes afirman que aquellas personas que levantaron los dólmenes y los crómlechs del sur de la India, procedían del Mediterráneo occidental. Dicha progresión demográfica daría origen al pueblo de la raza dravídica; el culto a Shiva y de su paredra, tienen su origen en ese pueblo atlante. Habla Plinio de los cántabros que vivieron en la fértil región al norte de la India y dieron nombre al río Kantabras (Chandra-bhagas), y de ellos descendieron los llamados kantabras (Chandra-bhagaras). La realidad genotípica muestra un conglomerado hindú de linajes asiáticos, con presencia del metagrupo R y el haplogrupo R1b, lo que deja constancia de la presencia del pueblo usko en la India desde tiempos muy remotos.

De este grupo de los chandras o cántabras, fueron también otras tribus uskas que dejaron constancia de su presencia en la India, como los sakias o shakhas (sajones o indoescitas) y los brigas o bhrigus, que fueron los autores de la literatura hindú más remota (Rig-veda), e introductores de la cultura del Hierro y del Bronce. Fueron por tanto los padres de la religión y filosofía védica (origen del fenómeno religioso en la India), adoradores de Dius o Diu-pitar (dios de los cielos, Zeus para los griegos), y aquéllos que introdujeron la escritura, la agricultura, la astronomía y la metalurgia.

Brigo, fue el patriarca de los brigas de la India, siendo el primero en afianzar la tradición racial de los uskos. Dichas leyes se establecieron en la India, hace aproximadamente 4000 años, traídas por los escitas, indoescitas, sakas, brigas y chandras. La sagrada ley racial o pacto de sangre hindú, dejó un recuerdo aún hoy permanente en la cultura de numerosos pueblos de la India. Tras la caída racial de los uskos, dicha tradición cambió su concepto racial, por el de linaje, y finalmente el de casta. Sin embargo sus preceptos no dan lugar a duda de que fue un pacto de sangre que recuerda al atlante y al recogido por Esdrás. Así se establece la prohibición o dharma, de casarse con persona de distinta raza, pues se concebía como una corrupción o degeneración de la pureza de los pueblos enigmáticos de la India, que remontan sus orígenes al pueblo protoibero, y fueron los creadores de la más remota noción de cultura, filosofía y religiosidad del mundo asiático. Tras la definitiva caída de las razas uskas de Asia y del matriarcado original, y fundamentalmente con el empuje de las razas asiáticas, la espiritualidad de las religiones indias cambia de forma abrupta, surgiendo sectas y dioses demoníacos y sanguinarios como la diosa Kale o Kali, de donde toman su nombre los gitanos calé, y que fue adorada por la tribu de asesinos de los thugs de la India.

El megalitismo, además del germen de la liturgia espiritual y religiosa del eberita, es la prueba de su periplo por África y Asia. Muestra evidente de que el paso e influencia del R1b, se realizó de oeste a este, de Iberia a Oriente, y no al revés. Es en Iberia, y en el occidente europeo donde se encuentran los mayores y más antiguos restos megalíticos del mundo. Sin embargo su influencia, ha llegado mucho más lejos, hasta el sur de la India, donde incluso allí encontramos dólmenes iberos, siendo el origen de la religiosidad hindú. Se traza así una línea cuyo origen ancestral se encuentra en Iberia y llega hasta Asia Central. Otra muestra la dan las coincidencias habidas entre el druidismo celta y el brahmanismo. Ambos, druidas celtas y duiyas brahmanes, eran chamanes o sacerdotes que ayudaron a asentar el colectivo espiritual y metafísico, completamente distinto al de las religiones semíticas del entorno.

Fueron los megalitos y henges el origen de los Tholoi griegos y minoicos, y de los zigurates mesopotámicos de Ur y otras ciudades fundadas por eberitas. Los dólmenes tipo corredor o cámaras, fueron asimismo el origen de las galerías y sarcófagos egipcios.

En esta misma fase, se unirían ambas ramas, la africana de los egipcios uskos (a través del Sinaí), y la caucásica y anatolana de los gálatas, brigas ibéricos y sus descendientes los frigios. Esta unión acontece en ese contexto, unos dos mil años antes de nuestra era, donde se levantan las Doce tribus de la Biblia (Casa de Israel o Reino de Jerusalem y la Casa de Judá). La primera, perteneciente al pueblo eberita o hibero (hebreo), y la segunda, por los llamados fariseos, árabes, camitas y semitas.

En ese tiempo acontecerá la segunda diáspora, que supuso la segunda dispersión del pueblo atlante por Eurasia, dejando eso sí, y a tenor de la misma fuente bíblica, los restos suficientes (el remanente de la Casa de Israel o raza santa para la gestación del dios hombre). El final de esta etapa coincide aproximadamente con el fenómeno de la era céltica.

Al contrario que en Asia, (en donde el clima y los múltiples ríos, permitían la colonización y rápida expansión e influencia uskarita), en África, salvo en el contexto usko-egipcio del Nilo, no se pudo experimentar un alto grado de influencia de la etnia atlante, debido al carácter severo del clima y a la barrera natural del desierto africano. La consecuencia, es que allá donde por circunstancias climáticas o inaccesibilidad, no pudo llegar el atlante eberita, la civilización brilló por su ausencia, resultando por ello un continente africano exánime y sumido en el perpetuo subdesarrollo e incivilización.

Cuarta Edad: El Imperio.

En sentido técnico y político el Imperio es una etapa final del devenir de una civilización o cultura. Así aconteció con el final de la civilización latina, donde la fundación del Imperio significó una reorganización del poder y la administración, cuando la República empezaba a debilitarse y descomponerse interna y externamente. El Sacro Imperio, e igualmente otros estados modernos, que fundaron sus imperios, como Portugal, el Imperio Austriaco, la Mancomunidad Británica, o el intento de fundar un Imperio hispánico por parte de los asesores de Carlos III, son procesos o etapas finales.Se advierte el paso a una estructura de tipo eminentemente patriarcal, que lejos de ser una mera apariencia de centralidad, inicia un proceso de fragmentación, que acaba inexorablemente con un poder cada vez más permeable al exterior.

La estructura del poder de una civilización políticamente hegemónica se mide en base a la fuerza y capacidad de aplicar su volutad unilateral a lo largo del tiempo, y a su facultad de extender el mismo. Es decir en definitiva su capacidad de agotar a lo largo de un determinado período más o menos prolongado la unilateralidad o unidireccionalidad de sus voluntades. Un ejemplo de esto se observa en la historia moderna de España. Cuando el imperio hispánico emprendió la colonización y conquista americana, al mismo tiempo dirigía en Europa sus políticas dinásticas y territoriales, afianzando su poder en Italia e imponiendo su hegemonía a Francia y al gigantesco Imperio Otomano. En ese entonces su capacidad de acción unilateral era considerablemente alta. A lo largo de los siglos ese poder fue paulatinamente agotándose, proporcionalmente al aumento en la dificultad de imponer la voluntad unilateral. Finalmente en la época contemporánea ese poder se vio totalmente colapsado por el auge de las potencias europeas industriales emergentes y el neocolonialismo. El resultado es que se pasó de una imposición unilateral a lo largo de los siglos XVI Y XVII, a tener que pedir permiso a otras potencias europeas para iniciar una insignificante guerra colonial en el norte de África, en la primera guerra de Marruecos de 1859.

En un sentido cultural el Imperio es el cenit de la civilización, cuando más recursos culturales y tecnológico logra alcanzar y reunir. Un ansia imperial que acontece en distintas épocas de la historia, que van seguidas de un ocaso y posterior ebullición cultural y civilizadora o regeneradora, se da en todos los pueblos uskos. En momentos de cima cultural y tecnológica, surge el ansia y miedo por conservar y proteger el nivel humano alcanzado y se genera la fuerza casi por colapso o estallido, surgida de la saturación cultural y tecnológica, imposible de asimilarse en un contexto político o social disgregado en reinos o polis. Por ello de una manera u otra cambia el contexto y lo que fuera una sociedad o sociedades casi aisladas y protegidas, (como le ocurriera a Tartessos o a las polis griegas), se convierten mediante la subsunción del propio entorno, en una metacivilización que se gestiona de forma unitaria o autogestiona en el intento de que no se pierda ninguna de las cimas y logros alcanzados por su cultura. De ahí que el Imperio, tienda en muchas ocasiones a reflejar un carácter proteccionista y conservador.

El primer imperio eberita fue el egipcio y su oligarquía atlante. En él existía una aristocracia dominante que en su mayor expansión logró extenderse más allá del Sinaí, hasta Palestina, después de haber expulsado a los hicsos. Si observamos las efigies y estatuas del antiguo Egipto, algunas de la época de Tebas y posteriores, vemos como en las de los faraones que cimentaron el Imperio Nuevo, como Intef VI o VII, Kamose y Amenofis I, muestran rostros claramente uskos u occidentales, casi ausentes de rasgo oriental alguno y mucho menos africano. Posterior a éstos, las estatuas muestran rasgos femeninos con influencias orientales y africanas, como en el caso de la estatua de Akenatón. Esta moda artística de presentar al faraón como una mujer con detalles afroasiáticos no respondía a una realidad fenotípica sino de estilo o moda, que se fue imponiendo como una costumbre a partir del Nuevo Imperio, como consecuencia de las influencias de propio entorno. Téngase en cuenta que la raza de los faraones no se mezclaba con otros que no fueran de la misma, y que las mutaciones físicas ambientales precisan un muy considerable periodo de tiempo, por lo que los rasgos sobrevenidos que presentan las estatuas, hubieron de responder fundamentalmente a la moda. Esta forma estética, partir sobre todo de Ramses VI, hizo que la influencia artística en los rostros faraónicos fuera más oriental, debido a la cada vez más creciente influencia asiática. Así del mismo modo se representó a Ptolomeo I, de origen macedonio, cuyo rostro queda adaptado al gusto o moda faraónico de rasgos afroasiáticos. Quizá a partir de Ramses II, pudo la oligarquía uska debilitarse, en esta etapa de la historia de Egipto, y también le ocurrirá a Roma; se hace creciente el nombramiento de militares extranjeros, con una incesante superpoblación afroasiática, que dará como consecuencia la extinción de Egipto. Lo faraones advirtieron que su sangre se agotaba, y no sólo en Egipto, sino en todo el Mediterráneo oriental, finalmente no pudieron evitar su extinción y la sustitución de su raza por otras que ya fueron siendo depositarias de cierto poder e influencia.

Del mismo modo, y de antiguos colonos eberitas, surge de las polis mesopotámicas, el imperio babilónico. El tercero es el romano, del cuál renacerá la civilización occidental actual, que es su continuidad.

Surgió del carácter atlante, el Imperio Griego, con numerosos sustratos iberos presentes, por entonces, tanto en Grecia, como en los territorios del imperio (Anatolia, Oriente Medio, Egipto, etc.). Por tanto en un entorno y una época en la cual abundaban fuentes vivas de sangre uska por el Mediterráneo oriental y Asia.

Marco Aurelio, emperador hispano romano, uno de los mayores representantes de la “Pax romana” o período de los “Cinco emperadores buenos”.

Origen usko de la civilización romana.

En Europa, en los períodos finales de la edad Antigua, se dejó sentir abruptamente la caída del Imperio Romano de Occidente, donde la permanencia del de Oriente no impidió la entrada de Europa en el Medioevo, ni tampoco el hundimiento del mundo occidental. El IR de Oriente, deja de ser todo lo romano y occidental que fue en época de la Roma imperial, y ahora sufrirá una decadencia lenta y progresiva. De romano ya sólo le queda el nombre, alejado de Occidente, es un estado medieval más, exánime y orientalizado, incapaz no sólo de conquistar o explorar nada, sino de mantener las propias fronteras y desarrollar un renacimiento cultural, propio de un Imperio, inmerso ahora en  una marea alóctona desbordante. A malas penas lucha por conservar lo poco que queda ya de la cultura occidental de la Roma imperial, recordando el anguloso rostro del César Augusto, tan prominentemente vasco. No puede verse en sus efigies y bustos, más que la faz ibérica y el fenotipo propio del usko de los Pirineos. Y en sus hechos, formando a cada paso la Historia del mundo conocido, el mismo ímpetu de Hernán Cortés o Juan Sebastián Elcano y el resto de grandes descubridores y forjadores de civilización. El propio Julio César, dio a conocer su pasado como miembro descendiente de la gens Iulia, es decir los descendientes de Venus o Vera Hesperia (Iberia), y de Askhanios, la estirpe de los uskos eberitas.

Aunque en los los albores de su división el Imperio era una potencia multiétnica, casi tan orientalizada como lo era el Imperio Alejandrino, antes de disgregarse; en sus orígenes participaron en la creación de la civilización romana, elementos intensamente uskos, como los ligures, galos, oscos, volscos o etruscos, de los cuales nacería la raza original romana (la gens). El pueblo que escribió la fíbula prenestina, es incuestionablemente el mismo que realizó las inscripciones en los bronces de Botorrita. Ambas grafías son exactas, lo cual adscribe el alfabeto estrusco al protocéltico ibérico o al tartesso.

La aristocracia romana (los patricios), es decir los auténticos romanos (la gens), eran descendientes de Evandro, (fundador mitológico de Roma), y por tanto eran al igual que él y su pueblo, el de los arcadios (pelasgos iberos), descendientes del dios Atlas. Estos patricios se consideraban por tanto, los míticos hijos de los atlantes, es decir de los antiguos uskos iberos. Julio César, se consideraba miembro de la Gens Iulia, y por tanto también descendiente de Atlas y de Venus (Hesperia), es decir Iberia.

Los etruscos al igual que sus hermanos los egipcios uskos, seguían las enseñanzas del Libro de los Muertos, del que tenían su propia versión. Antes de convertirse en república, Roma, fue una monarquía etrusca, cuyas familias, los patricios, serían posteriormente la aristocracia y casta dirigente.

Los umbros, conocidos por este nombre por sus vecinos, se llamaban así mismos oskos, y de dicho nombre derivaría el de osco-umbro. Los sabinos, otro de los pueblos que participarían en la fundación romana, era descendiente de los umbros.

Los latinos rodeados de todos estos pueblos, emparentados entre sí, eran una antigua rama escita proveniente de la estepa Póntica, y que antes de la aparición de la civilización romana, fueron casi el único vestigio de origen oriental, aunque étnicamente usko. En comparación con sus vecinos del norte, etruscos, ligures o umbros (uskos más íntegros y puros racial y culturalmente), eran una minoría, llegada probablemente desde el norte del Mar Negro, en donde formaban parte de las primeras tribus escitas, por las que fueron desplazados hacia el oeste, entrando en Europa Central, a través del Danubio. Los latinos eran en esencia una tribu originalmente relacionada con los primeros celtas o celto-escitas, los cuales por entonces ya se habían asentado en torno al Danubio, ocupando extensas áreas de Hungría, Rumanía y Austria. A diferencia de sus vecinos, tanto del norte (etruscos y umbros) como del sur (volscos y oscos), no eran cultural y racialmente tan puros, puesto que no procedían directamente de Iberia (Osku), como los anteriormente citados, y durante un periodo importante vivieron en zonas habitadas por pueblos protoeslavos de la cultura de las ánforas globulares. Una de las consecuencias de verse como extranjeros, en una región tan compacta cultural y racialmente, son los numerosos conflictos y disputas habidas entre los latinos y el resto de pueblos que los rodeaban.

En este periodo, la península Itálica, se conformaba étnicamente del mismo modo que la península Ibérica, de la cual no se distanciaría hasta haberse expandido el Imperio Romano.

Se levanta posteriormente en el corazón de Europa, la Ausonia usko-mediterránea, que hará emerger al Imperio Romano o Roma clásica, en un intento por absorber al entero y universo mundo. Su cenit, la consecución del Imperio Universal y el inicio del despotismo ilustrado, se inició con los llamados “Cinco emperadores buenos”, de origen hispánico (Nerva, Trajano, Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio), durante la llamada Pax romana. En esta etapa, considerada, como la más feliz de la historia de la humanidad, se concilió el momento culminante de gloria, expansión y prosperidad de un Imperio (la Pax romana), con el despotismo ilustrado y la preocupación por los ciudadanos y los esclavos, (construcciones de las primeras carreteras en Germania, acueductos en los Balcanes, circos, teatros, medidas contra la esclavitud, reforma de la jurisprudencia contra la arbitrariedad y los abusos, etc.). Gracias a esa Pax, una monja, Egeria, podía viajar a través del mundo conocido, desde Galicia hasta Mesopotamia sin ningún incidente. Sin embargo estos buenos momentos que atravesaría el Imperio no afectarían a su destino final. A pesar de la aparente fortaleza la influencia afroasiática era ya evidente. A pesar de que estos emperadores buenos (comparados con el resto de tiranos amorales) fueran hispanos, procedían de familias romanas, volviéndose en Roma tan mezquinos como el resto de la sociedad a la que representaban. Una de las conocidas costumbres que adoptaron de los asiáticos y los decadentes griegos semitizados fue la de la pederastia. Mientras en Occidente este hecho era inmoral y motivo de gran impopularidad, en las regiones orientales y africanas, se llegaba a acuñar moneda con las efigies de los amantes adolescentes de los emperadores, algo que no ocurrió ni en las provincias occidentales ni en la propia Roma.

Durante algún tiempo se establecería una atenuación y detrimento del elemento tiránico del Estado por un impulso de carácter más electivo y republicano que finalmente degeneraría con el período protagonizado por los africanos emperadores de la dinastía Severa, que agotaron dicho despotismo ilustrado republicano con el nepotismo y la corrupción que precipitó abruptamente el agotamiento de Roma y el camino hacia la insoslayable caída del Imperio. En la Pax Romana, y anteriormente durante la República, el sistema republicano aristocrático, combinaba la magnificencia con la meritocracia, es decir el don de la casta patricio senatorial (la gens iulia), con la habilidad electiva y capacidades de gobierno. En los afroasiáticos, el sistema rápidamente degeneraba en sucio nepotismo y mesocracia, véase como ejemplo de ambas cosas el de los emperadores Séptimo Severo en Roma y Napoléon Bonaparte en Francia, ambos de origen africano, y sus consecuencias (Caracalla en Roma y Pepe Botella en España y Nápoles). 

Analizando los albores del Imperio Romano y su caída, podemos preguntarnos cómo fue posible que de la nada surgiera dicho imperio y del imperio surgiera la nada. Es decir, como surge algo tan grandioso, en un mundo por civilizar, y de un gran imperio y la mayor civilización conocida, se pasa al abismo de un mundo bárbaro por completo. La respuesta la encontramos primeramente observando como el Imperio Romano no surge realmente de la nada o de forma espontánea. Dicha civilización emerge de otras, fundamentalmente de la estrusca de origen usko, y se precipita quinientos años después de la mano de gentes y gobernantes muy distintos de los que la fundaron. Durante la formación de la República, las poblaciones que se  fueron uniendo o conformando las provincias italianas que fueron siendo absorbidas por Roma, eran plenamente uskas.  Primero los pueblos del norte, situados en las regiones más pobladas de la península italiana, etruscos, ligures, insubres, y tras ellos los galos y celtas, situados en la llanura del Po, eran probablemente uskos tan íntegros racialmente como los que habitaban por entonces la Península Ibérica. Todos estos pueblos, conformaron el origen de la oligarquía patricia romana, política y militar, y de las grandes familias que gobernaron el Imperio. En el siglo III a.C, Roma había absorbido toda Italia, y sus pobladores eran en un sesenta por ciento de estirpe uska. En el siglo posterior, con la conquista de Hispania, quedó definido el carácter plenamente occidental del joven Imperio. El porcentaje de población uska aumentó entonces a una cifra cercana al setenta por cien. Esa situación se mantuvo con la conquista de la Galia, y a partir de entonces comienza a retraerse. Hasta el siglo I a.C, la República romana era una civilización usko-mediterránea surgida de la etrusca y con una gran población occidental, aumentada considerablemente con poblaciones celtas de las provincias de Hispania y de las Galias. Éste fue el nacimiento de Europa y Occidente. A partir de entonces la situación se mantuvo, sin embargo la oligarquía uska y romana fue perdiendo su influencia y poder. Esta situación se precipitó con la expansión mediterránea del Imperio. Después del siglo I d.C, la población uska del conjunto de provincias romanas, ya sólo representaba poco más del treinta por cien. En los siglos siguientes, el imperio comenzaba su decadencia, y se convertía progresivamente en un estado afroasiático. Las leyes que inicial y fundamentalmente, durante la República, defendían el statu quo de la oligarquía usko-mediterránea, ahora durante el afianzamiento del Imperio Romano a través del Mediterráneo, permitían a una aristocracia bien distinta, gobernar importantes partes del Imperio, y posteriormente erigirse como cabeza del mismo. Africanos, sirios y árabes, ocuparon el título de emperador, hecho que se vio favorecido por las leyes, que impusieron estas poderosas y ricas familias afroasiáticas en su aspiración por dominar Roma, mediante el vehículo degenerante del derecho romano, en cuya compilación dio Ulpiano el sirio, muestra de los peores vicios de la cultura romana tardía, ya poco o nada uska y bastante afroasiática, con principios tan nefastos como el machismo, el materialismo y la injusticia social (en todo contrarios a la pureza y justicia de la Pax Romana), que cimentarían y darían comienzo a la horrible y oscura Edad Media de Occidente. Esas leyes también favorecieron que la sangre de los asesinos de Jesucristo se infiltrara por hasta el último rincón del Imperio.

El Imperio fue el resultado de la decadencia y degeneración de la República, el mayor exponente de la civilización y el genio de Roma. La militarización y expansión romana, tras las guerras latinas, trajo consigo el deterioro de sus instituciones y de su sangre, volcando el sistema hacia un patriarcado militarista. El resultado fue una vuelta atrás, resucitando al debilitado sistema monárquico anterior, concebido para un estado más limitado y autóctono (si bien la monarquía electiva etrusca era más parecida a la República que al Imperio), con elementos patriarcales afianzados en la cultura, religión y estructura social romanas. Estas influencias fueron filtradas a la civilización latina, por medio del Imperio macedonio, y a través de la intensificación precedente de los lazos griegos con el mundo persa, la decadencia de la civilización egipcia y la africanización y semitización del Mediterráneo. En el cenit de la República, Roma controlaba Europa y el Mediterráneo, su civilización era de naturaleza uska, pero socialmente, sobre todo en las capas del poder, al igual que ocurriría quizá con la civilización etrusca, desarrolló una estructura cosmopolitista influenciada por el semitismo, cada vez más permeable a las antítesis culturales y raciales uskas. La seducción de Asia, apartó al poder de Roma de las primigenias culturas uskas célticas de Iberia y las Galias, identificadas racialmente con el nacimiento de la cultura romana, pero consideradas bárbaras y poco interesantes o atractivas para la sofisticación de la nueva sociedad elitista latina. En general el Imperio puede tratarse como etapa decadente y final de la civilización romana, en donde más se acercó a elementos asiáticos y africanos y por tanto más se alejó de su naturaleza racial y cultural. La República por contra, representó un perfeccionamiento de las instituciones y la constitución monárquica etrusca, y el máximo desarrollo político y cultural que alcanzó Roma.

El sentido de casta tan fielmente seguido por los egipcios, en esta ocasión fue completamente desoído, cuando no abiertamente rechazado por los gobernantes romanos. Los emperadores adoptaron hijos sin atender a su casta, y los designaron como herederos, sin necesidad de llevar sangre romana. Estos hechos convirtieron el Imperio cuyo origen fue plenamente occidental y usko, en una civilización enferma y degenerativa, cuyo final ya estaba resuelto. Fue de este modo como del mayor imperio que ha conocido la civilización antigua, surgió la Nada.

A partir del siglo V, los pueblos eslavos y asiáticos sufren una explosión demográfica. Esta situación fue sucediéndose progresivamente a lo largo del milenio anterior, cuando buena parte de Rusia y Oriente Próximo, todavía pertenecía a los uskos escitas, godos, sakas o iberos. El lento pero constante avance de los eslavos y ugrofineses por un lado, y la presión de los asiáticos (turcos, búlgaros, mongoles, hunos, ávaros, etc.) unido a un desplome demográfico de los uskos, que nunca fueron muy numerosos, quizá a consecuencia de una prematura esterilidad de los jinetes escitas acostumbrados a una vida entera montados a caballo, y al desplazamiento masivo que protagonizaron los escitas occidentales (godos, burgundios, sakas o sajones) a la inminente caída del Imperio Romano, hicieron que para el siglo V d.C., la mayor parte de Rusia fuera poblada por eslavos y asiáticos. Esto mismo ya ocurrió con los pueblos semitas en Oriente Próximo, acabando con Uskaria. El parapeto que suponían los pueblos uskos en Rusia y Asia, para la marea humana oriental de túrquicos y mongoles, que se cernía sobre la Europa Oriental, acabó siendo la puerta de entrada y el punto de inflexión que condujo a la división étnica entre europeos occidentales y orientales. La primera etapa acontece en los momentos inmediatos a las migraciones de los godos seguidos de los burgundios y alanos (escitas). El espacio dejado entre la costa de Crimea y el Don, es ocupado por las tribus eslavas y ugrofinesas en su descenso por la cuenca del Dniéper. A este contingente humano se irán uniendo los túrquicos, hunos y mongoles que presionaran a los eslavos y ugrofineses, que además encontrarán vía libre para continuar su marcha hacia el Danubio. Muchas regiones balcánicas, al norte y al sur de la cuenca del Danubio, fueron pobladas por oleadas de eslavos y asiáticos, borrando en muchos casos un origen céltico bien afianzado desde la Edad del Bronce. Con el definitivo despoblamiento usko de la cuenca norte del mar Negro, Occidente pierde una barricada humana de vital importancia contra las recientes explosiones demográficas asiáticas, coincidiendo este hecho con la caída del Imperio Romano.

El Imperio Romano, al igual que ocurrió con el proceso vivido en Grecia, se convirtió en el vehículo de entrada del semitismo en Occidente, siendo así que su caída lejos de ser traumática, un acontecimiento deseado para preservar las culturas latinizadas occidentales (Hispania, Galia), que conservaron la misma esencia y sangre de los antiguos etruscos romanos, fundadores de la civilización latina.

La valoración del acontecimiento histórico de la caída del IR de Occidente, debe ser tenida como positiva, por cuanto lo que se produjo fue la necesaria entrada en su territorio de los elementos usko-escitas originarios de la Europa atlántica, que se asentaron en la estepa póntica, desde antes de la caída de Troya, y que evitaron y frenaron un colapso aún mayor, el que hubiera supuesto el avance masivo de las oleadas asiáticas y túrquicas, que se afianzaron en el este europeo. Lo que el acontecimiento de la caída romana produjo, fue una restitución del poder arrebatado por un imperio decadente y oriental (que continuó en Bizancio), a los que por entonces ostentaban la autoridad militar, el único ejército verdaderamente occidental que existía por entonces, es decir los llamados bárbaros. La mayor parte de estos ejércitos, eras descendientes de los escitas, una rama ancestral de los pueblos uskos, algunos de los cuales eran llamados también asiánicos. Antes incluso de la caída, el poder de Roma ya no era legítimo pues había roto con sus leyes raciales, que preservaron durante la República la oligarquía romana libre de la sangre extranjera, protegiendo así al gobierno de la más pura de las estirpes etruscas, como la encarnación racial del Estado. Occidente ya no tenía por tanto gobierno legítimo, siendo sometido por un poder extraño, por una cultura antagónica y ante un desinterés creciente y mutuo entre éste y el mundo romano mediterráneo. Roma había perdido la esencia vital de su naturaleza y su origen, es decir su fuerza creadora. Muerto en esencia el genio creador, el Imperio que había mantenido su fortaleza por vías meramente coercitivas, muere no por causas externas, que son la consecuencia última de su decadencia, sino por la corrupción del sentido más íntimo y auténtico de su pueblo. La concepción militar y patriarcal, que sustituyeron al genio creador, desarrollaron una nueva sociedad multiracial en el seno del Imperio. Los elementos militares que restituyeron el poder perdido por Roma en Occidente, se componían como ya hemos dicho en su mayoría de los pueblos descendientes de uskos escitas, entre estos se encontraban los alanos, burgundios, godos, francos, sajones, etc.

Varios autores advirtieron entre las causas de la debacle romana el relajo de la cultura latina, la adopción de vicios, costumbres y cultura extranjera.

A partir de Galieno, los mandos del ejército romano, dejaron de estar en manos de la aristocracia senatorial. Este emperador tampoco logró fraguar los principios neoplatónicos que corrían en su tiempo como forma de restaurar la vieja gloria republicana. Sus intentos de instaurar una utopía, se dieron contra una realidad que obstaculizaba cualquier intento inútil de desarrollar la cultura o el arte. Su gobierno y los que vendrían ya no serían mayoritaria y auténticamente romanos.

Tras el periodo de la anarquía, el Imperio estuvo todavía más en manos de los militares, quienes controlaron o asumieron la figura del emperador, y a su vez el ejército se encontraba cada vez más en manos del extranjero.

Para la mayoría de historiadores la caída no sólo comprendería el periodo a partir del siglo III d.C. con los cincuenta años de anarquía, sino que el comienzo de la decadencia y desde que son perceptibles sus primeros síntomas vendría desde los mismos albores del Imperio. Sería el Imperio por tanto, para una buena parte de la historiografía, un decaimiento constante de las instituciones y la cultura de la República, con un consiguiente afianzamiento del modelo patriarcal y la absorción de pueblos extranjeros.

Otro imperio histórico, el de China, formó una civilización, claramente inspirada en la cultura usko-mesopotámica. Curiosamente es en el contexto geográfico y religioso de las pirámides chinas, donde se encuentran las momias celtas del Tarim de origen escita, prueba indiscutible de la impronta y huella que son capaces de dejar una minoría atlante en un inmenso vacío de civilización asiática.

Siendo una simpleza arrojar la suerte de todo un imperio y con ello el de una civilización a sus gobernantes, son por consiguiente multitud de complejos factores circunstanciales los que determinan su caída. Sin embargo la mayoría de ellos tienen una causa biológica y genética determinante e irreversible. Prueba de ello es que en civilizaciones extintas sin base biológica o genética, no acontece el esperado Renacimiento, dado en Europa occidental al final del Medioevo, y no en Grecia o Egipto.

Históricamente las naciones uskas han formado grandes potencias mundiales, sin embargo ninguna ha podido erigirse permanentemente en superpotencia, pues factores de degradación como los raciales, afectan más profundamente cuanto más grande es una nación, frente a otras potencias menores que le siguen y que son capaces de conservar mejor dicho sustrato racial.

Otra nación que pretendió desarrollar un imperio fue China, sin embargo a lo largo de la historia, nunca podrá comportarse como referente cultural, social, político, filosófico, etc. A pesar de ser un gigante irreductible, es sólo un enorme globo vacío; un continente desgarbado sin contenido. Un solo hombre, un artista, pintor, escultor, filósofo, inventor o descubridor europeo bastaría para deslumbrar toda la historia y el arte asiáticos. Preguntémonos por qué todo el mundo conoce y admira a Picasso, Dalí, etc., y por qué nadie conoce ni admira a los artistas o al arte asiático. Sencillamente porque la religión, la filosofía y la más remota manifestación de arte surge en el mismo contexto geográfico y humano que vio nacer a gran genio artístico, filosófico y cultural europeo. Cuando un asiático toca o crea de sus propias manos algo, su resultado es sencillamente basura sin valor.

Al contrario de lo que pueda pensarse, un imperio, cuanto más extenso y poderoso es, más débil y permeable se muestra ante factores de tipo racial. Este es el elemento que en la mayor gloria y apogeo de una civilización, irá sometiéndola a la decadencia y desaparición. Con el tiempo suficiente y alejados nuevamente del elemento extraño y la influencia extranjera, surgirá el Renacimiento. Éste último, se origina si las condiciones biológicas, permiten una subsistencia del genotipo atlante, como ocurriera en los focos renacentistas italianos de Milán, Toscana, Bolonia, donde mayor sangre uska hay de toda Italia (más del 60 por ciento de haplogrupo R1b, frente a un escaso treinta del sur). Lógico es por otra parte que el Códice Atlántico, mayor símbolo renacentista europeo, se escribiera en Milán, antigua colonia milesiana, fundada por el pueblo de los insubres o insuberos (es decir iberos), y que es la ciudad de mayor frecuencia atlántica de Italia (superior al 70 por ciento de R1b).

-La decadencia de un imperio moderno.

Ziga (Navarra), la imagen más pura del alma occidental podemos encontrarla en esta pequeña aldea pirenáica y extensiblemente en cualquier forma de vida occidental y puramente rural. En contraposición la antinatural deformidad estética del cosmopolitismo grisáceo habido en ciudades tales como la villa y corte, despreciada y asqueada por desde el primero hasta el último de los gatos que la habitan. Digo esto quizá por odiar profunda y mediterráneamente el estilo de vida, fisionomía y olor nauseabundo de la capital.

Hoy podemos identificar con relativa facilidad los símbolos occidentales, generalmente relacionados con la vanguardia y la modernidad. Estos iconos fueron en su día tan útiles como los religiosos o políticos.

La globalización, se entiende a menudo como la conversión u occidentalización del mundo. Sin embargo, si buscáramos la autenticidad y esencia de Occidente, no la encontraríamos en una inmensa metrópoli cosmopolita y moderna. Su representación más íntima y fiel, se escondería austera y discretamente en la aldea más perdida, aislada y dejada de la mano de Dios del Pirineo occidental. Es allí donde hallaríamos, el alma encarnada y viviente de lo puramente occidental.

La historia moderna hace repetir en el mundo, el nacimiento de un imperio actual, surgido como todas las grandes metacivilizaciones del genio usko occidental. La declaración de Derechos promovida por los fundadores de la nación americana en 1776, fue enormemente inspirada por la filosofía europea que ya había iniciado signos de una nueva Pax Romana; es decir el despotismo ilustrado y el fenómeno de la Ilustración. Principios de justicia universal, bien común, igualdad, libertad, progreso, independencia, soberanía nacional, república y democracia, etc. eran en suma los ideales que hicieron brotar la versión más actual de la cultura occidental. Eso que fue el auténtico renacer de la civilización moderna, vino de la mano de un imperio alejado de influencias extrañas no occidentales, con una población plenamente uska, como ocurrió durante la República romana, y que posibilitó el surgimiento del genio usko por todos los rincones de las colonias americanas. Los grandes genios americanos hicieron evolucionar y expandir la metacivilización en un contexto de naturalidad y espontaneidad máxima. La situación inversa se dio en el Imperio Egipcio, por falta de aislamiento y reducida magnitud del pueblo usko, en donde sus fuentes raciales en el Mediterráneo oriental fueron reduciéndose progresivamente. En origen también el Imperio Romano se generó aislado y rodeado de sangre uska. En América del norte ocurrió algo similar a la creación de Roma.

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Los fundadores uskos de la metacivilización americana.

En esta situación, aunque costara tiempo y esfuerzos, los EEUU pudieron desbancar a todo el Imperio Británico, el mayor de su tiempo, un siglo y medio después. Sin embargo la lógica que conduciría a la nueva metacivilización y el Imperio Universal usko, se fue agotando y pudriendo en las pocas últimas décadas de nuestra era. Con la caída del bloque soviético, lo natural hubiera sido que EEUU hubiera protagonizado la hegemonía universal de la humanidad, al igual que el Imperio Romano, tras la desaparición del Imperio Cartaginés, y con la consecución de la Pax Romana. Nada de esto ha ocurrido, la degradación y vulnerabilidad de EEUU, es más abrupta hoy que en la época de las colonias y durante todo el siglo XVIII. Su fin es predecible, basta con observar el ejemplo vivo y actual de la ciudad de Detroit. Dicha ciudad, antes conocida como el París americano, se ha adelantado al eclipse final de la metacivilización americana. En su historia reciente podemos observar como la huella dejada por una sociedad uska plenamente desarrollada y avanzada, no encuentra su continuación lógica en el entorno de una población que nada tiene que ver con el genio usko.

Norteamérica, ha caído en el error que cometió España con sus colonias medio milenio atrás, cuando expugnó su sangre mezclándose con la indígena. Ahora el país anglosajón es el paradigma del cosmopolitismo, y en vez de haber hecho que el vecino del sur latinoamericano le imitase, es el sur el que ha acabado por imponer su naturaleza cosmopolita al resto de América, convirtiéndose en el líder moral de la nueva concepción social del dicho continente y del mundo entero.

No ha sido EEUU, el que se ha impuesto al resto de América, tal y como se plasmó en la doctrina Monroe, ni se ha convertido en dueña del continente y líder del mundo, sino que ha sido su inferior y pusilánime vecino, el que lo ha invadido y dominado hasta su su casi extinción, haciendo desaparecer poco a poco todo lo que de norteamericano (anglosajón) se ha encontrado a su paso.

Los países de origen colonial y multiétnico han logrado el liderazgo de la nueva sociedad global, imponiéndose a aquellos países que poseen esencialmente una sola naturaleza. De este proceso derivará la nueva raza cósmica o de bronce, que pasará por distintas fases de degradación hasta la extinción intelectual del ser humano tal y como lo entendemos hoy día, y la existencia de una sola naturaleza en el universo, la animal.

Hasta el año 1950, Detroit vivió una emergente bonanza económica y un progreso inaudito incluso para una ciudad norteamericana. Sin embargo con el paso de las décadas siguientes, la población detroitina cambió. De un quince por ciento de población afroamericana a mediando de siglo, se pasó al 90 por ciento en la actualidad. La ciudad no supo reconvertir su industria, innovar o afrontar las crisis económicas. Ahora no sólo está arruinada y se ha declarado en quiebra, sino que ha ido perdiendo progresivamente a su población. A mediados de siglo contaba con más de tres millones de habitantes, mayoritariamente uskos, siendo la quinta ciudad de Norteamérica (en Europa sería la segunda metrópolis). En dicha época Detroit era el centro industrial de EEUU, y la mayor fábrica de automóviles del mundo. En la actualidad a penas tiene algo más de seiscientas mil personas, siendo más de quinientas mil de origen africano. Su aspecto lejos de ser el de la ciudad que era conocida como el París americano, es el de una ciudad asolada y abandonada, si nos diéramos un paseo por sus barrios, en muchos distritos parecería que estuviéramos caminando por calles abandonadas por causa de algún cataclismo. En cierto modo ese cataclismo tiene un nombre y es el de la cosmocracia. La ciudad registra los mayores indices de paro, analfabetismo, fracaso escolar, delincuencia y crisis económica de toda Norteamérica. En 2013, el ayuntamiento detroitino declaró suspensión de pagos y quiebra técnica. Ahora esta ciudad sencillamente no se sostiene desde ningún punto de vista, no vale para nada, es una cloaca incapaz de ser autosuficiente. Otras grandes ciudades como Nueva York, Chicago, LA, siguen sus pasos, siendo ello el presagio de la caída del ya viejo y carcomido imperio usko americano, como una consecuencia más del sistema cosmocrático. En esas grandes ciudades es donde crece día a día el cáncer de la cosmocracia, con ejemplos como el Bronx en NYC, Las Empacadoras en Chicago, Liberty City en Miami, etc. Las que fueron grandes polis industriales y boyantes del imperio americano son carcomidas por el africanismo y por la superpoblación asiática. Esto también afecta a Europa, en el caso de España destacan como ejemplos similares a Detroit, los de Ceuta o Melilla, también ocurrirá en Barcelona o Madrid.

Al igual que ocurrió en España con el manolismo, el casticismo semítico, o el folclore, que explicamos como una consecuencia de la duradera presencia afro-semítica de la Edad Media en la Península Ibérica, en un contexto racial similar, en Norteamérica apareció un fenómeno social o cultura en las últimas décadas, en pleno postmodernismo, como consecuencia del cosmopolitismo, con determinados fenómenos urbanos relacionados con el mundo latino y afroamericano. Estas subculturas humanas no surgen esencialmente de la marginación social y la falta de cultura, sino principalmente de la psicología racial y la falta de intelectualidad. En la segunda mitad del siglo XX nacen la culturas africanas en Norteamérica en torno al movimiento de RAP. Dicho fenómeno surge del vandalismo urbano y la delincuencia, (la drogadicción, prostitución y el asesinato). Al mismo no se le atribuye la más mínima noción de intelectualidad, psicología o disciplina artística, científica o filosófica. En distintiva carente de todo atributo que pueda catalogarlo como movimiento cultural, perteneciendo más a un fenómeno estético y expresivo urbanita. Tampoco es un movimiento postmodernista (aunque se sirve de esta corriente) de reacción frente al mundo de la marginalidad urbana, sino al contrario de reafirmación de todos los principios marginales y degradantes existentes en la sociedad. Es por tanto una exaltación y expresión de distintas formas de delincuencia, la marginación y el atraso intelectual.
Es interesante analizar como el RAP, y todas las subculturas africanas, se han desarrollado intensa y extensamente en Occidente, no sólo en Norteamérica, por cuanto es importante destacar su íntima relación con el sistema cosmócrata y la llamada cultura postmoderna, causante del mayor retraso intelectual de la historia occidental. Esto esencialmente sucede no porque el postmodernismo implique la extensión de una cultura popular con diversidad de participantes sociales , o porque cuestione los centros tradicionales de la cultura, el arte o la ciencia, o carezca de unidad, coherencia, etc. sino básica y esencialmente porque supone la imbricación de una cultura cosmopolita plagada de forma intensa de elementos marginales y raciales de intelectualidad retrasada, que no sólo desarrollan un pensamiento y estética de más que de la mediocridad, directamente de la vulgaridad y el ridículo, sino expresiones que contribuyen a un clima de fomento de la delincuencia y la drogadicción entendida como medio de reacción social. El RAP, como uno de los mayores exponentes de la cultura afro, sin embargo, a pesar de valerse del postmodernismo, carece a diferencia de éste, de todo argumento filosófico o noción de mínima intelectualidad, relegándose exclusivamente al plano estético. El postmodernismo acoge a ésta y otras corrientes urbanas marginales, para configurar su aspecto popular y rupturista, y en definitiva para afianzar su legitimidad social y revolucionaria. La falta de intelectualidad y un falso pensamiento revolucionario es lo que en esencia caracteriza al postmodernismo y lo sitúa como un baluarte de la cosmocracia.

El postmodernismo ha permeabilizado y ayudado a extender las subculturas del mundo latino y africano por todo el mundo, contribuyendo a inculcar unos valores compartidos entre estas corrientes y el pensamiento postmoderno. Estas ideas son en esencia lo que caracteriza buena parte de la naturaleza del pensamiento postmodernista, y conjuntamente suponen el motor de la cosmocracia. El individualismo agresivo, un consumismo compulsivo, el progreso autodestructivo, las modas basura, la estética RAP (que configura toda una nueva corriente de la imagen, el diseño y la moda, amante de la exageración y el ridículo, carente del sentido del gusto, así como promotora incansable de una exhibición vomitiva de la pornografía zafia), pérdida y devaluación absoluta de la intimidad, destripamiento de la vida privada, corrupción a todos lo niveles, la repulsiva provocación, la sacralidad de lo novedoso como aspecto positivo, la exaltación del pequeño relato o el no relato, y otros elementos que conforman la porquería más enfermiza de la urbanidad moderna, son lo que compone el ideario filosófico y de pensamiento del postmodernismo, una cultura de usar y tirar que es en definitiva lo que produce la cosmocracia, basura en constante crecimiento.

En otra parte de América ya se analizó otro ejemplo que vive hoy día. El escritor y viajero Hesketh Prichard, decía en su diario sobre Haití, calificado como el pozo negro del Tercermundo, en lo referente a su capital Puerto Príncipe (la imitación de París, parisinismo mezclado con salvajismo), gobernada bajo la ley marcial, que era el lugar más sucio en el mundo, una ciudad de canalones y basura, llena de mosquitos, donde los desagües abiertos llenan la calle y la indescriptible basura de todo tipo yace varias pulgadas de profundidad sobre el suelo. “Estos drenajes con todas sus contaminaciones fluyen hacia abajo y llenar el hermoso puerto de herradura azul como un gran inodoro. Visto desde la distancia, parece una pequeña caricatura de París para la que merece la pena viajar 5.000 millas para su visita, pero una vez que entras, el siguiente impulso es viajar 5.000 millas para alejarse de nuevo”. Los únicos edificios de algún valor son la catedral y el edificio blanco del presidente (hoy en ruinas). Advierte además que se debe caminar con cuidado para no meter el pie entre basuras. La lluvia parece ser el único elemento interesado en la limpieza de aquel estercolero.

El sur del país se describe como una formaci